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martes, 17 de enero de 2017

Navidades Rotas II

Parte 1.- Navidades Rotas

Las luces se movían ante sus ojos. Se movían velozmente, se movían hacia arriba. ¿Qué…?
El hombre alzó la mirada, aún borrosa. Voces, voces en la lejanía. “Bunker…” Sí, ese era él. Ese era su mote. Había figuras oscuras interponiéndose en la luz intensa y él, figuras que se inclinaban sobre él y decían cosas como “¡Es demasiado grande!”, o “No le hace efecto”. ¡Esos malditos elfos! Siempre acechando desde su Imperio al norte. Le habían tenido ganas a Bunker desde que estaba en el ejército, y ahora, por fin lo habían capturado, y estaban abriéndolo a placer para encontrar la clave de su fuerza.
“Bunker”, volvió a oír.
-                     ¡Bunker!
El mencionado abrió los ojos de un sobresalto. No estaba en una mesa de exploración, bajo las miradas escrutadoras de varios científicos elfos. Estaba en un lugar mucho más peligroso: El despacho de su supervisora, la Directora Lapointe. Y ésta, una mujer alta y de mirada penetrante, lo observaba desde el otro lado de la mesa.
-                     Disculpe, yo… - Trató de decir él. - ¿Podría repetir la pregunta?
-                     Leonardo “Bunker” Villalobos. – Repitió ella, leyendo un informe que había en su mesa. – Agente especial bajo el mando de la agente Diamond, con casi quince años en el cuerpo. Reporte de misión, fallido. – Lo miró entonces, y Leo Bunker pudo sentir cómo ella lo escrutaba, como si fuera un dragón hambriento. – Múltiples daños colaterales, pérdida de vidas inocentes, agente caído en acto de servicio, y objetivo no recuperado. ¿Tiene algo que alegar en su defensa?
Bunker bajó la mirada, tratando de encontrar las palabras. Y al repasar los hechos, se dio cuenta de que había algo que no encajaba. – Un momento, ¡El cargamento de contrabando que teníamos que recuperar ha sido recuperado! ¿Cómo que fallido?
-                     ¿Qué está diciendo, Bunker? – Preguntó Lapointe, frunciendo el ceño. - ¡Hablo de su último encuentro íntimo con un vehículo motorizado! ¿¡Dónde se cree que está!?
Y entonces Bunker se dio cuenta. La fiesta, Diamond, la botella, el coche…

Hace veinticuatro horas
Ikana abrió de golpe la puerta de la calle, saliendo disparada hacia el lugar del accidente, pero cuando lo hizo, vio que no había sido la primera: En su impulsividad, Anna se había lanzado por la ventana, sobreviviendo gracias a su vampirismo a los tres pisos de altura y lanzándose hacia la escena, que no era para nada tranquilizadora.
Porque, al contrario de lo que pueda uno pensar, cuando un coche se enfrenta con alguien, no siempre sale ganando el coche. Y mucho menos cuando ese alguien es alguien tan grande y voluminoso como Bunker.
El capó del coche estaba completamente arrugado, con una hendidura en el centro, el lugar donde había hecho colisión, y con el parabrisas resquebrajado, mostrando una gran mancha de sangre que permitía adivinar lo que uno encontraría en su interior.
Anna, por su parte, estaba tratando de mover el cuerpo de Bunker, levantándolo, llamándolo frenéticamente. - ¡No vuelve en sí, Kana! – Dijo la joven. Era normal. No sabía de nadie que pudiera volver en sí con aquellas heridas, y toda aquella sangre. Viéndolo como desde la perspectiva de otra persona, Ikana tomó a Anna del hombro, apartándola ligeramente para examinar mejor a su amigo inerte.
-                     ¿Está vivo? – Se oyó preguntar, tranquila y calmada.
-                     S-sí, no… - Se lió la joven rubia, hecha un mar de lágrimas. – No lo sé, aún respira, pero… - La miró, negando con la cabeza. - ¿Qué podemos hacer? Ya lo sé, ya lo tengo… Lo convertiré en vampiro, y así tendrá mi capacidad de regeneración. Es la única forma de que sobreviva…
-                     ¡No, Anna! – La detuvo Ikana. - ¡No lo hagas!
El vampirismo era una solución muy tentadora para todas aquellas situaciones, y de hecho, muchos vampiros lo habían contraído cuando eran víctimas de enfermedades degenerativas o que amenazaban su vida, sin caer en la cuenta cómo funcionaba realmente el vampirismo.
Porque, a la hora de contraer aquella condición, el organismo de un vampiro básicamente creaba un “punto cero”. Los vampiros morían como seres humanos – o como elfos, o como orcos… - y volvían a renacer como vampiros, en ese mismo cuerpo y con esa misma mente. Tal y como estaban en el momento de contraerlo. Una agonía, se convertía en agonía eterna. Una herida mortal, se convertía en convalecencia eterna. Había visto demasiados vampiros que buscaban que los liberase de su sufrimiento como para permitir que su amigo viviera lo que le quedaba de existencia con heridas de atropello.
-                     Lo que hay que hacer es llamar a los sanadores.
-                     Ya está hecho. – Dijo Raoul, que acababa de llagar. Ikana se volvió a mirarlo, y vio que tras él había bajado Alice, y ahora se disponía a mirar la escena, con su padrastro sangrante y al borde de la muerte.
-                     ¡No! – Dijo. - ¡Anna, llévala a casa! – La joven rubia la miró, incrédula, pero la mirada de Ikana no admitía réplica. - ¡Llévala! ¡Yo me ocupo de esto!
Y miró a Bunker de nuevo, tumbándolo en el suelo, vigilando que la hija pequeña de Bunker no viese el espectáculo, y comenzando con las maniobras de primeros auxilios para mantener al grandullón con vida, al menos hasta que llegase la ambulancia.

