Parte 2.- Navidades Rotas II
La puerta se abrió de golpe, sobresaltando a los contrabandistas. – ¡Fuerzas del Reino! ¡No se muevan! – Gritaron los soldados, apuntándolos, pero los contrabandistas no se andaban con chiquitas, y uno de ellos le lanzó una de las jaulas de los fénix. - ¡Auflodern!
La puerta se abrió de golpe, sobresaltando a los contrabandistas. – ¡Fuerzas del Reino! ¡No se muevan! – Gritaron los soldados, apuntándolos, pero los contrabandistas no se andaban con chiquitas, y uno de ellos le lanzó una de las jaulas de los fénix. - ¡Auflodern!
La
jaula, el fénix y todos los que estaban cerca se vieron envueltos en una bola
de fuego, amplificada por la propia naturaleza ígnea del fénix, en una
explosión que los contrabandistas aprovecharon para huir. Pero, hicieran lo que
hicieran, no importaba. Porque allí, en la puerta trasera del almacén de la
mafia, su vía de huida, esperaba una mujer. La líder del equipo de Asalto que
llevaba aquella operación. Maga de hielo, y una de las luchadoras más famosas
del país.
La
agente Diamond. Y, contra ella, no había nada que pudieran hacer.
La
mujer suspiró, saliendo de la comisaría. Menudo cansancio. Ya era la tercera
red de contrabando que desarticulaban en aquellas fiestas. Ésta, en particular,
se dedicaba a vender fénix de imitación, que en realidad eran shanshos, un ave
de los pantanos con un hechizo metamórfico para cambiar su aspecto y otro ígneo
para iluminar el árbol mágico de Natalis. Sólo tenía un uso y luego el ave
ardía hasta las cenizas, pero para cuando los clientes se dieran cuenta, ya
habría sido demasiado tarde.
Era un
éxito, en resumen.
Pero, para ella… Era demasiado trabajo. Las mafias parecían
más activas durante aquella época del año, y hasta los vampiros parecían seguir
las fiestas de renacimiento que acompañaban al fin de año. Y si, la gente de la
ciudad podía dormir tranquila, sabiendo que estaban bien protegidos… Pero hasta
la agente Ikana Diamond, la más fuerte del país, necesitaba un descanso.
Suspiró,
entrando en su piso. Al menos, si todo iba bien, lo iba a tener.
Cerró
la puerta de su apartamento. Un lugar agradable, con vistas al lago y mucho
espacio, a menudo demasiado para alguien como ella, que vivía sola. A menudo,
sí… Pero no aquel día. No durante las fiestas.
-
Bienvenida. – La saludó Raoul Salazar, su novio, saliendo a su encuentro, y ella
sonrió, dejando de ser la agente Diamond para pasar a ser un poco más Ikana. Lo
tomó de las manos. - ¿Qué tal ha ido tu último día? – Raoul vivía al oeste, casi
en la costa, y no se veían demasiado, pero Ikana no sufría por ello; cada uno
tenía una vida. Ella era de las fuerzas de élite, y él un genio trabajando con
tecnología punta en su propio laboratorio. Sus mundos no eran muy similares, y
eso era precisamente lo que le gustaba de ello. El saber que tenía allí un
ancla, que su vida tenía un oasis de tranquilidad para el cual sólo era Ikana.
Le hizo
un resumen rápido de la situación y de falsos fénix, y él puso los ojos en
blanco. – Estoy seguro de que podría sacar una línea de androides con sigilos
ígneos por sólo un poco más… Y serían reutilizables. – Suspiró. – Si, tal vez
lo haga. Sólo necesito un modelo biológico adecuado. Llamaré a Chell, mi
ayudante, y…
Ella lo
detuvo, tomándolo de los hombros y lanzándole una mirada elocuente. – Raoul. – Le
dijo, clavándole los ojos color sangre. – Tendrá que esperar para después de
Natalis… Recuerda, hemos quedado para cenar.
Él la
miró, sin comprender durante un momento, y entonces recordó el compromiso. –
Oh, no… - Dijo, sin ganas. Raoul nunca había sido muy sociable. Nunca había sido
sociable, de hecho. Prefería pasar el tiempo encerrado en su laboratorio antes
que con la gente, de ahí que su aspecto habitual fuera con las gafas de
protección sobre la frente y un bloc de notas con incidencias, listo para
nuevos experimentos.
