sábado, 24 de diciembre de 2016

Navidades Rotas

Parte 2.- Navidades Rotas II


La puerta se abrió de golpe, sobresaltando a los contrabandistas. – ¡Fuerzas del Reino! ¡No se muevan! – Gritaron los soldados, apuntándolos, pero los contrabandistas no se andaban con chiquitas, y uno de ellos le lanzó una de las jaulas de los fénix. - ¡Auflodern!

La jaula, el fénix y todos los que estaban cerca se vieron envueltos en una bola de fuego, amplificada por la propia naturaleza ígnea del fénix, en una explosión que los contrabandistas aprovecharon para huir. Pero, hicieran lo que hicieran, no importaba. Porque allí, en la puerta trasera del almacén de la mafia, su vía de huida, esperaba una mujer. La líder del equipo de Asalto que llevaba aquella operación. Maga de hielo, y una de las luchadoras más famosas del país.
La agente Diamond. Y, contra ella, no había nada que pudieran hacer.

La mujer suspiró, saliendo de la comisaría. Menudo cansancio. Ya era la tercera red de contrabando que desarticulaban en aquellas fiestas. Ésta, en particular, se dedicaba a vender fénix de imitación, que en realidad eran shanshos, un ave de los pantanos con un hechizo metamórfico para cambiar su aspecto y otro ígneo para iluminar el árbol mágico de Natalis. Sólo tenía un uso y luego el ave ardía hasta las cenizas, pero para cuando los clientes se dieran cuenta, ya habría sido demasiado tarde.
Era un éxito, en resumen. 
Pero, para ella… Era demasiado trabajo. Las mafias parecían más activas durante aquella época del año, y hasta los vampiros parecían seguir las fiestas de renacimiento que acompañaban al fin de año. Y si, la gente de la ciudad podía dormir tranquila, sabiendo que estaban bien protegidos… Pero hasta la agente Ikana Diamond, la más fuerte del país, necesitaba un descanso.

Suspiró, entrando en su piso. Al menos, si todo iba bien, lo iba a tener.
Cerró la puerta de su apartamento. Un lugar agradable, con vistas al lago y mucho espacio, a menudo demasiado para alguien como ella, que vivía sola. A menudo, sí… Pero no aquel día. No durante las fiestas.

- Bienvenida. – La saludó Raoul Salazar, su novio, saliendo a su encuentro, y ella sonrió, dejando de ser la agente Diamond para pasar a ser un poco más Ikana. Lo tomó de las manos. - ¿Qué tal ha ido tu último día? – Raoul vivía al oeste, casi en la costa, y no se veían demasiado, pero Ikana no sufría por ello; cada uno tenía una vida. Ella era de las fuerzas de élite, y él un genio trabajando con tecnología punta en su propio laboratorio. Sus mundos no eran muy similares, y eso era precisamente lo que le gustaba de ello. El saber que tenía allí un ancla, que su vida tenía un oasis de tranquilidad para el cual sólo era Ikana.
Le hizo un resumen rápido de la situación y de falsos fénix, y él puso los ojos en blanco. – Estoy seguro de que podría sacar una línea de androides con sigilos ígneos por sólo un poco más… Y serían reutilizables. – Suspiró. – Si, tal vez lo haga. Sólo necesito un modelo biológico adecuado. Llamaré a Chell, mi ayudante, y…
Ella lo detuvo, tomándolo de los hombros y lanzándole una mirada elocuente. – Raoul. – Le dijo, clavándole los ojos color sangre. – Tendrá que esperar para después de Natalis… Recuerda, hemos quedado para cenar.

Él la miró, sin comprender durante un momento, y entonces recordó el compromiso. – Oh, no… - Dijo, sin ganas. Raoul nunca había sido muy sociable. Nunca había sido sociable, de hecho. Prefería pasar el tiempo encerrado en su laboratorio antes que con la gente, de ahí que su aspecto habitual fuera con las gafas de protección sobre la frente y un bloc de notas con incidencias, listo para nuevos experimentos.
Y, además, en aquel caso particular había otra cosa más que hacía la situación ciertamente indeseable para el Salazar: La gente con la que cenaban. - ¿De verdad, Ikana? ¿Me vas a hacer ir a cenar con tu ex y sus hijas?
Ella suspiró, mirando al techo. Otra vez aquella discusión no. – No seas así, Raoul. Bunker no es solo mi ex, también es mi compañero de trabajo. Y más importante, mi amigo. Y sus hijas… Bueno, soy prácticamente una segunda madre para ellas. Son sólo dos niñas… ¿No puedes hacer eso por mí?

