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jueves, 19 de enero de 2017

El Centinela Alado

La Sima de las Luces era un lugar oscuro, irónicamente, con su inmensa vastedad bañada por un par de rayos de sol, que lograban colarse a través de orificios excavados en la ladera de la montaña exterior. Un lugar olvidado, en el que los aventureros sentían que no eran bienvenidos.

                    Los maláticos llamaban a éste lugar Shelial. – Informó Kyr, el elfo oscuro del grupo. – El lugar de no retorno.
                    Un nombre tan válido como otro cualquiera para meter miedo. – Replicó Kalf, el líder del grupo. – No es más que una mazmorra, como cualquier otra a la que nos hayamos enfrentado… Después de “La Gruta del Terror”, “El Hogar del Oso” o “La Dragonera”, pensé que habríais aprendido a no fiaros de los nombres.
                    Bueno, para ser justos, en “La Dragonera” sí que había un dragón. – Dijo Dana, la espía local, aferrada a su ballesta.
                    ¡Sólo el esqueleto! – Replicó él. – Venga, Ya hemos recorrido todo el camino, no podéis echaros atrás ahora. Ayúdame, Sherry… Tú también crees que estamos haciendo lo correcto, ¿verdad?

La cuarta y última integrante del grupo, la altielfa Sherry, sonrió, divertida, acariciando su arco. Si habían llegado hasta allí, una caverna perdida en el interior de las montañas, era sólo porque se habían dado en investigar las historias de la región: En la última Guerra, el Rey de aquellas tierras había sacado a la heredera por un pasadizo oculto del castillo sitiado, dejándola allí, en un refugio seguro, pensando en volver a buscarla cuando las cosas se hubieron calmado. Pero el Rey había muerto, dos meses atrás, y se decía que ningún valiente paladín había logrado salvar a la princesa de su protegida guarida.

                    Me parece respetable que quieras sacar a la pobre princesa Lady Beth de su cautiverio en el Templo de Shel. – Explicó la elfa, señalando con la cabeza el edificio del fondo de la gruta. – Pero creí que ya habías escarmentado cuando Lord Rennon te persiguió con los perros por la mitad de sus dominios.
                    Oye, no fue culpa mía que el padre de Marisa fuera un controlador, ¿vale? – Replicó él. – Ella ya es mayorcita para elegir lo que quiere meter en su habitación. Además, me dijo que lo había pasado muy bien. Si no hubiera sido por ese sirviente chismoso, habríamos repetido.
                    Kalf, ¿Es que no tienes en consideración las normas de educación que dicen que cuando un hombre te abre las puertas de su casa no es buena idea acostarte con su hija? – Resopló Kyr.
                    Bah, eso son costumbres élficas. – Replicó el interfecto, quitándole importancia.
                    Muy bien, niños, ahora, si habéis dejado de discutir sobre cómo tratar al padre de una dama… - Los interrumpió Dana. – Creo recordar que además de la historia de la princesa cautiva, los rumores mencionaban algo más. Mencionaban un mal oscuro que se extendía desde esta gruta, una sombra que oculta la luna. Algo que mantiene a todos, hombres, animales y espíritus, alejados de éste lugar.

                    Shelial. – Dijo Kyr a media voz. – El lugar de no retorno.
                    Y por eso estamos aquí. – Replicó Kalf. – Para demostrar que no hay nada invencible. Que las leyendas se equivocan.
                    Pues espero que tengas un plan. – Replicó la espía. – Porque, a juzgar por los huesos que hay por toda la gruta, él tiene un montón de puntos a su favor.
                    ¿Él? – Kyr arqueo una ceja, y Dana levantó un dedo, apuntando hacia arriba.
                    Él.

Cuando los demás miraron hacia arriba, desearon no haberlo hecho. Porque allí, colgando del techo como si fuera un murciélago gigante, los observaba una criatura monstruosa, una sombra cuya forma se perfilaba contra el techo rocoso, y cuyos ojos, ambarinos, atravesaban a los aventureros.
La Sombra que Oculta La Luna. El señor de la gruta. Se movió, sin un ruido, y una ligera brisa agitó los cabellos de Sherry cuando la bestia se extendió por todo el techo, convirtiendo su cuerpo en una especie de alfombra.

No, no se había extendido por todo el techo. Eso no era su cuerpo, comprendió Kyr. Eran sus alas. Y entonces, la bestia se soltó de su asidero y se lanzó sobre ellos, emitiendo un bramido que hizo vibrar la cuerva entera.

Pero ellos no retrocedieron. Eran Los Cinco de Kalf, los primeros del Reino. Los paladines del pueblo. Si había algún peligro, una bandada de orcos a la que los humos se le habían subido a la cabeza, un troll que causaba estragos, ellos eran los encargados de poner orden. Y aquello… Aquello no era distinto. Ellos darían muerte a la bestia alada, ellos rescatarían a Lady Beth.
Sherry, la elfa, fue la primera que disparó contra la Sombra Alada, pero no fue la única, ya que pronto se unieron los dos soldados espirituales invocados por Kyr, y Dana con su ballesta. Kalf, por su parte, juntó las manos, envolviéndose en luz dorada y activando su magia.
Una magia secreta, que habla aprendido de su maestra, una técnica que le daba forma al maná, creando armas de magia. En manos de un mago Demiurgo experto, esta técnica podía ser devastadora, pero Kalf era un romántico. Por muy versátil que fuera, siempre acababa escogiendo sus queridas espadas duales.

Y con éstas espadas, una en cada mano, se lanzó de cabeza hacia el monstruo, ignorando el vendaval que éste creó con las alas y aprovechando el instante en el que encajaba los impactos de las flechas para lanzarse contra él y asestarle un buen golpe.

Esa era su técnica. Así luchaba Kalf. La versatilidad y la confianza concedidas por su magia casaban a la perfección con su personalidad, audaz y temeraria tanto para cortejar a la solitaria hija de Lord Rennon como de enfrentarse a una Sombra Nocturna.
El que golpea primero, golpea dos veces. Un dicho que él acostumbraba cumplir al dedillo. Para cuando la criatura volvió a levantar el vuelo, rechazando tanto a Kalf como los proyectiles del resto, ya llevaba un par de heridas de más en las patas traseras.

                    Tengo un plan. – Dijo Dana, retrocediendo hasta donde estaba Kyr. – Pero necesito tiempo para ponerlo en marcha. ¡Cubridme!

Y los aventureros se lanzaron en pos de la Sombra que Oculta la Luna, espadas y arcos en mano, y Kyr, el elfo oscuro, proporcionando soporte logístico detrás, creando sombras invocadas con su báculo, espectros desechables de magia que disparaban a la Sombra Alada hasta que ésta se volteaba y las borraba de un coletazo. Pero, para entonces, ya había otras dos sombras cubriendo su lugar, y había descuidado el segundo frente, la elfa luchadora y el guerrero mágico que, en un ataque conjunto, se las habían arreglado para lanzarse sobre él.

 Kalf, por una parte, había dispersado sus espadas duales y las había convertido a una lanza de maná, con la cual podía herir al monstruo sin arriesgarse tanto, produciéndole terribles heridas, mientras que la elfa había abandonado temporalmente la arquería, y, en una actitud muy impropia de los altivos elfos, había desenvainado su hacha y su escudo y la había agarrado a hachazos con el monstruo.

Pero éste… El señor de la gruta, la Sombra que Oculta la Luna, no era una bestia legendaria por casualidad. Llevaba mucho tiempo habitando aquellas cavernas, muchas lunas desde que aquel insensato Rey llevó a la princesa a su torre, y, con un bramido que les hizo temblar los huesos, se los sacó de encima, barriéndolos con la cola, junto con las sombras y haciéndolos caer a todos hacia donde estaba Kyr.
                    Maldita sea… creo que lo hemos subestimado. – Se levantó trabajosamente Kalf, que había perdido la concentración, haciendo que se dispersaran sus armas. – Es más duro de lo que pensaba.
                    Eh… ¿Chicos?
                    Pues tendrás que creer otra cosa, Kalf, porque estamos aquí, y nos estamos enfrentando a esa cosa. Esto no iba a ser coser y cantar, y lo sabías. Además, ¿Dónde está Dana?
                    Creo que deberíamos preocuparnos menos de dónde está Dana… - Interrumpió Kyr, mirando a la bestia. - ¡Y más de dónde vamos a estar nosotros en cinco segundos! ¡¡Cuidado!!
En aquel momento, los mercenarios descubrieron de dónde había salido el nombre de La Sima de las Luces. Descubrieron cuál había sido el destino de los desdichados caballeros que habían intentado lo mismo antes que ellos.

La columna de magia asesina procedente de la boca de la Sombra Nocturna los engulló por completo, cegándolos con su luz, pero cuando Kyr abrió los ojos, vio que seguían vivos. Vio que, ante ellos, había alguien que se lo había jugado todo: Sherry había sacado su escudo.

