(Publicado originalmente el 8/12/12)
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martes, 10 de enero de 2017
martes, 27 de diciembre de 2016
The Bus Stop
Hay
veces que nadie sabe qué ocurre. Tal vez fueran sus ojos rasgados, o su pelo
rojo. O tal vez fuera que las otras niñas de clase simplemente no podían
tragarla. Su madre decía que tenían envidia y que la solución era ignorarlas,
pero Kanae no podía hacer tal cosa.
Sí,
lo había intentado, pero con el tiempo, las risas y las bromas pesadas habían
alcanzado un punto crítico, y, aunque la pequeña tenía mucho aguante, todo el
mundo tiene un punto de rotura.
Kanae
lo había alcanzado cuando encontró pintadas en la fachada de su casa.
Seguramente sería cosa de Lindsay, que tenía un amigo mayor que hacía grafitis
(todo el mundo lo sabía). O tal vez hubiera sido la propia Lindsay, o tal vez…
No, no importaba. Pero si había algo por lo que Kanae no quería pasar, algo por
lo que no pensaba pasar, era que su familia se viera envuelta en ello.
Así
que llegó a casa, se puso su máscara de una sonrisa, respondió con un “bien” a
las preguntas de su madre, se portó bien en la comida – como le habían
enseñado, ya que Kanae siempre procuraba hacer lo que le habían enseñado -, y
acto seguido se fue a su habitación y comenzó a vaciar la mochila.
Se
lo había dicho a los profesores, como le habían enseñado, pero éstos no le
habían ofrecido mucha ayuda; “son cosas de niños”, le decían; “ya crecerán”. El
señor Brown, el orientador, sí había reunido a los principales hostigadores de
la niña y les había echado una buena bronca. Pero, si pensaba que aquello iba a
disminuir los problemas de la pequeña, se equivocaba: Los niños se lo tomaron
como algo personal – como si antes no fuera lo suficientemente personal para
Kanae – y ahora todas las miradas que le dirigían a Kanae, todas las notitas
anónimas que pasaban de mano en mano en clase, todas las bolitas disparadas por
bolígrafos huecos estaban envenenadas.
Su
madre, de quien había heredado los ojos y el color del cabello, era la que le
había dado el consejo más útil hasta el momento: Si no te caen bien, la forma
más fácil de evitarlos es separarte de ellos.
Y
eso es lo que hacía, cada vez más, evitando las interferencias de los niños que
pretendían reírse a su costa hasta que se dio cuenta de que el peligro había
llegado hasta casa.
Y
entonces, tomó el siguiente paso lógico: Vació la mochila, la llenó de ropa, y
salió, sin más, por la puerta principal, sin saber a dónde se dirigía pero
teniendo muy claro que no podía dejar que aquellos niños tan horribles les
hicieran daño a sus padres.
Así
es cómo había acabado la pequeña en la parada de autobús, determinada a, con el
poco dinero que tenía – se había llevado la hucha en la que metía las propinas
y el dinero de los cumpleaños – llegar lo más lejos posible. A algún lugar
donde los otros niños dejaran de molestarla.
El
único problema… es que no estaba sola. Junto a ella, o más concretamente al
otro lado de la parada, había una chica que no parecía mucho mayor que ella,
con melena castaña, camiseta de tirantes, pantalones cortos y una mochila llena
de dibujos que no parecían guardar relación. También tenía unos cascos
alrededor de las orejas, y debían estar funcionando, porque la chica se movía
al son de una música que sólo ella podía oír, tocando un teclado invisible ante
ella y murmurando unas palabras apenas audibles.
- Let me see what spring is like…
Juupiter and Mars…
Kanae
sintió el impulso de seguir la letra, ya que no le era desconocida, pero se
abstuvo, y poco después el autobús llegó y Kanae se subió en silencio, dejando
a la chica danzante en la parada. No sabía lo que le depararía el futuro ni
dónde acabaría, pero lo que sí sabía era que, tarde o temprano, el bus se
detendría en la estación, y que de ahí saldrían buses para lugares más lejanos.
