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lunes, 20 de febrero de 2017

Rapture: Frente al Abismo

- ¿Acaso un hombre no puede disfrutar el beneficio de su trabajo honrado, del sudor de su frente? ¿No podemos ganar dinero sin que Papá Estado nos diga a quién tenemos que dárselo? No, yo quiero lo que es mío. Por eso elegí algo diferente. Elegí el sueño de Rapture. Como todos los que estamos aquí, en realidad.
-  Vaya, Samy, por cómo hablas, más que el sudor de tu frente parece que lo que quieres es el del culo de Ryan. – Se echó a reír otro de los hombres, disfrutando de la fiesta y las comodidades de Fort Frolic, la zona de fiestas oficial de Rapture. – Sí, admito que aquí abajo se está mucho mejor sin la URSS y todos esos comunistas – no te ofendas, guapa – le echó una mirada a la joven rubia que observaba la conversación, taciturna y con otra copa en su mano. – Pero es evidente que la utopía de Ryan de una sociedad perfecta no es más que una fantasía. Mira, si no, lo rápido que han surgido contrabandistas como Fontaine.
No le faltaba razón. Pero, pensándolo con la cabeza fría, toda aquella situación resultaba un poco irreal. Allí estaban, en medio del océano atlántico, a cientos de metros bajo la superficie. El Sueño de Rapture, desarrollado por Andrew Ryan, había probado ser muy real: La ciudad de la libertad, donde ni la censura ni la moral podrían detener el progreso de la humanidad.
O, al menos, esa era la idea. Porque, donde hay lujo y éxito, no tarda en haber miseria y fracaso. Y, mientras ellos estaban allí, en Fort Frolic, bebiendo y apostando, en Artemis' Suites y otras zonas más desfavorecidas, llenas de trabajadores de bajo nivel y pescadores, las redadas y los disturbios estaban prácticamente a la orden del día, con el ADAM, aquella sustancia prácticamente mágica descubierta por la Dra. Tenembaum como catalizador.
- Ese maldito Fontain, ese estafador y los sinvergüenzas como él, son el problema de Rapture. – Seguía diciendo Sam, moviendo su copa más de la cuenta y evidenciando su embriaguez. – Mucho está tardando Ryan en ponerle unos zapatos de plomo y enviarlo a explorar el fondo marino.
- Pero no puede hacerlo sin más. – Dijo un tercer participante. – No sin tener pruebas contra él. Y hay que reconocer que Fontaine no sólo ha hecho cosas malas, mirad su Hogar para los Pobres.
- No seas inocente, muchacho, Fontaine no es ninguna hermanita de la caridad. – Se echó a reír uno de los hombres. – Con eso lo único que consigue es obtener más poder y más influencia. Ryan sólo se preocupa de la gente que está arriba, así que Fontaine se aprovecha de los pobres para su propio beneficio.
- Parásitos... Son todos iguales, Fontaine y esa chusma. Por mí podrían hundirse en la fosa. – Replicó Sam.
- Puede que sean unos parásitos, pero son muchos, y entre los plásmidos y el contrabando de armas, cada vez tienen más poder. – Explicó otro.
- Sí, pero, en última instancia, Ryan Industries es quien controla las batisferas a la superficie. Si la cosa se pone fea, no podrán escapar de él.
- Y nosotros tampoco. Estaremos aquí, encerrados en Rapture con todos esos delincuentes y parásitos deformados por el ADAM, esos Splicers... Y sólo tendremos a Ryan para frenarlos.
- ¿Y qué opina la señorita Diamond? – Se giró uno de los hombres hacia la mujer de cabello rubio, que se había abstenido de participar en la conversación. - ¿El romanticismo de contrabandista de Fontaine, o el atractivo empresarial del señor Ryan?
- ¿Romanticismo de contrabandista? – Se echó a reír otro. – ¡Cómo te pasas, tío!
Por fortuna, la joven se libró de contestar, ya que, en ese momento, un chico, cuya vestimenta de trabajo desentonaba un poco con el lujo que se respiraba en Fort Frolic, se abrió paso entre la gente, tomándola del hombro. - ¡Señorita Diamond! – La llamó. – Ya está listo, cuando quiera...
- Vaya vaya, parece que la señorita Diamond ya tiene acompañante ésta noche...
- Si me disculpan, caballeros... - Se inclinó cortésmente Diamond. – El señor Salazar prometió mostrarme un pasadizo secreto hasta Olympus Heights...
Al oírlo, los hombres se echaron a reír, mientras Diamond se alejaba.
- Claro, claro, un "pasadizo secreto". – Se decían, guiñándose el ojo y haciendo el gesto para el sexo. – Seguro que lo que quiere es darle por ese pasadizo secreto...
- Oye, tampoco es que se le pueda culpar, al chico... - Dijo otro, repasando la espalda de Diamond mientras ésta se alejaba. – Yo también le buscaría ese pasadizo secreto si me dejara...
- Anda, anda, dejad de decir tonterías. – Se rió un tercero. – Vamos a ver la última exposición de Guertena, a ver qué hace antes de que Cohen lo convierta en una estatua como al anterior.
- Dicen que la estrella de la exposición es un mural completo. "Mundo Fabricado", se llama. Impresionante.
- Yo le doy una semana más de vida. – Dijo otro.
Y todos rieron, sin prestarle más atención a la joven patinadora desaparecida, ni a su aparente novio, Rex Salazar.
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- Creen que vamos a hacer cosas indecentes. – Indicó éste, con una sonrisa, mientras salía de la sala de fiestas.
- Cerdos...
- Oye, que, a mí no me importaría cumplir con sus expectativas. – Bromeó, ganándose un golpe en la nuca de Diamond.
- ¡Eres igual que ellos! – Replicó, mientras se acercaban a la estación del metro de Rapture, un sistema de batisferas que conectaba las distintas partes de la ciudad.
- ¡Venga, Kanna, lo decía de broma! – Se echó a reír el chico, cuando se abrió la puerta de la batisfera. – Esos tíos no saben diferenciar entre Finlandia y la Unión Soviética, van a saber interpretar las señales femeninas... Pero admite que es mejor que piensen que estamos haciendo indecente, a que piensen que estamos haciendo algo indecente e ilegal.
Tomándola de la mano, la ayudó a subir al vehículo, a pesar de que la expatinadora era más que perfectamente capaz de subir sola, e incluso llevándolo a cuestas. – El caso es que, tengo una idea. O tal vez sólo el esbozo de una. Pero tal vez, tanto tú como yo consigamos nuestro propósito.
- ¿Hacia dónde nos dirigimos?
- Vamos hacia Artemis Suites. – Explicó Rex. – Anoche hubo disturbios por allí, así que es posible que los cuerpos sigan allí, con todo su ADAM.

La gente que vivía en Artemis' Suites no era, ni de lejos, tan elegante como los de Olympus Heights. No eran artistas como Guertena, ni deportistas como Diamond. Eran de la clase trabajadora. Obreros, ingenieros, gente más humilde, que ya estaban comenzando a sufrir las consecuencias de aquella perturbada sociedad que había creado Andrew Ryan bajo el mar.
Tras el asombroso descubrimiento del ADAM y el desarrollo de los plásmidos, tónicos que reescribían el código genético del usuario dándole poderes especiales, las desigualdades sociales habían ido aumentando, sobre todo cuando la negativa de Ryan a regularlos poniendo como excusa el libre mercado se había sumado a su capacidad adictiva.
Y así, lentamente, la sociedad iba siendo empapada del sueño venenoso del ADAM, que producía peligrosos adictos mutantes que los más avispados denominaban "Splicers". Un sueño venenoso que afectaba no sólo a los pobres y a la anterior clase media, sino también, cada vez más, a los ricos, que aprovechaban para cambiar su código genético, convirtiéndose en versiones más poderosas – y atractivas, según algunos – de sí mismos.
- ¿ADAM? – Preguntó Diamond, tragando saliva. Su rostro, antes tranquilo, se contrajo en una mueca. - ¿Qué pretendes...? ¡No, Rex! ¡Detén esto, no debo ir allí!
- Relájate, Ikana. – Replicó el ingeniero. – Todo va a salir bien, te lo prometo. Te necesito conmigo.
- ¿Y qué necesito yo, Rex? ¿Necesito ir allí a rodearme de potenciales fuentes de ADAM? – Replicó ella, levantando la voz. - ¿Después de todo el esfuerzo que estoy haciendo para no consumir más? ¡No sabes lo que es eso! No se dice, pero ahí arriba, entre artistas, actores y gente bien, el ADAM también escurre por cada esquina. Me da poder, sí, pero no es, en absoluto, una bendición. No quiero convertirme en una Splicer. No quiero... Dejar de ser yo. – Sacudió los hombros, que Rex rodeó con el brazo, sentándose junto a ella en la batisfera.

