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jueves, 19 de enero de 2017

El Centinela Alado

La Sima de las Luces era un lugar oscuro, irónicamente, con su inmensa vastedad bañada por un par de rayos de sol, que lograban colarse a través de orificios excavados en la ladera de la montaña exterior. Un lugar olvidado, en el que los aventureros sentían que no eran bienvenidos.

                    Los maláticos llamaban a éste lugar Shelial. – Informó Kyr, el elfo oscuro del grupo. – El lugar de no retorno.
                    Un nombre tan válido como otro cualquiera para meter miedo. – Replicó Kalf, el líder del grupo. – No es más que una mazmorra, como cualquier otra a la que nos hayamos enfrentado… Después de “La Gruta del Terror”, “El Hogar del Oso” o “La Dragonera”, pensé que habríais aprendido a no fiaros de los nombres.
                    Bueno, para ser justos, en “La Dragonera” sí que había un dragón. – Dijo Dana, la espía local, aferrada a su ballesta.
                    ¡Sólo el esqueleto! – Replicó él. – Venga, Ya hemos recorrido todo el camino, no podéis echaros atrás ahora. Ayúdame, Sherry… Tú también crees que estamos haciendo lo correcto, ¿verdad?

La cuarta y última integrante del grupo, la altielfa Sherry, sonrió, divertida, acariciando su arco. Si habían llegado hasta allí, una caverna perdida en el interior de las montañas, era sólo porque se habían dado en investigar las historias de la región: En la última Guerra, el Rey de aquellas tierras había sacado a la heredera por un pasadizo oculto del castillo sitiado, dejándola allí, en un refugio seguro, pensando en volver a buscarla cuando las cosas se hubieron calmado. Pero el Rey había muerto, dos meses atrás, y se decía que ningún valiente paladín había logrado salvar a la princesa de su protegida guarida.

                    Me parece respetable que quieras sacar a la pobre princesa Lady Beth de su cautiverio en el Templo de Shel. – Explicó la elfa, señalando con la cabeza el edificio del fondo de la gruta. – Pero creí que ya habías escarmentado cuando Lord Rennon te persiguió con los perros por la mitad de sus dominios.
                    Oye, no fue culpa mía que el padre de Marisa fuera un controlador, ¿vale? – Replicó él. – Ella ya es mayorcita para elegir lo que quiere meter en su habitación. Además, me dijo que lo había pasado muy bien. Si no hubiera sido por ese sirviente chismoso, habríamos repetido.
                    Kalf, ¿Es que no tienes en consideración las normas de educación que dicen que cuando un hombre te abre las puertas de su casa no es buena idea acostarte con su hija? – Resopló Kyr.
                    Bah, eso son costumbres élficas. – Replicó el interfecto, quitándole importancia.
                    Muy bien, niños, ahora, si habéis dejado de discutir sobre cómo tratar al padre de una dama… - Los interrumpió Dana. – Creo recordar que además de la historia de la princesa cautiva, los rumores mencionaban algo más. Mencionaban un mal oscuro que se extendía desde esta gruta, una sombra que oculta la luna. Algo que mantiene a todos, hombres, animales y espíritus, alejados de éste lugar.

                    Shelial. – Dijo Kyr a media voz. – El lugar de no retorno.
                    Y por eso estamos aquí. – Replicó Kalf. – Para demostrar que no hay nada invencible. Que las leyendas se equivocan.
                    Pues espero que tengas un plan. – Replicó la espía. – Porque, a juzgar por los huesos que hay por toda la gruta, él tiene un montón de puntos a su favor.
                    ¿Él? – Kyr arqueo una ceja, y Dana levantó un dedo, apuntando hacia arriba.
                    Él.

Cuando los demás miraron hacia arriba, desearon no haberlo hecho. Porque allí, colgando del techo como si fuera un murciélago gigante, los observaba una criatura monstruosa, una sombra cuya forma se perfilaba contra el techo rocoso, y cuyos ojos, ambarinos, atravesaban a los aventureros.
La Sombra que Oculta La Luna. El señor de la gruta. Se movió, sin un ruido, y una ligera brisa agitó los cabellos de Sherry cuando la bestia se extendió por todo el techo, convirtiendo su cuerpo en una especie de alfombra.

No, no se había extendido por todo el techo. Eso no era su cuerpo, comprendió Kyr. Eran sus alas. Y entonces, la bestia se soltó de su asidero y se lanzó sobre ellos, emitiendo un bramido que hizo vibrar la cuerva entera.