Sitios donde seguro que no la molestarían, y donde seguro que ella no podría
hacer que molestasen a sus padres.
Kanae
se sentó en un asiento vacío, viendo por la ventana la parada vacía que había
abandonado, mientras el vehículo volvía a ponerse en marcha. Suspiró,
sintiéndose muy triste. Pero no pudo sentirse muy triste mucho tiempo.
-
¿Está libre? – Kanae se volvió, encontrándose a la chica de la parada, que
llevaba la mochila de un solo hombro y los cascos a medio quitar, como si se
hubiera dado cuenta de que ese era el bus que tenía que tomar. – Ah, pero qué digo…
- Rió ante su propia pregunta. – ¡Claro que está libre, te acabas de subir
igual que yo! ¿Te importa si me siento?
Al
parecer, Kanae no tenía mucho margen de elección, y la desconocida se sentó
junto a ella mientras el bus bajaba por la colina en dirección al centro. – Le
he dicho a mi hermana que sí que podía ir sola a la convención, pero seguro que
si voy con alguien no me olvido de bajarme.
Satisfecha
con su explicación, la desconocida se pegó al respaldo del asiento e inspiró,
como para tranquilizarse, mientras Kanae se preguntaba que a qué convención se
refería. La chica pareció darse cuenta.
-
Porque vas a la convención, ¿no? Incluso llevas el cosplay ahí guardado, venga…
– Apuntó a la mochila de Kanae, de la que sobresalía una manga de camisa. ¿Por
qué Kanae había metido una camisa en la mochila, aparte de porque le gustaban
las camisas? Nunca lo sabría. – Yo siempre quise hacer cosplay, de Sonyr-tan o
algo así, aunque mi hermana no dejaba de decirme que era muy caro… - Kanae no
tenía ni idea de qué o quién era Sonyr y de por qué le pondrían un sufijo,
aunque conocía el programa de edición de sonido. – Y cuando le digo de hacerlo
yo, siempre me dice que nunca lo termino. Lo cual es verdad, pero… Ah, por
cierto. – Pareció caer en la cuenta. – Me llamo Rioco… ¿Y tú?
Kanae
miró a aquella chica tan rara, que había aparecido de la nada. ¿Sería así con
todo el mundo? ¿Le funcionaría con alguien? Kanae pensó que no tenía nada que
perder, así que le dijo su nombre. Rioco, la niña rara, lo repitió, para asegurarse
de que lo decía bien, y volvió a mirar la mochila, revisando las numerosas
chapas que tenía entre las abrazaderas y los bolsos para asegurarse de que
estuvieran bien alineadas.
Kanae,
por su parte, pensó en cómo una persona normal actuaría cuando una desconocida
tan acelerada como Rioco se les acercaba como si les conociera de toda la vida.
Seguramente lo normal sería decirle que se tranquilizase y hacerle ver su
propia excentricidad. Kanae estuvo a punto de hacer un comentario, pero cuando
abrió la boca se dio cuenta.
Aquello
era precisamente lo que ocurría con ella. Volvió a mirar a Rioco, que ahora
quitaba pelusas del asiento anterior, y pensó que no había nada malo en ella.
Era una chica normal, y su pelo y sus ojos castaños no eran, ni de lejos, tan
llamativos como el conjunto de colores de Kanae. A ojos de los demás, Rioco era
lo que se podría decir, “normal”. Y sin embargo ella estaba a punto de llamarla
“rara”, sólo porque había sido amigable con ella.
Kanae
tragó saliva y se lo pensó mejor.
-
¿Eso que estabas escuchando era…?
-
¡El ending de la mejor serie de todos los tiempos! – Contestó Rioco, tocándose
los cascos. - ¡El mensajero del Tercer Apocalipsis! ¡Con robots, monstruos
gigantes, drama adolescente…! ¡Y más robots!