 Ahora
“No reconozco éste techo”, se dijo Bunker, mirando a la luz apagada que había sobre su cabeza. Eso le habría gustado pensar, pero la verdad era que sí que lo reconocía. Había pasado más veces por el hospital de las que era recomendable.
Pero ésta vez, al menos, no había sido culpa suya. Maldita sea… “Un conductor borracho”, se dijo. No lo sabía. Lo único que él había visto habían sido aquellos dos ojos inmensos, enfocándolo, aquellos faros iluminándolo en la carretera. El coche se le había echado encima. No había tenido oportunidad de huir.
-                     Vaya, vaya, señor Villalobos. – Dijo una voz a los pies de la cama. Bunker se acomodó en las almohadas y bajó la mirada, y allí, al fondo y en penumbra, se encontraba un hombre pelirrojo. Tenía un traje color verde musgo y un fedora a juego, y sonreía enigmáticamente. - ¿Sabe usted a qué velocidad iba? – Su sonrisa se acentuó, como si hubiera dicho un chiste que sólo él entendía. - ¡A la necesaria para mover todo un argumento!
Bunker, que aún no estaba del todo lúcido, trató de incorporarse para verlo mejor, pero al hacerlo, la puerta de la habitación se abrió de golpe. La luz estaba encendida, la habitación estaba vacía, y una mujer de melena rubia a la que conocía más que bien se abalanzaba sobre él. - ¡Leo! – Lo llamó Ikana. - ¡Has despertado!
-                     Está en el hospital, señor Villalobos. – Dijo, por detrás, una de las sanadoras, con algo para apuntar. - ¿Recuerda lo ocurrido?
-                     Sí, yo… - Bunker agitó la cabeza, tratando de aclarar más la mente. Recordaba el choque, recordaba tener sueños muy extraños…
-                     Eso es normal. – Respondió la sanadora. – Con su tamaño, al equipo de urgencias le costó anestesiarlo una vez la analgesia hubo hecho su efecto. Me alegro de que esté bien. – Dijo, antes de desaparecer por la puerta.
-                     Menudo susto nos diste. – Dijo Ikana, sonriendo un poco y tomándole la mano. – Los sanadores dijeron que tenías una buena montada ahí abajo, por suerte eres tan grande que no tuvieron problemas a la hora de recomponerte.
-                     Eso es un alivio, supongo… - Dijo él, notando cierta tirantez al respirar, procedente de las vendas. – Supongo que algo bueno tenía que tener mi condición, además de todos los problemas articulares y el dolor.
-                     Venga, no empieces otra vez como en Tarnast. – Le dijo ella, recordándole una de las misiones, que Bunker recordaba con claridad. Un espíritu de los coches le había tirado un camión encima a Ikana, y él había sido el único que lo había visto y había sido lo suficientemente rápido como para empujarla, recibiendo él el golpe.
Habían sido tiempos distintos. En aquel momento, Bunker no tenía nada más. Su familia estaba lejos, y allí no tenía a nadie. A nadie más que a Ikana, su novia por aquel entonces. La miró, preguntándose si ella también recordaría cómo le había premiado su sacrificio, y supo que había acertado cuando ella apartó la mirada y cambió de tema.
-                     Anna incluso intentó convertirte en vampiro, ¿Lo sabías?
-                     ¿A mí? – El grandullón agradeció el cambio. - ¡Con lo que me gusta el sol! – No obstante, no le sorprendió, ya que conocía de sobra la impulsividad de la adolescente. Lo cual le llevaba a su siguiente preocupación. - ¿Cómo están?
Su familia… Su familia era complicada, e inestable. Tanto Anna como Alice tenían problemas de autocontrol, y Bunker sabía que una situación como aquella no era lo mejor para su estabilidad. Miró a Ikana, preocupado por lo que hubiera ocurrido con sus hijas, pero ésta asintió con la cabeza, calmante. – Están bien. Tranquilo. Raoul se ha quedado con ellas.
-                     ¡¿Raoul?! ¿Estás loca? ¿Cómo lo has dejado a cargo de las niñas?
Hace veinticuatro horas
Las luces de la ambulancia iluminaban la calle entera, mientras los sanadores de urgencia le aplicaban los primeros cuidados intensivos al accidentado. Por suerte, tanto la camilla como el interior del vehículo se adaptaron por arte de magia a las dimensiones de su inquilino. Mientras lo terminaban de ajustar, Ikana y su pareja discutían quién tendría que acompañarlos.
-                     Espera, Ikana, creo que debería ir yo. – Pedía Raoul.
-                     ¿Tú? – Lo miró ella. ¿Por qué su novio debería acompañar a su ex al quirófano? Ni siquiera acababan de congeniar…
-                     Allí sólo hay que esperar… - Argumentó Raoul. – Y, sinceramente, creo que tú serías mucho más eficaz aquí…
-                     No digas tonterías, Raoul. – Replicó ella. – Tengo que ir con él, tú allí no pintas nada. Además, no creo que la policía tarde mucho en marcharse. Sólo tienes que contarles lo que oíste, y ya está. Sólo necesitan testigos.
Pero no era a la policía a lo que Raoul se refería, sino a las dos muchachas que ahora había en el apartamento. Y que, con toda seguridad, ahora estarían a punto de estallar.
-                     Claro que están preocupadas. – Replicó Ikana. – Su padre ha sido atropellado… Piensa en esto como en una oportunidad para congraciarte con ellas.
-                     ¿Congraciarme? ¡Van a querer matarme! – Replicó él, pero ya era tarde: Las puertas se cerraron entre ambos, y la ambulancia, una vez Bunker estuvo ajustado y preparado, se alejó por la calle. – Van a querer matarme… Más de lo normal. – Terminó Raoul, suspirando. Sangre, accidentes, heridos… Ya se había acabado todo. Y ahora empezaba lo difícil, tratar de calmar a las niñas de Bunker. O, mejor dicho, de domesticarlas.