- Eso no va a ocurrir. – Le dijo, afectuosamente. – No eres como esos Splicers, no estás sola, ¿De acuerdo? La doctora Tenembaum... La doctora dijo que es algo psicológico, ¿Vale? Dijo que al principio no es irreversible. Se puede curar.
- ¿Y cómo vamos a hacerlo? ¿Cómo voy a curarme de mi adicción encerrada en una ciudad que cada vez apesta más a ADAM?
- Por eso, vamos a salir de aquí. – Replicó Rex, mientras llegaban al puerto de Artemis' Suits. – Por aquí, por favor. Y estate alerta, a partir de ahora estamos en territorio hostil.
Ella lo sabía. Lo sabía de sobra. Había visto aquellas horribles criaturas, los splicers. Había pensado lo que sería acabar convirtiéndose en uno de esos seres, infrahumanos, con la mente y el cuerpo destruidos por el ADAM. Y ella... Ahora mismo, ella estaba al borde del precipicio, mirando hacia abajo. Se puso sus guantes dorados, mientras el revólver de Rex centelleó en la penumbra del lugar, al avanzar por los pasillos, el escenario del conflicto entre Ryan y sus adversarios.
- Bien, la cosa es que los chicos de mantenimiento y yo llevamos unos días viéndola por las cámaras... Creo que podría servirnos, he estado estudiando sus movimientos y es... Ah, espera, por ahí vienen. ¡Cuidado! – Exclamó, en susurros. Ikana se detuvo, al oír pasos. Pasos pesados, que provocaban pequeños temblores. Pasos que se aproximaban. – ¡Por aquí, ven! – La apremió para que lo siguiera, ocultándose detrás de unos escombros quemados en los disturbios.
Y unos instantes después, lo vieron, al propietario de aquellos pasos, pesados y lentos, una de las bestias que vagaban por los recovecos de Rapture desde que habían empezado las desigualdades. Un Big Daddy, con las ventanas de su casco iluminadas en la penumbra. Y ante él... Una silueta diminuta, infantil, caminando con sus piececitos descalzos entre toda la porquería, los charcos y los muertos, con los ojos brillantes ambarinos como única muestra de su condición especial. Ikana Diamond contuvo el aliento. Una Little Sister.
Aquella era una muestra más de la depravación de Rapture, una muestra más de lo retorcida que podía llegar a estar aquella perturbada sociedad. De forma natural, el ADAM era una sustancia producida por ciertas babosas de mar, pero la cantidad que éstas producían era insuficiente para las demandas de la sociedad de Rapture, cada vez más crecientes. Por eso habían ideado una forma de cultivar el ADAM, implantando aquellas babosas en el estómago de niñas pequeñas, procedentes del orfanato y modificadas, genética y mentalmente, que iban por la ciudad, pinchando cadáveres con sus biberones con aguja para recolectar ADAM de los cadáveres y reciclarlo en su estómago.
Como Ikana bien sabía – incluso por aquella sensación, aquel olor – las Little Sisters eran la fuente más pura de ADAM en Rapture, y eso las había hecho uno de los blancos más deseados de los adictos, que, a pesar de las capacidades regenerativas que el ADAM les daba a las niñas, las abrían y tomaban su ADAM. Y para responder a esa preocupación por el bienestar de sus recolectoras, el doctor Suchong había ideado el proyecto Big Daddy.
Su armadura de buzo era una reminiscencia de sus orígenes, submarinistas que se ocupaban del mantenimiento y reparaciones exteriores de Rapture. Cuando las pequeñas Little Sisters habían empezado a correr peligro, siendo secuestradas o incluso asesinadas por el valioso ADAM, el doctor Suchong, entre otros, había desarrollado una línea de guardaespaldas, protectores, privando a aquellos hombres de toda su humanidad, manipulándolos mental y genéticamente, fundiéndolos a los trajes, y programando en sus cerebros deformes la compulsión por proteger a las pequeñas. Así fue como nacieron los Big Daddy. Gigantescas moles con trajes de buzo, y un tremendo taladro en lugar de una de las manos, preparado para atravesar a todos los splicers que se pusieran en su camino.
Lo único era que aquel... Aquel Big Daddy carecía del taladro, y su estado, cuando lo vieron a la luz parpadeante del pasillo, era bastante desmejorado. Había visto días mejores. Había visto otras batallas.
- Esa es. – Dijo Rex, mientras la pequeña, en silencio, se acercaba al cadáver. – Los chicos la llaman "Ghost Sister" ... Verás, normalmente las niñas canturrean, y hablan con los Big Daddy, como... como si fueran niñas normales. – Hizo una pausa, mientras un escalofrío le recorría el espinazo. – Pero ésta es distinta. No sé si la hicieron mal, o revirtió, o simplemente está traumada... Pero todavía no la hemos oído emitir un sonido.
La pareja miró a la pequeña, sacar la jeringa que siempre llevaba consigo y clavársela al muerto, como le habían enseñado. Era distinta, Rex lo tenía claro. Y no sólo era que hablara o se quedaba callada, ya que, en el fondo, la conversación que podían dar los Big Daddy – a los que las pequeñas llamaban afectuosamente "Señor Pompas" – era prácticamente inexistente, sino su forma de actuar.
Cuando trabajaban, las pequeñas extraían el ADAM de los cadáveres, y éste atraía a asaltadores splicer, que trataban de atraparlas. Usualmente las pequeñas se apresuraban y corrían al amparo de sus fuertes Daddys, que rechazaban – casi siempre – a los mutantes, pero ésta no. Ésta se quedaba ahí, parada, mirando fijamente a los splicers, mirando la batalla que el Big Daddy de turno libraba, totalmente indiferente a cualquier signo de peligro, o quizás demasiado aterrorizada como para moverse, sin ponerse a salvo, sin permitir a su Big Daddy descansar o tomarse un respiro.
Y puede que los esclavos de traje de buzo fueran grandes, fuertes, y tuvieran un perforador en lugar de mano derecha, pero no eran invencibles, y tarde o temprano, los splicers terminaban agotándolos y abatiéndolos, momento que aprovechaba la pequeña para escabullirse por los conductos de ventilación.
- Éste debe de ser el tercer Big Daddy al que le hace eso, y tampoco parece ir por buen camino. – Explicó en susurros. – Esa Sister es más vulnerable de lo normal, creo que, si pretendemos escapar con una, es nuestra mejor oportunidad.
- ¿Escapar con una Little Sister? Eso es una locura, ¿Y qué quieres que haga? – Inquirió Ikana. - ¿Acabar con el grandullón y hacerme con ella?
- No, aún no. ¿Oyes eso?
Tenía razón. Cuando Ikana se detuvo a escuchar, oyó pasos ajetreados. Muchos pasos. Gruñidos, gemidos, y el sonido de los ganchos de metal al clavarse en la pared, en la otra esquina.
Splicers. Estaban allí, y no se detendrían ante nada hasta obtener la la niña o mejor, el ADAM que había en su interior.
Los ojos del Big Daddy, o los de su escafandra, cambiaron a rojo, mientras éste daba un pisotón en el suelo, pero la pequeña no pareció darse cuenta, y siguió tranquilamente extrayendo el ADAM.
Y así fue como aparecieron los monstruos. Seres deformes, mutantes, con un vago aspecto humano y con jirones de ropa sobre sus miembros y tumores. La mayoría iban armados con barras metálicas o tuberías, y se lanzaron en manada hacia el Big Daddy, sabiendo que éste era el mayor peligro y el más inmediato.
Y éste respondió, violentamente. Cualquiera que pretendiese tocar un solo pelo de su pequeña iba a tener que pasar por encima de él... Y los Big Daddy son muy grandes. Un Splicer araña, trepando por el techo con aquellos afilados garfios, saltó sobre él, pero el Big Daddy lo agarró en el aire y lo lanzó sobre otro mutante, derribándolos a ambos. Para entonces, ya había otros dos sobre él, golpeándolo y haciéndolo retroceder, y el buzo los rechazó con el muñón donde antes había estado el taladro.
Pero los Splicers eran mutantes, y aunque el abuso de ADAM había convertido a la mayoría en mutantes sin cerebro, no todos ellos estaban indefensos. Había algunos que, antes de perder el control por culpa de los chutes de ADAM, habían tomado los chutes adecuados.
- ¡QUE VOOOY! – Gritó una voz desde el otro lado del pasillo. Y una columna de fuego iluminó el pasillo, pasando a través de los mutantes, que le habían abierto camino, y abrasando al protector. Un splicer ígneo, de los que aún tenían control sobre sus poderes. Un adversario que había que tener en cuenta.
El Big Daddy retrocedió, superado en número, y los splicers le atacaron en grupo, golpeándole una y otra vez, y disparándole los que tenían armas. El Big Daddy, por muy fuerte que fuera, carecía de su arma principal y de su taladro, y estaba siendo superado en número. Rex creyó incluso ver a uno, que debía tener el plásmido de electricidad, preparar en su mano una carga eléctrica, pero antes de que lo hiciera, el Big Daddy retrocedió y huyó por uno de los pasillos, siendo perseguido unos metros por los mutantes, que se reían y se burlaban de él.
- ¡La ha abandonado! – Dijo Diamond, sin poder creérselo. - ¡La ha abandonado a su suerte!
- Se habrá dado cuenta de que ella tampoco va a hacer nada para protegerlo... - Suspiró Rex, viendo a la pequeña, que ya había acabado, mirar a los splicers con aquellos ojos brillantes.
Los splicers se acercaron, rodeándola entre risitas.
- ¿Qué te pasa, pequeña, has perdido a tu papá? – Dijo uno, burlón.
- Ven con nosotros, cielo... - Lo acompañó una mujer. – Te daremos caramelos y ropas bonitas...
- Sí, ven con nosotros, tú y todo ese ADAM...
Era el momento. Los splicers habían derrotado a la mayor amenaza para Ikana y para él, y a su vez, éste les había propinado una buena paliza. Aquella pequeña era la más desprotegida, y por allí... Por allí no había ningún conducto de ventilación disponible. Era su oportunidad.