No era la primera vez que discutían sobre sus planes para Natalis, de acuerdo, pero Raoul era un científico, y, por tanto, testarudo. – No son “sólo dos niñas”, Ikana, y lo sabes. – La mayor, Anna, era una adolescente de 17 años y metro noventa, con la suficiente masa muscular como para levantar a Raoul y a Ikana a la vez y un problema de control de la ira, que se sumaba al problema de vampirismo que había contraído hacía unos meses, mientras que la pequeña, Alice, era autista y telépata. No era más que una pequeña de ocho años que Bunker había adoptado al final de una misión de contrabando que la involucraba, pero cuando te te clavaba la mirada, azul como el océano, parecía robarte el alma.
Y eso que una de las características de la gente como ella era evitar mirar a los ojos.
- Y, lo peor, las dos me odian. ¿Cómo pretendes que esté cómodo, sentándome entre un vampiro adolescente al borde de la ira y una telépata con tendencia a perder el control?
Ella avanzó por el espacioso salón, acercándose al ventanal desde el que se veía el gran lago que había a las afueras. – Son sólo dos niñas, Raoul. Y tú eres mi novio. Es normal que no les caigas bien al principio.

La verdad era que Raoul tenía su parte de razón: La familia de Leonardo “Bunker” Villalobos era de todo menos típica o pacífica. Para empezar, ni siquiera estaban emparentados por lazos de sangre: Bunker había rescatado a Alice de una red de contrabando y la había adoptado al saber que no tenía a nadie más, y Anna había huido de casa de su padre, familia de Raoul, y se había convertido en una violenta delincuente, acabando en un reformatorio, donde además de su problema de autocontrol había adquirido el vampirismo.

Y Bunker las había acogido a ambas, adoptando a Alice y tomando a Anna como discípula, oficialmente para aprender de su carrera en el espectáculo de los duelos mágicos, pero como favor a su madre, una gran amiga de los tiempos en el ejército de Bunker y que estaba desaparecida.
Dos casos perdidos que la sociedad había dado de lado, pero el hombre las había visto, y había decidido que ambas se merecían una familia. Y, con sus pros y sus contras, lo estaba consiguiendo.

Y, aunque Raoul fuera terco como una mula y no mirase con buenos ojos a las hijas de Bunker y al propio compañero y exnovio de Ikana, ella sabía que la acompañaría: Para el genio tecnológico, el funcionamiento de la mente de Alice, distinto al de la gente común pero similar al suyo, era fascinante, y por mucho que Anna le mirase mal, ambos compartían el desagrado por su familia. – ¿Lo ves? – Dijo Ikana, para convencerlo. – Ya tienes algo para romper el hielo. Algo para empezar a conectar con ellas. Además, piénsalo de ésta manera: Si al final no cenamos con ellos, tendremos que ir con los tuyos. ¿Cuánto hace que no ves a tus padres y a los demás Salazar?

