lunes, 31 de octubre de 2016

Juegos infantiles

Siempre era igual.
-    Te estoy diciendo que el pentáculo no es así.
-    Y yo te digo que sí. Y provengo de un largo linaje de brujas, así que, créeme, sé de lo que hablo. – Dijo la muchacha de melena castaña, con los brazos en jarras.
-    Tú puedes provenir de donde quieras, Rioco… - Replicó el chico. - ¡Pero yo soy el que tiene el libro que describe el ritual de invocación! Y dice que tienes que colocar la estrella con la punta hacia arriba. Estamos intentando contactar con el más allá, después de todo… Creo que es obvio.
-    ¡Pero yo te digo que no es así! – Replicó ella. - ¡Siempre que quieres hacer magia mala, tienes que hacer un pentagrama invertido!

El chico de ojos rasgados, Keith, suspiró exasperado. Sabía que pasaría eso desde el principio, cuando Rioco le hizo ayudarlas con aquel ritual arcano. Él había intentado negarse, por supuesto, pero, como de costumbre, Rioco había hecho oídos sordos a sus palabras y lo había arrastrado con ellas, no sin antes dejar que el chico se hiciera con una guía de rituales mágicos. Ambos sabían que iba a acabar ocurriendo, antes o después.
Primero, porque Keith sabía que, si su impulsiva amiga se metía en algo tan peligroso como una invocación extraplanar por su cuenta, corría el riesgo de equivocarse – como de hecho estaba ocurriendo – y acabar despertando fuerzas indeseadas. Y era un riesgo que no quería correr, no sólo por Rioco – a fin de cuentas, pensaba, ella misma lo estaba buscando – si no por su amiga pelirroja, Kanae, que seguía a todos los lados a Rioco y se veía envuelta en sus gamberradas habituales. Keith sabía que Kanae, aunque bienintencionada, no era capaz de oponerse a la muchacha castaña.
Y, en segundo lugar, aunque nunca lo admitiría delante de Rioco, era porque, en el fondo, Keith compartía con su amiga el entusiasmo por el ocultismo y aquellos tipos particulares de magia. Y, si Rioco se proponía invocar un demonio menor en el sótano, Keith estaba más que dispuesto a participar, aunque se hiciera de rogar sólo para mantener una fachada que ambos sabían que no era más que eso.

Pero allí estaban: antes de ver al espíritu del Más Allá, aún tenían que superar sus diferencias de conceptos, entre Rioco que decía que la estrella invertida era como una cabeza de macho cabrío – y lo correlacionaba de alguna manera con invocar un demonio menor – y Keith, que argumentaba que la quinta punta representaba al espíritu, que en aquella invocación era lo dominante.
-    Tú estás hablando de magia negra. – Le explicó a Rioco. – Es un error muy común, se pone invertida porque la gente que la hace busca beneficio material, por eso pone las cuatro puntas que representan los elementos por encima de la que representa el alma.
La discusión podría haber durado mucho más, pero Kanae, pelirroja y también de ojos rasgados, estaba al otro lado del círculo que habían pintado en el suelo. - ¡Eh, desde aquí parece que está invertido! – Dijo, y Rioco volvió la cabeza como un ciervo iluminado por un coche. – Creo que lo de que esté hacia arriba o hacia abajo sólo depende de dónde se ponga uno… - Añadió Kanae, con una sonrisa.
-    Sí… - Keith miró el círculo. Podría haber argumentado que no era tan fácil, que dependía de más factores – y el libro explicaba esos factores – pero sabía que en realidad Kanae intentaba aligerar el proceso. – Tienes razón, Kanae. ¿Estás contenta ya? – Se volvió hacia Rioco, que asintió, triunfante.
-    Sigue leyendo, Keithy…
-    Muy bien, a ver… “Una vez marcado el círculo de invocación básico, hay que comenzar a añadir los accesorios”. – Leyó, a la tenue luz de la única bombilla eléctrica del sótano, mientras Kanae volvía a su lado del círculo. – “Por ejemplo, uno de los más populares es repasar el dibujo con una línea de sal, cuyas propiedades protectoras están descritas en el capítulo…”
-    Sí, sí, bla, bla, bla… - Cortó Rioco, aburrida. – Pasa de todo eso, vete a lo importante… ¿Qué tenemos que poner en cada punta?

Keith la miró, sin poder creerse aún que Rioco hubiera durado viva y entera hasta aquel punto con aquel desdén total por la seguridad. – Pero Rioco, lo que vamos a hacer es muy peligroso. Aunque sea un demonio menor y esté limitado al círculo, no sabemos cuál será el alcance de sus poderes. Deberíamos tener un mínimo de seguridad.