- ¡Eh! – Gritó Ikana, y ambos dos salieron de su escondrijo. - ¡Ese ADAM es mío, mutantes! ¡Soltadla! – Desenfundando la pistola y aprovechando el factor sorpresa, Rex abatió a uno, mientras que Diamond, por su parte, empuñó una palanca del suelo y saltó hacia el grupo.
El que tenían más cerca se lanzó hacia ellos, pero no durante mucho tiempo. - ¡Quieto! Gritó Ikana, extendiendo la mano. Puede que al tomar ADAM hubiera cometido el mayor error de su vida y puede que hubiera puesto en peligro su carrera, pero aquella sustancia milagrosa también tenía cosas buenas: Ahora, con sólo desearlo, era capaz de convertir a sus enemigos en sendas esculturas de hielo, lo suficientemente frágiles como para quebrarse bajo la sugestión de la palanca que había recogido.
La manada de mutantes se lanzó hacia ellos, pero Rex e Ikana no eran un Big Daddy agotado por batallas anteriores, ni estaban indefensos. Sobre todo, Ikana, el verdadero peligro, pues se paseaba alrededor de la niña congelando a diestro y siniestro, protegiéndose de los golpes de los splicers con la palanca y arreándoles sin dudar.
Rex disparó a una de las estatuas de hielo, haciéndola añicos, pero luego tuvo que agacharse para esquivar la bocanada de fuego del splicer llameante. - ¡Ikana! – avisó a la rubia. - ¡Ten cuidado!
Con un movimiento circular, la joven usó a otro splicer de escudo, y ambos pudieron oler la carne quemada, mientras Rex disparaba para abatir al piroquinético.
Pero aquella era su última bala, y, sin su arma, Rex no era más que un técnico computacional. Un cerebrito entre mutantes sobrehumanos. Un futuro cadáver, como bien se preocupó de recordarle un splicer, que lo agarró, con intención de acabar con él... Para ser abatido, en el último momento, por un disparo. De Diamond.
- ¿Qué? – Preguntó, rodeada de estatuas de hielo. – Me he quedado sin EVA.
Rex suspiró. Claro, el EVA, el ADAM procesado que se utilizaba para cargar las habilidades de los plásmidos. No era tan adictivo como el ADAM puro, ni tan escaso, así que Rex había podido hacerse con un par de jeringas para Ikana. Una pena que no hubiera sido tan previsor con sus propias balas. Pero a pesar de todo, no era eso lo que le preocupaba.
- Un... ¿Un arma? ¿Cómo es que...?
- No soy patinadora. – Dijo ella, tras decidirlo con un suspiro. – Bueno, sí lo soy. Lo era. Mi alias es Inka Timatti. Soy de la Interpol. Vine aquí investigando las desapariciones. El patinaje era mi coartada.
- Creo que me quedo con "Diamond". Pero te capturó el sueño de Rapture, ¿Eh? – Sonrió Rex, mirando a su alrededor, al igual que Ikana. Los splicers restantes podían atacar en cualquier momento, desde las sombras. - No te culpo, yo acabé aquí de forma similar. Las mentes más brillantes del mundo, reunidas en una sola ciudad...
- Bien, pues ya has visto que las mentes más brillantes no son más que un puñado de tarados megalómanos. – Replicó Diamond. – Y yo tengo suficientes datos y pruebas como para salir de aquí e ir directa a informar. Y si además nos pudiéramos llevar a la pequeña...
Miró tras ella, buscando a la pequeña, que seguía allí, mirando a un lado. Por casualidad, siguió su mirada, y allí la vio: La silueta de la criatura, con la mano iluminada por las chispas que la recorrían. Un plásmido eléctrico. E Ikana... Ikana estaba de pie sobre un charco, producido por el hielo que se descongelaba desde sus guantes.
Y todo el mundo sabe qué pasa cuando apuntas a un charco con un plásmido eléctrico.
Se lanzó hacia Ikana sin previo aviso, empujándola al tiempo que el splicer disparaba. Pisó el charco, sin querer, y notó la descarga acertarle en el hombro derecho y recorrerle el cuerpo entero, que sufrió convulsiones, transmitiéndole la electricidad a su acompañante, a quien aún tenía agarrada.
Gritaron de dolor, gritaron al caer al suelo y notar cómo sus músculos convulsionaban sin orden ni concierto, cómo perdían la fuerza, dejando caer sus armas. El EVA... No, no podía ni pensar en alcanzar la jeringa para dársela a Diamond, no con aquella descarga.
Cuando, finalmente, la tortura acabó, los dos permanecieron en el suelo, torturados, doloridos, indefensos, a manos de aquel aterrador mutante eléctrico que se acercó con una sonrisita. – Habéis tocado donde no debíais, donde no debíais... - Canturreó. Rex giró la mirada, viendo a la pequeña en el rabillo del ojo. ¿Por qué no se movía? ¿Por qué no huía?
- Habéis acabado con todos los demás, así tendré más ADAM para mí solito... - Se rió, burlón. – Pero antes... Antes me aseguraré de que no podáis impedírmelo. Y me quedaré con ese EVE...- Se colocó ante ellos, apuntando a las jeringas azules que habían caído del bolsillo de Rex, con su rostro mutante y deforme oculto tras una máscara de teatro. Alzó la mano, que chisporroteó, preparada para terminar de freírlos.
Hora de morir, pensó Rex. Hora de acabar con todo. Allá iban sus ilusiones, sus sueños de volver a ver el sol, de regresar al mundo real, al de la superficie. Sus ilusiones de investigar el ADAM en la superficie. Con una infectada como Diamond y una Little Sister, habría tenido material suficiente y, quién sabe, tal vez hubiera podido descubrir la manera de revertir sus efectos. Tal vez habría logrado salvarlas.
Pero allí se acababa todo. Así se acababan las historias en Rapture. En un callejón oscuro, sucio, a manos de un drogadicto mutante. Éste alzó la mano, mientras Rex trató de mover sus miembros de nuevo, y entonces... Se convirtió en una puerta blindada.
No, no sería exacto decir que "se convirtió" en una puerta blindada. Más bien, una puerta blindada sustituyó al splicer ante Rex y Diamond. Una puerta a manos del Big Daddy, que la estampó en el suelo, haciendo temblar el pasillo y rugiendo imponentemente, asegurando su dominio sobre el splicer, su dominio sobre todo aquel que quisiera hacerle daño a la pequeña.
Porque no la había abandonado, sino que únicamente había ido a buscar un escudo, algo para protegerla. Y ahora, de vuelta con su escudo, el Big Daddy volvía a ser el más fuerte y el más grande del lugar.
- ¡Maldita sea! – Gritó Ikana, que ya había vaciado una de las jeringas, recuperando su hielo. - ¡Tú otra vez! – Irguiéndose, se dispuso a enfrentar al protector, mientras que éste volvía a levantar la puerta con intención de convertir a Diamond en otro amasijo de carne splicer.
Pero Rex no pensaba permitirlo. Ni una cosa, ni la otra.
- ¡No! – Gritó, tratando de recobrar el control del todo, interponiéndose entre ambos y alzando las manos. - ¡Deteneos! No vamos a luchar, no queremos hacerle daño a tu pequeña. – Continuó, mirando a Ikana y al Big Daddy correspondientemente. - ¿Es que no lo veis? ¡Todos aquí tenemos el mismo objetivo!
- ¿De qué estás hablando? – Preguntó Diamond, acompañada de un gruñido del gigante, cuya escafandra brillaba con luz ámbar, de advertencia.
- De que todos queremos lo mismo. Queremos que esta pequeña esté a salvo. – Apuntó a la Little Sister, que miró su dedo, ladeando la cabeza. – Queremos que esté bien, y él también. – Se volvió al Big Daddy. - ¿No es eso?
La criatura emitió un sonido que se podría interpretar como un "continúa", aun interponiendo la puerta entre ellos y la pequeña. Pero había luz verde, lo que significaba que al menos le daba una oportunidad. – Escucha, nuestra intención es salir de aquí. De Rapture. Creo que es posible piratear una de las batisferas, liberarla para subir nosotros sin el control de Ryan. Queremos sacar a esta niña de Rapture. ¡Queremos llevarla al mundo de la superficie!
Aquello no pareció gustarle al Protector, que recuperó el ámbar, y levantó la puerta, golpeando con ella el suelo de nuevo con un gruñido.
- ¿Y qué quieres, que se quede aquí? – Replicó Ikana, enfadada, con una capa de hielo formándose alrededor de sus guantes. Sin saber si aquel intento de negociación llegaría a algo o el Big Daddy no era más que un perro guardián. - ¿Quieres que siga así, en ese estado, dominada por el ADAM, como tú y como yo?
- Escucha, sabemos que no eres un animal. – Siguió intentándolo Rex. – Tienes inteligencia, eres racional. Has podido arrancar esa puerta de los malditos goznes y usarla como arma. Contigo si nos aliamos, podemos deshacernos de lo que nos manden Ryan y sus secuaces. Podemos sacarla de aquí. Podemos curarlas. – Tomó a Ikana del hombro. – Hacer que sus vidas dejen de girar en torno al ADAM. ¿Quieres lo mejor para esa pequeña, no es así? ¡Incluso tú podrías venirte con nosotros!
- Verás, esto es muy sencillo. – Añadió Ikana, encarándolo con seriedad. Aun allí, con la única luz titilante, con el vestido roto por la batalla y los guantes recubiertos de hielo, seguía estando claro que era la jefa. – Tienes dos opciones: Puedes decidir sacarla de Rapture, hacer lo mejor para ella, o puedes quedarte con tu maldita programación mental y matar a todos los que se acerquen a ella hasta que un splicer un poco avispado acabe contigo. Ha pasado antes, con otros Big Daddy. Sabes que pasará contigo. En ese estado, no creo que dures otro combate como éste.
- Puedes aliarte con nosotros, - Concluyó Rex. – o seguir vagando por ahí, esperando la muerte, obedeciendo y poniéndola en peligro. Y recuerda una cosa, chico... - Se cruzó de brazos frente a él, y alzó la mirada, mirando fijamente al casco que le devolvía la mirada. – ¡El hombre elige, y el esclavo obedece!