-
Ah… - Una vez más, Kanae se sintió echada para atrás por la efusividad de
Rioco. – Yo la he dado en clase de piano…
-
¡Vaya! ¿Sabes tocarla? Eso mola aún más, Kanae. – Le sonrió Rioco. – Era Kanae,
¿verdad?
La
niña asintió, pensando que era un milagro que Rioco hubiera llegado a la parada
si era así de costumbre. Una vez más, pareció leerle el pensamiento. – Lo
siento, es que hoy estoy muy emocionada… ¿Te quieres creer que al salir de casa
casi me llevo el uniforme del colegio? Habría quedado muy rara en la
convención… Aunque sé de uno al que sí le habría gustado… Aunque lo niegue. En
fin… Lo siento si estoy un poco emocionada… Llevo esperando esta convención
durante todo el año. ¡Dicen que el doctor Salazar por fin ha conseguido crear
un androide con Inteligencia Artificial de verdad, y que lo va a presentar en
la convención! No llevo entrada, pero, a lo mejor, consigo colarme para verlo…
¿Te apuntas?
¿Un
androide con Inteligencia Artificial? Sí, Kanae sabía que la robótica había
avanzado mucho, aunque obviamente no sabía nada de androides más allá de los
documentales que ponía su padre siempre después de comer y que, más bien,
usaban para bajar la comida en el sofá.
Aquello
le hizo sentir a Kanae una punzada, pensando que ya no podría sentarse con
ellos después de comer y poner cualquier cosa en la tele.
-
Estaba pensando… - Decía Rioco. – Tus padres deben confiar mucho en ti, ¿no?
Para dejarte venir sola a la conven…
-
Bueno… - Kanae, que había sentido otra punzada de arrepentimiento una vez la
pasión de Rioco iba diluyendo su determinación, evitó la pregunta. - ¿Y los
tuyos?
-
Mi hermana… Bueno, la verdad… - Rioco se inclinó hacia Kanae, como si le
contase un secreto. – Mi hermana no sabe que vengo… Ella cree que sigo
castigada en mi habitación, donde me dejó. ¡Ja!
Kanae
miró por la ventana otra vez, pensativa. Una niña se escapa de casa porque no
quiere causarles problemas a sus padres. Otra niña se escapa de casa para ir a
una convención. Kanae miró a Rioco, que parecía no tener ninguna preocupación
en el mundo. Lo único que esperaba era ir a la convención, a ver la
presentación de un robot superpro o a la exposición de la película de su anime
favorito. Y en cambio, ella… ¿Qué esperaba ella?
Suspiró.
Iría a la estación, se subiría a un autobús de larga distancia, y entonces… ¿Qué?
¿Qué pasaría entonces? Igual que la hermana de Rioco se preocuparía cuando
viera que ésta había escapado, sus padres se preocuparían cuando no vieran a
Kanae. Sintió las lágrimas acumularse en los ojos, sin saber qué hacer, y miró
a la ventana para no preocupar a la otra niña.
Sin
embargo, sintió la mano de ésta en el brazo.
-
Ea, ea… - Le decía suavemente, probablemente sin saber qué más decir. Pero
tampoco era necesario que dijera más. Estaba allí, con su entusiasmo y su
locuacidad. Y estar allí, con alguien, era en aquel momento lo que necesitaba
Kanae. Dejar de estar sola, con sus terribles ideas y sus autobuses a larga
distancia.
-
La verdad… - Admitió, sorbiendo los mocos que habían estado a punto de salir. –
Es que yo también me he escapado. Y-y seguro que se preocupan…
-
Vale, vale… - Kanae volvió a mirar, encontrándose con una sonrisa radiante de
Rioco.
-
¡Tengo una idea! – Dijo. - ¿Qué te parece si, en cuanto lleguemos, las dos
llamamos a casa? Si estoy con alguien, seguro que mi hermana no se enfada, y a
ti tampoco te dirán nada, ¿Verdad?
Kanae
asintió, aferrándose a la mochila con fuerza. - ¿Hay teléfonos, en la “conven”?