Pero ellos no retrocedieron. Eran Los Cinco de Kalf, los primeros del Reino. Los paladines del pueblo. Si había algún peligro, una bandada de orcos a la que los humos se le habían subido a la cabeza, un troll que causaba estragos, ellos eran los encargados de poner orden. Y aquello… Aquello no era distinto. Ellos darían muerte a la bestia alada, ellos rescatarían a Lady Beth.
Sherry, la elfa, fue la primera que disparó contra la Sombra Alada, pero no fue la única, ya que pronto se unieron los dos soldados espirituales invocados por Kyr, y Dana con su ballesta. Kalf, por su parte, juntó las manos, envolviéndose en luz dorada y activando su magia.
Una magia secreta, que habla aprendido de su maestra, una técnica que le daba forma al maná, creando armas de magia. En manos de un mago Demiurgo experto, esta técnica podía ser devastadora, pero Kalf era un romántico. Por muy versátil que fuera, siempre acababa escogiendo sus queridas espadas duales.

Y con éstas espadas, una en cada mano, se lanzó de cabeza hacia el monstruo, ignorando el vendaval que éste creó con las alas y aprovechando el instante en el que encajaba los impactos de las flechas para lanzarse contra él y asestarle un buen golpe.

Esa era su técnica. Así luchaba Kalf. La versatilidad y la confianza concedidas por su magia casaban a la perfección con su personalidad, audaz y temeraria tanto para cortejar a la solitaria hija de Lord Rennon como de enfrentarse a una Sombra Nocturna.
El que golpea primero, golpea dos veces. Un dicho que él acostumbraba cumplir al dedillo. Para cuando la criatura volvió a levantar el vuelo, rechazando tanto a Kalf como los proyectiles del resto, ya llevaba un par de heridas de más en las patas traseras.

                    Tengo un plan. – Dijo Dana, retrocediendo hasta donde estaba Kyr. – Pero necesito tiempo para ponerlo en marcha. ¡Cubridme!

Y los aventureros se lanzaron en pos de la Sombra que Oculta la Luna, espadas y arcos en mano, y Kyr, el elfo oscuro, proporcionando soporte logístico detrás, creando sombras invocadas con su báculo, espectros desechables de magia que disparaban a la Sombra Alada hasta que ésta se volteaba y las borraba de un coletazo. Pero, para entonces, ya había otras dos sombras cubriendo su lugar, y había descuidado el segundo frente, la elfa luchadora y el guerrero mágico que, en un ataque conjunto, se las habían arreglado para lanzarse sobre él.

 Kalf, por una parte, había dispersado sus espadas duales y las había convertido a una lanza de maná, con la cual podía herir al monstruo sin arriesgarse tanto, produciéndole terribles heridas, mientras que la elfa había abandonado temporalmente la arquería, y, en una actitud muy impropia de los altivos elfos, había desenvainado su hacha y su escudo y la había agarrado a hachazos con el monstruo.

Pero éste… El señor de la gruta, la Sombra que Oculta la Luna, no era una bestia legendaria por casualidad. Llevaba mucho tiempo habitando aquellas cavernas, muchas lunas desde que aquel insensato Rey llevó a la princesa a su torre, y, con un bramido que les hizo temblar los huesos, se los sacó de encima, barriéndolos con la cola, junto con las sombras y haciéndolos caer a todos hacia donde estaba Kyr.
                    Maldita sea… creo que lo hemos subestimado. – Se levantó trabajosamente Kalf, que había perdido la concentración, haciendo que se dispersaran sus armas. – Es más duro de lo que pensaba.
                    Eh… ¿Chicos?
                    Pues tendrás que creer otra cosa, Kalf, porque estamos aquí, y nos estamos enfrentando a esa cosa. Esto no iba a ser coser y cantar, y lo sabías. Además, ¿Dónde está Dana?
                    Creo que deberíamos preocuparnos menos de dónde está Dana… - Interrumpió Kyr, mirando a la bestia. - ¡Y más de dónde vamos a estar nosotros en cinco segundos! ¡¡Cuidado!!
En aquel momento, los mercenarios descubrieron de dónde había salido el nombre de La Sima de las Luces. Descubrieron cuál había sido el destino de los desdichados caballeros que habían intentado lo mismo antes que ellos.

La columna de magia asesina procedente de la boca de la Sombra Nocturna los engulló por completo, cegándolos con su luz, pero cuando Kyr abrió los ojos, vio que seguían vivos. Vio que, ante ellos, había alguien que se lo había jugado todo: Sherry había sacado su escudo.

Y, cuando sacaba el escudo y activaba su círculo mágico, accediendo al poder de la Luz Marmórea, Sherry demostraba su especialidad como Tanque del grupo. La Defensa Perfecta
.
Pero, y ahora viene la pregunta del millón, ¿Qué pasa cuando una columna de magia que destruye todo lo que toca se topa con un obstáculo indestructible? La respuesta, indudablemente, es la entropía. Un aumento de entropía, o, mejor dicho, caos, llenó la caverna, cuando el aliento atómico de la Sombra Oscura fue desviado por el conjuro defensivo de Sherry.  Una explosión que lanzó tanto a Kyr como a Kalf al suelo, y borró del mapa las sombras del primero. Todo el lugar tembló, y las paredes se resquebrajaron, pero el monstruo, que no se esperaba aquella respuesta a su inquebrantable ataque, bajó la guardia durante unos instantes.