Y, cuando sacaba el escudo y activaba su círculo mágico, accediendo al poder de la Luz Marmórea, Sherry demostraba su especialidad como Tanque del grupo. La Defensa Perfecta
.
Pero, y ahora viene la pregunta del millón, ¿Qué pasa cuando una columna de magia que destruye todo lo que toca se topa con un obstáculo indestructible? La respuesta, indudablemente, es la entropía. Un aumento de entropía, o, mejor dicho, caos, llenó la caverna, cuando el aliento atómico de la Sombra Oscura fue desviado por el conjuro defensivo de Sherry.  Una explosión que lanzó tanto a Kyr como a Kalf al suelo, y borró del mapa las sombras del primero. Todo el lugar tembló, y las paredes se resquebrajaron, pero el monstruo, que no se esperaba aquella respuesta a su inquebrantable ataque, bajó la guardia durante unos instantes.

Los necesarios para que Kalf saltase por encima de Sherry, abalanzándose sobre la cabeza de la Sombra Alada con un gigantesco espadón de maná por delante.

Golpe Crítico.

La criatura se echó hacia atrás, herida y rugiendo, lanzando zarpazos. Uno de ellos alcanzó a Kalf, que cayó a un lado, mientras las sombras de Kyr, lanceros sin rostro, lo relevaban como carnaza reemplazable contra el monstruo mientras se reagrupaban. Y el monstruo se volteó, borrándolos del mapa de sendos coletazos al chocar contra un muro invisible.

                    ¡Ya sé lo que está haciendo Dana! – Gritó Kalf. - ¡Ahora, a por él!
                    ¡Vamos! – Añadió la altielfa, y se unió a él y a otros lanceros sombras creados por Kyr.
Y volvieron a atacarlo, en perfecta sincronía. Cuando las sombras lo distraían y el monstruo se abalanzaba para destruirlas de un zarpazo, Kalf atacaba, por otro lado, utilizando sus afiladísimas espadas y convirtiendo sus alas en un alfiletero. Cuando se volvía para eliminarlo, Sherry se metía en el camino, golpeándolo con su escudo y combatiendo sus dientes de acero con su hacha. Su especialidad era la defensa, y no iba a permitir que tocara un solo pelo de la melena de su amigo. Y así, una y otra vez, hostigaron a la bestia, en todo superior a ellos menos en el campo del compañerismo. Porque era esto lo que hacía que los guerreros tuvieran ventaja, aunque sólo fuera temporal. Era su sincronía, el entendimiento que Sherry tenía sobre las tácticas de Kalf, y el conocimiento de Kyr sobre cuándo tenía que lanzar sus invocaciones, y dónde podían hacer mejor. Sustituyendo a Kalf cuando éste fallaba o cuando tenía que recobrar el aliento, llevándose una dentellada que debería ser para Sherry…

Harta de aquellos minúsculos y molestos seres, la bestia intentó abrir las alas para alzar el vuelo, pero para entonces, se dio cuenta de que Kalf las había llenado de agujeros.
No importaba. En realidad, nada importaba. Si aquellos mequetrefes realmente se creían que iban a poder con ella, con La Sombra que Oculta la Luna, el Terror Ancestral, estaban muy equivocados. Puede que no pudiera volar, pero pronto, ellos se darían cuenta de que ni siquiera los necesitaba.
Y entonces, Dana, la cuarta miembro del grupo, la espía, retiró su sello hechizo de camuflaje, volviendo a estar junto a Kyr, a salvo. - ¡Muy bien! – Dijo, esbozando una sonrisa. – Círculo mágico completado. Glifos trazados. Sexto círculo de Azoth, círculo del dolor… Activado.

En cuanto pronunció la última palabra, liberando el conjuro, unas líneas blancas rodearon al monstruo en el suelo, resaltándose símbolos y garabatos que hasta aquel entonces habían permanecido ocultos. La bestia aulló, tratando de escapar, pero no había dejado cabos sueltos, y no pudo romper los círculos de luz. Había logrado controlar a La Sombra que Oculta a la Luna, gracias a que las distracciones de sus amigos la habían mantenido en el sitio. Y ahora…
                  El círculo del dolor de Azoth proporciona bonificaciones temporales de daño. Durante un minuto, todos los ataques serán muy efectivos contra ella. – Sentenció Dana. – Es hora de acabar con esto.

Y eso hizo todo el grupo, lanzándose a rematar al monstruo. Kalf con sus espadas duales de maná, Sherry con su hacha y su escudo, Dana con sus fiables dagas, y Kyr creando un proyectil mágico tras otro, mientras sus sombras masacraban al indefenso monstruo junto con los demás.
Lo hicieron por las aldeas abandonadas, por los valientes caballeros que habían caído en su misión, por el Rey. Lo hicieron por la princesa. Lo hicieron por sí mismos.

Y, cuando Kalf atravesó la tripa del monstruo con una lanza de maná, Dana le alcanzó la yugular con la daga y Sherry le hundió el hacha entre ambos ojos, justo cuando se acabó el minuto, la bestia se desplomó, inerte, dejándolos a todos de vuelta en el suelo. Muerta. Derrotada.

Habían ganado. Habían ganado a La Sombra que Oculta la Luna, al Señor de la Gruta, a la Bestia Legendaria. Kalf empezó a dar saltos de alegría, mientras Kyr y Sherry se abrazaron, felices, y Dana, que siempre procuraba mantener la compostura, reía cruzada de brazos.
Todos pudieron notar cómo subía su determinación, cómo la emoción de acabar con la bestia maligna llenaba sus corazones de júbilo y les devolvía la energía. Habían ganado, sí señor. Aquella campaña había sido un éxito.

                    No, aún no. – Recordó Kalf, mirando hacia el templo del fondo. – Aún queda rescatar a quien hemos venido a buscar.
Los aventureros se miraron. La princesa Lady Beth. Tras aquella trepidante batalla y los bramidos del dragón, no podían esperar que saliera por su propio pie a felicitarlos. Así que, siguiendo a Kalf y sin dejar de celebrar la victoria, entraron al templo, sorteando los esqueletos de los que habían intentado refugiarse allí del dragón.

                    ¡Lo hemos conseguido! – Dijo Kyr a una calavera. - ¡Os hemos vengado!
                    Venga, tío, no le hables a los muertos. – Rió Kalf. – Ya sé que hemos ganado, pero…
                    Pues yo estoy segura de que desde allá desde donde nos esté viendo, este caballero se alegra de nuestra victoria. - Añadió Sherry, abrazándose a Kyr, su pareja.
                    Sí, o se muere de envidia por no haber sido él. – Rió el líder del grupo, antes de abrir las grandes puertas del templo.
El lugar estaba bien cuidado, para ser un lugar prácticamente abandonado, y la cámara principal estaba diáfana, como una cueva en una cueva, solo que decorada con sendos motivos florales y de otros tipos. No sabían qué se había adorado en el templo de Shel, pero las figuras que quedaban ahora apenas tenían rasgos, borrados por el tiempo. Tampoco les interesaba. Lo único que les interesaba, era la figura que, arrodillada y oculta por la capa, parecía orar ante aquella figura de un santo anónimo.

                    ¿L-Lady Beth? – Llamó Kalf, acercándose.
                    ¿Ha terminado? – Preguntó ésta, volviéndose. Un rostro pálido como el papel, enmarcado por unos hermosos rizos negro azabache, los miró, lanzándose ante ellos y arrojándose a los brazos de Kalf. - ¡Habéis acabado con mi captor! ¡Por fin, por fin! – Sollozó. – Después de tanto tiempo… Tanto tiempo con la única compañía de los nuestros y esa ciclópea bestia…
                    Ya ha acabado todo. – Dijo Kalf, y los demás, que conocían el efecto tranquilizador que podía causar, le dejaron tomar la iniciativa, aunque no sin cierta envidia por parte de Kyr. – Todo está bien. El Rey se aseguró de que estuvieras bien protegida durante la guerra, pero ahora…

                    ¿Protegida? – Lo interrumpió ella. - ¿De qué estás hablando? Mi padre no quería protegerme, fue él quien me encerró después de que yo intentara matarlo usando mis habilidades de nigromante.
                    ¿Cómo que “matarlo”? – Dijo Kalf, pasmado.
                    ¿Cómo que “nigromante”? – Añadió Kyr, aterrado.
                    Me encerró aquí, donde nadie podría encontrarme, y puso a esa bestia a protegerme. Pero ahora vosotros la habéis matado, y soy libre. Y, con mis nuevas cinco adquisiciones, recordaré a éste Reino lo que es el terror a los muertos.
Los aventureros se miraron, notando la sangre helarse en sus venas. Tal vez habían juzgado mal. Tal vez la verdadera oscuridad de la que hablaban, el verdadero mal de aquella gruta, el verdadero jefe final, no era la Sombra Alada. ¡Era ella!
Pero aún quedaba una duda en los corazones de los cuatro guerreros.
                    ¿Cómo que “cinco”?
Pero no tardaron en comprobar quién era el otro muerto, cuando, aterrados, se volvieron, justo a tiempo como para ver al monstruoso Señor de la Gruta, que, revivido como Dracoliche (Un dragón zombi venido del mismísimo infierno), embestía contra ellos, con los ojos incendiados y las fauces repletas de dientes afilados, acompañado, cómo no, por los esqueletos de todos y cada uno de los paladines que habían perecido ante él.