Hace veintidós horas
Aquello no estaba saliendo bien, pero nada bien. Raoul suspiró. Al volver al apartamento, había tratado de calmar a las chicas, diciéndoles que ya estaba todo hecho y que tenían que irse a la cama, pero como era de esperar, la respuesta había sido nefasta.
Raoul había supuesto – inocentemente – que, a pesar del nerviosismo, tanto Anna como Alice serían conscientes de que no podían hacer nada. Lo que ahora le ocurriera a Bunker dependía de los sanadores, del hospital, y lo mejor que podían era dormir, para estar preparadas cuando Ikana los avisara.
Pero por desgracia, ellas no eran como creía. A pesar de que aquello era lo más racional, ninguna estaba como para pensar de forma racional. Estaban histéricas, y la primera que se lo mostró, la que lo hizo de forma más gráfica, fue Anna.
-                     ¡Has sido tú! – Le dijo, levantándolo a pulso contra la pared. - ¡Tú eres el que ha estropeado las fiestas, si no hubieras estado estoy segura de que nada de esto habría pasado!
-                     ¡Escúchate, Anna, escucha lo que dices! – Pidió Raoul, sin muchas esperanzas. La rabia y la impotencia tenían que salir por algún sitio, y en el caso de la joven Salazar, eran los puños. - ¡No tiene ningún sentido!
-                     ¡Lo que no tiene ningún sentido es lo que dices! – Replicó ella, con los ojos inyectados en sangre. Raoul había interpuesto los brazos, en un intento de protegerse que sabía que fracasaría si ella decidía golpearlo de verdad. - ¿Pretendes que me quede aquí como una tonta mientras él puede estar agonizando? ¡Estás majara! – Lo dejó caer, y se dirigió de nuevo hacia la puerta. - ¡Me piro!
-                     ¡No, Anna! – Le pidió él otra vez. – ¡No debes ir!
-                     ¿Y por qué no, si puede saberse? – Replicó ella, mirándolo mal con una mano en el pomo de la puerta.
“Porque eres una salvaje”, pensó Raoul. “Porque me das miedo, y no quiero ni pensar en lo que podría hacer alguien en tu estado en una sala de espera”.
-                     Porque es lo que quiere Ikana. – Dijo. Definitivamente, una mejor frase, que le aseguraba conservar los brazos enteros. – Ella ha ido con Bunker, y se asegurará de que todo le vaya bien. Pero ha confiado en ti para quedarte aquí, para cuidar de Alice… Mira, sé que no nos llevamos bien. Tú eres, francamente, eres un poco bruta… Y yo soy el nuevo novio de Ikana, lo entiendo. – Se apresuró a añadir, evitando que ella lo golpeara del fastidio. – Pero ella confía en nosotros para esta misión. Confía en que tú puedas cuidar a Alice, y en que yo te pueda cuidar a ti.
Durante unos instantes, la tensión sobrepasó la línea de máximo. Casi podía ver a Anna temblar, tratando de estallar sobre sí misma, cerrando los puños tanto que creyó oír sus huesos romperse y regenerarse al instante. La notó luchar, internamente, entre su lealtad a Ikana y su furia.
Hasta que al final, con una sonora maldición, la adolescente le hizo un agujero a la puerta de entrada, de tres capas de grosor, y salió. – ¡No necesito que me cuides, ni tú ni nadie, enano! – Le gritó, según salía. - ¡Estoy aquí porque me da la gana, y nadie puede evitar que salga! ¿Me oyes? Nadie.
Él, desde luego, no podía. Después de aquella demostración de fuerza, estaba demasiado ocupado evitando pensar en lo que le podría haber ocurrido de haberlo golpeado a él como para intentarlo. Cuando la joven cerró la puerta de golpe, él exhaló un suspiro.
Maldita sea... Tenía razón, la había tenido desde un principio. Aquello era demasiado para él. No podía lidiar con esa violencia, ese riesgo para su vida, y eso que ni siquiera había intentado tratar con la otra: Alice.
Cuando Raoul abrió la puerta de su habitación, se la encontró allí. Acurrucada sobre la cama, inmóvil como una muñeca, y con los ojos brillando, como faros en la noche, buscando algo, o alguien, en quien descargar aquella sobrecarga de emociones. Y la última persona que había enfrentado aquello, llevaba dos meses en coma.
Raoul se apartó de la puerta antes de que la pequeña pudiera fijar sus ojos en él, respirando agitadamente, como si acabase de tener un encuentro sorpresa con la misma muerte. Aquellos ojos, aquella sensación de peligro… Tal vez Anna fuera violenta, pero aquella pequeña, que apenas levantaba cuatro palmos del suelo, era el verdadero peligro. No podía entrar ahí, daba igual lo que le hubiera prometido a Ikana, daba igual lo que le pidieran. No podían pretender que se enfrentase a esos ojos y sobreviviera.
-                     ¿A-Alice? – Aquello estaba siendo un completo desastre, pero no quería darlo todo por perdido. Quería pensar más allá. No quería pensar en los ojos, quería pensar en la niña que había detrás. Una niña asustada, con miedo, sin saber lo que iba a pasar. – Sé que da miedo. – Suspiró. – S-Sé que viste el accidente, y que… Bueno, que tu padre ahora mismo está grave y tal, pero… - Pensó qué más decir. Tenía que intentarlo. Aunque le hablara a la pared. Pero si había una mínima posibilidad de que ella estuviera escuchando, no quería defraudar a Ikana. ¿Qué se le decía a la gente cuando estaban preocupadas por algo?
-                     Todo va a ir bien, ¿De acuerdo? Sé que parecía terrible, pero Bunker… Es uno de los tíos más fuertes que conozco. Aunque me de rabia reconocerlo, le tengo envidia en ese sentido. – Cerró los ojos. No, no podía ir por ahí. Tenía que tranquilizarla, no comenzar a contarle su propia vida. – Verás, los… lo que pasa en un accidente se resuelve en los primeros minutos, ¿Sabías? Con el sistema de sanación que tenemos hoy en día, si alguien llega con vida al hospital, en el… Noventa y cuatro por ciento de los casos  se salva. Y tu padre… Bunker estaba vivo. Lo vi con mis propios ojos. Por eso se lo llevaron con tanta prisa. Porque aún podían salvarlo. Y lo salvarán. Es un hecho.
-                     Deja de intentarlo. – Otra voz le sobresaltó, la voz de Anna. – Estás perdiendo el tiempo. Cuando Alice se bloquea, no hay nada que pueda entrar o salir de su cerebro. Necesita descargarse.
-                     ¿Y cómo conseguimos eso? ¿Qué es lo que hacéis cuando ocurre? ¿Hay que esperar, sin más?
-                     Olvida eso… ¿Es cierto lo que decías? – Preguntó. - ¿De verdad crees que no corre peligro?
Raoul miró a la joven vampiro por segunda vez, y en su mirada, en su iris rojo, ya no vio simple furia ciega. Tras ella, ahora, se transparentaban las dudas e inseguridades. El miedo a perder al que era como un padre para ella. A quedarse sola. Y Raoul sabía bien lo que era estar solo.
-                     Yo… Sí, lo creo. – Confirmó. – Con nuestro sistema actual de sanidad, hoy en día las muertes por traumas de ese tipo son muy escasas. Y encima está en el Astron General, que es uno de los mejores de la ciudad. Alguien tan fuerte como Bunker no tiene de qué preocuparse.
Ella suspiró. Trataba de calmarse. – Lo que dijiste antes, lo de cuidar de Alice, tienes razón. Es mi trabajo.
Avanzó, cruzando por delante de Raoul. – Espera, tú misma lo has dicho. Está en crisis, no podemos entrar o nos…
-                     … ¿Nos matará? – Replicó ella, arqueando una ceja. – Yo ya estoy muerta, cerebrito. ¿Qué te crees que hago aquí?
Antes de que entrara, sin embargo, Raoul la volvió a detener. Hablar del Astron General le había dado una idea. – Escucha, sé que has hecho un esfuerzo para volver y ayudarla, así que ahora me toca a mí: Antes dije que no debías ir. – La mano de Anna se tensó sobre el pomo de la puerta. – Pe-pero eso no significa que no puedas estar allí. No significa que no podáis verlo. ¿Crees que os gustaría?
-                     ¿De qué estás hablando?
-                     El Astron General es uno de los hospitales más seguros del país. Allí es donde los luchadores, los ricos y los famosos van a tratarse. Cuyas idas y venidas son minuciosamente registradas por las cámaras de seguridad. Y, ¿A que no adivinas quién tiene como pasatiempo buscar aberturas en sistemas informáticos?
-                     Y… ¿Y harías eso por mí? – Preguntó incrédula. - ¿Te meterías en problemas sólo para que pudiera ver?
-                     Tú cuidas de Alice, yo cuido de ti. – Sonrió él, satisfecho. - ¿Hay trato?