Los necesarios para que Kalf saltase por encima de Sherry, abalanzándose sobre la cabeza de la Sombra Alada con un gigantesco espadón de maná por delante.

Golpe Crítico.

La criatura se echó hacia atrás, herida y rugiendo, lanzando zarpazos. Uno de ellos alcanzó a Kalf, que cayó a un lado, mientras las sombras de Kyr, lanceros sin rostro, lo relevaban como carnaza reemplazable contra el monstruo mientras se reagrupaban. Y el monstruo se volteó, borrándolos del mapa de sendos coletazos al chocar contra un muro invisible.

                    ¡Ya sé lo que está haciendo Dana! – Gritó Kalf. - ¡Ahora, a por él!
                    ¡Vamos! – Añadió la altielfa, y se unió a él y a otros lanceros sombras creados por Kyr.
Y volvieron a atacarlo, en perfecta sincronía. Cuando las sombras lo distraían y el monstruo se abalanzaba para destruirlas de un zarpazo, Kalf atacaba, por otro lado, utilizando sus afiladísimas espadas y convirtiendo sus alas en un alfiletero. Cuando se volvía para eliminarlo, Sherry se metía en el camino, golpeándolo con su escudo y combatiendo sus dientes de acero con su hacha. Su especialidad era la defensa, y no iba a permitir que tocara un solo pelo de la melena de su amigo. Y así, una y otra vez, hostigaron a la bestia, en todo superior a ellos menos en el campo del compañerismo. Porque era esto lo que hacía que los guerreros tuvieran ventaja, aunque sólo fuera temporal. Era su sincronía, el entendimiento que Sherry tenía sobre las tácticas de Kalf, y el conocimiento de Kyr sobre cuándo tenía que lanzar sus invocaciones, y dónde podían hacer mejor. Sustituyendo a Kalf cuando éste fallaba o cuando tenía que recobrar el aliento, llevándose una dentellada que debería ser para Sherry…

Harta de aquellos minúsculos y molestos seres, la bestia intentó abrir las alas para alzar el vuelo, pero para entonces, se dio cuenta de que Kalf las había llenado de agujeros.
No importaba. En realidad, nada importaba. Si aquellos mequetrefes realmente se creían que iban a poder con ella, con La Sombra que Oculta la Luna, el Terror Ancestral, estaban muy equivocados. Puede que no pudiera volar, pero pronto, ellos se darían cuenta de que ni siquiera los necesitaba.
Y entonces, Dana, la cuarta miembro del grupo, la espía, retiró su sello hechizo de camuflaje, volviendo a estar junto a Kyr, a salvo. - ¡Muy bien! – Dijo, esbozando una sonrisa. – Círculo mágico completado. Glifos trazados. Sexto círculo de Azoth, círculo del dolor… Activado.

En cuanto pronunció la última palabra, liberando el conjuro, unas líneas blancas rodearon al monstruo en el suelo, resaltándose símbolos y garabatos que hasta aquel entonces habían permanecido ocultos. La bestia aulló, tratando de escapar, pero no había dejado cabos sueltos, y no pudo romper los círculos de luz. Había logrado controlar a La Sombra que Oculta a la Luna, gracias a que las distracciones de sus amigos la habían mantenido en el sitio. Y ahora…
                  El círculo del dolor de Azoth proporciona bonificaciones temporales de daño. Durante un minuto, todos los ataques serán muy efectivos contra ella. – Sentenció Dana. – Es hora de acabar con esto.

Y eso hizo todo el grupo, lanzándose a rematar al monstruo. Kalf con sus espadas duales de maná, Sherry con su hacha y su escudo, Dana con sus fiables dagas, y Kyr creando un proyectil mágico tras otro, mientras sus sombras masacraban al indefenso monstruo junto con los demás.
Lo hicieron por las aldeas abandonadas, por los valientes caballeros que habían caído en su misión, por el Rey. Lo hicieron por la princesa. Lo hicieron por sí mismos.

Y, cuando Kalf atravesó la tripa del monstruo con una lanza de maná, Dana le alcanzó la yugular con la daga y Sherry le hundió el hacha entre ambos ojos, justo cuando se acabó el minuto, la bestia se desplomó, inerte, dejándolos a todos de vuelta en el suelo. Muerta. Derrotada.

Habían ganado. Habían ganado a La Sombra que Oculta la Luna, al Señor de la Gruta, a la Bestia Legendaria. Kalf empezó a dar saltos de alegría, mientras Kyr y Sherry se abrazaron, felices, y Dana, que siempre procuraba mantener la compostura, reía cruzada de brazos.
Todos pudieron notar cómo subía su determinación, cómo la emoción de acabar con la bestia maligna llenaba sus corazones de júbilo y les devolvía la energía. Habían ganado, sí señor. Aquella campaña había sido un éxito.