martes, 17 de enero de 2017

Navidades Rotas II

Parte 1.- Navidades Rotas

Las luces se movían ante sus ojos. Se movían velozmente, se movían hacia arriba. ¿Qué…?
El hombre alzó la mirada, aún borrosa. Voces, voces en la lejanía. “Bunker…” Sí, ese era él. Ese era su mote. Había figuras oscuras interponiéndose en la luz intensa y él, figuras que se inclinaban sobre él y decían cosas como “¡Es demasiado grande!”, o “No le hace efecto”. ¡Esos malditos elfos! Siempre acechando desde su Imperio al norte. Le habían tenido ganas a Bunker desde que estaba en el ejército, y ahora, por fin lo habían capturado, y estaban abriéndolo a placer para encontrar la clave de su fuerza.
“Bunker”, volvió a oír.
-                     ¡Bunker!
El mencionado abrió los ojos de un sobresalto. No estaba en una mesa de exploración, bajo las miradas escrutadoras de varios científicos elfos. Estaba en un lugar mucho más peligroso: El despacho de su supervisora, la Directora Lapointe. Y ésta, una mujer alta y de mirada penetrante, lo observaba desde el otro lado de la mesa.
-                     Disculpe, yo… - Trató de decir él. - ¿Podría repetir la pregunta?
-                     Leonardo “Bunker” Villalobos. – Repitió ella, leyendo un informe que había en su mesa. – Agente especial bajo el mando de la agente Diamond, con casi quince años en el cuerpo. Reporte de misión, fallido. – Lo miró entonces, y Leo Bunker pudo sentir cómo ella lo escrutaba, como si fuera un dragón hambriento. – Múltiples daños colaterales, pérdida de vidas inocentes, agente caído en acto de servicio, y objetivo no recuperado. ¿Tiene algo que alegar en su defensa?
Bunker bajó la mirada, tratando de encontrar las palabras. Y al repasar los hechos, se dio cuenta de que había algo que no encajaba. – Un momento, ¡El cargamento de contrabando que teníamos que recuperar ha sido recuperado! ¿Cómo que fallido?
-                     ¿Qué está diciendo, Bunker? – Preguntó Lapointe, frunciendo el ceño. - ¡Hablo de su último encuentro íntimo con un vehículo motorizado! ¿¡Dónde se cree que está!?
Y entonces Bunker se dio cuenta. La fiesta, Diamond, la botella, el coche…

Hace veinticuatro horas
Ikana abrió de golpe la puerta de la calle, saliendo disparada hacia el lugar del accidente, pero cuando lo hizo, vio que no había sido la primera: En su impulsividad, Anna se había lanzado por la ventana, sobreviviendo gracias a su vampirismo a los tres pisos de altura y lanzándose hacia la escena, que no era para nada tranquilizadora.
Porque, al contrario de lo que pueda uno pensar, cuando un coche se enfrenta con alguien, no siempre sale ganando el coche. Y mucho menos cuando ese alguien es alguien tan grande y voluminoso como Bunker.
El capó del coche estaba completamente arrugado, con una hendidura en el centro, el lugar donde había hecho colisión, y con el parabrisas resquebrajado, mostrando una gran mancha de sangre que permitía adivinar lo que uno encontraría en su interior.
Anna, por su parte, estaba tratando de mover el cuerpo de Bunker, levantándolo, llamándolo frenéticamente. - ¡No vuelve en sí, Kana! – Dijo la joven. Era normal. No sabía de nadie que pudiera volver en sí con aquellas heridas, y toda aquella sangre. Viéndolo como desde la perspectiva de otra persona, Ikana tomó a Anna del hombro, apartándola ligeramente para examinar mejor a su amigo inerte.
-                     ¿Está vivo? – Se oyó preguntar, tranquila y calmada.
-                     S-sí, no… - Se lió la joven rubia, hecha un mar de lágrimas. – No lo sé, aún respira, pero… - La miró, negando con la cabeza. - ¿Qué podemos hacer? Ya lo sé, ya lo tengo… Lo convertiré en vampiro, y así tendrá mi capacidad de regeneración. Es la única forma de que sobreviva…
-                     ¡No, Anna! – La detuvo Ikana. - ¡No lo hagas!
El vampirismo era una solución muy tentadora para todas aquellas situaciones, y de hecho, muchos vampiros lo habían contraído cuando eran víctimas de enfermedades degenerativas o que amenazaban su vida, sin caer en la cuenta cómo funcionaba realmente el vampirismo.
Porque, a la hora de contraer aquella condición, el organismo de un vampiro básicamente creaba un “punto cero”. Los vampiros morían como seres humanos – o como elfos, o como orcos… - y volvían a renacer como vampiros, en ese mismo cuerpo y con esa misma mente. Tal y como estaban en el momento de contraerlo. Una agonía, se convertía en agonía eterna. Una herida mortal, se convertía en convalecencia eterna. Había visto demasiados vampiros que buscaban que los liberase de su sufrimiento como para permitir que su amigo viviera lo que le quedaba de existencia con heridas de atropello.
-                     Lo que hay que hacer es llamar a los sanadores.
-                     Ya está hecho. – Dijo Raoul, que acababa de llagar. Ikana se volvió a mirarlo, y vio que tras él había bajado Alice, y ahora se disponía a mirar la escena, con su padrastro sangrante y al borde de la muerte.
-                     ¡No! – Dijo. - ¡Anna, llévala a casa! – La joven rubia la miró, incrédula, pero la mirada de Ikana no admitía réplica. - ¡Llévala! ¡Yo me ocupo de esto!
Y miró a Bunker de nuevo, tumbándolo en el suelo, vigilando que la hija pequeña de Bunker no viese el espectáculo, y comenzando con las maniobras de primeros auxilios para mantener al grandullón con vida, al menos hasta que llegase la ambulancia.

 Ahora
“No reconozco éste techo”, se dijo Bunker, mirando a la luz apagada que había sobre su cabeza. Eso le habría gustado pensar, pero la verdad era que sí que lo reconocía. Había pasado más veces por el hospital de las que era recomendable.
Pero ésta vez, al menos, no había sido culpa suya. Maldita sea… “Un conductor borracho”, se dijo. No lo sabía. Lo único que él había visto habían sido aquellos dos ojos inmensos, enfocándolo, aquellos faros iluminándolo en la carretera. El coche se le había echado encima. No había tenido oportunidad de huir.
-                     Vaya, vaya, señor Villalobos. – Dijo una voz a los pies de la cama. Bunker se acomodó en las almohadas y bajó la mirada, y allí, al fondo y en penumbra, se encontraba un hombre pelirrojo. Tenía un traje color verde musgo y un fedora a juego, y sonreía enigmáticamente. - ¿Sabe usted a qué velocidad iba? – Su sonrisa se acentuó, como si hubiera dicho un chiste que sólo él entendía. - ¡A la necesaria para mover todo un argumento!
Bunker, que aún no estaba del todo lúcido, trató de incorporarse para verlo mejor, pero al hacerlo, la puerta de la habitación se abrió de golpe. La luz estaba encendida, la habitación estaba vacía, y una mujer de melena rubia a la que conocía más que bien se abalanzaba sobre él. - ¡Leo! – Lo llamó Ikana. - ¡Has despertado!
-                     Está en el hospital, señor Villalobos. – Dijo, por detrás, una de las sanadoras, con algo para apuntar. - ¿Recuerda lo ocurrido?
-                     Sí, yo… - Bunker agitó la cabeza, tratando de aclarar más la mente. Recordaba el choque, recordaba tener sueños muy extraños…
-                     Eso es normal. – Respondió la sanadora. – Con su tamaño, al equipo de urgencias le costó anestesiarlo una vez la analgesia hubo hecho su efecto. Me alegro de que esté bien. – Dijo, antes de desaparecer por la puerta.
-                     Menudo susto nos diste. – Dijo Ikana, sonriendo un poco y tomándole la mano. – Los sanadores dijeron que tenías una buena montada ahí abajo, por suerte eres tan grande que no tuvieron problemas a la hora de recomponerte.
-                     Eso es un alivio, supongo… - Dijo él, notando cierta tirantez al respirar, procedente de las vendas. – Supongo que algo bueno tenía que tener mi condición, además de todos los problemas articulares y el dolor.
-                     Venga, no empieces otra vez como en Tarnast. – Le dijo ella, recordándole una de las misiones, que Bunker recordaba con claridad. Un espíritu de los coches le había tirado un camión encima a Ikana, y él había sido el único que lo había visto y había sido lo suficientemente rápido como para empujarla, recibiendo él el golpe.
Habían sido tiempos distintos. En aquel momento, Bunker no tenía nada más. Su familia estaba lejos, y allí no tenía a nadie. A nadie más que a Ikana, su novia por aquel entonces. La miró, preguntándose si ella también recordaría cómo le había premiado su sacrificio, y supo que había acertado cuando ella apartó la mirada y cambió de tema.
-                     Anna incluso intentó convertirte en vampiro, ¿Lo sabías?
-                     ¿A mí? – El grandullón agradeció el cambio. - ¡Con lo que me gusta el sol! – No obstante, no le sorprendió, ya que conocía de sobra la impulsividad de la adolescente. Lo cual le llevaba a su siguiente preocupación. - ¿Cómo están?
Su familia… Su familia era complicada, e inestable. Tanto Anna como Alice tenían problemas de autocontrol, y Bunker sabía que una situación como aquella no era lo mejor para su estabilidad. Miró a Ikana, preocupado por lo que hubiera ocurrido con sus hijas, pero ésta asintió con la cabeza, calmante. – Están bien. Tranquilo. Raoul se ha quedado con ellas.
-                     ¡¿Raoul?! ¿Estás loca? ¿Cómo lo has dejado a cargo de las niñas?
Hace veinticuatro horas
Las luces de la ambulancia iluminaban la calle entera, mientras los sanadores de urgencia le aplicaban los primeros cuidados intensivos al accidentado. Por suerte, tanto la camilla como el interior del vehículo se adaptaron por arte de magia a las dimensiones de su inquilino. Mientras lo terminaban de ajustar, Ikana y su pareja discutían quién tendría que acompañarlos.
-                     Espera, Ikana, creo que debería ir yo. – Pedía Raoul.
-                     ¿Tú? – Lo miró ella. ¿Por qué su novio debería acompañar a su ex al quirófano? Ni siquiera acababan de congeniar…
-                     Allí sólo hay que esperar… - Argumentó Raoul. – Y, sinceramente, creo que tú serías mucho más eficaz aquí…
-                     No digas tonterías, Raoul. – Replicó ella. – Tengo que ir con él, tú allí no pintas nada. Además, no creo que la policía tarde mucho en marcharse. Sólo tienes que contarles lo que oíste, y ya está. Sólo necesitan testigos.
Pero no era a la policía a lo que Raoul se refería, sino a las dos muchachas que ahora había en el apartamento. Y que, con toda seguridad, ahora estarían a punto de estallar.
-                     Claro que están preocupadas. – Replicó Ikana. – Su padre ha sido atropellado… Piensa en esto como en una oportunidad para congraciarte con ellas.
-                     ¿Congraciarme? ¡Van a querer matarme! – Replicó él, pero ya era tarde: Las puertas se cerraron entre ambos, y la ambulancia, una vez Bunker estuvo ajustado y preparado, se alejó por la calle. – Van a querer matarme… Más de lo normal. – Terminó Raoul, suspirando. Sangre, accidentes, heridos… Ya se había acabado todo. Y ahora empezaba lo difícil, tratar de calmar a las niñas de Bunker. O, mejor dicho, de domesticarlas.