martes, 17 de enero de 2017

Navidades Rotas II

Parte 1.- Navidades Rotas

Las luces se movían ante sus ojos. Se movían velozmente, se movían hacia arriba. ¿Qué…?
El hombre alzó la mirada, aún borrosa. Voces, voces en la lejanía. “Bunker…” Sí, ese era él. Ese era su mote. Había figuras oscuras interponiéndose en la luz intensa y él, figuras que se inclinaban sobre él y decían cosas como “¡Es demasiado grande!”, o “No le hace efecto”. ¡Esos malditos elfos! Siempre acechando desde su Imperio al norte. Le habían tenido ganas a Bunker desde que estaba en el ejército, y ahora, por fin lo habían capturado, y estaban abriéndolo a placer para encontrar la clave de su fuerza.
“Bunker”, volvió a oír.
-                     ¡Bunker!
El mencionado abrió los ojos de un sobresalto. No estaba en una mesa de exploración, bajo las miradas escrutadoras de varios científicos elfos. Estaba en un lugar mucho más peligroso: El despacho de su supervisora, la Directora Lapointe. Y ésta, una mujer alta y de mirada penetrante, lo observaba desde el otro lado de la mesa.
-                     Disculpe, yo… - Trató de decir él. - ¿Podría repetir la pregunta?
-                     Leonardo “Bunker” Villalobos. – Repitió ella, leyendo un informe que había en su mesa. – Agente especial bajo el mando de la agente Diamond, con casi quince años en el cuerpo. Reporte de misión, fallido. – Lo miró entonces, y Leo Bunker pudo sentir cómo ella lo escrutaba, como si fuera un dragón hambriento. – Múltiples daños colaterales, pérdida de vidas inocentes, agente caído en acto de servicio, y objetivo no recuperado. ¿Tiene algo que alegar en su defensa?
Bunker bajó la mirada, tratando de encontrar las palabras. Y al repasar los hechos, se dio cuenta de que había algo que no encajaba. – Un momento, ¡El cargamento de contrabando que teníamos que recuperar ha sido recuperado! ¿Cómo que fallido?
-                     ¿Qué está diciendo, Bunker? – Preguntó Lapointe, frunciendo el ceño. - ¡Hablo de su último encuentro íntimo con un vehículo motorizado! ¿¡Dónde se cree que está!?
Y entonces Bunker se dio cuenta. La fiesta, Diamond, la botella, el coche…

Hace veinticuatro horas
Ikana abrió de golpe la puerta de la calle, saliendo disparada hacia el lugar del accidente, pero cuando lo hizo, vio que no había sido la primera: En su impulsividad, Anna se había lanzado por la ventana, sobreviviendo gracias a su vampirismo a los tres pisos de altura y lanzándose hacia la escena, que no era para nada tranquilizadora.
Porque, al contrario de lo que pueda uno pensar, cuando un coche se enfrenta con alguien, no siempre sale ganando el coche. Y mucho menos cuando ese alguien es alguien tan grande y voluminoso como Bunker.
El capó del coche estaba completamente arrugado, con una hendidura en el centro, el lugar donde había hecho colisión, y con el parabrisas resquebrajado, mostrando una gran mancha de sangre que permitía adivinar lo que uno encontraría en su interior.
Anna, por su parte, estaba tratando de mover el cuerpo de Bunker, levantándolo, llamándolo frenéticamente. - ¡No vuelve en sí, Kana! – Dijo la joven. Era normal. No sabía de nadie que pudiera volver en sí con aquellas heridas, y toda aquella sangre. Viéndolo como desde la perspectiva de otra persona, Ikana tomó a Anna del hombro, apartándola ligeramente para examinar mejor a su amigo inerte.
-                     ¿Está vivo? – Se oyó preguntar, tranquila y calmada.
-                     S-sí, no… - Se lió la joven rubia, hecha un mar de lágrimas. – No lo sé, aún respira, pero… - La miró, negando con la cabeza. - ¿Qué podemos hacer? Ya lo sé, ya lo tengo… Lo convertiré en vampiro, y así tendrá mi capacidad de regeneración. Es la única forma de que sobreviva…
-                     ¡No, Anna! – La detuvo Ikana. - ¡No lo hagas!
El vampirismo era una solución muy tentadora para todas aquellas situaciones, y de hecho, muchos vampiros lo habían contraído cuando eran víctimas de enfermedades degenerativas o que amenazaban su vida, sin caer en la cuenta cómo funcionaba realmente el vampirismo.
Porque, a la hora de contraer aquella condición, el organismo de un vampiro básicamente creaba un “punto cero”. Los vampiros morían como seres humanos – o como elfos, o como orcos… - y volvían a renacer como vampiros, en ese mismo cuerpo y con esa misma mente. Tal y como estaban en el momento de contraerlo. Una agonía, se convertía en agonía eterna. Una herida mortal, se convertía en convalecencia eterna. Había visto demasiados vampiros que buscaban que los liberase de su sufrimiento como para permitir que su amigo viviera lo que le quedaba de existencia con heridas de atropello.
-                     Lo que hay que hacer es llamar a los sanadores.
-                     Ya está hecho. – Dijo Raoul, que acababa de llagar. Ikana se volvió a mirarlo, y vio que tras él había bajado Alice, y ahora se disponía a mirar la escena, con su padrastro sangrante y al borde de la muerte.
-                     ¡No! – Dijo. - ¡Anna, llévala a casa! – La joven rubia la miró, incrédula, pero la mirada de Ikana no admitía réplica. - ¡Llévala! ¡Yo me ocupo de esto!
Y miró a Bunker de nuevo, tumbándolo en el suelo, vigilando que la hija pequeña de Bunker no viese el espectáculo, y comenzando con las maniobras de primeros auxilios para mantener al grandullón con vida, al menos hasta que llegase la ambulancia.