- Tal vez quedarse con ella fuera lo mejor, hasta que decidiera algo definitivo
-
¡No seas tonta, los llamaremos desde el mío! – Rioco palmeó su mochila. – Así
pueden guardar mi número por si luego pasa algo, ¿qué te parece? ¿Mejor así?
Kanae
asintió de nuevo, terminando de decidirse por bajar en la parada Leonardo
Villalobos con Rioco. – Ah… ¿Y para entrar se necesita entrada o algo así?
-
¡Sí! ¿No tienes? – Rioco la miró, incrédula, pero sin perder un momento se puso
a rebuscar en el bolsillo más pequeño de la mochila. - ¡Toma, invita la casa!
-
¿Cómo es que tienes dos? – Preguntó Kanae, viendo que tenía dos folios
idénticos y doblados igual, con una ficha impresa en rojo en una esquina.
-
Es posible que me comprase una entrada un día, por internet… - Admitió ella. -
… Y que se me olvidase y volviera a comprarla a los tres días. Qué tontería,
¿verdad? La había traído pensando en un amigo, pero creo que será más divertido
esperar dentro a que haga la cola… ¡Toma!
Rioco
le alargó la entrada a Kanae, pero cuando ésta fue a cogerla, la retiró. -
¡Pero con una condición! Que cuando estemos allí dentro, me invites a ramen. –
Le guiñó un ojo. - ¡Y tamaño XL!
Kanae
sonrió, pensando en cómo sabría aquella comida basura en comparación a la que
hacía su madre cuando tenía tiempo, y acto seguido se levantó corriendo,
avisando a Rioco de que acababa de ver la parada pasar ante el autobús.
Tal
vez tuvieran que caminar unas calles más hasta llegar a la convención, pero, si
había algo de lo que Kanae podía estar segura, es de que, con Rioco, no iba a
aburrirse un solo minuto.
lunes, 31 de octubre de 2016
Juegos infantiles
Siempre
era igual.
-
Te estoy diciendo que el pentáculo no es así.
-
Y yo te digo que sí. Y provengo de un largo linaje de brujas, así que,
créeme, sé de lo que hablo. – Dijo la muchacha de melena castaña, con los
brazos en jarras.
-
Tú puedes provenir de donde quieras, Rioco… - Replicó el chico. -
¡Pero yo soy el que tiene el libro que describe el ritual de invocación! Y dice
que tienes que colocar la estrella con la punta hacia arriba. Estamos
intentando contactar con el más allá, después de todo… Creo que es obvio.
-
¡Pero yo te digo que no es así! – Replicó ella. - ¡Siempre que quieres
hacer magia mala, tienes que hacer un pentagrama invertido!
El
chico de ojos rasgados, Keith, suspiró exasperado. Sabía que pasaría eso desde
el principio, cuando Rioco le hizo ayudarlas con aquel ritual arcano. Él había
intentado negarse, por supuesto, pero, como de costumbre, Rioco había hecho
oídos sordos a sus palabras y lo había arrastrado con ellas, no sin antes dejar
que el chico se hiciera con una guía de rituales mágicos. Ambos sabían que iba
a acabar ocurriendo, antes o después.
Primero,
porque Keith sabía que, si su impulsiva amiga se metía en algo tan peligroso
como una invocación extraplanar por su cuenta, corría el riesgo de equivocarse
– como de hecho estaba ocurriendo – y acabar despertando fuerzas indeseadas. Y
era un riesgo que no quería correr, no sólo por Rioco – a fin de cuentas,
pensaba, ella misma lo estaba buscando – si no por su amiga pelirroja, Kanae,
que seguía a todos los lados a Rioco y se veía envuelta en sus gamberradas
habituales. Keith sabía que Kanae, aunque bienintencionada, no era capaz de
oponerse a la muchacha castaña.
Y, en
segundo lugar, aunque nunca lo admitiría delante de Rioco, era porque, en el
fondo, Keith compartía con su amiga el entusiasmo por el ocultismo y aquellos
tipos particulares de magia. Y, si Rioco se proponía invocar un demonio menor
en el sótano, Keith estaba más que dispuesto a participar, aunque se hiciera de
rogar sólo para mantener una fachada que ambos sabían que no era más que eso.