Hace veintidós horas
Aquello no estaba saliendo bien, pero nada bien. Raoul suspiró. Al volver al apartamento, había tratado de calmar a las chicas, diciéndoles que ya estaba todo hecho y que tenían que irse a la cama, pero como era de esperar, la respuesta había sido nefasta.
Raoul había supuesto – inocentemente – que, a pesar del nerviosismo, tanto Anna como Alice serían conscientes de que no podían hacer nada. Lo que ahora le ocurriera a Bunker dependía de los sanadores, del hospital, y lo mejor que podían era dormir, para estar preparadas cuando Ikana los avisara.
Pero por desgracia, ellas no eran como creía. A pesar de que aquello era lo más racional, ninguna estaba como para pensar de forma racional. Estaban histéricas, y la primera que se lo mostró, la que lo hizo de forma más gráfica, fue Anna.
-                     ¡Has sido tú! – Le dijo, levantándolo a pulso contra la pared. - ¡Tú eres el que ha estropeado las fiestas, si no hubieras estado estoy segura de que nada de esto habría pasado!
-                     ¡Escúchate, Anna, escucha lo que dices! – Pidió Raoul, sin muchas esperanzas. La rabia y la impotencia tenían que salir por algún sitio, y en el caso de la joven Salazar, eran los puños. - ¡No tiene ningún sentido!
-                     ¡Lo que no tiene ningún sentido es lo que dices! – Replicó ella, con los ojos inyectados en sangre. Raoul había interpuesto los brazos, en un intento de protegerse que sabía que fracasaría si ella decidía golpearlo de verdad. - ¿Pretendes que me quede aquí como una tonta mientras él puede estar agonizando? ¡Estás majara! – Lo dejó caer, y se dirigió de nuevo hacia la puerta. - ¡Me piro!
-                     ¡No, Anna! – Le pidió él otra vez. – ¡No debes ir!
-                     ¿Y por qué no, si puede saberse? – Replicó ella, mirándolo mal con una mano en el pomo de la puerta.
“Porque eres una salvaje”, pensó Raoul. “Porque me das miedo, y no quiero ni pensar en lo que podría hacer alguien en tu estado en una sala de espera”.
-                     Porque es lo que quiere Ikana. – Dijo. Definitivamente, una mejor frase, que le aseguraba conservar los brazos enteros. – Ella ha ido con Bunker, y se asegurará de que todo le vaya bien. Pero ha confiado en ti para quedarte aquí, para cuidar de Alice… Mira, sé que no nos llevamos bien. Tú eres, francamente, eres un poco bruta… Y yo soy el nuevo novio de Ikana, lo entiendo. – Se apresuró a añadir, evitando que ella lo golpeara del fastidio. – Pero ella confía en nosotros para esta misión. Confía en que tú puedas cuidar a Alice, y en que yo te pueda cuidar a ti.
Durante unos instantes, la tensión sobrepasó la línea de máximo. Casi podía ver a Anna temblar, tratando de estallar sobre sí misma, cerrando los puños tanto que creyó oír sus huesos romperse y regenerarse al instante. La notó luchar, internamente, entre su lealtad a Ikana y su furia.
Hasta que al final, con una sonora maldición, la adolescente le hizo un agujero a la puerta de entrada, de tres capas de grosor, y salió. – ¡No necesito que me cuides, ni tú ni nadie, enano! – Le gritó, según salía. - ¡Estoy aquí porque me da la gana, y nadie puede evitar que salga! ¿Me oyes? Nadie.
Él, desde luego, no podía. Después de aquella demostración de fuerza, estaba demasiado ocupado evitando pensar en lo que le podría haber ocurrido de haberlo golpeado a él como para intentarlo. Cuando la joven cerró la puerta de golpe, él exhaló un suspiro.
Maldita sea... Tenía razón, la había tenido desde un principio. Aquello era demasiado para él. No podía lidiar con esa violencia, ese riesgo para su vida, y eso que ni siquiera había intentado tratar con la otra: Alice.
Cuando Raoul abrió la puerta de su habitación, se la encontró allí. Acurrucada sobre la cama, inmóvil como una muñeca, y con los ojos brillando, como faros en la noche, buscando algo, o alguien, en quien descargar aquella sobrecarga de emociones. Y la última persona que había enfrentado aquello, llevaba dos meses en coma.
Raoul se apartó de la puerta antes de que la pequeña pudiera fijar sus ojos en él, respirando agitadamente, como si acabase de tener un encuentro sorpresa con la misma muerte. Aquellos ojos, aquella sensación de peligro… Tal vez Anna fuera violenta, pero aquella pequeña, que apenas levantaba cuatro palmos del suelo, era el verdadero peligro. No podía entrar ahí, daba igual lo que le hubiera prometido a Ikana, daba igual lo que le pidieran. No podían pretender que se enfrentase a esos ojos y sobreviviera.
-                     ¿A-Alice? – Aquello estaba siendo un completo desastre, pero no quería darlo todo por perdido. Quería pensar más allá. No quería pensar en los ojos, quería pensar en la niña que había detrás. Una niña asustada, con miedo, sin saber lo que iba a pasar. – Sé que da miedo. – Suspiró. – S-Sé que viste el accidente, y que… Bueno, que tu padre ahora mismo está grave y tal, pero… - Pensó qué más decir. Tenía que intentarlo. Aunque le hablara a la pared. Pero si había una mínima posibilidad de que ella estuviera escuchando, no quería defraudar a Ikana. ¿Qué se le decía a la gente cuando estaban preocupadas por algo?
-                     Todo va a ir bien, ¿De acuerdo? Sé que parecía terrible, pero Bunker… Es uno de los tíos más fuertes que conozco. Aunque me de rabia reconocerlo, le tengo envidia en ese sentido. – Cerró los ojos. No, no podía ir por ahí. Tenía que tranquilizarla, no comenzar a contarle su propia vida. – Verás, los… lo que pasa en un accidente se resuelve en los primeros minutos, ¿Sabías? Con el sistema de sanación que tenemos hoy en día, si alguien llega con vida al hospital, en el… Noventa y cuatro por ciento de los casos  se salva. Y tu padre… Bunker estaba vivo. Lo vi con mis propios ojos. Por eso se lo llevaron con tanta prisa. Porque aún podían salvarlo. Y lo salvarán. Es un hecho.
-                     Deja de intentarlo. – Otra voz le sobresaltó, la voz de Anna. – Estás perdiendo el tiempo. Cuando Alice se bloquea, no hay nada que pueda entrar o salir de su cerebro. Necesita descargarse.
-                     ¿Y cómo conseguimos eso? ¿Qué es lo que hacéis cuando ocurre? ¿Hay que esperar, sin más?
-                     Olvida eso… ¿Es cierto lo que decías? – Preguntó. - ¿De verdad crees que no corre peligro?
Raoul miró a la joven vampiro por segunda vez, y en su mirada, en su iris rojo, ya no vio simple furia ciega. Tras ella, ahora, se transparentaban las dudas e inseguridades. El miedo a perder al que era como un padre para ella. A quedarse sola. Y Raoul sabía bien lo que era estar solo.
-                     Yo… Sí, lo creo. – Confirmó. – Con nuestro sistema actual de sanidad, hoy en día las muertes por traumas de ese tipo son muy escasas. Y encima está en el Astron General, que es uno de los mejores de la ciudad. Alguien tan fuerte como Bunker no tiene de qué preocuparse.
Ella suspiró. Trataba de calmarse. – Lo que dijiste antes, lo de cuidar de Alice, tienes razón. Es mi trabajo.
Avanzó, cruzando por delante de Raoul. – Espera, tú misma lo has dicho. Está en crisis, no podemos entrar o nos…
-                     … ¿Nos matará? – Replicó ella, arqueando una ceja. – Yo ya estoy muerta, cerebrito. ¿Qué te crees que hago aquí?
Antes de que entrara, sin embargo, Raoul la volvió a detener. Hablar del Astron General le había dado una idea. – Escucha, sé que has hecho un esfuerzo para volver y ayudarla, así que ahora me toca a mí: Antes dije que no debías ir. – La mano de Anna se tensó sobre el pomo de la puerta. – Pe-pero eso no significa que no puedas estar allí. No significa que no podáis verlo. ¿Crees que os gustaría?
-                     ¿De qué estás hablando?
-                     El Astron General es uno de los hospitales más seguros del país. Allí es donde los luchadores, los ricos y los famosos van a tratarse. Cuyas idas y venidas son minuciosamente registradas por las cámaras de seguridad. Y, ¿A que no adivinas quién tiene como pasatiempo buscar aberturas en sistemas informáticos?
-                     Y… ¿Y harías eso por mí? – Preguntó incrédula. - ¿Te meterías en problemas sólo para que pudiera ver?
-                     Tú cuidas de Alice, yo cuido de ti. – Sonrió él, satisfecho. - ¿Hay trato?