 Ahora
-                     ¡Se lo comerán vivo, Ikana! – Dijo él. Pero la mujer se arrellanó en la silla, y sonrió.
-                     No sé yo, Bunker… Tengo que reconocer que Raoul nunca ha dejado de sorprenderme. Y, considerando que en su última llamada me informó de que estaban viendo la tele. creo que sí podemos darle un voto de confianza. Aunque, eso sí, me pidió que te dijera que tienes que darle la receta de tu vienés.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Navidades Rotas

Parte 2.- Navidades Rotas II


La puerta se abrió de golpe, sobresaltando a los contrabandistas. – ¡Fuerzas del Reino! ¡No se muevan! – Gritaron los soldados, apuntándolos, pero los contrabandistas no se andaban con chiquitas, y uno de ellos le lanzó una de las jaulas de los fénix. - ¡Auflodern!

La jaula, el fénix y todos los que estaban cerca se vieron envueltos en una bola de fuego, amplificada por la propia naturaleza ígnea del fénix, en una explosión que los contrabandistas aprovecharon para huir. Pero, hicieran lo que hicieran, no importaba. Porque allí, en la puerta trasera del almacén de la mafia, su vía de huida, esperaba una mujer. La líder del equipo de Asalto que llevaba aquella operación. Maga de hielo, y una de las luchadoras más famosas del país.
La agente Diamond. Y, contra ella, no había nada que pudieran hacer.

La mujer suspiró, saliendo de la comisaría. Menudo cansancio. Ya era la tercera red de contrabando que desarticulaban en aquellas fiestas. Ésta, en particular, se dedicaba a vender fénix de imitación, que en realidad eran shanshos, un ave de los pantanos con un hechizo metamórfico para cambiar su aspecto y otro ígneo para iluminar el árbol mágico de Natalis. Sólo tenía un uso y luego el ave ardía hasta las cenizas, pero para cuando los clientes se dieran cuenta, ya habría sido demasiado tarde.
Era un éxito, en resumen. 
Pero, para ella… Era demasiado trabajo. Las mafias parecían más activas durante aquella época del año, y hasta los vampiros parecían seguir las fiestas de renacimiento que acompañaban al fin de año. Y si, la gente de la ciudad podía dormir tranquila, sabiendo que estaban bien protegidos… Pero hasta la agente Ikana Diamond, la más fuerte del país, necesitaba un descanso.