                    No, aún no. – Recordó Kalf, mirando hacia el templo del fondo. – Aún queda rescatar a quien hemos venido a buscar.
Los aventureros se miraron. La princesa Lady Beth. Tras aquella trepidante batalla y los bramidos del dragón, no podían esperar que saliera por su propio pie a felicitarlos. Así que, siguiendo a Kalf y sin dejar de celebrar la victoria, entraron al templo, sorteando los esqueletos de los que habían intentado refugiarse allí del dragón.

                    ¡Lo hemos conseguido! – Dijo Kyr a una calavera. - ¡Os hemos vengado!
                    Venga, tío, no le hables a los muertos. – Rió Kalf. – Ya sé que hemos ganado, pero…
                    Pues yo estoy segura de que desde allá desde donde nos esté viendo, este caballero se alegra de nuestra victoria. - Añadió Sherry, abrazándose a Kyr, su pareja.
                    Sí, o se muere de envidia por no haber sido él. – Rió el líder del grupo, antes de abrir las grandes puertas del templo.
El lugar estaba bien cuidado, para ser un lugar prácticamente abandonado, y la cámara principal estaba diáfana, como una cueva en una cueva, solo que decorada con sendos motivos florales y de otros tipos. No sabían qué se había adorado en el templo de Shel, pero las figuras que quedaban ahora apenas tenían rasgos, borrados por el tiempo. Tampoco les interesaba. Lo único que les interesaba, era la figura que, arrodillada y oculta por la capa, parecía orar ante aquella figura de un santo anónimo.

                    ¿L-Lady Beth? – Llamó Kalf, acercándose.
                    ¿Ha terminado? – Preguntó ésta, volviéndose. Un rostro pálido como el papel, enmarcado por unos hermosos rizos negro azabache, los miró, lanzándose ante ellos y arrojándose a los brazos de Kalf. - ¡Habéis acabado con mi captor! ¡Por fin, por fin! – Sollozó. – Después de tanto tiempo… Tanto tiempo con la única compañía de los nuestros y esa ciclópea bestia…
                    Ya ha acabado todo. – Dijo Kalf, y los demás, que conocían el efecto tranquilizador que podía causar, le dejaron tomar la iniciativa, aunque no sin cierta envidia por parte de Kyr. – Todo está bien. El Rey se aseguró de que estuvieras bien protegida durante la guerra, pero ahora…

                    ¿Protegida? – Lo interrumpió ella. - ¿De qué estás hablando? Mi padre no quería protegerme, fue él quien me encerró después de que yo intentara matarlo usando mis habilidades de nigromante.
                    ¿Cómo que “matarlo”? – Dijo Kalf, pasmado.
                    ¿Cómo que “nigromante”? – Añadió Kyr, aterrado.
                    Me encerró aquí, donde nadie podría encontrarme, y puso a esa bestia a protegerme. Pero ahora vosotros la habéis matado, y soy libre. Y, con mis nuevas cinco adquisiciones, recordaré a éste Reino lo que es el terror a los muertos.
Los aventureros se miraron, notando la sangre helarse en sus venas. Tal vez habían juzgado mal. Tal vez la verdadera oscuridad de la que hablaban, el verdadero mal de aquella gruta, el verdadero jefe final, no era la Sombra Alada. ¡Era ella!
Pero aún quedaba una duda en los corazones de los cuatro guerreros.
                    ¿Cómo que “cinco”?
Pero no tardaron en comprobar quién era el otro muerto, cuando, aterrados, se volvieron, justo a tiempo como para ver al monstruoso Señor de la Gruta, que, revivido como Dracoliche (Un dragón zombi venido del mismísimo infierno), embestía contra ellos, con los ojos incendiados y las fauces repletas de dientes afilados, acompañado, cómo no, por los esqueletos de todos y cada uno de los paladines que habían perecido ante él.

martes, 17 de enero de 2017

Navidades Rotas II

Parte 1.- Navidades Rotas

Las luces se movían ante sus ojos. Se movían velozmente, se movían hacia arriba. ¿Qué…?
El hombre alzó la mirada, aún borrosa. Voces, voces en la lejanía. “Bunker…” Sí, ese era él. Ese era su mote. Había figuras oscuras interponiéndose en la luz intensa y él, figuras que se inclinaban sobre él y decían cosas como “¡Es demasiado grande!”, o “No le hace efecto”. ¡Esos malditos elfos! Siempre acechando desde su Imperio al norte. Le habían tenido ganas a Bunker desde que estaba en el ejército, y ahora, por fin lo habían capturado, y estaban abriéndolo a placer para encontrar la clave de su fuerza.
“Bunker”, volvió a oír.
-                     ¡Bunker!
El mencionado abrió los ojos de un sobresalto. No estaba en una mesa de exploración, bajo las miradas escrutadoras de varios científicos elfos. Estaba en un lugar mucho más peligroso: El despacho de su supervisora, la Directora Lapointe. Y ésta, una mujer alta y de mirada penetrante, lo observaba desde el otro lado de la mesa.
-                     Disculpe, yo… - Trató de decir él. - ¿Podría repetir la pregunta?
-                     Leonardo “Bunker” Villalobos. – Repitió ella, leyendo un informe que había en su mesa. – Agente especial bajo el mando de la agente Diamond, con casi quince años en el cuerpo. Reporte de misión, fallido. – Lo miró entonces, y Leo Bunker pudo sentir cómo ella lo escrutaba, como si fuera un dragón hambriento. – Múltiples daños colaterales, pérdida de vidas inocentes, agente caído en acto de servicio, y objetivo no recuperado. ¿Tiene algo que alegar en su defensa?
Bunker bajó la mirada, tratando de encontrar las palabras. Y al repasar los hechos, se dio cuenta de que había algo que no encajaba. – Un momento, ¡El cargamento de contrabando que teníamos que recuperar ha sido recuperado! ¿Cómo que fallido?
-                     ¿Qué está diciendo, Bunker? – Preguntó Lapointe, frunciendo el ceño. - ¡Hablo de su último encuentro íntimo con un vehículo motorizado! ¿¡Dónde se cree que está!?
Y entonces Bunker se dio cuenta. La fiesta, Diamond, la botella, el coche…