Y,
además, en aquel caso particular había otra cosa más que hacía la situación
ciertamente indeseable para el Salazar: La gente con la que cenaban. - ¿De
verdad, Ikana? ¿Me vas a hacer ir a cenar con tu ex y sus hijas?
Ella
suspiró, mirando al techo. Otra vez aquella discusión no. – No seas así, Raoul.
Bunker no es solo mi ex, también es mi compañero de trabajo. Y más importante,
mi amigo. Y sus hijas… Bueno, soy prácticamente una segunda madre para ellas.
Son sólo dos niñas… ¿No puedes hacer eso por mí?
No era
la primera vez que discutían sobre sus planes para Natalis, de acuerdo, pero Raoul era un científico, y, por tanto, testarudo. – No son “sólo dos niñas”,
Ikana, y lo sabes. – La mayor, Anna, era una adolescente de 17 años y metro
noventa, con la suficiente masa muscular como para levantar a Raoul y a Ikana a
la vez y un problema de control de la ira, que se sumaba al problema de
vampirismo que había contraído hacía unos meses, mientras que la pequeña,
Alice, era autista y telépata. No era más que una pequeña de ocho años que Bunker
había adoptado al final de una misión de contrabando que la involucraba, pero
cuando te te clavaba la mirada, azul como el océano, parecía robarte el alma.
Y
eso que una de las características de la gente como ella era evitar mirar a los
ojos.
- Y, lo
peor, las dos me odian. ¿Cómo pretendes que esté cómodo, sentándome entre un
vampiro adolescente al borde de la ira y una telépata con tendencia a perder el
control?
Ella
avanzó por el espacioso salón, acercándose al ventanal desde el que se veía el
gran lago que había a las afueras. – Son sólo dos niñas, Raoul. Y tú eres mi
novio. Es normal que no les caigas bien al principio.
La
verdad era que Raoul tenía su parte de razón: La familia de Leonardo “Bunker”
Villalobos era de todo menos típica o pacífica. Para empezar, ni siquiera
estaban emparentados por lazos de sangre: Bunker había rescatado a Alice de una
red de contrabando y la había adoptado al saber que no tenía a nadie más, y
Anna había huido de casa de su padre, familia de Raoul, y se había convertido en una
violenta delincuente, acabando en un reformatorio, donde además de su problema
de autocontrol había adquirido el vampirismo.
Y Bunker las había acogido a ambas, adoptando
a Alice y tomando a Anna como discípula, oficialmente para aprender de su
carrera en el espectáculo de los duelos mágicos, pero como favor a su madre,
una gran amiga de los tiempos en el ejército de Bunker y que estaba
desaparecida.
Dos
casos perdidos que la sociedad había dado de lado, pero el hombre las había visto,
y había decidido que ambas se merecían una familia. Y, con sus pros y sus
contras, lo estaba consiguiendo.
Y,
aunque Raoul fuera terco como una mula y no mirase con buenos ojos a las hijas de
Bunker y al propio compañero y exnovio de Ikana, ella sabía que la acompañaría:
Para el genio tecnológico, el funcionamiento de la mente de Alice, distinto al
de la gente común pero similar al suyo, era fascinante, y por mucho que Anna le
mirase mal, ambos compartían el desagrado por su familia. – ¿Lo ves? – Dijo
Ikana, para convencerlo. – Ya tienes algo para romper el hielo. Algo para
empezar a conectar con ellas. Además, piénsalo de ésta manera: Si al final no
cenamos con ellos, tendremos que ir con los tuyos. ¿Cuánto hace que no ves a
tus padres y a los demás Salazar?
Raoul resopló. La última vez que había tenido contacto con su familia había sido
cuando éstos intentaron monetizar la pasión de Raoul para su propio beneficio. Si
había algo que le gustaba menos que ir a cenar con la familia de Bunker, era ir
a cenar con su propia familia. - ¿Por qué no puedo simplemente quedarme en
casa? Las fiestas son algo artificial, Ikana, no hay ninguna razón para
celebrar la caída de la hoja del Árbol Sagrado precisamente ésta noche cuando
ocurre durante todo el invierno. Natalis es una fiesta inventada.
Ella se
volvió, sonriendo divertida por la pretendida incomprensión de Raoul. –
Precisamente por eso. – Dijo, cruzándose de brazos. – Podríamos haber elegido
cualquier fecha, no hacer fiesta. Pero hemos elegido que sea hoy el día que nos
juntamos con nuestros seres queridos. Los mortales hemos elegido el día de hoy
para celebrar el renacimiento y compartir nuestra energía vital con los demás,
aunque sea de forma simbólica. ¿No crees que eso es lo más hermoso?