Raoul resopló. La última vez que había tenido contacto con su familia había sido cuando éstos intentaron monetizar la pasión de Raoul para su propio beneficio. Si había algo que le gustaba menos que ir a cenar con la familia de Bunker, era ir a cenar con su propia familia. - ¿Por qué no puedo simplemente quedarme en casa? Las fiestas son algo artificial, Ikana, no hay ninguna razón para celebrar la caída de la hoja del Árbol Sagrado precisamente ésta noche cuando ocurre durante todo el invierno. Natalis es una fiesta inventada.
Ella se volvió, sonriendo divertida por la pretendida incomprensión de Raoul. – Precisamente por eso. – Dijo, cruzándose de brazos. – Podríamos haber elegido cualquier fecha, no hacer fiesta. Pero hemos elegido que sea hoy el día que nos juntamos con nuestros seres queridos. Los mortales hemos elegido el día de hoy para celebrar el renacimiento y compartir nuestra energía vital con los demás, aunque sea de forma simbólica. ¿No crees que eso es lo más hermoso?
Él suspiró. – No lo sé. Es tan aleatorio… – Pero la vida en aquel planeta también lo era. La presencia de magia, el desarrollo de la humanidad a la sombra de los elfos. El simple hecho que todo funcionara era debido a una serie de casualidades. Y aquello… El hecho de que ella estuviera allí, frente a él, y él la amase… Aquello no era racional. Era aleatorio. Y, precisamente por eso, era hermoso.
Así que, una vez más, Raoul, el genio de la lógica, tuvo que darle la razón a Ikana. Y, a las nueve de la noche se encontraba, bien vestido, junto a Ikana, a la puerta de la casa de los Villalobos. Suspiró y llamó, educadamente.
Cuando la puerta se abrió, Raoul se quedó un poco intimidado, como siempre que se encontraba cara a cara con el gigantesco exnovio de Ikana, de más de dos metros de altura, con los brazos gruesos como troncos de árboles. Raoul estaba seguro de que había habido algún tipo de gigante en su árbol genealógico, y habría apostado por un troll si Ikana no le hubiera dado una colleja en el momento.
-          Vaya, justo a tiempo. – Sonrió, franqueándoles la entrada. – Estaba dándole los últimos toques al plato principal.

-          A ver si adivino… ¿Un vienés? – Suspiró Raoul. La gastronomía del lugar de origen del gigantón era variada… ¿Por qué siempre tenía que hacer el mismo plato?
-          ¡Niñas! – Llamó Ikana, entrando y colgando su abrigo en la entrada. - ¡Hemos llegado!
Desde la parte trasera del apartamento les llegó sonido de pasos. - ¡Ikana! – Replicó Anna, la mayor, que parecía hija de Bunker, por su tamaño y complexión. - ¿Cómo que “hemos lle…”? Ah, ya veo… - Se quedó parada al ver a Raoul, mirándolo mal.
Éste intentó forzar una sonrisa, algo difícil bajo la mirada de lo más parecido que había en aquella casa a un dragón. – Buenas noches, Anna. – Dijo, educadamente. - ¿Qué tal?
-          Bien hasta que viniste. – Replicó ella, con el ceño fruncido, mientras llegaba la hija real de Bunker, minúscula en comparación con los otros dos grandullones y con un libro en las manos. - ¿Por qué tuviste que traerlo, Kana? – Le preguntó a la novia de Raoul, que sonrió. - ¡Seguro que habría sido mucho más feliz con sus máquinas y esas cosas!

Sí, tenía razón. Raoul sabía que tenía razón. Pero pensó en lo que había hablado con Ikana. Tal vez aquello que había ante él era una joven malhumorada con tendencia a la violencia, pero también era una asombrosa mezcla de circunstancias. Una interesantísima conjunción de acontecimientos, que habían ido formando una trenza como la que ella llevaba en la sien hasta dar lugar a ella. Y aquello… Aquello era más interesante. O al menos, no era desagradable.

-          ¿Qué tal, Alice? – Saludó a la pequeña, también rubia, que lo miraba, en silencio. - ¿De qué es el libro ese que estás leyendo?
Ella lo tapó contra su pecho, en un intento por impedir que curioseara, pero al hacerlo le mostró la cubierta, y Raoul se sorprendió al encontrarse cara a cara con Valle Inquietante, por el famoso Ayzak Vomysa, un libro que no habría esperado encontrar en nadie que no tuviera interés por las conciencias artificiales. Uno de sus favoritos.
-          Vaya, interesante… ¿Entonces, te gusta el tema? ¿Qué es lo que más te gusta? – Vaciló él, tratando de entablar conversación y maldiciendo su inutilidad para la charla trivial tan popular entre la gente. Ella, por su parte, tampoco era una gran conversadora, ya que se conformó con clavarle la mirada, como haciéndole ver que su intento de conversación era un fracaso.
-          La gente. – Dijo, simplemente, y se fue, dejándolo allí, solo y yéndose a leer tranquila.
-          No te lo tomes como algo personal. – Dijo Anna. – Es así con todos.
-          Pero ha mejorado, ¿no? – Intervino Ikana. – Antes no pronunciaba ni palabra.
-          Sí, aunque depende del día que tenga. Hay veces que sólo conseguimos que hable por lengua de signos.

