Siempre
era igual.
-
Te estoy diciendo que el pentáculo no es así.
-
Y yo te digo que sí. Y provengo de un largo linaje de brujas, así que,
créeme, sé de lo que hablo. – Dijo la muchacha de melena castaña, con los
brazos en jarras.
-
Tú puedes provenir de donde quieras, Rioco… - Replicó el chico. -
¡Pero yo soy el que tiene el libro que describe el ritual de invocación! Y dice
que tienes que colocar la estrella con la punta hacia arriba. Estamos
intentando contactar con el más allá, después de todo… Creo que es obvio.
-
¡Pero yo te digo que no es así! – Replicó ella. - ¡Siempre que quieres
hacer magia mala, tienes que hacer un pentagrama invertido!
El
chico de ojos rasgados, Keith, suspiró exasperado. Sabía que pasaría eso desde
el principio, cuando Rioco le hizo ayudarlas con aquel ritual arcano. Él había
intentado negarse, por supuesto, pero, como de costumbre, Rioco había hecho
oídos sordos a sus palabras y lo había arrastrado con ellas, no sin antes dejar
que el chico se hiciera con una guía de rituales mágicos. Ambos sabían que iba
a acabar ocurriendo, antes o después.
Primero,
porque Keith sabía que, si su impulsiva amiga se metía en algo tan peligroso
como una invocación extraplanar por su cuenta, corría el riesgo de equivocarse
– como de hecho estaba ocurriendo – y acabar despertando fuerzas indeseadas. Y
era un riesgo que no quería correr, no sólo por Rioco – a fin de cuentas,
pensaba, ella misma lo estaba buscando – si no por su amiga pelirroja, Kanae,
que seguía a todos los lados a Rioco y se veía envuelta en sus gamberradas
habituales. Keith sabía que Kanae, aunque bienintencionada, no era capaz de
oponerse a la muchacha castaña.
Y, en
segundo lugar, aunque nunca lo admitiría delante de Rioco, era porque, en el
fondo, Keith compartía con su amiga el entusiasmo por el ocultismo y aquellos
tipos particulares de magia. Y, si Rioco se proponía invocar un demonio menor
en el sótano, Keith estaba más que dispuesto a participar, aunque se hiciera de
rogar sólo para mantener una fachada que ambos sabían que no era más que eso.
Pero allí
estaban: antes de ver al espíritu del Más Allá, aún tenían que superar sus
diferencias de conceptos, entre Rioco que decía que la estrella invertida era como
una cabeza de macho cabrío – y lo correlacionaba de alguna manera con invocar
un demonio menor – y Keith, que argumentaba que la quinta punta representaba al
espíritu, que en aquella invocación era lo dominante.
-
Tú estás hablando de magia negra. – Le explicó a Rioco. – Es un error
muy común, se pone invertida porque la gente que la hace busca beneficio
material, por eso pone las cuatro puntas que representan los elementos por
encima de la que representa el alma.
La
discusión podría haber durado mucho más, pero Kanae, pelirroja y también de
ojos rasgados, estaba al otro lado del círculo que habían pintado en el suelo.
- ¡Eh, desde aquí parece que está invertido! – Dijo, y Rioco volvió la cabeza
como un ciervo iluminado por un coche. – Creo que lo de que esté hacia arriba o
hacia abajo sólo depende de dónde se ponga uno… - Añadió Kanae, con una sonrisa.
-
Sí… - Keith miró el círculo. Podría haber argumentado que no era tan
fácil, que dependía de más factores – y el libro explicaba esos factores – pero
sabía que en realidad Kanae intentaba aligerar el proceso. – Tienes razón,
Kanae. ¿Estás contenta ya? – Se volvió hacia Rioco, que asintió, triunfante.
-
Sigue leyendo, Keithy…
-
Muy bien, a ver… “Una vez marcado el círculo de invocación básico, hay
que comenzar a añadir los accesorios”. – Leyó, a la tenue luz de la única
bombilla eléctrica del sótano, mientras Kanae volvía a su lado del círculo. –
“Por ejemplo, uno de los más populares es repasar el dibujo con una línea de
sal, cuyas propiedades protectoras están descritas en el capítulo…”
-
Sí, sí, bla, bla, bla… - Cortó Rioco, aburrida. – Pasa de todo eso,
vete a lo importante… ¿Qué tenemos que poner en cada punta?
Keith
la miró, sin poder creerse aún que Rioco hubiera durado viva y entera hasta
aquel punto con aquel desdén total por la seguridad. – Pero Rioco, lo que vamos
a hacer es muy peligroso. Aunque sea un demonio menor y esté limitado al
círculo, no sabemos cuál será el alcance de sus poderes. Deberíamos tener un
mínimo de seguridad.