 Ahora
“No reconozco éste techo”, se dijo Bunker, mirando a la luz apagada que había sobre su cabeza. Eso le habría gustado pensar, pero la verdad era que sí que lo reconocía. Había pasado más veces por el hospital de las que era recomendable.
Pero ésta vez, al menos, no había sido culpa suya. Maldita sea… “Un conductor borracho”, se dijo. No lo sabía. Lo único que él había visto habían sido aquellos dos ojos inmensos, enfocándolo, aquellos faros iluminándolo en la carretera. El coche se le había echado encima. No había tenido oportunidad de huir.
-                     Vaya, vaya, señor Villalobos. – Dijo una voz a los pies de la cama. Bunker se acomodó en las almohadas y bajó la mirada, y allí, al fondo y en penumbra, se encontraba un hombre pelirrojo. Tenía un traje color verde musgo y un fedora a juego, y sonreía enigmáticamente. - ¿Sabe usted a qué velocidad iba? – Su sonrisa se acentuó, como si hubiera dicho un chiste que sólo él entendía. - ¡A la necesaria para mover todo un argumento!
Bunker, que aún no estaba del todo lúcido, trató de incorporarse para verlo mejor, pero al hacerlo, la puerta de la habitación se abrió de golpe. La luz estaba encendida, la habitación estaba vacía, y una mujer de melena rubia a la que conocía más que bien se abalanzaba sobre él. - ¡Leo! – Lo llamó Ikana. - ¡Has despertado!
-                     Está en el hospital, señor Villalobos. – Dijo, por detrás, una de las sanadoras, con algo para apuntar. - ¿Recuerda lo ocurrido?
-                     Sí, yo… - Bunker agitó la cabeza, tratando de aclarar más la mente. Recordaba el choque, recordaba tener sueños muy extraños…
-                     Eso es normal. – Respondió la sanadora. – Con su tamaño, al equipo de urgencias le costó anestesiarlo una vez la analgesia hubo hecho su efecto. Me alegro de que esté bien. – Dijo, antes de desaparecer por la puerta.
-                     Menudo susto nos diste. – Dijo Ikana, sonriendo un poco y tomándole la mano. – Los sanadores dijeron que tenías una buena montada ahí abajo, por suerte eres tan grande que no tuvieron problemas a la hora de recomponerte.
-                     Eso es un alivio, supongo… - Dijo él, notando cierta tirantez al respirar, procedente de las vendas. – Supongo que algo bueno tenía que tener mi condición, además de todos los problemas articulares y el dolor.
-                     Venga, no empieces otra vez como en Tarnast. – Le dijo ella, recordándole una de las misiones, que Bunker recordaba con claridad. Un espíritu de los coches le había tirado un camión encima a Ikana, y él había sido el único que lo había visto y había sido lo suficientemente rápido como para empujarla, recibiendo él el golpe.
Habían sido tiempos distintos. En aquel momento, Bunker no tenía nada más. Su familia estaba lejos, y allí no tenía a nadie. A nadie más que a Ikana, su novia por aquel entonces. La miró, preguntándose si ella también recordaría cómo le había premiado su sacrificio, y supo que había acertado cuando ella apartó la mirada y cambió de tema.
-                     Anna incluso intentó convertirte en vampiro, ¿Lo sabías?
-                     ¿A mí? – El grandullón agradeció el cambio. - ¡Con lo que me gusta el sol! – No obstante, no le sorprendió, ya que conocía de sobra la impulsividad de la adolescente. Lo cual le llevaba a su siguiente preocupación. - ¿Cómo están?
Su familia… Su familia era complicada, e inestable. Tanto Anna como Alice tenían problemas de autocontrol, y Bunker sabía que una situación como aquella no era lo mejor para su estabilidad. Miró a Ikana, preocupado por lo que hubiera ocurrido con sus hijas, pero ésta asintió con la cabeza, calmante. – Están bien. Tranquilo. Raoul se ha quedado con ellas.
-                     ¡¿Raoul?! ¿Estás loca? ¿Cómo lo has dejado a cargo de las niñas?
Hace veinticuatro horas
Las luces de la ambulancia iluminaban la calle entera, mientras los sanadores de urgencia le aplicaban los primeros cuidados intensivos al accidentado. Por suerte, tanto la camilla como el interior del vehículo se adaptaron por arte de magia a las dimensiones de su inquilino. Mientras lo terminaban de ajustar, Ikana y su pareja discutían quién tendría que acompañarlos.
-                     Espera, Ikana, creo que debería ir yo. – Pedía Raoul.
-                     ¿Tú? – Lo miró ella. ¿Por qué su novio debería acompañar a su ex al quirófano? Ni siquiera acababan de congeniar…
-                     Allí sólo hay que esperar… - Argumentó Raoul. – Y, sinceramente, creo que tú serías mucho más eficaz aquí…
-                     No digas tonterías, Raoul. – Replicó ella. – Tengo que ir con él, tú allí no pintas nada. Además, no creo que la policía tarde mucho en marcharse. Sólo tienes que contarles lo que oíste, y ya está. Sólo necesitan testigos.
Pero no era a la policía a lo que Raoul se refería, sino a las dos muchachas que ahora había en el apartamento. Y que, con toda seguridad, ahora estarían a punto de estallar.
-                     Claro que están preocupadas. – Replicó Ikana. – Su padre ha sido atropellado… Piensa en esto como en una oportunidad para congraciarte con ellas.
-                     ¿Congraciarme? ¡Van a querer matarme! – Replicó él, pero ya era tarde: Las puertas se cerraron entre ambos, y la ambulancia, una vez Bunker estuvo ajustado y preparado, se alejó por la calle. – Van a querer matarme… Más de lo normal. – Terminó Raoul, suspirando. Sangre, accidentes, heridos… Ya se había acabado todo. Y ahora empezaba lo difícil, tratar de calmar a las niñas de Bunker. O, mejor dicho, de domesticarlas.