 Ahora
-                     ¡Se lo comerán vivo, Ikana! – Dijo él. Pero la mujer se arrellanó en la silla, y sonrió.
-                     No sé yo, Bunker… Tengo que reconocer que Raoul nunca ha dejado de sorprenderme. Y, considerando que en su última llamada me informó de que estaban viendo la tele. creo que sí podemos darle un voto de confianza. Aunque, eso sí, me pidió que te dijera que tienes que darle la receta de tu vienés.

martes, 10 de enero de 2017

Historias del pasado

(Publicado originalmente el 8/12/12)

La Casa de Helia

(Publicado originalmente el 26 de noviembre de 2012)
Les propongo una cosa. Vamos a acercarnos a esa casa pequeñita bañada por la luz solar artificial, en Helia, y vamos a observar lo que ocurre en ella por la ventana. Quizás encontremos algo interesante. Pero, ¡cuidado! O nos descubrirá ese ser que, chirriando, manipula unas herramientas con las que controla el fuego, el fuego creado por los seres inteligentes para ocuparse de los animales…

Will B. Good agitó la sartén de nuevo, removiendo la tortilla para que no se pegase y canturreando una canción apenas audible por encima del silbido del aceite. Sus junturas y engranajes, invisibles bajo ese nuevo atuendo que le habían dado y el mandil de chef con bolsitos, se quejaban ligeramente. 

El hecho de que Will no fuera humano sino un ser positrónico, un robot, había hecho que, a pesar de pasar varios años en la nieve de Inverna, sin hacer otra cosa que dar vueltas sobre su existencia y su creador, no olvidase cómo hacer una buena comida. Sus habilidades de Chef habían sido bien apreciadas por los Dueños en el ejército en el que había servido, y las habían potenciado, de manera que ahora, Will era todo un cocinero… Aunque todo hay que decirlo, un poco oxidado. Lo cual quedó patente en el momento en el que llegó una niña, Lee, a la que parecía que la hubiesen dado cuerda.

- Hooola Willy! Le dijo sorpresivamente, y esto hizo que al androide se le cayera más líquido del que estaba echando de la cuenta por el susto, lo que produjo unas llamas repentinas. Sobresaltado, Will retrocedió un par de pasos, dejando a la vista la articulación desnuda de metal de su tobillo. – Oye, no me des esos sustos!- La riñó, enfadado.- Y lávate las manos.- Cuando ella hizo un mohín de disgusto, él añadió:- Ya sé que no te puedes infectar, pero aún así lávatelas. Te vi jugando antes en el barro. Venga, antes de que llegue…- Un estruendo le interrumpió, seguido de un gruñido.- Quien coño ha puesto esta mierda en el… en el… que cojjjjj- los pasos se oían tambaleantes y cuando el hombre entró en la cocina se entendía por qué.

Will soltó un suspiro cuando el cazador tomó otro trago de la botella de licor.-… casa, llena de trastos… TRASTOS!- gritó repentinamente, tirándole la botella a Will. Éste la cogió al vuelo y, mientras Van se tambaleaba, ebrio, echó parte del contenido de la botella en el plato que preparaba.- Mejor sabor, mejor sabooor…- Canturreaba.- Oye. Esa es mi botella. Oye oyyyeee…- Murmuró el hombre envejecido, apoyándose en la encimera.

- Deberías dejar de beber tanto, tío Vany.- Dijo despreocupadamente la pequeña, que también era un androide.- Algún día te va a sentar mal.¿Maal…? Tonteríass… Soy un ángel, entiendess…? Aunque no. Pero esstoy perrfetamente. – La pequeña fue a llevar las cosas para la comida del cazador a la mesa, aunque éste seguía apoyado en la cocina de cualquier manera.- Oyye tú.. chatarra… ¿qué es eso que huele tan bien? Estas cocinanndo…- Will le señaló el plato que ya estaba en el carrito listo para ser servido,  mientras miraba el libro de recetas.

- Es un plato que seguro le encanta señor. Se lo hacía a los oficiales y no tuvieron ninguna queja. Incluso repitieron.- Oficiales…- Y ya empezaba de vuelta. La absurda manía de Van de despotricar contra los altos mandos de cualquier organización era casi tan recurrente como la de Will con su existencialismo, sobre todo en estado de ebriedad.- Essos malditoss oficiales siempre… siempre… ¿Qué decía…?- Sin embargo, toda la fuerza se le había ido por la boca, y cuando la peque se lo quiso llevar hacia la mesa no opuso resistencia.

Cuando el carrito llegó hasta allí, precedido por el robot, también pareció interesarse por la comida.- Hoy encontré este helado barato en el mercado… espero que le guste señor.- Dijo mientras agarraba la mano de Lee para evitar que picase higos.- Hoy nada de eso señorita. Es el cumpleaños del señor Helsing y toda la comida es para él.- En ese momento el susodicho cazador se puso serio.- chatarra, quiero que seas sincero conmigo… ¿te lo estas pasando bien en la casa?- Lee, que estaba sacándole la lengua a will en ese momento se giró, sorprendida por la repentina pregunta personal que había hecho el cazador, y volvió a mirar a Will para oír su respuesta. Éste frunció el ceño, pensando. Hasta se habrían podido oír los mecanismos de su cerebro chirriar, y todo. Pero no. Después de unos instantes, sonrió.- Aquí puedo hacer lo que mi programación dice que me gusta hacer. -Y Lee, mirándolo y mirando también al cazador, esbozó una enorme sonrisa también. 

sábado, 7 de enero de 2017

Magpie y Mockingbird

La ciudad duerme.
Es hermosa cuando duerme. Su horizonte, surcado de edificios, familiar. A mi derecha yace el río Nebro, cuyas aguas tranquilas cobijan espíritus nocturnos. A la izquierda, la Arena, un enorme coliseo donde los más fieros guerreros se mentan las madres entre sí o contra droides en desafíos predeterminados, cada sábado de forma oficial, y cada miércoles de forma no oficial, lo que hace que el lunes y el martes los corredores de apuestas mueven el triple de dinero, y yo tenga el doble de trabajo. Más allá está el desguace, lleno de espíritus vagabundos y poco recomendables.
El distrito de negocios de Mygdar, por su parte, se alza en el centro, rodeado por un suave descenso en el nivel de los edificios al pasar al área comercial hasta llegar a la zona residencial donde se hallaba mi casa. Una ciudad próspera, tanto sobre la ley como por debajo de ella. Mi ciudad.

Pero Mygdar no puede describirse si mencionar la pieza más importante de su arquitectura pregoriana, un mastodóntico templo a Klynea y Malthais, los antiguos dioses de la vida y la muerte. Tras más de tres mil años de culto, ya nadie veneraba a Kliné y Morian (Distintos nombres, los mismos dioses) como personas, espíritus ni dioses realmente. Eran más bien conceptos. La vida y la muerte, el amanecer y el ocaso, el placer y el dolor. Y la magia, la magia en medio de todas ellas.
Hoy en día, el culto a Kliné y Morian no es más que una escuela filosófica y un modo de vida, pero, a pesar de todo, los dos dioses siguen teniendo un templo en ésta ciudad.