Él
suspiró. – No lo sé. Es tan aleatorio… – Pero la vida en aquel planeta también
lo era. La presencia de magia, el desarrollo de la humanidad a la sombra de los
elfos. El simple hecho que todo funcionara era debido a una serie de
casualidades. Y aquello… El hecho de que ella estuviera allí, frente a él, y él
la amase… Aquello no era racional. Era aleatorio. Y, precisamente por eso, era
hermoso.
Así
que, una vez más, Raoul, el genio de la lógica, tuvo que darle la razón a Ikana.
Y, a las nueve de la noche se encontraba, bien vestido, junto a Ikana, a la puerta
de la casa de los Villalobos. Suspiró y llamó, educadamente.
Cuando
la puerta se abrió, Raoul se quedó un poco intimidado, como siempre que se
encontraba cara a cara con el gigantesco exnovio de Ikana, de más de dos metros
de altura, con los brazos gruesos como troncos de árboles. Raoul estaba seguro de
que había habido algún tipo de gigante en su árbol genealógico, y habría
apostado por un troll si Ikana no le hubiera dado una colleja en el momento.
-
Vaya, justo a tiempo. – Sonrió, franqueándoles la entrada. – Estaba
dándole los últimos toques al plato principal.
-
A ver si adivino… ¿Un vienés? – Suspiró Raoul. La gastronomía del lugar
de origen del gigantón era variada… ¿Por qué siempre tenía que hacer el mismo
plato?
-
¡Niñas! – Llamó Ikana, entrando y colgando su abrigo en la entrada. -
¡Hemos llegado!
Desde
la parte trasera del apartamento les llegó sonido de pasos. - ¡Ikana! – Replicó
Anna, la mayor, que parecía hija de Bunker, por su tamaño y complexión. - ¿Cómo
que “hemos lle…”? Ah, ya veo… - Se quedó parada al ver a Raoul, mirándolo mal.
Éste
intentó forzar una sonrisa, algo difícil bajo la mirada de lo más parecido que
había en aquella casa a un dragón. – Buenas noches, Anna. – Dijo, educadamente.
- ¿Qué tal?
-
Bien hasta que viniste. – Replicó ella, con el ceño fruncido, mientras
llegaba la hija real de Bunker, minúscula en comparación con los otros dos
grandullones y con un libro en las manos. - ¿Por qué tuviste que traerlo, Kana?
– Le preguntó a la novia de Raoul, que sonrió. - ¡Seguro que habría sido mucho más
feliz con sus máquinas y esas cosas!
Sí,
tenía razón. Raoul sabía que tenía razón. Pero pensó en lo que había hablado con
Ikana. Tal vez aquello que había ante él era una joven malhumorada con
tendencia a la violencia, pero también era una asombrosa mezcla de
circunstancias. Una interesantísima conjunción de acontecimientos, que habían
ido formando una trenza como la que ella llevaba en la sien hasta dar lugar a
ella. Y aquello… Aquello era más interesante. O al menos, no era desagradable.
-
¿Qué tal, Alice? – Saludó a la pequeña, también rubia, que lo miraba, en silencio. -
¿De qué es el libro ese que estás leyendo?
Ella lo
tapó contra su pecho, en un intento por impedir que curioseara, pero al hacerlo
le mostró la cubierta, y Raoul se sorprendió al encontrarse cara a cara con Valle Inquietante, por el famoso Ayzak
Vomysa, un libro que no habría esperado encontrar en nadie que no tuviera
interés por las conciencias artificiales. Uno de sus favoritos.
-
Vaya, interesante… ¿Entonces, te gusta el tema? ¿Qué es lo que más te
gusta? – Vaciló él, tratando de entablar conversación y maldiciendo su
inutilidad para la charla trivial tan popular entre la gente. Ella, por su
parte, tampoco era una gran conversadora, ya que se conformó con clavarle la
mirada, como haciéndole ver que su intento de conversación era un fracaso.
-
La gente. – Dijo, simplemente, y se fue, dejándolo allí, solo y yéndose a leer tranquila.
-
No te lo tomes como algo personal. – Dijo Anna. – Es así con todos.
-
Pero ha mejorado, ¿no? – Intervino Ikana. – Antes no pronunciaba ni
palabra.
-
Sí, aunque depende del día que tenga. Hay veces que sólo conseguimos que hable por lengua de signos.