Hace veinticuatro horas
Ikana abrió de golpe la puerta de la calle, saliendo disparada hacia el lugar del accidente, pero cuando lo hizo, vio que no había sido la primera: En su impulsividad, Anna se había lanzado por la ventana, sobreviviendo gracias a su vampirismo a los tres pisos de altura y lanzándose hacia la escena, que no era para nada tranquilizadora.
Porque, al contrario de lo que pueda uno pensar, cuando un coche se enfrenta con alguien, no siempre sale ganando el coche. Y mucho menos cuando ese alguien es alguien tan grande y voluminoso como Bunker.
El capó del coche estaba completamente arrugado, con una hendidura en el centro, el lugar donde había hecho colisión, y con el parabrisas resquebrajado, mostrando una gran mancha de sangre que permitía adivinar lo que uno encontraría en su interior.
Anna, por su parte, estaba tratando de mover el cuerpo de Bunker, levantándolo, llamándolo frenéticamente. - ¡No vuelve en sí, Kana! – Dijo la joven. Era normal. No sabía de nadie que pudiera volver en sí con aquellas heridas, y toda aquella sangre. Viéndolo como desde la perspectiva de otra persona, Ikana tomó a Anna del hombro, apartándola ligeramente para examinar mejor a su amigo inerte.
-                     ¿Está vivo? – Se oyó preguntar, tranquila y calmada.
-                     S-sí, no… - Se lió la joven rubia, hecha un mar de lágrimas. – No lo sé, aún respira, pero… - La miró, negando con la cabeza. - ¿Qué podemos hacer? Ya lo sé, ya lo tengo… Lo convertiré en vampiro, y así tendrá mi capacidad de regeneración. Es la única forma de que sobreviva…
-                     ¡No, Anna! – La detuvo Ikana. - ¡No lo hagas!
El vampirismo era una solución muy tentadora para todas aquellas situaciones, y de hecho, muchos vampiros lo habían contraído cuando eran víctimas de enfermedades degenerativas o que amenazaban su vida, sin caer en la cuenta cómo funcionaba realmente el vampirismo.
Porque, a la hora de contraer aquella condición, el organismo de un vampiro básicamente creaba un “punto cero”. Los vampiros morían como seres humanos – o como elfos, o como orcos… - y volvían a renacer como vampiros, en ese mismo cuerpo y con esa misma mente. Tal y como estaban en el momento de contraerlo. Una agonía, se convertía en agonía eterna. Una herida mortal, se convertía en convalecencia eterna. Había visto demasiados vampiros que buscaban que los liberase de su sufrimiento como para permitir que su amigo viviera lo que le quedaba de existencia con heridas de atropello.
-                     Lo que hay que hacer es llamar a los sanadores.
-                     Ya está hecho. – Dijo Raoul, que acababa de llagar. Ikana se volvió a mirarlo, y vio que tras él había bajado Alice, y ahora se disponía a mirar la escena, con su padrastro sangrante y al borde de la muerte.
-                     ¡No! – Dijo. - ¡Anna, llévala a casa! – La joven rubia la miró, incrédula, pero la mirada de Ikana no admitía réplica. - ¡Llévala! ¡Yo me ocupo de esto!
Y miró a Bunker de nuevo, tumbándolo en el suelo, vigilando que la hija pequeña de Bunker no viese el espectáculo, y comenzando con las maniobras de primeros auxilios para mantener al grandullón con vida, al menos hasta que llegase la ambulancia.