Suspiró, entrando en su piso. Al menos, si todo iba bien, lo iba a tener.
Cerró la puerta de su apartamento. Un lugar agradable, con vistas al lago y mucho espacio, a menudo demasiado para alguien como ella, que vivía sola. A menudo, sí… Pero no aquel día. No durante las fiestas.

- Bienvenida. – La saludó Raoul Salazar, su novio, saliendo a su encuentro, y ella sonrió, dejando de ser la agente Diamond para pasar a ser un poco más Ikana. Lo tomó de las manos. - ¿Qué tal ha ido tu último día? – Raoul vivía al oeste, casi en la costa, y no se veían demasiado, pero Ikana no sufría por ello; cada uno tenía una vida. Ella era de las fuerzas de élite, y él un genio trabajando con tecnología punta en su propio laboratorio. Sus mundos no eran muy similares, y eso era precisamente lo que le gustaba de ello. El saber que tenía allí un ancla, que su vida tenía un oasis de tranquilidad para el cual sólo era Ikana.
Le hizo un resumen rápido de la situación y de falsos fénix, y él puso los ojos en blanco. – Estoy seguro de que podría sacar una línea de androides con sigilos ígneos por sólo un poco más… Y serían reutilizables. – Suspiró. – Si, tal vez lo haga. Sólo necesito un modelo biológico adecuado. Llamaré a Chell, mi ayudante, y…
Ella lo detuvo, tomándolo de los hombros y lanzándole una mirada elocuente. – Raoul. – Le dijo, clavándole los ojos color sangre. – Tendrá que esperar para después de Natalis… Recuerda, hemos quedado para cenar.

Él la miró, sin comprender durante un momento, y entonces recordó el compromiso. – Oh, no… - Dijo, sin ganas. Raoul nunca había sido muy sociable. Nunca había sido sociable, de hecho. Prefería pasar el tiempo encerrado en su laboratorio antes que con la gente, de ahí que su aspecto habitual fuera con las gafas de protección sobre la frente y un bloc de notas con incidencias, listo para nuevos experimentos.
Y, además, en aquel caso particular había otra cosa más que hacía la situación ciertamente indeseable para el Salazar: La gente con la que cenaban. - ¿De verdad, Ikana? ¿Me vas a hacer ir a cenar con tu ex y sus hijas?
Ella suspiró, mirando al techo. Otra vez aquella discusión no. – No seas así, Raoul. Bunker no es solo mi ex, también es mi compañero de trabajo. Y más importante, mi amigo. Y sus hijas… Bueno, soy prácticamente una segunda madre para ellas. Son sólo dos niñas… ¿No puedes hacer eso por mí?

No era la primera vez que discutían sobre sus planes para Natalis, de acuerdo, pero Raoul era un científico, y, por tanto, testarudo. – No son “sólo dos niñas”, Ikana, y lo sabes. – La mayor, Anna, era una adolescente de 17 años y metro noventa, con la suficiente masa muscular como para levantar a Raoul y a Ikana a la vez y un problema de control de la ira, que se sumaba al problema de vampirismo que había contraído hacía unos meses, mientras que la pequeña, Alice, era autista y telépata. No era más que una pequeña de ocho años que Bunker había adoptado al final de una misión de contrabando que la involucraba, pero cuando te te clavaba la mirada, azul como el océano, parecía robarte el alma.
Y eso que una de las características de la gente como ella era evitar mirar a los ojos.
- Y, lo peor, las dos me odian. ¿Cómo pretendes que esté cómodo, sentándome entre un vampiro adolescente al borde de la ira y una telépata con tendencia a perder el control?
Ella avanzó por el espacioso salón, acercándose al ventanal desde el que se veía el gran lago que había a las afueras. – Son sólo dos niñas, Raoul. Y tú eres mi novio. Es normal que no les caigas bien al principio.

La verdad era que Raoul tenía su parte de razón: La familia de Leonardo “Bunker” Villalobos era de todo menos típica o pacífica. Para empezar, ni siquiera estaban emparentados por lazos de sangre: Bunker había rescatado a Alice de una red de contrabando y la había adoptado al saber que no tenía a nadie más, y Anna había huido de casa de su padre, familia de Raoul, y se había convertido en una violenta delincuente, acabando en un reformatorio, donde además de su problema de autocontrol había adquirido el vampirismo.

Y Bunker las había acogido a ambas, adoptando a Alice y tomando a Anna como discípula, oficialmente para aprender de su carrera en el espectáculo de los duelos mágicos, pero como favor a su madre, una gran amiga de los tiempos en el ejército de Bunker y que estaba desaparecida.
Dos casos perdidos que la sociedad había dado de lado, pero el hombre las había visto, y había decidido que ambas se merecían una familia. Y, con sus pros y sus contras, lo estaba consiguiendo.

Y, aunque Raoul fuera terco como una mula y no mirase con buenos ojos a las hijas de Bunker y al propio compañero y exnovio de Ikana, ella sabía que la acompañaría: Para el genio tecnológico, el funcionamiento de la mente de Alice, distinto al de la gente común pero similar al suyo, era fascinante, y por mucho que Anna le mirase mal, ambos compartían el desagrado por su familia. – ¿Lo ves? – Dijo Ikana, para convencerlo. – Ya tienes algo para romper el hielo. Algo para empezar a conectar con ellas. Además, piénsalo de ésta manera: Si al final no cenamos con ellos, tendremos que ir con los tuyos. ¿Cuánto hace que no ves a tus padres y a los demás Salazar?