Hace veintidós horas
Aquello no estaba saliendo bien, pero nada bien. Raoul suspiró. Al volver al apartamento, había tratado de calmar a las chicas, diciéndoles que ya estaba todo hecho y que tenían que irse a la cama, pero como era de esperar, la respuesta había sido nefasta.
Raoul había supuesto – inocentemente – que, a pesar del nerviosismo, tanto Anna como Alice serían conscientes de que no podían hacer nada. Lo que ahora le ocurriera a Bunker dependía de los sanadores, del hospital, y lo mejor que podían era dormir, para estar preparadas cuando Ikana los avisara.
Pero por desgracia, ellas no eran como creía. A pesar de que aquello era lo más racional, ninguna estaba como para pensar de forma racional. Estaban histéricas, y la primera que se lo mostró, la que lo hizo de forma más gráfica, fue Anna.
-                     ¡Has sido tú! – Le dijo, levantándolo a pulso contra la pared. - ¡Tú eres el que ha estropeado las fiestas, si no hubieras estado estoy segura de que nada de esto habría pasado!
-                     ¡Escúchate, Anna, escucha lo que dices! – Pidió Raoul, sin muchas esperanzas. La rabia y la impotencia tenían que salir por algún sitio, y en el caso de la joven Salazar, eran los puños. - ¡No tiene ningún sentido!
-                     ¡Lo que no tiene ningún sentido es lo que dices! – Replicó ella, con los ojos inyectados en sangre. Raoul había interpuesto los brazos, en un intento de protegerse que sabía que fracasaría si ella decidía golpearlo de verdad. - ¿Pretendes que me quede aquí como una tonta mientras él puede estar agonizando? ¡Estás majara! – Lo dejó caer, y se dirigió de nuevo hacia la puerta. - ¡Me piro!
-                     ¡No, Anna! – Le pidió él otra vez. – ¡No debes ir!
-                     ¿Y por qué no, si puede saberse? – Replicó ella, mirándolo mal con una mano en el pomo de la puerta.
“Porque eres una salvaje”, pensó Raoul. “Porque me das miedo, y no quiero ni pensar en lo que podría hacer alguien en tu estado en una sala de espera”.
-                     Porque es lo que quiere Ikana. – Dijo. Definitivamente, una mejor frase, que le aseguraba conservar los brazos enteros. – Ella ha ido con Bunker, y se asegurará de que todo le vaya bien. Pero ha confiado en ti para quedarte aquí, para cuidar de Alice… Mira, sé que no nos llevamos bien. Tú eres, francamente, eres un poco bruta… Y yo soy el nuevo novio de Ikana, lo entiendo. – Se apresuró a añadir, evitando que ella lo golpeara del fastidio. – Pero ella confía en nosotros para esta misión. Confía en que tú puedas cuidar a Alice, y en que yo te pueda cuidar a ti.
Durante unos instantes, la tensión sobrepasó la línea de máximo. Casi podía ver a Anna temblar, tratando de estallar sobre sí misma, cerrando los puños tanto que creyó oír sus huesos romperse y regenerarse al instante. La notó luchar, internamente, entre su lealtad a Ikana y su furia.
Hasta que al final, con una sonora maldición, la adolescente le hizo un agujero a la puerta de entrada, de tres capas de grosor, y salió. – ¡No necesito que me cuides, ni tú ni nadie, enano! – Le gritó, según salía. - ¡Estoy aquí porque me da la gana, y nadie puede evitar que salga! ¿Me oyes? Nadie.
Él, desde luego, no podía. Después de aquella demostración de fuerza, estaba demasiado ocupado evitando pensar en lo que le podría haber ocurrido de haberlo golpeado a él como para intentarlo. Cuando la joven cerró la puerta de golpe, él exhaló un suspiro.
Maldita sea... Tenía razón, la había tenido desde un principio. Aquello era demasiado para él. No podía lidiar con esa violencia, ese riesgo para su vida, y eso que ni siquiera había intentado tratar con la otra: Alice.
Cuando Raoul abrió la puerta de su habitación, se la encontró allí. Acurrucada sobre la cama, inmóvil como una muñeca, y con los ojos brillando, como faros en la noche, buscando algo, o alguien, en quien descargar aquella sobrecarga de emociones. Y la última persona que había enfrentado aquello, llevaba dos meses en coma.
Raoul se apartó de la puerta antes de que la pequeña pudiera fijar sus ojos en él, respirando agitadamente, como si acabase de tener un encuentro sorpresa con la misma muerte. Aquellos ojos, aquella sensación de peligro… Tal vez Anna fuera violenta, pero aquella pequeña, que apenas levantaba cuatro palmos del suelo, era el verdadero peligro. No podía entrar ahí, daba igual lo que le hubiera prometido a Ikana, daba igual lo que le pidieran. No podían pretender que se enfrentase a esos ojos y sobreviviera.
-                     ¿A-Alice? – Aquello estaba siendo un completo desastre, pero no quería darlo todo por perdido. Quería pensar más allá. No quería pensar en los ojos, quería pensar en la niña que había detrás. Una niña asustada, con miedo, sin saber lo que iba a pasar. – Sé que da miedo. – Suspiró. – S-Sé que viste el accidente, y que… Bueno, que tu padre ahora mismo está grave y tal, pero… - Pensó qué más decir. Tenía que intentarlo. Aunque le hablara a la pared. Pero si había una mínima posibilidad de que ella estuviera escuchando, no quería defraudar a Ikana. ¿Qué se le decía a la gente cuando estaban preocupadas por algo?
-                     Todo va a ir bien, ¿De acuerdo? Sé que parecía terrible, pero Bunker… Es uno de los tíos más fuertes que conozco. Aunque me de rabia reconocerlo, le tengo envidia en ese sentido. – Cerró los ojos. No, no podía ir por ahí. Tenía que tranquilizarla, no comenzar a contarle su propia vida. – Verás, los… lo que pasa en un accidente se resuelve en los primeros minutos, ¿Sabías? Con el sistema de sanación que tenemos hoy en día, si alguien llega con vida al hospital, en el… Noventa y cuatro por ciento de los casos  se salva. Y tu padre… Bunker estaba vivo. Lo vi con mis propios ojos. Por eso se lo llevaron con tanta prisa. Porque aún podían salvarlo. Y lo salvarán. Es un hecho.
-                     Deja de intentarlo. – Otra voz le sobresaltó, la voz de Anna. – Estás perdiendo el tiempo. Cuando Alice se bloquea, no hay nada que pueda entrar o salir de su cerebro. Necesita descargarse.
-                     ¿Y cómo conseguimos eso? ¿Qué es lo que hacéis cuando ocurre? ¿Hay que esperar, sin más?
-                     Olvida eso… ¿Es cierto lo que decías? – Preguntó. - ¿De verdad crees que no corre peligro?
Raoul miró a la joven vampiro por segunda vez, y en su mirada, en su iris rojo, ya no vio simple furia ciega. Tras ella, ahora, se transparentaban las dudas e inseguridades. El miedo a perder al que era como un padre para ella. A quedarse sola. Y Raoul sabía bien lo que era estar solo.
-                     Yo… Sí, lo creo. – Confirmó. – Con nuestro sistema actual de sanidad, hoy en día las muertes por traumas de ese tipo son muy escasas. Y encima está en el Astron General, que es uno de los mejores de la ciudad. Alguien tan fuerte como Bunker no tiene de qué preocuparse.
Ella suspiró. Trataba de calmarse. – Lo que dijiste antes, lo de cuidar de Alice, tienes razón. Es mi trabajo.
Avanzó, cruzando por delante de Raoul. – Espera, tú misma lo has dicho. Está en crisis, no podemos entrar o nos…
-                     … ¿Nos matará? – Replicó ella, arqueando una ceja. – Yo ya estoy muerta, cerebrito. ¿Qué te crees que hago aquí?
Antes de que entrara, sin embargo, Raoul la volvió a detener. Hablar del Astron General le había dado una idea. – Escucha, sé que has hecho un esfuerzo para volver y ayudarla, así que ahora me toca a mí: Antes dije que no debías ir. – La mano de Anna se tensó sobre el pomo de la puerta. – Pe-pero eso no significa que no puedas estar allí. No significa que no podáis verlo. ¿Crees que os gustaría?
-                     ¿De qué estás hablando?
-                     El Astron General es uno de los hospitales más seguros del país. Allí es donde los luchadores, los ricos y los famosos van a tratarse. Cuyas idas y venidas son minuciosamente registradas por las cámaras de seguridad. Y, ¿A que no adivinas quién tiene como pasatiempo buscar aberturas en sistemas informáticos?
-                     Y… ¿Y harías eso por mí? – Preguntó incrédula. - ¿Te meterías en problemas sólo para que pudiera ver?
-                     Tú cuidas de Alice, yo cuido de ti. – Sonrió él, satisfecho. - ¿Hay trato?

 Ahora
-                     ¡Se lo comerán vivo, Ikana! – Dijo él. Pero la mujer se arrellanó en la silla, y sonrió.
-                     No sé yo, Bunker… Tengo que reconocer que Raoul nunca ha dejado de sorprenderme. Y, considerando que en su última llamada me informó de que estaban viendo la tele. creo que sí podemos darle un voto de confianza. Aunque, eso sí, me pidió que te dijera que tienes que darle la receta de tu vienés.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Navidades Rotas

Parte 2.- Navidades Rotas II


La puerta se abrió de golpe, sobresaltando a los contrabandistas. – ¡Fuerzas del Reino! ¡No se muevan! – Gritaron los soldados, apuntándolos, pero los contrabandistas no se andaban con chiquitas, y uno de ellos le lanzó una de las jaulas de los fénix. - ¡Auflodern!