Pero allí
estaban: antes de ver al espíritu del Más Allá, aún tenían que superar sus
diferencias de conceptos, entre Rioco que decía que la estrella invertida era como
una cabeza de macho cabrío – y lo correlacionaba de alguna manera con invocar
un demonio menor – y Keith, que argumentaba que la quinta punta representaba al
espíritu, que en aquella invocación era lo dominante.
-
Tú estás hablando de magia negra. – Le explicó a Rioco. – Es un error
muy común, se pone invertida porque la gente que la hace busca beneficio
material, por eso pone las cuatro puntas que representan los elementos por
encima de la que representa el alma.
La
discusión podría haber durado mucho más, pero Kanae, pelirroja y también de
ojos rasgados, estaba al otro lado del círculo que habían pintado en el suelo.
- ¡Eh, desde aquí parece que está invertido! – Dijo, y Rioco volvió la cabeza
como un ciervo iluminado por un coche. – Creo que lo de que esté hacia arriba o
hacia abajo sólo depende de dónde se ponga uno… - Añadió Kanae, con una sonrisa.
-
Sí… - Keith miró el círculo. Podría haber argumentado que no era tan
fácil, que dependía de más factores – y el libro explicaba esos factores – pero
sabía que en realidad Kanae intentaba aligerar el proceso. – Tienes razón,
Kanae. ¿Estás contenta ya? – Se volvió hacia Rioco, que asintió, triunfante.
-
Sigue leyendo, Keithy…
-
Muy bien, a ver… “Una vez marcado el círculo de invocación básico, hay
que comenzar a añadir los accesorios”. – Leyó, a la tenue luz de la única
bombilla eléctrica del sótano, mientras Kanae volvía a su lado del círculo. –
“Por ejemplo, uno de los más populares es repasar el dibujo con una línea de
sal, cuyas propiedades protectoras están descritas en el capítulo…”
-
Sí, sí, bla, bla, bla… - Cortó Rioco, aburrida. – Pasa de todo eso,
vete a lo importante… ¿Qué tenemos que poner en cada punta?
Keith
la miró, sin poder creerse aún que Rioco hubiera durado viva y entera hasta
aquel punto con aquel desdén total por la seguridad. – Pero Rioco, lo que vamos
a hacer es muy peligroso. Aunque sea un demonio menor y esté limitado al
círculo, no sabemos cuál será el alcance de sus poderes. Deberíamos tener un
mínimo de seguridad.
-
Ya tenemos un mínimo de seguridad, tonto. – Replicó ella. - ¿Recuerdas
esa parte en la que Kanae tiene esos brazos demoníacos tan pro? Si nos intenta
hacer daño ese diablillo, ¡Ella lo fileteará y lo servirá en su salsa! – Se
imaginó la escena. – Mmm, filete demoníaco… ¿A qué creéis que sabrá? ¿A pollo?
-
Bueno, tradicionalmente los gallos negros han sido un cebo muy común
en los rituales demoníacos… - Especuló Keith. – Y de lo que se come se cría,
así que a lo mejor. Pero eso no es lo importante. – Miró a Kanae, preocupado. -
¿Estás segura de que podrías hacerlo, Kanae?
-
Eh… - Ella vaciló. Con el tiempo, Keith había logrado que la muchacha
pelirroja confiase en él casi tanto como en Rioco. Kanae la miró fugazmente
antes de contestar. – No-no lo sé… Esto no me gusta, ¿Y si algo sale mal?
Rioco
la tomó de los hombros. – Estará bien, ¿de acuerdo, Kanae? – Le dijo, con una
sonrisa mucho más sincera y reconfortante que las anteriores. – Estoy aquí,
Kanae. Si algo sale mal, estoy aquí. Y te prometo que no será como cuando nos
conocimos. No dejaré que ningún demonio, sea quien sea, te vuelva a hacer daño
nunca más. Y sé que tú harás lo mismo.