Raoul resopló. La última vez que había tenido contacto con su familia había sido cuando éstos intentaron monetizar la pasión de Raoul para su propio beneficio. Si había algo que le gustaba menos que ir a cenar con la familia de Bunker, era ir a cenar con su propia familia. - ¿Por qué no puedo simplemente quedarme en casa? Las fiestas son algo artificial, Ikana, no hay ninguna razón para celebrar la caída de la hoja del Árbol Sagrado precisamente ésta noche cuando ocurre durante todo el invierno. Natalis es una fiesta inventada.
Ella se volvió, sonriendo divertida por la pretendida incomprensión de Raoul. – Precisamente por eso. – Dijo, cruzándose de brazos. – Podríamos haber elegido cualquier fecha, no hacer fiesta. Pero hemos elegido que sea hoy el día que nos juntamos con nuestros seres queridos. Los mortales hemos elegido el día de hoy para celebrar el renacimiento y compartir nuestra energía vital con los demás, aunque sea de forma simbólica. ¿No crees que eso es lo más hermoso?
Él suspiró. – No lo sé. Es tan aleatorio… – Pero la vida en aquel planeta también lo era. La presencia de magia, el desarrollo de la humanidad a la sombra de los elfos. El simple hecho que todo funcionara era debido a una serie de casualidades. Y aquello… El hecho de que ella estuviera allí, frente a él, y él la amase… Aquello no era racional. Era aleatorio. Y, precisamente por eso, era hermoso.
Así que, una vez más, Raoul, el genio de la lógica, tuvo que darle la razón a Ikana. Y, a las nueve de la noche se encontraba, bien vestido, junto a Ikana, a la puerta de la casa de los Villalobos. Suspiró y llamó, educadamente.
Cuando la puerta se abrió, Raoul se quedó un poco intimidado, como siempre que se encontraba cara a cara con el gigantesco exnovio de Ikana, de más de dos metros de altura, con los brazos gruesos como troncos de árboles. Raoul estaba seguro de que había habido algún tipo de gigante en su árbol genealógico, y habría apostado por un troll si Ikana no le hubiera dado una colleja en el momento.
-          Vaya, justo a tiempo. – Sonrió, franqueándoles la entrada. – Estaba dándole los últimos toques al plato principal.

-          A ver si adivino… ¿Un vienés? – Suspiró Raoul. La gastronomía del lugar de origen del gigantón era variada… ¿Por qué siempre tenía que hacer el mismo plato?
-          ¡Niñas! – Llamó Ikana, entrando y colgando su abrigo en la entrada. - ¡Hemos llegado!
Desde la parte trasera del apartamento les llegó sonido de pasos. - ¡Ikana! – Replicó Anna, la mayor, que parecía hija de Bunker, por su tamaño y complexión. - ¿Cómo que “hemos lle…”? Ah, ya veo… - Se quedó parada al ver a Raoul, mirándolo mal.
Éste intentó forzar una sonrisa, algo difícil bajo la mirada de lo más parecido que había en aquella casa a un dragón. – Buenas noches, Anna. – Dijo, educadamente. - ¿Qué tal?
-          Bien hasta que viniste. – Replicó ella, con el ceño fruncido, mientras llegaba la hija real de Bunker, minúscula en comparación con los otros dos grandullones y con un libro en las manos. - ¿Por qué tuviste que traerlo, Kana? – Le preguntó a la novia de Raoul, que sonrió. - ¡Seguro que habría sido mucho más feliz con sus máquinas y esas cosas!

Sí, tenía razón. Raoul sabía que tenía razón. Pero pensó en lo que había hablado con Ikana. Tal vez aquello que había ante él era una joven malhumorada con tendencia a la violencia, pero también era una asombrosa mezcla de circunstancias. Una interesantísima conjunción de acontecimientos, que habían ido formando una trenza como la que ella llevaba en la sien hasta dar lugar a ella. Y aquello… Aquello era más interesante. O al menos, no era desagradable.

-          ¿Qué tal, Alice? – Saludó a la pequeña, también rubia, que lo miraba, en silencio. - ¿De qué es el libro ese que estás leyendo?
Ella lo tapó contra su pecho, en un intento por impedir que curioseara, pero al hacerlo le mostró la cubierta, y Raoul se sorprendió al encontrarse cara a cara con Valle Inquietante, por el famoso Ayzak Vomysa, un libro que no habría esperado encontrar en nadie que no tuviera interés por las conciencias artificiales. Uno de sus favoritos.
-          Vaya, interesante… ¿Entonces, te gusta el tema? ¿Qué es lo que más te gusta? – Vaciló él, tratando de entablar conversación y maldiciendo su inutilidad para la charla trivial tan popular entre la gente. Ella, por su parte, tampoco era una gran conversadora, ya que se conformó con clavarle la mirada, como haciéndole ver que su intento de conversación era un fracaso.
-          La gente. – Dijo, simplemente, y se fue, dejándolo allí, solo y yéndose a leer tranquila.
-          No te lo tomes como algo personal. – Dijo Anna. – Es así con todos.
-          Pero ha mejorado, ¿no? – Intervino Ikana. – Antes no pronunciaba ni palabra.
-          Sí, aunque depende del día que tenga. Hay veces que sólo conseguimos que hable por lengua de signos.