-
Ya tenemos un mínimo de seguridad, tonto. – Replicó ella. - ¿Recuerdas
esa parte en la que Kanae tiene esos brazos demoníacos tan pro? Si nos intenta
hacer daño ese diablillo, ¡Ella lo fileteará y lo servirá en su salsa! – Se
imaginó la escena. – Mmm, filete demoníaco… ¿A qué creéis que sabrá? ¿A pollo?
-
Bueno, tradicionalmente los gallos negros han sido un cebo muy común
en los rituales demoníacos… - Especuló Keith. – Y de lo que se come se cría,
así que a lo mejor. Pero eso no es lo importante. – Miró a Kanae, preocupado. -
¿Estás segura de que podrías hacerlo, Kanae?
-
Eh… - Ella vaciló. Con el tiempo, Keith había logrado que la muchacha
pelirroja confiase en él casi tanto como en Rioco. Kanae la miró fugazmente
antes de contestar. – No-no lo sé… Esto no me gusta, ¿Y si algo sale mal?
Rioco
la tomó de los hombros. – Estará bien, ¿de acuerdo, Kanae? – Le dijo, con una
sonrisa mucho más sincera y reconfortante que las anteriores. – Estoy aquí,
Kanae. Si algo sale mal, estoy aquí. Y te prometo que no será como cuando nos
conocimos. No dejaré que ningún demonio, sea quien sea, te vuelva a hacer daño
nunca más. Y sé que tú harás lo mismo.
Y le
dio un beso rápido en los labios para motivarla, haciendo que el rostro de
Kanae se pusiera tan rojo como su cabello y se tensara. Cuando se separó, Rioco
se rió y se volvió hacia Keith, que había desviado la mirada, cohibido por la
repentina muestra de cariño.
-
Vamos, sigue leyendo. – Le dijo, riéndose. - ¿O tú también quieres
otro beso? ¡Que soy capaz!
-
¿Eh? – Keith se sonrojó también y retrocedió. - ¡No hace falta! S-sólo
estaba pensando en qué paso seguir ahora…
-
Tranquilo, bobo. – Siguió riéndose la muchacha. – Si te beso seguro
que me toca sujetar a mí ese libraco tan gordo… Además, te necesito para
traducir esa letra tan terrible.
Después
del beso, Kanae no pondría obstáculos a básicamente nada que dijera Rioco, y
Keith, en el fondo, no necesitaba ningún incentivo para realizar magia avanzada,
así que continuaron con el ritual de invocación, escribiendo en sendas hojas de
cuaderno – Que había traído Keith, el más previsor, o, mejor dicho, el único
previsor del grupo – los glifos necesarios para las ofrendas del círculo. A la
hora de aportar el cabello para atar a la criatura a alguien, Rioco se cortó un
mechón castaño, ya que era la que más fácilmente podía ocultarlo, y Kanae
también aportó algunos cabellos rojos, que usaron para atar el mechón. Keith se
echó atrás cuando le llegó el turno, y argumentó que, cuanta más gente
intentase dominarlo, menor sería el dominio sobre el demonio y más peligroso
sería.
No le
parecía buena idea revelarles que no confiaba en sí mismo a la hora de controlar
un demonio. Había leído lo que uno podía hacer con uno de esos, lo que uno
podía lograr. Venganza, éxito… No, no se sentía cómodo con el poder que podía
otorgarle lo que quiera que invocase. La forma más fácil de no caer en la
tentación es no exponerse a ella.
Y, finalmente,
llegó el momento. El espinazo de un pescado con el que Rioco llevaba toda la
semana pegando cómicamente a Keith, un cuenco de nébeda, una planta medicinal
que el chico había robado al boticario, un ovillo de hilo rojo, ya que por esta
vez Kanae había decidido hacer los detalles de su vestido en rosa… Las ofrendas
que habían encontrado asociadas con aquel demonio eran cada cual más extraña,
pero, al tiempo, todas tenían sentido, como había visto Keith tras pensarlo un
poco. Las colocaron, cada una en el lugar apropiado, y también cercaron el
pentágono central con velas negras, que al encenderse emitieron un olor
agradable.
Keith
pronunció las palabras mágicas del libro, escritas en egipcio demótico – que se
había encargado de traducir aparte, en la biblioteca – y esperaron, ante el
círculo de invocación. Keith miraba fijamente el humo de las velas, buscando
cambios en su verticalidad – había leído en un artículo que eran una de las
evidencias más tempranas de la presencia de cualquier demonio – mientras que
Kanae se aferraba al brazo de Rioco, temerosa, mientras ésta cruzaba los dedos
de ambas manos, pidiendo para sus adentros “que sea un triángulo, que sea un
triángulo” una y otra vez.