El
torso de Bunker asomó por la puerta. – Venga, venid, que Alice es la única que
me hace algo de caso… ¿O queréis cenar en el vestíbulo?
Y
pasaron al salón, que estaba decorado con motivos rojos y verdes, como era casi
obligatorio en los hogares de gente normal, y en una de las esquinas había un
abeto arcoíris, con una figura de un fénix en la parte superior. – Vaya, ¿Lo
habéis ayudado vosotras?
Aquello,
pensó Ikana, era realmente acogedor. La mesa puesta, un recopilatorio de duelos
antiguos en la tele para hacer tiempo, Anna renegando de los estudios…
-
Es un tema de lo más importante. – La intentaba convencer. – Por mucho
que quieras seguir los pasos de Bunker en el mundo del espectáculo, necesitas
al menos una base de formación.
-
¡No digas tonterías, Kana! – Protestaba Anna. - ¡Me va muy bien con
esto de las peleas! ¿Sabes que ayer volví a batir mi récord de sacos de arena
destruidos en una hora? ¡Esto se me da genial! A este ritmo, antes del verano
podré presentarme a una competición de las serias.
-
¿Y después qué? ¡Ayúdame, Raoul! – Le exigió al inventor. - ¡Tú sabes lo
importante que es estudiar!
-
Cla-claro que sí. – Intentó aportar él. – Piensa en el futuro, Anna.
Ahora puedes luchar, pero no vas a ser siempre joven y fuerte.
-
O sí. – Replicó ella, frunciendo el ceño en su dirección. – Te
recuerdo que soy un vampiro.
Bunker,
que había vuelto a la cocina para terminar los últimos toques a la cena, volvió
a asomarse desde la cocina. – Tenemos un problema.
El vino de brindar, el que tenía encantamientos festivos, se había acabado.
-
¿Cómo pudiste no prever algo así? – Dijo Ikana. - ¡Quedamos en esto
hace dos semanas!
-
Vale, vale, lo siento. – Replicó el grandullón. – El otro día se pasó
el teniente a felicitarnos las fiestas y puede que bebiéramos un poco de más.
El
teniente era un antiguo colega del ejército de Bunker, un viejo veterano que
había sido una leyenda en su día, pero ahora gastaba su tiempo y dinero
emborrachándose y recordándose los viejos tiempos. Ikana ni siquiera podía
culparlo. A estas alturas de su vida, un hombre como el teniente lo único que
tenía eran arrepentimientos que olvidar.
-
Debiste darte cuenta. – Riñó ella a Bunker, que dejó caer los hombros.
– Ahora nos tocará beber otra cosa…
-
Y por eso me alegro de no beber nada que no sea sangre. – Intervino
alegremente Anna. – Yo me lo compro y yo me lo bebo.
-
Está bien, está bien. – Bunker encajó las palabras de las mujeres. –
Culpa mía, lo siento. Iré a por una botella, creo que la tienda de la esquina
está regentada por espíritus y no cierra por Natalis.
Ikana y Raoul le dijeron que no hacía falta, pero después de aquello, alguien tan
orgulloso como Bunker no podía quedarse allí, y no tardó en ponerse el abrigo y
salir al frío de la noche invernal, a por una última botella de bebida
espiritual.
-
Este Bunker… - Suspiró Ikana, sentándose en el sofá. – Mira que
olvidar la bebida para brindar.
-
A mí eso no me habría pasado. – Dijo Raoul, encogiéndose de hombros. –
No sé la gente como él, pero siempre tengo una lista de requisitos que cumplir
antes de hacer nada… Llámalo estándares.
-
¿Está en tu lista de requisitos que te golpee? – Replicó Anna. – Se
quedó sin bebida porque estuvo acompañando al teniente a olvidar sus días de
guerra. Algo seguramente mucho más altruista de lo que cualquiera de los
Salazar ha hecho nunca.
Alice
se levantó del sofá y dejó el libro en la mesilla, acercándose a la ventana y
atrayendo las miradas de todos.
Y
entonces Ikana, Raoul, Anna y Alice, todos pudieron oírlo claramente. Un
estruendo. Un estampido. El sonido de un vehículo chocando contra algo. O
contra alguien.
-
Bunker. – Dijo Alice. Ikana se lanzó hacia la ventana, y se dio cuenta
de que tenía razón. Allí, en la calle, junto a una botella rota y un coche con
el parachoques arrugado como una pasa, yacía el cuerpo inerte de Leonardo
Villalobos. Bunker.
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