El torso de Bunker asomó por la puerta. – Venga, venid, que Alice es la única que me hace algo de caso… ¿O queréis cenar en el vestíbulo?
Y pasaron al salón, que estaba decorado con motivos rojos y verdes, como era casi obligatorio en los hogares de gente normal, y en una de las esquinas había un abeto arcoíris, con una figura de un fénix en la parte superior. – Vaya, ¿Lo habéis ayudado vosotras?

Aquello, pensó Ikana, era realmente acogedor. La mesa puesta, un recopilatorio de duelos antiguos en la tele para hacer tiempo, Anna renegando de los estudios…
-          Es un tema de lo más importante. – La intentaba convencer. – Por mucho que quieras seguir los pasos de Bunker en el mundo del espectáculo, necesitas al menos una base de formación.
-          ¡No digas tonterías, Kana! – Protestaba Anna. - ¡Me va muy bien con esto de las peleas! ¿Sabes que ayer volví a batir mi récord de sacos de arena destruidos en una hora? ¡Esto se me da genial! A este ritmo, antes del verano podré presentarme a una competición de las serias.
-          ¿Y después qué? ¡Ayúdame, Raoul! – Le exigió al inventor. - ¡Tú sabes lo importante que es estudiar!
-          Cla-claro que sí. – Intentó aportar él. – Piensa en el futuro, Anna. Ahora puedes luchar, pero no vas a ser siempre joven y fuerte.
-          O sí. – Replicó ella, frunciendo el ceño en su dirección. – Te recuerdo que soy un vampiro.

Bunker, que había vuelto a la cocina para terminar los últimos toques a la cena, volvió a asomarse desde la cocina. – Tenemos un problema.
El vino de brindar, el que tenía encantamientos festivos, se había acabado.
-          ¿Cómo pudiste no prever algo así? – Dijo Ikana. - ¡Quedamos en esto hace dos semanas!
-          Vale, vale, lo siento. – Replicó el grandullón. – El otro día se pasó el teniente a felicitarnos las fiestas y puede que bebiéramos un poco de más.
El teniente era un antiguo colega del ejército de Bunker, un viejo veterano que había sido una leyenda en su día, pero ahora gastaba su tiempo y dinero emborrachándose y recordándose los viejos tiempos. Ikana ni siquiera podía culparlo. A estas alturas de su vida, un hombre como el teniente lo único que tenía eran arrepentimientos que olvidar.
-          Debiste darte cuenta. – Riñó ella a Bunker, que dejó caer los hombros. – Ahora nos tocará beber otra cosa…
-          Y por eso me alegro de no beber nada que no sea sangre. – Intervino alegremente Anna. – Yo me lo compro y yo me lo bebo.

-          Está bien, está bien. – Bunker encajó las palabras de las mujeres. – Culpa mía, lo siento. Iré a por una botella, creo que la tienda de la esquina está regentada por espíritus y no cierra por Natalis.
Ikana y Raoul le dijeron que no hacía falta, pero después de aquello, alguien tan orgulloso como Bunker no podía quedarse allí, y no tardó en ponerse el abrigo y salir al frío de la noche invernal, a por una última botella de bebida espiritual.

-          Este Bunker… - Suspiró Ikana, sentándose en el sofá. – Mira que olvidar la bebida para brindar.
-          A mí eso no me habría pasado. – Dijo Raoul, encogiéndose de hombros. – No sé la gente como él, pero siempre tengo una lista de requisitos que cumplir antes de hacer nada… Llámalo estándares.
-          ¿Está en tu lista de requisitos que te golpee? – Replicó Anna. – Se quedó sin bebida porque estuvo acompañando al teniente a olvidar sus días de guerra. Algo seguramente mucho más altruista de lo que cualquiera de los Salazar ha hecho nunca.
Alice se levantó del sofá y dejó el libro en la mesilla, acercándose a la ventana y atrayendo las miradas de todos.
Y entonces Ikana, Raoul, Anna y Alice, todos pudieron oírlo claramente. Un estruendo. Un estampido. El sonido de un vehículo chocando contra algo. O contra alguien.
-          Bunker. – Dijo Alice. Ikana se lanzó hacia la ventana, y se dio cuenta de que tenía razón. Allí, en la calle, junto a una botella rota y un coche con el parachoques arrugado como una pasa, yacía el cuerpo inerte de Leonardo Villalobos. Bunker.


lunes, 31 de octubre de 2016

Cartas a una madre

Aunque la casa era grande, la mayor parte de ella estaba vacía, y sumida en la oscuridad. Sólo había una luz que desafiaba la penumbra.

-        Cómete la cena. – Se oyó, a media voz. El ruido de cubiertos y platos de la cocina que servía como comedor parecía ser ahogado por el silencio de una gran casa vacía.
-        No, no quiero. – Replicó una voz infantil, fastidiada. – Este pescado me da asco, no la quiero.
-        No me importa si te da asco. – Replicó la voz de hombre, sin responder al desafío implícito de la pequeña. – Todos tenemos que hacer cosas que nos dan asco. Esto es lo que tienes que comer, y si no lo haces ahora, lo desayunarás mañana. ¿Te ha quedado claro, niña?
Durante un momento, creyó que ella iba a retarle aún más, pero, tras un instante de silencio, se oyó su voz, resignada. Como tantas otras veces.
-        Sí…
-        Sí, “padre”. – La corrigió él.
-        Sí, “padre”. – Repitió ella, como un loro y con un deje de burla por el ridículo tratamiento que su padre quería imponerle.

-        Bien. – El padre no parecía haberse dado cuenta de la burla implícita de las palabras de ella, o más bien parecía ignorarlas deliberadamente. – Voy a volver al sótano, tengo trabajo. Cuando acabes, friega todo esto.