Y, en lo alto de su pináculo, estaba yo. Una figura oscura ondeando al viento de la noche, una vigilante silenciosa. Mis ojos, tras la máscara negra, repasaron las luces que tanto conocían, las avenidas, los parques y las distintas barriadas, hasta que al final, distinguieron dos formas que se acercaban volando.
- Hugin, Mugin. – Saludé a mis dos cuervos. Mis amigos. Mis sentidos, en cierto modo. Si patrullas los barrios bajos en persona, la gente se esconderá, pero… Nadie vigila para que no vengan los cuervos.
No saben hasta dónde llega su error. Estiro mi brazo, y Hugin y Mugin se posan suavemente, con un leve susurro de sus garras contra el protector del antebrazo, y me miraron con sus ojos inteligentes, esperando a que yo comenzara, como siempre, el contacto.
Aprendí a contactar telepáticamente con los animales hace sólo un par de años: Mi hermano fue quien me enseñó. Un bicho raro, que a los diez años apenas salía de casa. O eso pensaba yo. Pero los perros del vecindario no pensaban lo mismo. Ni los gatos, ni los pájaros, ni siquiera la colonia de imps que vivía en solar a tres manzanas. A su lado, yo, que sólo había podido entablar conversación con Hugin y Mugin, no era más que una principiante.

Pero ellos eran todo lo que necesitaba, al menos por el momento. Rápidos, silenciosos, listos y perspicaces, habían sabido dónde ir, dónde mirar y qué escuchar, y ahora me traían las buenas nuevas: Los objetivos a los que había estado vigilando durante las últimas semanas se habían puesto en movimiento, por fin, y habían recuperado de su escondite el botín que estaba buscando: Una astilla de Styrx, el Árbol Negro que crece en la capital. El corazón de un vampiro.
Generalmente, se hacen añicos cuando los vampiros se mueren, volviendo, por la tierra, al Árbol Negro, pero es posible obtenerlos intactos. La operación es tremendamente complicada y tremendamente ilegal – después de todo, los vampiros también son personas – pero, si eres un señor de la mafia, merece la pena. Porque según Mockingbird, mi ayudante, purificando la astilla de Styrx, es posible conseguir un Núcleo Dracónico.

Y digamos que me quedaría más tranquila si ninguno de los señores criminales de ésta ciudad tuviera en su poder un núcleo dracónico. Acortaría mucho mi vida, no sólo como patrullera enmascarada, también mi vida en general.
Por eso era tan importante aquella Astilla de Styrx, y por eso tenía tanto interés en esperar hasta que aquellos sicarios la sacasen de su escondite, y en hacerme con ella una vez lo hicieran.
En silencio, gracias a la magia de las alas de mi traje, caí junto al coche que se encontraba ante el templo, y miré en su interior, en el que había un joven que también portaba un disfraz… Es decir, un traje muy similar al mío. Y estaba durmiendo, mientras la guitarra que usaba como arma descansaba junto a él.
- ¡Arriba! – Le desperté al entrar en el lado del conductor. – Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés muerto.
- ¡Oye! – Despertó de golpe. - ¡No estaba durmiendo, estaba, eh… meditando sobre nuestro siguiente objetivo! ¡Como tú ahí arriba! Además, ¿Qué quieres que haga, si me sacas de casa a estas horas de la noche? No todos somos bichos raros nocturnos como tú.
- Yo no te he sacado de ninguna parte. – Repliqué, frustrada, sin saber por qué había escogido como ayudante a alguien como él. Me era útil, eso sí, tanto por la fortuna de sus padres como por su habilidad con las máquinas. Aun así, nada impedía que yo, una experta en el arte de la queja, como solían decir mis padres, protestase. – Y si tan bicho raro crees que soy, no sé qué haces aquí. Podrías dedicar tus noches a cualquier otra cosa.
- Está bien, tranquila. – Replicó él, conciliador. – Sólo pensaba en que eres la única chica que conozco que me ha llevado a atrapar criminales en la primera cita.
- Ahí estaba otra vez. Maldito Mockingbird… – Esto no es una cita. – Repliqué, con voz sorda. – Vamos.

Y el coche arrancó, llevándose con él el sonido de su risa, y permitiéndome pasar la mirada una vez más por el templo. Vida y muerte, amanecer, y ocaso. Él, Mockingbird, y yo, Magpie. Dualidades. Todo son dualidades. Y, en el medio, la magia.

Pero, en este caso, no sería la magia la que nos llevaría hasta la Astilla de Styrx, sino la tecnología GPS del coche de Mockingbird, la Global Positioning Spirit, que nos llevó directos al piso franco donde guardaban la Astilla. Un piso que, para cuando llegamos, estaba vacío. En el rato que habíamos tardado desde mi puesto de observación, en el que habían tardado los cuervos en avisarme… ¡Pues claro! - ¡Maldición! – Pateé el suelo de piso vacío, mientras Mockingbird miraba alrededor, con la guitarra a la espalda por si acaso.

¿Cómo podía ser tan tonta? Me quité la máscara de pájaro y sentí deseos de estrellarla contra el suelo. ¿Por qué siempre que tenía meticulosos planes para salirme con la mía, había detallitos como aquél que hacían que todo saltase por los aires? En clase decían que era demasiado cuidadosa, que intentaba abarcar demasiado con mi mente. Percibía demasiadas cosas. Mi hermano contrarrestaba ese exceso de estímulos con sus consolas, aislándose del mundo, pero yo… Yo era torpe y descuidada. Y en ocasiones como aquella, volvía a morderme en el culo de formas humillantemente obvias.

- Emmm… ¿Magpie? – Mockingbird también se había bajado la máscara, y ahora manipulaba velozmente la pantallita luminosa que tenía ante él. - Yo no hablo pájaro, pero... ¿Te dijeron tus amigos cómo era el coche de los malos?
- ¿Qué importa eso? – Repliqué, sabiendo que eso no cambiaba nada. La habíamos fastidiado, habíamos llegado demasiado tarde. Ellos podrían estar ahora en cualquier sitio, había una zona demasiado grande para buscar.
- Perdona que te diga, pero no es así. – Replicó él, con una sonrisa que me hacía entender por qué las chicas del instituto se morían por estar con él. – Permíteme.
Con un par de toques en la pantalla, ante nosotros se formó una imagen en el aire, mostrando un plano de la zona. – El sofá todavía estaba caliente cuando llegamos, así que hemos fallado por unos minutos. Están cerca, y, cuando me digas cómo es su coche, podremos rastrearlo usando la red de vigilancia de Mygdar.
- ¿Has entrado en la red de vigilancia de Mygdar? – Repliqué, incrédula. La gente normal tenía como hobbies ver las peleas de la Arena o practicar magia culinaria, no adentrarse en las redes de vigilancia municipal. Aunque yo no podía quejarme, la verdad.
- Sí, bueno… - Él se rascó la nuca, con una sonrisa culpable. – En realidad sólo activé la backdoor que descubrí cuando entré hace un par de días.
- ¿Y para qué hiciste eso?
- Para impresionar a una chica. – Replicó él, con todo el desparpajo del mundo, para luego guiñarme un ojo. - ¿Estás impresionada?
Si realmente se refería a mí, tendría que dedicarse a ello más concienzudamente. No era muy impresionable… Aunque sí apreciaba el esfuerzo.
Por suerte, Hugin y Mugin habían registrado en su memoria el coche y la matrícula de nuestros objetivos, y no tardamos mucho en identificarlos, y en trazar su dirección. Y, una vez hecho, supimos a dónde se dirigían. - ¡El desguace!

Era evidente, si uno lo pensaba. El desguace de las afueras de la ciudad era prácticamente tierra de nadie, lleno de espíritus abandonados y droides renegados que habían logrado escapar de la arena. No era un lugar donde la gente que iba a cerrar tratos oscuros tuviera muchas distracciones. Al menos, no las tenían hasta hace un par de años. No las tenían, hasta que yo decidí que ésta ciudad necesitaba una heroína.
Y ahora me tenía a mí. Tenía a Magpie.


El orco cerró la puerta de la furgoneta gris, mirando a su alrededor. Un escenario tétrico, cuanto menos, con todas aquellas torres hechas de coches aplastados y comprimidos hasta formar bloques de construcción. Una ciudad hecha, en cierto modo, de cadáveres de coches. Un lugar muerto.
- ¿Estás seguro de que era aquí? – Le gruñó a su compañero, el humano, que tenía un maletín en la mano y se había encendido un pitillo para combatir el frío, apoyado en una de las farolas que iluminaban la entrada. – Éste lugar me pone los pelos de punta.
- Tranquilízate, hombre. – Replicó su compañero. – Sólo tenemos que entregar el paquete y largarnos, ¿De acuerdo? Sólo estamos en la entrada… No sabía que te asustasen un par de droides renegados…
- No me asustan los habitantes del desguace. – Replicó el orco. – Pero durante todo el camino aquí… Estoy seguro de que nos seguían.
- Estás paranoico, ya te lo he dicho. – El humano dio una calada. – Ocurre cuando llevas uno de éstos, que tienes la sensación de que la pasma lo sabe y en cualquier momento te van a atrapar.
- No es eso, es sólo que… - Comenzó su compañero, molesto, pero un fuerte graznido lo cortó.
Un cuervo se posó a pocos metros de ellos.
- ¿Eh?
Otro cuervo graznó desde la farola que les daba luz. Y entonces, cuando levantaron la mirada, vieron que no eran únicamente aves lo que los acompañaba aquella noche. - ¡Por la madre de…!
La figura alada cayó sobre ellos en silencio, pero ellos no hicieron lo mismo. Retirándose del punto de impacto, el orco, Uruk, sacó una pistola, con la que se dispuso a disparar a la figura oscura. Magpie la envolvió en una de las alas negras de su traje y se la arrancó de la mano, y a continuación le arreó una patada a la rodilla y otra al pecho, intentando derribarlo para ir tras el humano del maletín.