-    Ya tenemos un mínimo de seguridad, tonto. – Replicó ella. - ¿Recuerdas esa parte en la que Kanae tiene esos brazos demoníacos tan pro? Si nos intenta hacer daño ese diablillo, ¡Ella lo fileteará y lo servirá en su salsa! – Se imaginó la escena. – Mmm, filete demoníaco… ¿A qué creéis que sabrá? ¿A pollo?
-    Bueno, tradicionalmente los gallos negros han sido un cebo muy común en los rituales demoníacos… - Especuló Keith. – Y de lo que se come se cría, así que a lo mejor. Pero eso no es lo importante. – Miró a Kanae, preocupado. - ¿Estás segura de que podrías hacerlo, Kanae?
-    Eh… - Ella vaciló. Con el tiempo, Keith había logrado que la muchacha pelirroja confiase en él casi tanto como en Rioco. Kanae la miró fugazmente antes de contestar. – No-no lo sé… Esto no me gusta, ¿Y si algo sale mal?

Rioco la tomó de los hombros. – Estará bien, ¿de acuerdo, Kanae? – Le dijo, con una sonrisa mucho más sincera y reconfortante que las anteriores. – Estoy aquí, Kanae. Si algo sale mal, estoy aquí. Y te prometo que no será como cuando nos conocimos. No dejaré que ningún demonio, sea quien sea, te vuelva a hacer daño nunca más. Y sé que tú harás lo mismo.
Y le dio un beso rápido en los labios para motivarla, haciendo que el rostro de Kanae se pusiera tan rojo como su cabello y se tensara. Cuando se separó, Rioco se rió y se volvió hacia Keith, que había desviado la mirada, cohibido por la repentina muestra de cariño.
-    Vamos, sigue leyendo. – Le dijo, riéndose. - ¿O tú también quieres otro beso? ¡Que soy capaz!
-    ¿Eh? – Keith se sonrojó también y retrocedió. - ¡No hace falta! S-sólo estaba pensando en qué paso seguir ahora…
-    Tranquilo, bobo. – Siguió riéndose la muchacha. – Si te beso seguro que me toca sujetar a mí ese libraco tan gordo… Además, te necesito para traducir esa letra tan terrible.

Después del beso, Kanae no pondría obstáculos a básicamente nada que dijera Rioco, y Keith, en el fondo, no necesitaba ningún incentivo para realizar magia avanzada, así que continuaron con el ritual de invocación, escribiendo en sendas hojas de cuaderno – Que había traído Keith, el más previsor, o, mejor dicho, el único previsor del grupo – los glifos necesarios para las ofrendas del círculo. A la hora de aportar el cabello para atar a la criatura a alguien, Rioco se cortó un mechón castaño, ya que era la que más fácilmente podía ocultarlo, y Kanae también aportó algunos cabellos rojos, que usaron para atar el mechón. Keith se echó atrás cuando le llegó el turno, y argumentó que, cuanta más gente intentase dominarlo, menor sería el dominio sobre el demonio y más peligroso sería.
No le parecía buena idea revelarles que no confiaba en sí mismo a la hora de controlar un demonio. Había leído lo que uno podía hacer con uno de esos, lo que uno podía lograr. Venganza, éxito… No, no se sentía cómodo con el poder que podía otorgarle lo que quiera que invocase. La forma más fácil de no caer en la tentación es no exponerse a ella.

Y, finalmente, llegó el momento. El espinazo de un pescado con el que Rioco llevaba toda la semana pegando cómicamente a Keith, un cuenco de nébeda, una planta medicinal que el chico había robado al boticario, un ovillo de hilo rojo, ya que por esta vez Kanae había decidido hacer los detalles de su vestido en rosa… Las ofrendas que habían encontrado asociadas con aquel demonio eran cada cual más extraña, pero, al tiempo, todas tenían sentido, como había visto Keith tras pensarlo un poco. Las colocaron, cada una en el lugar apropiado, y también cercaron el pentágono central con velas negras, que al encenderse emitieron un olor agradable.

Keith pronunció las palabras mágicas del libro, escritas en egipcio demótico – que se había encargado de traducir aparte, en la biblioteca – y esperaron, ante el círculo de invocación. Keith miraba fijamente el humo de las velas, buscando cambios en su verticalidad – había leído en un artículo que eran una de las evidencias más tempranas de la presencia de cualquier demonio – mientras que Kanae se aferraba al brazo de Rioco, temerosa, mientras ésta cruzaba los dedos de ambas manos, pidiendo para sus adentros “que sea un triángulo, que sea un triángulo” una y otra vez.

