Aunque
la casa era grande, la mayor parte de ella estaba vacía, y sumida en la
oscuridad. Sólo había una luz que desafiaba la penumbra.
-
Cómete la cena. – Se oyó, a media voz. El ruido de cubiertos y platos
de la cocina que servía como comedor parecía ser ahogado por el silencio de una
gran casa vacía.
-
No, no quiero. – Replicó una voz infantil, fastidiada. – Este pescado
me da asco, no la quiero.
-
No me importa si te da asco. – Replicó la voz de hombre, sin responder
al desafío implícito de la pequeña. – Todos tenemos que hacer cosas que nos dan
asco. Esto es lo que tienes que comer, y si no lo haces ahora, lo desayunarás
mañana. ¿Te ha quedado claro, niña?
Durante
un momento, creyó que ella iba a retarle aún más, pero, tras un instante
de silencio, se oyó su voz, resignada. Como tantas otras veces.
-
Sí…
-
Sí, “padre”. – La corrigió él.
-
Sí, “padre”. – Repitió ella, como un loro y con un deje de burla por
el ridículo tratamiento que su padre quería imponerle.
-
Bien. – El padre no parecía haberse dado cuenta de la burla implícita
de las palabras de ella, o más bien parecía ignorarlas deliberadamente. – Voy a
volver al sótano, tengo trabajo. Cuando acabes, friega todo esto.
“Cuando
acabes, friega todo esto”. Fueron las últimas palabras que cruzaron padre e
hija. Desde debajo de la tela, se pudo oír las protestas entre dientes de la
pequeña, ya sola, junto al sonido del grifo mientras fregaba los platos. Un
sonido solitario para una persona solitaria en una casa solitaria.
Una
casa solitaria, vacía y triste, silenciosa como un cementerio, en la que la
televisión resonó durante unos minutos, hasta que la pequeña se cansó, como se
cansaba siempre, y se fue a su habitación.
La
habitación, como el resto de la casa, era demasiado grande y suntuosa y estaba
demasiado vacía. Ann encendió la luz, y pasó, pateando la gruesa cama con
faldones, en dirección al escritorio, donde había un diario. ¿De verdad lo
había dejado fuera? Durante un momento, se asustó, pensando que tal vez alguien
podría ir entre sus cosas, pero no duró más de unos minutos. ¿Quién podría
querer ir entre sus cosas, las cosas de una perdedora?
Miró lo
que había escrito aquella tarde, después del colegio. “Querida mamá”, empezaba.
Apenas habían pasado unas horas y ya le parecía una tontería. Escribirle una
carta a su madre sobre los chicos que se reían de ella porque no tenía madre,
menuda ironía.
Miró el
diario, sintiendo lástima de sí misma. Que si había niños que se reían y que le
decían que su madre no le quería, que si se había vuelto a golpear con ellos,
que si había sido un día aburrido… Que la casa estaba muy vacía sin ella, que
quería que vieran juntas la nueva película de superhéroes, que seguro que le
habría gustado la cena que se había preparado para sí misma ayer…
Ahogó
un sollozo y arrancó la página del diario. Tonterías. No podía escribirle a su
madre, porque ella no tenía madre. No tenía madre ni padre. No tenía a nadie,
estaba sola en aquella casa tan grande, vacía y silenciosa. Sólo tenía a Ladón,
su dragón de peluche. Tomándolo en brazos, se acostó y apagó la luz, deseándose
buenas noches a sí misma, y su respiración no tardó mucho en ralentizarse.
Estaba
dormida.
Entonces
fue cuando la criatura rodó para salir de debajo de la cama. Pálida y
demacrada, parecía más bien un esqueleto con piel o un muñeco mal hecho, calva
y con aspecto emaciado. Con movimientos bruscos, antinaturales, se levantó,
como si fuera un títere en manos de un titiritero novato, irguiéndose junto a
la cama de la inocente pequeña, que, en su sueño, nada sospechaba.
La
criatura sonrió, estirando la comisura de los labios para dejar ver sus
dientes, afilados como agujas, y alargó la mano, exteriorizando cinco espinas
de casi diez centímetros de largo debajo de cada una de sus uñas. Y miró a la
pequeña, con aquellos ojos hundidos en sus órbitas, llenos de oscuridad y
hambre de carne fresca.
Aquella
pequeña rubia sí que era carne fresca. El peluche que agarraba con fuerza
mostraba que aún no había abandonado del todo la inocencia infantil, pero las
lágrimas en sus mejillas revelaban su tristeza y la dureza de sus condiciones.
Sin
amigos con los que verse en clase, sin una madre que la fuera a despertar, sin
un padre que se preocupara por ella. La víctima perfecta. Nadie la buscaría, si
desapareciera.
La
criatura se cernió sobre ella, extendiendo sus garras, que brillaron en la
penumbra cual navajas de afeitar y habían visto desvanecerse la vida de muchas
personas, y se inclinó, relamiéndose. Si la pequeña se hubiera despertado, ¿Qué
habría hecho? ¿Habría gritado por una ayuda que sabía que no iba a llegar?
¿Habría intentado huir? ¿Defenderse?
Pero
nunca sabremos qué es lo que habría hecho, porque no llegó a despertarse, y la
aterradora criatura fue libre para bajar su zarpa sobre la pequeña,
deslizándola sobre su cuerpo… Y, retrayendo las garras de vuelta al interior de
los dedos, le limpió las lágrimas con infinito cuidado.
Soledad,
dolor, abandono… La cadavérica criatura sabía muy bien qué era todo aquello que
sentía la pequeña. Porque tal vez ella fuera un monstruo asesino sediento de
sangre, y la otra una pequeña abrazada a un peluche, pero, en el fondo, eran
iguales. Seres que habían sido rechazados por sus creadores, por la sociedad, y
que, a pesar de vivir junto a ésta, no podían sino mirarlo, tratando de
entender la razón por la cual existían en un mundo que no parecía necesitarlas.
La
criatura acarició con una yema fría como un cadáver la mejilla de la pequeña, y
ésta se removió en sueños, haciendo que se retirase. Pisó un papel, haciendo
ruido por primera vez desde que había aparecido. Al recogerlo, con la mano sin
garras, se dio cuenta de que era el diario de la pequeña, o más bien, lo que
quedaba de él.
“… No
sé dónde estás, mamá”, decía, “o por qué no escribes, pero estoy segura que es
porque estás trabajando mucho para ayudar a la gente” Leyó la criatura. “Sé que
estás muy ocupada, pero me pregunto si no me podrías mandar algo muy guay, algo
para enseñarles a esos niños tan malos y que me dejen por fin en paz”.
La
criatura abrió la ventana, inhalando el fresco aire nocturno tras mirar por
última vez a la pequeña durmiente. Aquella era una buena noche, pensó… Tenía muchos
niños a los que asustar. Y salió por la ventana, tras cortar de la página la
última parte. Aquella noche la luna no brillaba en el cielo, y las criaturas
como ella podían moverse a placer. Una noche de muerte, una noche de terror.
Antes
de salir saboreó por última vez el olor de la pequeña, y aquellas palabras que
había recortado y se había guardado cuidadosamente en un bolsillo de su ropa
vieja. Las últimas palabras de la niña, que, probablemente, eran las palabras
más importantes de toda la página.
Te quiere,
Anna

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