 Ahora
“No reconozco éste techo”, se dijo Bunker, mirando a la luz apagada que había sobre su cabeza. Eso le habría gustado pensar, pero la verdad era que sí que lo reconocía. Había pasado más veces por el hospital de las que era recomendable.
Pero ésta vez, al menos, no había sido culpa suya. Maldita sea… “Un conductor borracho”, se dijo. No lo sabía. Lo único que él había visto habían sido aquellos dos ojos inmensos, enfocándolo, aquellos faros iluminándolo en la carretera. El coche se le había echado encima. No había tenido oportunidad de huir.
-                     Vaya, vaya, señor Villalobos. – Dijo una voz a los pies de la cama. Bunker se acomodó en las almohadas y bajó la mirada, y allí, al fondo y en penumbra, se encontraba un hombre pelirrojo. Tenía un traje color verde musgo y un fedora a juego, y sonreía enigmáticamente. - ¿Sabe usted a qué velocidad iba? – Su sonrisa se acentuó, como si hubiera dicho un chiste que sólo él entendía. - ¡A la necesaria para mover todo un argumento!
Bunker, que aún no estaba del todo lúcido, trató de incorporarse para verlo mejor, pero al hacerlo, la puerta de la habitación se abrió de golpe. La luz estaba encendida, la habitación estaba vacía, y una mujer de melena rubia a la que conocía más que bien se abalanzaba sobre él. - ¡Leo! – Lo llamó Ikana. - ¡Has despertado!
-                     Está en el hospital, señor Villalobos. – Dijo, por detrás, una de las sanadoras, con algo para apuntar. - ¿Recuerda lo ocurrido?
-                     Sí, yo… - Bunker agitó la cabeza, tratando de aclarar más la mente. Recordaba el choque, recordaba tener sueños muy extraños…
-                     Eso es normal. – Respondió la sanadora. – Con su tamaño, al equipo de urgencias le costó anestesiarlo una vez la analgesia hubo hecho su efecto. Me alegro de que esté bien. – Dijo, antes de desaparecer por la puerta.
-                     Menudo susto nos diste. – Dijo Ikana, sonriendo un poco y tomándole la mano. – Los sanadores dijeron que tenías una buena montada ahí abajo, por suerte eres tan grande que no tuvieron problemas a la hora de recomponerte.
-                     Eso es un alivio, supongo… - Dijo él, notando cierta tirantez al respirar, procedente de las vendas. – Supongo que algo bueno tenía que tener mi condición, además de todos los problemas articulares y el dolor.
-                     Venga, no empieces otra vez como en Tarnast. – Le dijo ella, recordándole una de las misiones, que Bunker recordaba con claridad. Un espíritu de los coches le había tirado un camión encima a Ikana, y él había sido el único que lo había visto y había sido lo suficientemente rápido como para empujarla, recibiendo él el golpe.
Habían sido tiempos distintos. En aquel momento, Bunker no tenía nada más. Su familia estaba lejos, y allí no tenía a nadie. A nadie más que a Ikana, su novia por aquel entonces. La miró, preguntándose si ella también recordaría cómo le había premiado su sacrificio, y supo que había acertado cuando ella apartó la mirada y cambió de tema.
-                     Anna incluso intentó convertirte en vampiro, ¿Lo sabías?
-                     ¿A mí? – El grandullón agradeció el cambio. - ¡Con lo que me gusta el sol! – No obstante, no le sorprendió, ya que conocía de sobra la impulsividad de la adolescente. Lo cual le llevaba a su siguiente preocupación. - ¿Cómo están?
Su familia… Su familia era complicada, e inestable. Tanto Anna como Alice tenían problemas de autocontrol, y Bunker sabía que una situación como aquella no era lo mejor para su estabilidad. Miró a Ikana, preocupado por lo que hubiera ocurrido con sus hijas, pero ésta asintió con la cabeza, calmante. – Están bien. Tranquilo. Raoul se ha quedado con ellas.
-                     ¡¿Raoul?! ¿Estás loca? ¿Cómo lo has dejado a cargo de las niñas?
Hace veinticuatro horas
Las luces de la ambulancia iluminaban la calle entera, mientras los sanadores de urgencia le aplicaban los primeros cuidados intensivos al accidentado. Por suerte, tanto la camilla como el interior del vehículo se adaptaron por arte de magia a las dimensiones de su inquilino. Mientras lo terminaban de ajustar, Ikana y su pareja discutían quién tendría que acompañarlos.
-                     Espera, Ikana, creo que debería ir yo. – Pedía Raoul.
-                     ¿Tú? – Lo miró ella. ¿Por qué su novio debería acompañar a su ex al quirófano? Ni siquiera acababan de congeniar…
-                     Allí sólo hay que esperar… - Argumentó Raoul. – Y, sinceramente, creo que tú serías mucho más eficaz aquí…
-                     No digas tonterías, Raoul. – Replicó ella. – Tengo que ir con él, tú allí no pintas nada. Además, no creo que la policía tarde mucho en marcharse. Sólo tienes que contarles lo que oíste, y ya está. Sólo necesitan testigos.
Pero no era a la policía a lo que Raoul se refería, sino a las dos muchachas que ahora había en el apartamento. Y que, con toda seguridad, ahora estarían a punto de estallar.
-                     Claro que están preocupadas. – Replicó Ikana. – Su padre ha sido atropellado… Piensa en esto como en una oportunidad para congraciarte con ellas.
-                     ¿Congraciarme? ¡Van a querer matarme! – Replicó él, pero ya era tarde: Las puertas se cerraron entre ambos, y la ambulancia, una vez Bunker estuvo ajustado y preparado, se alejó por la calle. – Van a querer matarme… Más de lo normal. – Terminó Raoul, suspirando. Sangre, accidentes, heridos… Ya se había acabado todo. Y ahora empezaba lo difícil, tratar de calmar a las niñas de Bunker. O, mejor dicho, de domesticarlas.