La bombilla parpadeó, con una repentina sobrecarga de tensión seguida de un corto apagón. Los chicos se miraron. Un parpadeo, sonido de electricidad, el crujir de la madera… Y luego, nada. Todo volvió a la normalidad. Los tres se mantuvieron a la espera unos minutos, en silencio, y luego se miraron, pero el momento había pasado. El ambiente volvió a la normalidad, y volvieron a estar los tres encerrados en el sótano la noche de Halloween.

-    Te dije que la estrella era al revés. – Rioco fue la primera que rompió el silencio. – No me haces caso, y pasa lo que pasa, Keithy.
-    No, esto no tiene sentido… - Dijo él, ignorándola y mirando en el libro, pasando páginas hacia delante y hacia atrás. – Hemos hecho todo como decía aquí.
-    ¡Pero lo hemos hecho al revés! – Repitió Rioco. - ¡Teníamos que haber hecho lo que dijo Kanae, ponernos allí! Ahora mira todo el tiempo que hemos perdido… ¡Halloween va a pasar y ni siquiera hemos sido capaces de invocar nada!
-    Rioco, estamos en la posición correcta. – Replicó Keith. – Como ya te dije, tu experiencia colándote en rituales de magia utilitarista sin entender la teoría detrás de la práctica no sirve de nada. ¡Míralo! – Le dijo, enseñándole las páginas amarillentas con textos y dibujos antiguos. - ¡Lo hemos hecho todo bien! No sé qué ha podido pasar… Ah, espera, ya lo sé. ¿Recuerdas esa parte en la que te dije bien claro que nada de susurrar ni murmurar cuando yo pronunciaba el hechizo? A lo mejor si no hubieras hecho esas dos cosas, habría salido.
-    No es mi culpa que tengas una concentración de cristal. – Replicó ella, con los brazos en jarras. – Yo sí que tengo mala concentración, y no es la primera vez que invoco algo. Y estoy segura que estamos en el lado equivocado.
-    Muy bien. – Keith entrecerró los ojos, fastidiado. – Si tanto sabes de magia y brujería que no me necesitas para nada, ¿qué te parece si coges tú el libro y vas leyendo la guía? – Se lo plantó delante.
-    Eh… - Interrumpió Kanae, tocando el hombro de Rioco. - … ¿Chicos?
Keith y Rioco volvieron la mirada al círculo, de donde la habían apartado al discutir, y se dieron cuenta de que el humo de las velas se había curvado de forma antinatural, uniéndose en el centro formando una pirámide que desembocaba en una columna mucho más gruesa. – ¿Eso debería de preocuparnos?

-    Vaya… - Keith se colocó el grimorio bajo el brazo, mirando asombrado. – Lo conseguimos.
Al final, sí que lo habían hecho bien. Aquello era un signo inequívoco.
La temperatura del sótano bajó cinco grados de golpe, provocándoles un escalofrío, y el humo de las velas se inclinó aún más, formando una espiral que surgía de las cinco velas negras y se unía en el centro.

Un lamento que parecía provenir de otro mundo y contener más angustia de la que la mente humana era capaz de asimilar atravesó la estancia, haciéndoles retroceder. El interior del círculo se llenó de humo, que se acumuló, oscureciéndose paulatinamente y formando una sombra en el centro.
Allí había algo, pensaron los tres a la vez. Keith y Rioco se miraron, y él asintió.

Rioco, la líder indiscutible del grupo, avanzó con autoridad hasta el borde del círculo, con los brazos en jarra, cerniéndose sobre el demonio sabiendo que tendía detrás el respaldo de sus amigos. A un lado, Kanae, con sus afilados brazos demoníacos, y al otro, Keith, que ya había encontrado en el libro un hechizo exorcista y estaba dispuesto a usarlo al mínimo peligro.
-         ¡Muéstrate! – Le ordenó a la criatura extraplanar, y todo el humo de las velas pareció concentrarse en ella, apagándolas y formando una bola alrededor del pequeño cuerpo del demonio. Entonces, el humo se disipó de golpe, y el gran gato negro de dos colas que había delante de Rioco se estiró, abriendo el ojo gigante que sustituía a su cara para mirarla fijamente.
-         ¡Sí! – Rioco dio un brinco de alegría. - ¡Lo hemos conseguido! ¡Gracias, chicos, os quiero! – Los abrazó por el cuello, a los dos a la vez. – Por fin podré enseñarle a mi hermana Iris que sí que puedo hacerme cargo de una mascota… ¡Y lo haré a lo grande!



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