El torso de Bunker asomó por la puerta. – Venga, venid, que Alice es la única que me hace algo de caso… ¿O queréis cenar en el vestíbulo?
Y pasaron al salón, que estaba decorado con motivos rojos y verdes, como era casi obligatorio en los hogares de gente normal, y en una de las esquinas había un abeto arcoíris, con una figura de un fénix en la parte superior. – Vaya, ¿Lo habéis ayudado vosotras?

Aquello, pensó Ikana, era realmente acogedor. La mesa puesta, un recopilatorio de duelos antiguos en la tele para hacer tiempo, Anna renegando de los estudios…
-          Es un tema de lo más importante. – La intentaba convencer. – Por mucho que quieras seguir los pasos de Bunker en el mundo del espectáculo, necesitas al menos una base de formación.
-          ¡No digas tonterías, Kana! – Protestaba Anna. - ¡Me va muy bien con esto de las peleas! ¿Sabes que ayer volví a batir mi récord de sacos de arena destruidos en una hora? ¡Esto se me da genial! A este ritmo, antes del verano podré presentarme a una competición de las serias.
-          ¿Y después qué? ¡Ayúdame, Raoul! – Le exigió al inventor. - ¡Tú sabes lo importante que es estudiar!
-          Cla-claro que sí. – Intentó aportar él. – Piensa en el futuro, Anna. Ahora puedes luchar, pero no vas a ser siempre joven y fuerte.
-          O sí. – Replicó ella, frunciendo el ceño en su dirección. – Te recuerdo que soy un vampiro.

Bunker, que había vuelto a la cocina para terminar los últimos toques a la cena, volvió a asomarse desde la cocina. – Tenemos un problema.
El vino de brindar, el que tenía encantamientos festivos, se había acabado.
-          ¿Cómo pudiste no prever algo así? – Dijo Ikana. - ¡Quedamos en esto hace dos semanas!
-          Vale, vale, lo siento. – Replicó el grandullón. – El otro día se pasó el teniente a felicitarnos las fiestas y puede que bebiéramos un poco de más.
El teniente era un antiguo colega del ejército de Bunker, un viejo veterano que había sido una leyenda en su día, pero ahora gastaba su tiempo y dinero emborrachándose y recordándose los viejos tiempos. Ikana ni siquiera podía culparlo. A estas alturas de su vida, un hombre como el teniente lo único que tenía eran arrepentimientos que olvidar.
-          Debiste darte cuenta. – Riñó ella a Bunker, que dejó caer los hombros. – Ahora nos tocará beber otra cosa…
-          Y por eso me alegro de no beber nada que no sea sangre. – Intervino alegremente Anna. – Yo me lo compro y yo me lo bebo.

-          Está bien, está bien. – Bunker encajó las palabras de las mujeres. – Culpa mía, lo siento. Iré a por una botella, creo que la tienda de la esquina está regentada por espíritus y no cierra por Natalis.
Ikana y Raoul le dijeron que no hacía falta, pero después de aquello, alguien tan orgulloso como Bunker no podía quedarse allí, y no tardó en ponerse el abrigo y salir al frío de la noche invernal, a por una última botella de bebida espiritual.

-          Este Bunker… - Suspiró Ikana, sentándose en el sofá. – Mira que olvidar la bebida para brindar.
-          A mí eso no me habría pasado. – Dijo Raoul, encogiéndose de hombros. – No sé la gente como él, pero siempre tengo una lista de requisitos que cumplir antes de hacer nada… Llámalo estándares.
-          ¿Está en tu lista de requisitos que te golpee? – Replicó Anna. – Se quedó sin bebida porque estuvo acompañando al teniente a olvidar sus días de guerra. Algo seguramente mucho más altruista de lo que cualquiera de los Salazar ha hecho nunca.
Alice se levantó del sofá y dejó el libro en la mesilla, acercándose a la ventana y atrayendo las miradas de todos.
Y entonces Ikana, Raoul, Anna y Alice, todos pudieron oírlo claramente. Un estruendo. Un estampido. El sonido de un vehículo chocando contra algo. O contra alguien.
-          Bunker. – Dijo Alice. Ikana se lanzó hacia la ventana, y se dio cuenta de que tenía razón. Allí, en la calle, junto a una botella rota y un coche con el parachoques arrugado como una pasa, yacía el cuerpo inerte de Leonardo Villalobos. Bunker.


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