Hace veintidós horas
Aquello no estaba saliendo bien, pero nada bien. Raoul suspiró. Al volver al apartamento, había tratado de calmar a las chicas, diciéndoles que ya estaba todo hecho y que tenían que irse a la cama, pero como era de esperar, la respuesta había sido nefasta.
Raoul había supuesto – inocentemente – que, a pesar del nerviosismo, tanto Anna como Alice serían conscientes de que no podían hacer nada. Lo que ahora le ocurriera a Bunker dependía de los sanadores, del hospital, y lo mejor que podían era dormir, para estar preparadas cuando Ikana los avisara.
Pero por desgracia, ellas no eran como creía. A pesar de que aquello era lo más racional, ninguna estaba como para pensar de forma racional. Estaban histéricas, y la primera que se lo mostró, la que lo hizo de forma más gráfica, fue Anna.
-                     ¡Has sido tú! – Le dijo, levantándolo a pulso contra la pared. - ¡Tú eres el que ha estropeado las fiestas, si no hubieras estado estoy segura de que nada de esto habría pasado!
-                     ¡Escúchate, Anna, escucha lo que dices! – Pidió Raoul, sin muchas esperanzas. La rabia y la impotencia tenían que salir por algún sitio, y en el caso de la joven Salazar, eran los puños. - ¡No tiene ningún sentido!
-                     ¡Lo que no tiene ningún sentido es lo que dices! – Replicó ella, con los ojos inyectados en sangre. Raoul había interpuesto los brazos, en un intento de protegerse que sabía que fracasaría si ella decidía golpearlo de verdad. - ¿Pretendes que me quede aquí como una tonta mientras él puede estar agonizando? ¡Estás majara! – Lo dejó caer, y se dirigió de nuevo hacia la puerta. - ¡Me piro!
-                     ¡No, Anna! – Le pidió él otra vez. – ¡No debes ir!
-                     ¿Y por qué no, si puede saberse? – Replicó ella, mirándolo mal con una mano en el pomo de la puerta.
“Porque eres una salvaje”, pensó Raoul. “Porque me das miedo, y no quiero ni pensar en lo que podría hacer alguien en tu estado en una sala de espera”.
-                     Porque es lo que quiere Ikana. – Dijo. Definitivamente, una mejor frase, que le aseguraba conservar los brazos enteros. – Ella ha ido con Bunker, y se asegurará de que todo le vaya bien. Pero ha confiado en ti para quedarte aquí, para cuidar de Alice… Mira, sé que no nos llevamos bien. Tú eres, francamente, eres un poco bruta… Y yo soy el nuevo novio de Ikana, lo entiendo. – Se apresuró a añadir, evitando que ella lo golpeara del fastidio. – Pero ella confía en nosotros para esta misión. Confía en que tú puedas cuidar a Alice, y en que yo te pueda cuidar a ti.
Durante unos instantes, la tensión sobrepasó la línea de máximo. Casi podía ver a Anna temblar, tratando de estallar sobre sí misma, cerrando los puños tanto que creyó oír sus huesos romperse y regenerarse al instante. La notó luchar, internamente, entre su lealtad a Ikana y su furia.
Hasta que al final, con una sonora maldición, la adolescente le hizo un agujero a la puerta de entrada, de tres capas de grosor, y salió. – ¡No necesito que me cuides, ni tú ni nadie, enano! – Le gritó, según salía. - ¡Estoy aquí porque me da la gana, y nadie puede evitar que salga! ¿Me oyes? Nadie.
Él, desde luego, no podía. Después de aquella demostración de fuerza, estaba demasiado ocupado evitando pensar en lo que le podría haber ocurrido de haberlo golpeado a él como para intentarlo. Cuando la joven cerró la puerta de golpe, él exhaló un suspiro.
Maldita sea... Tenía razón, la había tenido desde un principio. Aquello era demasiado para él. No podía lidiar con esa violencia, ese riesgo para su vida, y eso que ni siquiera había intentado tratar con la otra: Alice.
Cuando Raoul abrió la puerta de su habitación, se la encontró allí. Acurrucada sobre la cama, inmóvil como una muñeca, y con los ojos brillando, como faros en la noche, buscando algo, o alguien, en quien descargar aquella sobrecarga de emociones. Y la última persona que había enfrentado aquello, llevaba dos meses en coma.
Raoul se apartó de la puerta antes de que la pequeña pudiera fijar sus ojos en él, respirando agitadamente, como si acabase de tener un encuentro sorpresa con la misma muerte. Aquellos ojos, aquella sensación de peligro… Tal vez Anna fuera violenta, pero aquella pequeña, que apenas levantaba cuatro palmos del suelo, era el verdadero peligro. No podía entrar ahí, daba igual lo que le hubiera prometido a Ikana, daba igual lo que le pidieran. No podían pretender que se enfrentase a esos ojos y sobreviviera.