Cuando acabes, friega todo esto”. Fueron las últimas palabras que cruzaron padre e hija. Desde debajo de la tela, se pudo oír las protestas entre dientes de la pequeña, ya sola, junto al sonido del grifo mientras fregaba los platos. Un sonido solitario para una persona solitaria en una casa solitaria.
Una casa solitaria, vacía y triste, silenciosa como un cementerio, en la que la televisión resonó durante unos minutos, hasta que la pequeña se cansó, como se cansaba siempre, y se fue a su habitación.

La habitación, como el resto de la casa, era demasiado grande y suntuosa y estaba demasiado vacía. Ann encendió la luz, y pasó, pateando la gruesa cama con faldones, en dirección al escritorio, donde había un diario. ¿De verdad lo había dejado fuera? Durante un momento, se asustó, pensando que tal vez alguien podría ir entre sus cosas, pero no duró más de unos minutos. ¿Quién podría querer ir entre sus cosas, las cosas de una perdedora?
Miró lo que había escrito aquella tarde, después del colegio. “Querida mamá”, empezaba. Apenas habían pasado unas horas y ya le parecía una tontería. Escribirle una carta a su madre sobre los chicos que se reían de ella porque no tenía madre, menuda ironía.
Anna Salazar (por @Rioco_)


Miró el diario, sintiendo lástima de sí misma. Que si había niños que se reían y que le decían que su madre no le quería, que si se había vuelto a golpear con ellos, que si había sido un día aburrido… Que la casa estaba muy vacía sin ella, que quería que vieran juntas la nueva película de superhéroes, que seguro que le habría gustado la cena que se había preparado para sí misma ayer…

Ahogó un sollozo y arrancó la página del diario. Tonterías. No podía escribirle a su madre, porque ella no tenía madre. No tenía madre ni padre. No tenía a nadie, estaba sola en aquella casa tan grande, vacía y silenciosa. Sólo tenía a Ladón, su dragón de peluche. Tomándolo en brazos, se acostó y apagó la luz, deseándose buenas noches a sí misma, y su respiración no tardó mucho en ralentizarse.

Estaba dormida.

Entonces fue cuando la criatura rodó para salir de debajo de la cama. Pálida y demacrada, parecía más bien un esqueleto con piel o un muñeco mal hecho, calva y con aspecto emaciado. Con movimientos bruscos, antinaturales, se levantó, como si fuera un títere en manos de un titiritero novato, irguiéndose junto a la cama de la inocente pequeña, que, en su sueño, nada sospechaba.
La criatura sonrió, estirando la comisura de los labios para dejar ver sus dientes, afilados como agujas, y alargó la mano, exteriorizando cinco espinas de casi diez centímetros de largo debajo de cada una de sus uñas. Y miró a la pequeña, con aquellos ojos hundidos en sus órbitas, llenos de oscuridad y hambre de carne fresca.

Aquella pequeña rubia sí que era carne fresca. El peluche que agarraba con fuerza mostraba que aún no había abandonado del todo la inocencia infantil, pero las lágrimas en sus mejillas revelaban su tristeza y la dureza de sus condiciones.
Sin amigos con los que verse en clase, sin una madre que la fuera a despertar, sin un padre que se preocupara por ella. La víctima perfecta. Nadie la buscaría, si desapareciera.

La criatura se cernió sobre ella, extendiendo sus garras, que brillaron en la penumbra cual navajas de afeitar y habían visto desvanecerse la vida de muchas personas, y se inclinó, relamiéndose. Si la pequeña se hubiera despertado, ¿Qué habría hecho? ¿Habría gritado por una ayuda que sabía que no iba a llegar? ¿Habría intentado huir? ¿Defenderse?

Pero nunca sabremos qué es lo que habría hecho, porque no llegó a despertarse, y la aterradora criatura fue libre para bajar su zarpa sobre la pequeña, deslizándola sobre su cuerpo… Y, retrayendo las garras de vuelta al interior de los dedos, le limpió las lágrimas con infinito cuidado.

Soledad, dolor, abandono… La cadavérica criatura sabía muy bien qué era todo aquello que sentía la pequeña. Porque tal vez ella fuera un monstruo asesino sediento de sangre, y la otra una pequeña abrazada a un peluche, pero, en el fondo, eran iguales. Seres que habían sido rechazados por sus creadores, por la sociedad, y que, a pesar de vivir junto a ésta, no podían sino mirarlo, tratando de entender la razón por la cual existían en un mundo que no parecía necesitarlas.

La criatura acarició con una yema fría como un cadáver la mejilla de la pequeña, y ésta se removió en sueños, haciendo que se retirase. Pisó un papel, haciendo ruido por primera vez desde que había aparecido. Al recogerlo, con la mano sin garras, se dio cuenta de que era el diario de la pequeña, o más bien, lo que quedaba de él.

… No sé dónde estás, mamá”, decía, “o por qué no escribes, pero estoy segura que es porque estás trabajando mucho para ayudar a la gente” Leyó la criatura. “Sé que estás muy ocupada, pero me pregunto si no me podrías mandar algo muy guay, algo para enseñarles a esos niños tan malos y que me dejen por fin en paz”.

La criatura abrió la ventana, inhalando el fresco aire nocturno tras mirar por última vez a la pequeña durmiente. Aquella era una buena noche, pensó… Tenía muchos niños a los que asustar. Y salió por la ventana, tras cortar de la página la última parte. Aquella noche la luna no brillaba en el cielo, y las criaturas como ella podían moverse a placer. Una noche de muerte, una noche de terror.
Antes de salir saboreó por última vez el olor de la pequeña, y aquellas palabras que había recortado y se había guardado cuidadosamente en un bolsillo de su ropa vieja. Las últimas palabras de la niña, que, probablemente, eran las palabras más importantes de toda la página.

Te quiere,

Anna