La jaula, el fénix y todos los que estaban cerca se vieron envueltos en una bola de fuego, amplificada por la propia naturaleza ígnea del fénix, en una explosión que los contrabandistas aprovecharon para huir. Pero, hicieran lo que hicieran, no importaba. Porque allí, en la puerta trasera del almacén de la mafia, su vía de huida, esperaba una mujer. La líder del equipo de Asalto que llevaba aquella operación. Maga de hielo, y una de las luchadoras más famosas del país.
La agente Diamond. Y, contra ella, no había nada que pudieran hacer.

La mujer suspiró, saliendo de la comisaría. Menudo cansancio. Ya era la tercera red de contrabando que desarticulaban en aquellas fiestas. Ésta, en particular, se dedicaba a vender fénix de imitación, que en realidad eran shanshos, un ave de los pantanos con un hechizo metamórfico para cambiar su aspecto y otro ígneo para iluminar el árbol mágico de Natalis. Sólo tenía un uso y luego el ave ardía hasta las cenizas, pero para cuando los clientes se dieran cuenta, ya habría sido demasiado tarde.
Era un éxito, en resumen. 
Pero, para ella… Era demasiado trabajo. Las mafias parecían más activas durante aquella época del año, y hasta los vampiros parecían seguir las fiestas de renacimiento que acompañaban al fin de año. Y si, la gente de la ciudad podía dormir tranquila, sabiendo que estaban bien protegidos… Pero hasta la agente Ikana Diamond, la más fuerte del país, necesitaba un descanso.

Suspiró, entrando en su piso. Al menos, si todo iba bien, lo iba a tener.
Cerró la puerta de su apartamento. Un lugar agradable, con vistas al lago y mucho espacio, a menudo demasiado para alguien como ella, que vivía sola. A menudo, sí… Pero no aquel día. No durante las fiestas.

- Bienvenida. – La saludó Raoul Salazar, su novio, saliendo a su encuentro, y ella sonrió, dejando de ser la agente Diamond para pasar a ser un poco más Ikana. Lo tomó de las manos. - ¿Qué tal ha ido tu último día? – Raoul vivía al oeste, casi en la costa, y no se veían demasiado, pero Ikana no sufría por ello; cada uno tenía una vida. Ella era de las fuerzas de élite, y él un genio trabajando con tecnología punta en su propio laboratorio. Sus mundos no eran muy similares, y eso era precisamente lo que le gustaba de ello. El saber que tenía allí un ancla, que su vida tenía un oasis de tranquilidad para el cual sólo era Ikana.
Le hizo un resumen rápido de la situación y de falsos fénix, y él puso los ojos en blanco. – Estoy seguro de que podría sacar una línea de androides con sigilos ígneos por sólo un poco más… Y serían reutilizables. – Suspiró. – Si, tal vez lo haga. Sólo necesito un modelo biológico adecuado. Llamaré a Chell, mi ayudante, y…
Ella lo detuvo, tomándolo de los hombros y lanzándole una mirada elocuente. – Raoul. – Le dijo, clavándole los ojos color sangre. – Tendrá que esperar para después de Natalis… Recuerda, hemos quedado para cenar.

Él la miró, sin comprender durante un momento, y entonces recordó el compromiso. – Oh, no… - Dijo, sin ganas. Raoul nunca había sido muy sociable. Nunca había sido sociable, de hecho. Prefería pasar el tiempo encerrado en su laboratorio antes que con la gente, de ahí que su aspecto habitual fuera con las gafas de protección sobre la frente y un bloc de notas con incidencias, listo para nuevos experimentos.
Y, además, en aquel caso particular había otra cosa más que hacía la situación ciertamente indeseable para el Salazar: La gente con la que cenaban. - ¿De verdad, Ikana? ¿Me vas a hacer ir a cenar con tu ex y sus hijas?
Ella suspiró, mirando al techo. Otra vez aquella discusión no. – No seas así, Raoul. Bunker no es solo mi ex, también es mi compañero de trabajo. Y más importante, mi amigo. Y sus hijas… Bueno, soy prácticamente una segunda madre para ellas. Son sólo dos niñas… ¿No puedes hacer eso por mí?

No era la primera vez que discutían sobre sus planes para Natalis, de acuerdo, pero Raoul era un científico, y, por tanto, testarudo. – No son “sólo dos niñas”, Ikana, y lo sabes. – La mayor, Anna, era una adolescente de 17 años y metro noventa, con la suficiente masa muscular como para levantar a Raoul y a Ikana a la vez y un problema de control de la ira, que se sumaba al problema de vampirismo que había contraído hacía unos meses, mientras que la pequeña, Alice, era autista y telépata. No era más que una pequeña de ocho años que Bunker había adoptado al final de una misión de contrabando que la involucraba, pero cuando te te clavaba la mirada, azul como el océano, parecía robarte el alma.
Y eso que una de las características de la gente como ella era evitar mirar a los ojos.
- Y, lo peor, las dos me odian. ¿Cómo pretendes que esté cómodo, sentándome entre un vampiro adolescente al borde de la ira y una telépata con tendencia a perder el control?
Ella avanzó por el espacioso salón, acercándose al ventanal desde el que se veía el gran lago que había a las afueras. – Son sólo dos niñas, Raoul. Y tú eres mi novio. Es normal que no les caigas bien al principio.

La verdad era que Raoul tenía su parte de razón: La familia de Leonardo “Bunker” Villalobos era de todo menos típica o pacífica. Para empezar, ni siquiera estaban emparentados por lazos de sangre: Bunker había rescatado a Alice de una red de contrabando y la había adoptado al saber que no tenía a nadie más, y Anna había huido de casa de su padre, familia de Raoul, y se había convertido en una violenta delincuente, acabando en un reformatorio, donde además de su problema de autocontrol había adquirido el vampirismo.

Y Bunker las había acogido a ambas, adoptando a Alice y tomando a Anna como discípula, oficialmente para aprender de su carrera en el espectáculo de los duelos mágicos, pero como favor a su madre, una gran amiga de los tiempos en el ejército de Bunker y que estaba desaparecida.
Dos casos perdidos que la sociedad había dado de lado, pero el hombre las había visto, y había decidido que ambas se merecían una familia. Y, con sus pros y sus contras, lo estaba consiguiendo.

Y, aunque Raoul fuera terco como una mula y no mirase con buenos ojos a las hijas de Bunker y al propio compañero y exnovio de Ikana, ella sabía que la acompañaría: Para el genio tecnológico, el funcionamiento de la mente de Alice, distinto al de la gente común pero similar al suyo, era fascinante, y por mucho que Anna le mirase mal, ambos compartían el desagrado por su familia. – ¿Lo ves? – Dijo Ikana, para convencerlo. – Ya tienes algo para romper el hielo. Algo para empezar a conectar con ellas. Además, piénsalo de ésta manera: Si al final no cenamos con ellos, tendremos que ir con los tuyos. ¿Cuánto hace que no ves a tus padres y a los demás Salazar?

Raoul resopló. La última vez que había tenido contacto con su familia había sido cuando éstos intentaron monetizar la pasión de Raoul para su propio beneficio. Si había algo que le gustaba menos que ir a cenar con la familia de Bunker, era ir a cenar con su propia familia. - ¿Por qué no puedo simplemente quedarme en casa? Las fiestas son algo artificial, Ikana, no hay ninguna razón para celebrar la caída de la hoja del Árbol Sagrado precisamente ésta noche cuando ocurre durante todo el invierno. Natalis es una fiesta inventada.
Ella se volvió, sonriendo divertida por la pretendida incomprensión de Raoul. – Precisamente por eso. – Dijo, cruzándose de brazos. – Podríamos haber elegido cualquier fecha, no hacer fiesta. Pero hemos elegido que sea hoy el día que nos juntamos con nuestros seres queridos. Los mortales hemos elegido el día de hoy para celebrar el renacimiento y compartir nuestra energía vital con los demás, aunque sea de forma simbólica. ¿No crees que eso es lo más hermoso?
Él suspiró. – No lo sé. Es tan aleatorio… – Pero la vida en aquel planeta también lo era. La presencia de magia, el desarrollo de la humanidad a la sombra de los elfos. El simple hecho que todo funcionara era debido a una serie de casualidades. Y aquello… El hecho de que ella estuviera allí, frente a él, y él la amase… Aquello no era racional. Era aleatorio. Y, precisamente por eso, era hermoso.
Así que, una vez más, Raoul, el genio de la lógica, tuvo que darle la razón a Ikana. Y, a las nueve de la noche se encontraba, bien vestido, junto a Ikana, a la puerta de la casa de los Villalobos. Suspiró y llamó, educadamente.
Cuando la puerta se abrió, Raoul se quedó un poco intimidado, como siempre que se encontraba cara a cara con el gigantesco exnovio de Ikana, de más de dos metros de altura, con los brazos gruesos como troncos de árboles. Raoul estaba seguro de que había habido algún tipo de gigante en su árbol genealógico, y habría apostado por un troll si Ikana no le hubiera dado una colleja en el momento.
-          Vaya, justo a tiempo. – Sonrió, franqueándoles la entrada. – Estaba dándole los últimos toques al plato principal.