Y le
dio un beso rápido en los labios para motivarla, haciendo que el rostro de
Kanae se pusiera tan rojo como su cabello y se tensara. Cuando se separó, Rioco
se rió y se volvió hacia Keith, que había desviado la mirada, cohibido por la
repentina muestra de cariño.
-
Vamos, sigue leyendo. – Le dijo, riéndose. - ¿O tú también quieres
otro beso? ¡Que soy capaz!
-
¿Eh? – Keith se sonrojó también y retrocedió. - ¡No hace falta! S-sólo
estaba pensando en qué paso seguir ahora…
-
Tranquilo, bobo. – Siguió riéndose la muchacha. – Si te beso seguro
que me toca sujetar a mí ese libraco tan gordo… Además, te necesito para
traducir esa letra tan terrible.
Después
del beso, Kanae no pondría obstáculos a básicamente nada que dijera Rioco, y
Keith, en el fondo, no necesitaba ningún incentivo para realizar magia avanzada,
así que continuaron con el ritual de invocación, escribiendo en sendas hojas de
cuaderno – Que había traído Keith, el más previsor, o, mejor dicho, el único
previsor del grupo – los glifos necesarios para las ofrendas del círculo. A la
hora de aportar el cabello para atar a la criatura a alguien, Rioco se cortó un
mechón castaño, ya que era la que más fácilmente podía ocultarlo, y Kanae
también aportó algunos cabellos rojos, que usaron para atar el mechón. Keith se
echó atrás cuando le llegó el turno, y argumentó que, cuanta más gente
intentase dominarlo, menor sería el dominio sobre el demonio y más peligroso
sería.
No le
parecía buena idea revelarles que no confiaba en sí mismo a la hora de controlar
un demonio. Había leído lo que uno podía hacer con uno de esos, lo que uno
podía lograr. Venganza, éxito… No, no se sentía cómodo con el poder que podía
otorgarle lo que quiera que invocase. La forma más fácil de no caer en la
tentación es no exponerse a ella.
Y, finalmente,
llegó el momento. El espinazo de un pescado con el que Rioco llevaba toda la
semana pegando cómicamente a Keith, un cuenco de nébeda, una planta medicinal
que el chico había robado al boticario, un ovillo de hilo rojo, ya que por esta
vez Kanae había decidido hacer los detalles de su vestido en rosa… Las ofrendas
que habían encontrado asociadas con aquel demonio eran cada cual más extraña,
pero, al tiempo, todas tenían sentido, como había visto Keith tras pensarlo un
poco. Las colocaron, cada una en el lugar apropiado, y también cercaron el
pentágono central con velas negras, que al encenderse emitieron un olor
agradable.
Keith
pronunció las palabras mágicas del libro, escritas en egipcio demótico – que se
había encargado de traducir aparte, en la biblioteca – y esperaron, ante el
círculo de invocación. Keith miraba fijamente el humo de las velas, buscando
cambios en su verticalidad – había leído en un artículo que eran una de las
evidencias más tempranas de la presencia de cualquier demonio – mientras que
Kanae se aferraba al brazo de Rioco, temerosa, mientras ésta cruzaba los dedos
de ambas manos, pidiendo para sus adentros “que sea un triángulo, que sea un
triángulo” una y otra vez.
La
bombilla parpadeó, con una repentina sobrecarga de tensión seguida de un corto
apagón. Los chicos se miraron. Un parpadeo, sonido de electricidad, el crujir
de la madera… Y luego, nada. Todo volvió a la normalidad. Los tres se
mantuvieron a la espera unos minutos, en silencio, y luego se miraron, pero el
momento había pasado. El ambiente volvió a la normalidad, y volvieron a estar
los tres encerrados en el sótano la noche de Halloween.
-
Te dije que la estrella era al revés. – Rioco fue la primera que
rompió el silencio. – No me haces caso, y pasa lo que pasa, Keithy.
