lunes, 31 de octubre de 2016

Cartas a una madre

Aunque la casa era grande, la mayor parte de ella estaba vacía, y sumida en la oscuridad. Sólo había una luz que desafiaba la penumbra.

-        Cómete la cena. – Se oyó, a media voz. El ruido de cubiertos y platos de la cocina que servía como comedor parecía ser ahogado por el silencio de una gran casa vacía.
-        No, no quiero. – Replicó una voz infantil, fastidiada. – Este pescado me da asco, no la quiero.
-        No me importa si te da asco. – Replicó la voz de hombre, sin responder al desafío implícito de la pequeña. – Todos tenemos que hacer cosas que nos dan asco. Esto es lo que tienes que comer, y si no lo haces ahora, lo desayunarás mañana. ¿Te ha quedado claro, niña?
Durante un momento, creyó que ella iba a retarle aún más, pero, tras un instante de silencio, se oyó su voz, resignada. Como tantas otras veces.
-        Sí…
-        Sí, “padre”. – La corrigió él.
-        Sí, “padre”. – Repitió ella, como un loro y con un deje de burla por el ridículo tratamiento que su padre quería imponerle.

-        Bien. – El padre no parecía haberse dado cuenta de la burla implícita de las palabras de ella, o más bien parecía ignorarlas deliberadamente. – Voy a volver al sótano, tengo trabajo. Cuando acabes, friega todo esto.

Cuando acabes, friega todo esto”. Fueron las últimas palabras que cruzaron padre e hija. Desde debajo de la tela, se pudo oír las protestas entre dientes de la pequeña, ya sola, junto al sonido del grifo mientras fregaba los platos. Un sonido solitario para una persona solitaria en una casa solitaria.
Una casa solitaria, vacía y triste, silenciosa como un cementerio, en la que la televisión resonó durante unos minutos, hasta que la pequeña se cansó, como se cansaba siempre, y se fue a su habitación.

La habitación, como el resto de la casa, era demasiado grande y suntuosa y estaba demasiado vacía. Ann encendió la luz, y pasó, pateando la gruesa cama con faldones, en dirección al escritorio, donde había un diario. ¿De verdad lo había dejado fuera? Durante un momento, se asustó, pensando que tal vez alguien podría ir entre sus cosas, pero no duró más de unos minutos. ¿Quién podría querer ir entre sus cosas, las cosas de una perdedora?
Miró lo que había escrito aquella tarde, después del colegio. “Querida mamá”, empezaba. Apenas habían pasado unas horas y ya le parecía una tontería. Escribirle una carta a su madre sobre los chicos que se reían de ella porque no tenía madre, menuda ironía.
Anna Salazar (por @Rioco_)


Miró el diario, sintiendo lástima de sí misma. Que si había niños que se reían y que le decían que su madre no le quería, que si se había vuelto a golpear con ellos, que si había sido un día aburrido… Que la casa estaba muy vacía sin ella, que quería que vieran juntas la nueva película de superhéroes, que seguro que le habría gustado la cena que se había preparado para sí misma ayer…

Ahogó un sollozo y arrancó la página del diario. Tonterías. No podía escribirle a su madre, porque ella no tenía madre. No tenía madre ni padre. No tenía a nadie, estaba sola en aquella casa tan grande, vacía y silenciosa. Sólo tenía a Ladón, su dragón de peluche. Tomándolo en brazos, se acostó y apagó la luz, deseándose buenas noches a sí misma, y su respiración no tardó mucho en ralentizarse.

Estaba dormida.

Entonces fue cuando la criatura rodó para salir de debajo de la cama. Pálida y demacrada, parecía más bien un esqueleto con piel o un muñeco mal hecho, calva y con aspecto emaciado. Con movimientos bruscos, antinaturales, se levantó, como si fuera un títere en manos de un titiritero novato, irguiéndose junto a la cama de la inocente pequeña, que, en su sueño, nada sospechaba.
La criatura sonrió, estirando la comisura de los labios para dejar ver sus dientes, afilados como agujas, y alargó la mano, exteriorizando cinco espinas de casi diez centímetros de largo debajo de cada una de sus uñas. Y miró a la pequeña, con aquellos ojos hundidos en sus órbitas, llenos de oscuridad y hambre de carne fresca.

Aquella pequeña rubia sí que era carne fresca. El peluche que agarraba con fuerza mostraba que aún no había abandonado del todo la inocencia infantil, pero las lágrimas en sus mejillas revelaban su tristeza y la dureza de sus condiciones.
Sin amigos con los que verse en clase, sin una madre que la fuera a despertar, sin un padre que se preocupara por ella. La víctima perfecta. Nadie la buscaría, si desapareciera.

La criatura se cernió sobre ella, extendiendo sus garras, que brillaron en la penumbra cual navajas de afeitar y habían visto desvanecerse la vida de muchas personas, y se inclinó, relamiéndose. Si la pequeña se hubiera despertado, ¿Qué habría hecho? ¿Habría gritado por una ayuda que sabía que no iba a llegar? ¿Habría intentado huir? ¿Defenderse?

Pero nunca sabremos qué es lo que habría hecho, porque no llegó a despertarse, y la aterradora criatura fue libre para bajar su zarpa sobre la pequeña, deslizándola sobre su cuerpo… Y, retrayendo las garras de vuelta al interior de los dedos, le limpió las lágrimas con infinito cuidado.

Soledad, dolor, abandono… La cadavérica criatura sabía muy bien qué era todo aquello que sentía la pequeña. Porque tal vez ella fuera un monstruo asesino sediento de sangre, y la otra una pequeña abrazada a un peluche, pero, en el fondo, eran iguales. Seres que habían sido rechazados por sus creadores, por la sociedad, y que, a pesar de vivir junto a ésta, no podían sino mirarlo, tratando de entender la razón por la cual existían en un mundo que no parecía necesitarlas.

La criatura acarició con una yema fría como un cadáver la mejilla de la pequeña, y ésta se removió en sueños, haciendo que se retirase. Pisó un papel, haciendo ruido por primera vez desde que había aparecido. Al recogerlo, con la mano sin garras, se dio cuenta de que era el diario de la pequeña, o más bien, lo que quedaba de él.

… No sé dónde estás, mamá”, decía, “o por qué no escribes, pero estoy segura que es porque estás trabajando mucho para ayudar a la gente” Leyó la criatura. “Sé que estás muy ocupada, pero me pregunto si no me podrías mandar algo muy guay, algo para enseñarles a esos niños tan malos y que me dejen por fin en paz”.

La criatura abrió la ventana, inhalando el fresco aire nocturno tras mirar por última vez a la pequeña durmiente. Aquella era una buena noche, pensó… Tenía muchos niños a los que asustar. Y salió por la ventana, tras cortar de la página la última parte. Aquella noche la luna no brillaba en el cielo, y las criaturas como ella podían moverse a placer. Una noche de muerte, una noche de terror.
Antes de salir saboreó por última vez el olor de la pequeña, y aquellas palabras que había recortado y se había guardado cuidadosamente en un bolsillo de su ropa vieja. Las últimas palabras de la niña, que, probablemente, eran las palabras más importantes de toda la página.

Te quiere,

Anna

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