Pero el orco era más duro de lo previsto, y los golpes de la enmascarada no eran suficientes para aturdirlo. Agarrando el tobillo de Magpie, sacó un cuchillo, que trató de usar contra ella. Revolviéndose y usando de apoyo la pierna que él había agarrado, volvió a patearle ésta vez en plena cara, sin aturdirlo aún, pero permitiéndole recuperar la movilidad. Y, una vez en pleno uso de sus facultades y tras un primer asalto, Magpie pudo poner en práctica su magia. Sacando ella también un cuchillo, cruzó aceros un par de veces con el orco, pero logró acercarse lo suficiente, y entonces su magia entró en acción.

El orco se tambaleó, notando cómo sus sentidos comenzaban a turbarse. Cerca era lejos, arriba podía ser abajo, y el suelo no dejaba de moverse. Era un hechizo de confusión básico, sin muchas pretensiones, pero era lo que necesitaba Magpie para comenzar, y tras un par de golpes más, logró tumbar al orco y éste dejó de ser un problema.
Se lanzó, entonces, en pos del otro, pero el humano no era tonto, y en vez de sacar absurdas navajas o pistolas contra ella, lo que había sacado era la astilla de Styrx.
- ¡Atrás! – Dijo, a varios metros de ella. Magpie se detuvo. – Sé lo que es esto, niña. Y sé lo que puede hacer, aunque no esté purificado del todo. Sé que, si lo utilizo, ni siquiera tú serás capaz de detenerme. – Ambicioso, entrecerró los ojos. – No quieres que lo venda, pero desde luego, no quieres que lo use aquí y ahora. Así que retrocede, niña. Largo de aquí… O lo usar- ¡Argh! – Gritó, tomado por sorpresa y comenzando a temblar, aquejado de violentas convulsiones. La astilla cayó al suelo, y él lo hizo poco después, inconsciente. Tras él, estaba un enmascarado Mockingbird, empuñando una pistola eléctrica descargada. – ¿No te enseñó tu madre a no jugar con magia que no supieras controlar? – Dijo, jovialmente, mientras Magpie se acercaba y recogía el fragmento mágico. - ¿Eh? ¿Qué te parece, Magpie? ¿Ha sido guay o no? Sólo he necesitado un golpe, y encima te he salvado el pellejo.
- Eso es porque te había dejado el blandito. – Replicó ella, aliviada de que se hubiera acabado, a pesar de todo. – Intenta hacerle eso mismo a un orco, a ver que te dice. En fin, otro trabajo más terminado con éxito. – Le estrechó la mano al chico. – Astilla recuperada, criminales atrapados…
- Ahora sólo nos queda empaquetar todo para regalo y dárselo a las autoridades. Esto es lo que yo llamo, una señora ci…
- Calla. – Replicó ella, sin soltarle la mano. Se acercó a él, y elocuentemente, miró hacia arriba.
Cuando el chico siguió su mirada, se dio cuenta de lo que quería decir. Allí, sobre una torre de escombros de coches, se erguía una silueta oscura, en completo silencio. Una forma humana.
- El comprador. – Musitó Mockingbird, comprendiendo.
Dos ojos rojos se iluminaron en lo que debía de ser la cabeza, y los chicos sintieron un escalofrío. Y cuando la figura se abrió la capa, pudieron ver, a la luz de la farola, las múltiples cuchillas y armas que había adheridas a la armadura de combate del nuevo visitante.
- Peor aún. – Magpie tragó saliva. – Es mi padre. ¡Corre!
Echaron a correr, en desbandada, mientras la figura más negra que la noche se elevaba en un vuelo mágico, antinatural, lanzándose en su caza. Y Mockingbird, el jovencito y risueño Mockingbird, se sintió por una vez como el pajarito que le daba el nombre. Pequeño, indefenso, y a merced de un depredador cuyas habilidades estaban más allá de su nivel.
No sabía mucho del padre de Magpie. Sabía que nunca estaba en casa, que siempre estaba ocupado con trabajos de alto nivel, y que no era buena idea meter las narices en el tema. Pero ahora, era él, en persona, el que los perseguía, si es que Magpie había dicho la verdad. Y, por el tono de voz de la joven y por la urgencia con la que lo había tomado de la muñeca y había echado a correr, aquello era muy, muy malo.
Magpie, por su parte, notaba su corazón palpitar en sus oídos. Su padre… Maldita sea, no había esperado verlo allí. No en aquellas circunstancias. Sus padres no sabían de su hobby nocturno, y por lo que a ella respectaba, no lo sabrían nunca. Y encontrarse con él, más aún en aquellas circunstancias…
Corriendo por os pasadizos que había entre los montones de basura, Magpie podía notar su mente, acechándolos en silencio, detrás de ellos, ganando terreno a cada paso y a cada salto. Una mente asesina, acostumbrada a desafíos mucho más avanzados que dos jóvenes que juegan a ser patrulleros.
Y ella lo sabía. Conocía los riesgos, Sabía que, antes o después, acabaría pasando. Si metía el pico en asuntos turbios, tarde o temprano tendría un encontronazo con él. Y tenía que ser así, en cierto modo. Pero Mockingbird no. Él no se lo merecía. Era demasiado inexperto, demasiado ingenuo para aquello. Ella se había entrenado, se había hecho a la idea. Pero él sólo estaba pasando el rato.
No, aquella no era tarea para Mockingbird. Su tarea era correr, correr hasta la estación de policía más cercana. Eso fue lo que le dijo la joven al ver allí la salida del desguace, aún perseguidos por los letales ojos rojos.
- ¿Y tú? – Vaciló él. - ¿Qué harás tú?
- Yo me enfrentaré a mi destino. – Replicó Magpie. – Es a mí a quien busca, y si lo enfrento, podré darte el tiempo necesario para huir.
- Pero…
Pero nada. No había peros cuando se trataba de su padre. Si Rick se enfrentaba a él, Magpie no sabía lo que podría ocurrir. No tenía ni media oportunidad si se quedaba. Así que Magpie lo soltó, empujándolo hacia la salida, y saltó sobre un pedazo de chatarra, impulsándose para lanzarse contra la figura que saltaba en dirección contraria.

Sus aceros chocaron en el aire, y los luchadores se posaron suavemente en el suelo, en idénticos ademanes. Sus alas se revolvieron tras ellos, volviendo a transformarse en capas. A un lado, la máscara de pájaro de Magpie. Al otro, la de ojos rojos de su padre. Ella adoptó una posición de combate, y se lanzó hacia él, sin previo aviso. Él la detuvo, sin problemas, y procedió a realizar un contraataque apropiado.
Ya no era un matón que tirase de navaja para asustar a los rivales. Aquel combate era de un nivel mucho más superior, y más de una vez, Magpie tuvo que poner en práctica todos sus reflejos para evitar ser reducida a rodajas por las cuchillas de su padre.
Saltó hacia atrás, y cuando él trató de acuchillarla de nuevo, aprovechando su inestabilidad temporal, ella le envolvió mano y cuchillo con su capa, atrapándoselos y permitiéndole lanzar una llave apoyándose en su brazo para atrapar su cabeza entre las piernas y, aturdiéndolo, lanzarlo hacia un lado.

Ambos se separaron, con sendas piruetas para recuperar el equilibrio, y volvieron a enzarzarse, pero Magpie sabía que ésta vez no sería tan fácil como con el orco. Sabía que ésta vez no contaba con su arma principal, sus poderes telepáticos, al menos no si no quería que él hiciera lo mismo. Contra su padre, estaba condenada a luchar usando únicamente sus brazos y piernas.
Y puede que estuviera muy bien adiestrada, puede que manejase el cuchillo como una profesional, puede que sus golpes pusieran verde de envidia a más de uno en la arena… Pero, en el fondo, Magpie no era más que una adolescente. Y en el fondo, siempre supo que no había ninguna posibilidad de que ganase a su padre.