-
No, esto no tiene sentido… - Dijo él, ignorándola y mirando en el
libro, pasando páginas hacia delante y hacia atrás. – Hemos hecho todo como
decía aquí.
-
¡Pero lo hemos hecho al revés! – Repitió Rioco. - ¡Teníamos que haber
hecho lo que dijo Kanae, ponernos allí! Ahora mira todo el tiempo que hemos
perdido… ¡Halloween va a pasar y ni siquiera hemos sido capaces de invocar
nada!
-
Rioco, estamos en la posición correcta. – Replicó Keith. – Como ya te
dije, tu experiencia colándote en rituales de magia utilitarista sin entender
la teoría detrás de la práctica no sirve de nada. ¡Míralo! – Le dijo,
enseñándole las páginas amarillentas con textos y dibujos antiguos. - ¡Lo hemos
hecho todo bien! No sé qué ha podido pasar… Ah, espera, ya lo sé. ¿Recuerdas
esa parte en la que te dije bien claro que nada de susurrar ni murmurar cuando
yo pronunciaba el hechizo? A lo mejor si no hubieras hecho esas dos cosas,
habría salido.
-
No es mi culpa que tengas una concentración de cristal. – Replicó
ella, con los brazos en jarras. – Yo sí que tengo mala concentración, y no es
la primera vez que invoco algo. Y estoy segura que estamos en el lado
equivocado.
-
Muy bien. – Keith entrecerró los ojos, fastidiado. – Si tanto sabes de
magia y brujería que no me necesitas para nada, ¿qué te parece si coges tú el
libro y vas leyendo la guía? – Se lo plantó delante.
-
Eh… - Interrumpió Kanae, tocando el hombro de Rioco. - … ¿Chicos?
Keith y
Rioco volvieron la mirada al círculo, de donde la habían apartado al discutir,
y se dieron cuenta de que el humo de las velas se había curvado de forma
antinatural, uniéndose en el centro formando una pirámide que desembocaba en
una columna mucho más gruesa. – ¿Eso debería de preocuparnos?
-
Vaya… - Keith se colocó el grimorio bajo el brazo, mirando asombrado.
– Lo conseguimos.
Al
final, sí que lo habían hecho bien. Aquello era un signo inequívoco.
La
temperatura del sótano bajó cinco grados de golpe, provocándoles un escalofrío,
y el humo de las velas se inclinó aún más, formando una espiral que surgía de
las cinco velas negras y se unía en el centro.
Un
lamento que parecía provenir de otro mundo y contener más angustia de la que la
mente humana era capaz de asimilar atravesó la estancia, haciéndoles
retroceder. El interior del círculo se llenó de humo, que se acumuló,
oscureciéndose paulatinamente y formando una sombra en el centro.
Allí
había algo, pensaron los tres a la vez. Keith y Rioco se miraron, y él asintió.
Rioco,
la líder indiscutible del grupo, avanzó con autoridad hasta el borde del
círculo, con los brazos en jarra, cerniéndose sobre el demonio sabiendo que
tendía detrás el respaldo de sus amigos. A un lado, Kanae, con sus afilados
brazos demoníacos, y al otro, Keith, que ya había encontrado en el libro un
hechizo exorcista y estaba dispuesto a usarlo al mínimo peligro.
-
¡Muéstrate! – Le ordenó a la criatura extraplanar, y todo el humo de
las velas pareció concentrarse en ella, apagándolas y formando una bola
alrededor del pequeño cuerpo del demonio. Entonces, el humo se disipó de golpe,
y el gran gato negro de dos colas que había delante de Rioco se estiró,
abriendo el ojo gigante que sustituía a su cara para mirarla fijamente.
-
¡Sí! – Rioco dio un brinco de alegría. - ¡Lo hemos conseguido! ¡Gracias,
chicos, os quiero! – Los abrazó por el cuello, a los dos a la vez. – Por fin
podré enseñarle a mi hermana Iris que sí que puedo hacerme cargo de una
mascota… ¡Y lo haré a lo grande!
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