-          A ver si adivino… ¿Un vienés? – Suspiró Raoul. La gastronomía del lugar de origen del gigantón era variada… ¿Por qué siempre tenía que hacer el mismo plato?
-          ¡Niñas! – Llamó Ikana, entrando y colgando su abrigo en la entrada. - ¡Hemos llegado!
Desde la parte trasera del apartamento les llegó sonido de pasos. - ¡Ikana! – Replicó Anna, la mayor, que parecía hija de Bunker, por su tamaño y complexión. - ¿Cómo que “hemos lle…”? Ah, ya veo… - Se quedó parada al ver a Raoul, mirándolo mal.
Éste intentó forzar una sonrisa, algo difícil bajo la mirada de lo más parecido que había en aquella casa a un dragón. – Buenas noches, Anna. – Dijo, educadamente. - ¿Qué tal?
-          Bien hasta que viniste. – Replicó ella, con el ceño fruncido, mientras llegaba la hija real de Bunker, minúscula en comparación con los otros dos grandullones y con un libro en las manos. - ¿Por qué tuviste que traerlo, Kana? – Le preguntó a la novia de Raoul, que sonrió. - ¡Seguro que habría sido mucho más feliz con sus máquinas y esas cosas!

Sí, tenía razón. Raoul sabía que tenía razón. Pero pensó en lo que había hablado con Ikana. Tal vez aquello que había ante él era una joven malhumorada con tendencia a la violencia, pero también era una asombrosa mezcla de circunstancias. Una interesantísima conjunción de acontecimientos, que habían ido formando una trenza como la que ella llevaba en la sien hasta dar lugar a ella. Y aquello… Aquello era más interesante. O al menos, no era desagradable.

-          ¿Qué tal, Alice? – Saludó a la pequeña, también rubia, que lo miraba, en silencio. - ¿De qué es el libro ese que estás leyendo?
Ella lo tapó contra su pecho, en un intento por impedir que curioseara, pero al hacerlo le mostró la cubierta, y Raoul se sorprendió al encontrarse cara a cara con Valle Inquietante, por el famoso Ayzak Vomysa, un libro que no habría esperado encontrar en nadie que no tuviera interés por las conciencias artificiales. Uno de sus favoritos.
-          Vaya, interesante… ¿Entonces, te gusta el tema? ¿Qué es lo que más te gusta? – Vaciló él, tratando de entablar conversación y maldiciendo su inutilidad para la charla trivial tan popular entre la gente. Ella, por su parte, tampoco era una gran conversadora, ya que se conformó con clavarle la mirada, como haciéndole ver que su intento de conversación era un fracaso.
-          La gente. – Dijo, simplemente, y se fue, dejándolo allí, solo y yéndose a leer tranquila.
-          No te lo tomes como algo personal. – Dijo Anna. – Es así con todos.
-          Pero ha mejorado, ¿no? – Intervino Ikana. – Antes no pronunciaba ni palabra.
-          Sí, aunque depende del día que tenga. Hay veces que sólo conseguimos que hable por lengua de signos.

El torso de Bunker asomó por la puerta. – Venga, venid, que Alice es la única que me hace algo de caso… ¿O queréis cenar en el vestíbulo?
Y pasaron al salón, que estaba decorado con motivos rojos y verdes, como era casi obligatorio en los hogares de gente normal, y en una de las esquinas había un abeto arcoíris, con una figura de un fénix en la parte superior. – Vaya, ¿Lo habéis ayudado vosotras?

Aquello, pensó Ikana, era realmente acogedor. La mesa puesta, un recopilatorio de duelos antiguos en la tele para hacer tiempo, Anna renegando de los estudios…
-          Es un tema de lo más importante. – La intentaba convencer. – Por mucho que quieras seguir los pasos de Bunker en el mundo del espectáculo, necesitas al menos una base de formación.
-          ¡No digas tonterías, Kana! – Protestaba Anna. - ¡Me va muy bien con esto de las peleas! ¿Sabes que ayer volví a batir mi récord de sacos de arena destruidos en una hora? ¡Esto se me da genial! A este ritmo, antes del verano podré presentarme a una competición de las serias.
-          ¿Y después qué? ¡Ayúdame, Raoul! – Le exigió al inventor. - ¡Tú sabes lo importante que es estudiar!
-          Cla-claro que sí. – Intentó aportar él. – Piensa en el futuro, Anna. Ahora puedes luchar, pero no vas a ser siempre joven y fuerte.
-          O sí. – Replicó ella, frunciendo el ceño en su dirección. – Te recuerdo que soy un vampiro.

Bunker, que había vuelto a la cocina para terminar los últimos toques a la cena, volvió a asomarse desde la cocina. – Tenemos un problema.
El vino de brindar, el que tenía encantamientos festivos, se había acabado.
-          ¿Cómo pudiste no prever algo así? – Dijo Ikana. - ¡Quedamos en esto hace dos semanas!
-          Vale, vale, lo siento. – Replicó el grandullón. – El otro día se pasó el teniente a felicitarnos las fiestas y puede que bebiéramos un poco de más.
El teniente era un antiguo colega del ejército de Bunker, un viejo veterano que había sido una leyenda en su día, pero ahora gastaba su tiempo y dinero emborrachándose y recordándose los viejos tiempos. Ikana ni siquiera podía culparlo. A estas alturas de su vida, un hombre como el teniente lo único que tenía eran arrepentimientos que olvidar.
-          Debiste darte cuenta. – Riñó ella a Bunker, que dejó caer los hombros. – Ahora nos tocará beber otra cosa…
-          Y por eso me alegro de no beber nada que no sea sangre. – Intervino alegremente Anna. – Yo me lo compro y yo me lo bebo.

-          Está bien, está bien. – Bunker encajó las palabras de las mujeres. – Culpa mía, lo siento. Iré a por una botella, creo que la tienda de la esquina está regentada por espíritus y no cierra por Natalis.
Ikana y Raoul le dijeron que no hacía falta, pero después de aquello, alguien tan orgulloso como Bunker no podía quedarse allí, y no tardó en ponerse el abrigo y salir al frío de la noche invernal, a por una última botella de bebida espiritual.

-          Este Bunker… - Suspiró Ikana, sentándose en el sofá. – Mira que olvidar la bebida para brindar.
-          A mí eso no me habría pasado. – Dijo Raoul, encogiéndose de hombros. – No sé la gente como él, pero siempre tengo una lista de requisitos que cumplir antes de hacer nada… Llámalo estándares.
-          ¿Está en tu lista de requisitos que te golpee? – Replicó Anna. – Se quedó sin bebida porque estuvo acompañando al teniente a olvidar sus días de guerra. Algo seguramente mucho más altruista de lo que cualquiera de los Salazar ha hecho nunca.
Alice se levantó del sofá y dejó el libro en la mesilla, acercándose a la ventana y atrayendo las miradas de todos.
Y entonces Ikana, Raoul, Anna y Alice, todos pudieron oírlo claramente. Un estruendo. Un estampido. El sonido de un vehículo chocando contra algo. O contra alguien.
-          Bunker. – Dijo Alice. Ikana se lanzó hacia la ventana, y se dio cuenta de que tenía razón. Allí, en la calle, junto a una botella rota y un coche con el parachoques arrugado como una pasa, yacía el cuerpo inerte de Leonardo Villalobos. Bunker.