Con un barrido, él la hizo dar un traspié, lo que la obligó a retroceder y a perder inercia. La golpeó en el plexo solar, y Magpie se quedó sin respiración, doblándose hacia, y permitiendo que él, con un revés, la estampase contra la montaña de chatarra que tenían al lado, que cayó sobre ella, sepultándola parcialmente e imposibilitando cualquier tipo de defensa que pudiera poner entre ellos. La figura masculina la inmovilizó, pisando una barra que había quedado sobre el pecho de Magpie, y se inclinó hacia ella, con aquella máscara con los ojos brillando en rojo.
Había perdido. Magpie tragó saliva, humillada dentro de su máscara de pájaro. Era su oportunidad para brillar, y había perdido por una tontería. Al menos, se dijo, le había dado tiempo al Mockingbird. Al menos, Rick – el nombre real del chico – estaba ya fuera de peligro.

No está mal. – Dijo una voz ahogada procedente del interior. – Pero aún estar lejos. Mientras no seas capaz de prestar atención a tus alrededores, estás perdida. Y ahora… creo que tienes algo que me pertenece.
Pero la batalla aún no había terminado: Un relámpago alcanzó la espalda del vencedor, enviándolo un par de metros más allá. La figura negra se levantó, envuelta en la capa, y los miró con sus ojos rojos, mientras algún pequeño relámpago residual recorría su traje.
- El único que tiene que prestar atención a sus alrededores... es usted. – Dijo Mockingbird, ayudando a levantar a Magpie. – Creo que no nos conocíamos. Soy el nuevo compañero de su hija.
- Muy caballeroso… - Dijo la figura enmascarada ante ellos. – Pero muy estúpido, yendo junto a ella. Ahora sois dos blancos en un mismo sitio.
- Tiene razón... - Murmuró Magpie, recuperándose.
- ¡No por mucho tiempo! – Gritó él, sacando la guitarra, reforzada mágicamente para convertirse en su arma de elección, y lanzándose contra la oscura figura, sin darle tiempo a reaccionar.
Magpie tampoco pudo reaccionar. Sólo pudo acabar de levantarse entre la chatarra y alargar el brazo hacia el chico, gritando “¡No!”. Pero él no la escuchó, y le dio un guitarrazo a la figura que había ante él. O, mejor dicho, a la capa y la máscara que actuaban como señuelo. Magpie podía imaginarse su cara de estupor al golpear en vacío, y la que puso cuando su padre, ahora sin capa, se colocó tras él, empuñando el cuchillo contra su garganta.
Habían perdido.
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Suspiré, pasando por encima de los escombros y chatarra y acercándome. El juego había acabado. – Déjalo, padre.
Rick podría tener todos los aparatos que quisiera, la última tecnología y las frases más resultonas de los cómics, pero en el fondo, la patrullera era yo. Él sólo era un chaval de instituto con un traje mágico. No necesitaba correr los mismos riesgos. – Has ganado.
Él se apartó de Rick, y, con un movimiento, envainó también su cuchillo.
- Estás en lo cierto. – Dijo, volviéndose hacia ella mientras Rick recuperaba el aliento. Se apartó la tela que le ocultaba el rostro una vez sin máscara y la encaró, mostrando sus ojos rasgados y su cabello fino negro. – Pero tengo que reconocer que has mejorado.

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Ella también se desenmascaró, dejando de ser la enmascarada Magpie para ser Freya Cold, la compañera de clase de Rick, de ojos rasgados y mirada fría y seria. - ¿Tú crees? He caído como una tonta cuando me has lanzado contra las basuras.
- Lo cual no habría importado. – Replicó su padre, tomándola del hombro de forma afectuosa. – Porque ya le habías entregado la Astilla a tu compañero, al verme por primera vez, cuando le estrechaste la mano. Tener éxito no siempre implica ganar la batalla. Si tu amigo no hubiera vuelto a por más, efectivamente me habríais ganado.
- No pensaba dejar tirada a Freya ante el peligro. – Replicó Rick, quitándose también la máscara de Mockingbird, con cierta expresión de fastidio. – Aunque yo sea el único que ve ese peligro.
- Lo siento, Rick, debí habértelo dicho. – Suspiró Freya, acercándose a su amigo. – Es la primera vez que me topo con mi padre así vestida, pero es tradición que cada vez que nos encontremos, evalúe mis habilidades en un simulacro de combate. Sabía lo que iba a pasar cuando lo vi ahí, y pensé que avisarte le quitaría realismo a la situación.
- Lo sacaste del juego tan pronto como pudiste, - Añadió el hombre. – Pero, aun así, él volvió a por ti. Has hecho amigos. Eso me gusta.
- Entonces… Nada de esto era real, ¿no? – Suspiró Rick. Sabía que ir con Frey a patrullar por las noches iba a ser una locura cuando aceptó, y sabía que su familia era una locura (no en vano tenía dos madres y un padre) pero no imaginó que ambas se entrelazarían de aquella manera. – Entonces, ¿Todo esto era un test para comprobar tus habilidades? Los sicarios, la astilla… ¿Todo era falso? – Sacó el pequeño objeto negro, que relució en sus manos.
Pero no, no era falso, les explicó el señor Cold, que, según Rick pudo saber, trabajaba en un cuerpo de operaciones especiales del Gobierno.
Básicamente, hace lo mismo que yo, pero a nivel nacional. – Apuntó Freya, y el chico vio que se le hinchaba el pecho y notó cierto orgullo en su voz.
Y él también le seguía la pista a la astilla de Styrx, aunque lo había hecho por el mercado negro, interceptando al comprador original para sustituirlo.
Lo único que nos quedaba era averiguar quién era el proveedor original, y es lo que pensaba averiguar una vez atrapase a los dos maleantes de ahí atrás. Imagina mi sorpresa cuando vi que mi propia hija me estaba quitando el trabajo.
- Pero, ¿Cómo supo que era su hija? – Preguntó Rick, que aún no estaba del todo convencido. – Es decir, íbamos con máscaras, trajes, distorsionadores de voz…
La mirada que le lanzó el padre de Freya fue más que elocuente.
- ¿De verdad crees que no era consciente del pasatiempo de mi hija? Tenme un poco de fe, hombre.
Él fue quien me enseñó todo lo que sé. – Añadió Freya, mientras se aproximaban de nuevo a la entrada, donde los dos sicarios seguían inconscientes con su furgoneta. – O bueno, casi todo.
Por cierto, chico, buen golpe. – Le felicitó el señor Cold, examinando el cuerpo del humano. – Esa forma de acercarte por detrás para luego arrearle un calambre… ¿Cómo lo hiciste para que no se diera cuenta?
 - Bueno... – Rick acarició su guitarra, inseguro. Era un poco extraño que alguien de las fuerzas especiales, un cuerpo de élite, te preguntase que cómo eres tan eficiente. – He instalado un cancelador de sonido aquí, en la caja de resonancia. – Suspiró y miró a Freya, que parecía reconocer su esfuerzo. – La gente normalmente cree que ella es la sigilosa, por su aspecto, así que aprovecho que me dejan de prestar atención y…
- Tecnología Salazar… - Dijo el señor Keith, y, a su pesar, Rick tuvo que darle la razón. La pericia de su familia con las máquinas rivalizaba con la de los enanos. - ¿Crees que podrías tener una versión portátil para mañana por la mañana? Te pagaré por ello.
Él arqueó la ceja, aún más incrédulo, pero asintió.
- ¿Eso quiere decir que te quedarás unos días? – Preguntó Freya, con los ojos brillantes. El trabajo de su padre hacía que tuviera que ausentarse de casa con frecuencia, por lo que ella procuraba atesorar todos sus momentos juntos. - ¡Bien!
- Bueno, mi misión era descubrir al propietario original de la Astilla de Styrx, - El señor Cold se encogió de hombros. – y por lo que parece ya me has hecho el trabajo, hija, así que siempre que compartas la información, supongo que puedo tomarme algunos días libres. Le diré a mi jefa que mi hija me ha invitado a conocer su novio Salazar.
- Espera, espera… ¿¡Cómo que novio!? – Replicó Frey, mientras Rick se partía de risa.
- Te lo dije, Frey…– Alcanzó a decirle, bromeando. – No intentes negarlo…
- ¡Por supuesto que pienso negarlo! – Gruñó ella, indignada.
- No te preocupes, hija… Está bien. – Le siguió tomando el pelo su padre. – Con todo el dinero que tienen, no pienso ponerte ninguna pega.
Y Freya siguió protestando, mientras se ponían en marcha hacia la ciudad, de nuevo, una ciudad cuyas luces iluminaban la noche.


La ciudad no duerme. Desde los espíritus del río Nebro hasta los despachos de negocios donde los becarios hacían horas extra, desde la Arena con sus competiciones clandestinas hasta el desguace con sus transacciones de bienes robados, Mygdar es una ciudad que zumbaba de magia y vida por la noche. Un lugar donde, hasta hace un par de años, la magia oscura supuraba por doquier, y los anfibios nigromantes dominaban las alcantarillas. Pero ahora, ésta ciudad cuenta con una nueva guardiana silenciosa. Una protectora nocturna, una vigilante alada.
Mi nombre es Freya Cold, tengo quince años, y esta es mi ciudad. Vivo en un chalet en la zona residencial, y voy de compras al mismo centro comercial que el setenta y cinco por ciento de las jóvenes de quince años de Mygdar. Pero, cuando el sol se pone, cuando me reúno con Mockingbird, cuando me alzo junto a mis cuervos en el pináculo más alto del templo…

Entonces, soy Magpie.