La
bombilla parpadeó, con una repentina sobrecarga de tensión seguida de un corto
apagón. Los chicos se miraron. Un parpadeo, sonido de electricidad, el crujir
de la madera… Y luego, nada. Todo volvió a la normalidad. Los tres se
mantuvieron a la espera unos minutos, en silencio, y luego se miraron, pero el
momento había pasado. El ambiente volvió a la normalidad, y volvieron a estar
los tres encerrados en el sótano la noche de Halloween.
-
Te dije que la estrella era al revés. – Rioco fue la primera que
rompió el silencio. – No me haces caso, y pasa lo que pasa, Keithy.
-
No, esto no tiene sentido… - Dijo él, ignorándola y mirando en el
libro, pasando páginas hacia delante y hacia atrás. – Hemos hecho todo como
decía aquí.
-
¡Pero lo hemos hecho al revés! – Repitió Rioco. - ¡Teníamos que haber
hecho lo que dijo Kanae, ponernos allí! Ahora mira todo el tiempo que hemos
perdido… ¡Halloween va a pasar y ni siquiera hemos sido capaces de invocar
nada!
-
Rioco, estamos en la posición correcta. – Replicó Keith. – Como ya te
dije, tu experiencia colándote en rituales de magia utilitarista sin entender
la teoría detrás de la práctica no sirve de nada. ¡Míralo! – Le dijo,
enseñándole las páginas amarillentas con textos y dibujos antiguos. - ¡Lo hemos
hecho todo bien! No sé qué ha podido pasar… Ah, espera, ya lo sé. ¿Recuerdas
esa parte en la que te dije bien claro que nada de susurrar ni murmurar cuando
yo pronunciaba el hechizo? A lo mejor si no hubieras hecho esas dos cosas,
habría salido.
-
No es mi culpa que tengas una concentración de cristal. – Replicó
ella, con los brazos en jarras. – Yo sí que tengo mala concentración, y no es
la primera vez que invoco algo. Y estoy segura que estamos en el lado
equivocado.
-
Muy bien. – Keith entrecerró los ojos, fastidiado. – Si tanto sabes de
magia y brujería que no me necesitas para nada, ¿qué te parece si coges tú el
libro y vas leyendo la guía? – Se lo plantó delante.
-
Eh… - Interrumpió Kanae, tocando el hombro de Rioco. - … ¿Chicos?
Keith y
Rioco volvieron la mirada al círculo, de donde la habían apartado al discutir,
y se dieron cuenta de que el humo de las velas se había curvado de forma
antinatural, uniéndose en el centro formando una pirámide que desembocaba en
una columna mucho más gruesa. – ¿Eso debería de preocuparnos?
-
Vaya… - Keith se colocó el grimorio bajo el brazo, mirando asombrado.
– Lo conseguimos.
Al
final, sí que lo habían hecho bien. Aquello era un signo inequívoco.
La
temperatura del sótano bajó cinco grados de golpe, provocándoles un escalofrío,
y el humo de las velas se inclinó aún más, formando una espiral que surgía de
las cinco velas negras y se unía en el centro.
Un
lamento que parecía provenir de otro mundo y contener más angustia de la que la
mente humana era capaz de asimilar atravesó la estancia, haciéndoles
retroceder. El interior del círculo se llenó de humo, que se acumuló,
oscureciéndose paulatinamente y formando una sombra en el centro.
Allí
había algo, pensaron los tres a la vez. Keith y Rioco se miraron, y él asintió.
Rioco,
la líder indiscutible del grupo, avanzó con autoridad hasta el borde del
círculo, con los brazos en jarra, cerniéndose sobre el demonio sabiendo que
tendía detrás el respaldo de sus amigos. A un lado, Kanae, con sus afilados
brazos demoníacos, y al otro, Keith, que ya había encontrado en el libro un
hechizo exorcista y estaba dispuesto a usarlo al mínimo peligro.
-
¡Muéstrate! – Le ordenó a la criatura extraplanar, y todo el humo de
las velas pareció concentrarse en ella, apagándolas y formando una bola
alrededor del pequeño cuerpo del demonio. Entonces, el humo se disipó de golpe,
y el gran gato negro de dos colas que había delante de Rioco se estiró,
abriendo el ojo gigante que sustituía a su cara para mirarla fijamente.
-
¡Sí! – Rioco dio un brinco de alegría. - ¡Lo hemos conseguido! ¡Gracias,
chicos, os quiero! – Los abrazó por el cuello, a los dos a la vez. – Por fin
podré enseñarle a mi hermana Iris que sí que puedo hacerme cargo de una
mascota… ¡Y lo haré a lo grande!

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