-                     ¿A-Alice? – Aquello estaba siendo un completo desastre, pero no quería darlo todo por perdido. Quería pensar más allá. No quería pensar en los ojos, quería pensar en la niña que había detrás. Una niña asustada, con miedo, sin saber lo que iba a pasar. – Sé que da miedo. – Suspiró. – S-Sé que viste el accidente, y que… Bueno, que tu padre ahora mismo está grave y tal, pero… - Pensó qué más decir. Tenía que intentarlo. Aunque le hablara a la pared. Pero si había una mínima posibilidad de que ella estuviera escuchando, no quería defraudar a Ikana. ¿Qué se le decía a la gente cuando estaban preocupadas por algo?
-                     Todo va a ir bien, ¿De acuerdo? Sé que parecía terrible, pero Bunker… Es uno de los tíos más fuertes que conozco. Aunque me de rabia reconocerlo, le tengo envidia en ese sentido. – Cerró los ojos. No, no podía ir por ahí. Tenía que tranquilizarla, no comenzar a contarle su propia vida. – Verás, los… lo que pasa en un accidente se resuelve en los primeros minutos, ¿Sabías? Con el sistema de sanación que tenemos hoy en día, si alguien llega con vida al hospital, en el… Noventa y cuatro por ciento de los casos  se salva. Y tu padre… Bunker estaba vivo. Lo vi con mis propios ojos. Por eso se lo llevaron con tanta prisa. Porque aún podían salvarlo. Y lo salvarán. Es un hecho.
-                     Deja de intentarlo. – Otra voz le sobresaltó, la voz de Anna. – Estás perdiendo el tiempo. Cuando Alice se bloquea, no hay nada que pueda entrar o salir de su cerebro. Necesita descargarse.
-                     ¿Y cómo conseguimos eso? ¿Qué es lo que hacéis cuando ocurre? ¿Hay que esperar, sin más?
-                     Olvida eso… ¿Es cierto lo que decías? – Preguntó. - ¿De verdad crees que no corre peligro?
Raoul miró a la joven vampiro por segunda vez, y en su mirada, en su iris rojo, ya no vio simple furia ciega. Tras ella, ahora, se transparentaban las dudas e inseguridades. El miedo a perder al que era como un padre para ella. A quedarse sola. Y Raoul sabía bien lo que era estar solo.
-                     Yo… Sí, lo creo. – Confirmó. – Con nuestro sistema actual de sanidad, hoy en día las muertes por traumas de ese tipo son muy escasas. Y encima está en el Astron General, que es uno de los mejores de la ciudad. Alguien tan fuerte como Bunker no tiene de qué preocuparse.
Ella suspiró. Trataba de calmarse. – Lo que dijiste antes, lo de cuidar de Alice, tienes razón. Es mi trabajo.
Avanzó, cruzando por delante de Raoul. – Espera, tú misma lo has dicho. Está en crisis, no podemos entrar o nos…
-                     … ¿Nos matará? – Replicó ella, arqueando una ceja. – Yo ya estoy muerta, cerebrito. ¿Qué te crees que hago aquí?
Antes de que entrara, sin embargo, Raoul la volvió a detener. Hablar del Astron General le había dado una idea. – Escucha, sé que has hecho un esfuerzo para volver y ayudarla, así que ahora me toca a mí: Antes dije que no debías ir. – La mano de Anna se tensó sobre el pomo de la puerta. – Pe-pero eso no significa que no puedas estar allí. No significa que no podáis verlo. ¿Crees que os gustaría?
-                     ¿De qué estás hablando?
-                     El Astron General es uno de los hospitales más seguros del país. Allí es donde los luchadores, los ricos y los famosos van a tratarse. Cuyas idas y venidas son minuciosamente registradas por las cámaras de seguridad. Y, ¿A que no adivinas quién tiene como pasatiempo buscar aberturas en sistemas informáticos?
-                     Y… ¿Y harías eso por mí? – Preguntó incrédula. - ¿Te meterías en problemas sólo para que pudiera ver?
-                     Tú cuidas de Alice, yo cuido de ti. – Sonrió él, satisfecho. - ¿Hay trato?

 Ahora
-                     ¡Se lo comerán vivo, Ikana! – Dijo él. Pero la mujer se arrellanó en la silla, y sonrió.
-                     No sé yo, Bunker… Tengo que reconocer que Raoul nunca ha dejado de sorprenderme. Y, considerando que en su última llamada me informó de que estaban viendo la tele. creo que sí podemos darle un voto de confianza. Aunque, eso sí, me pidió que te dijera que tienes que darle la receta de tu vienés.

domingo, 1 de enero de 2017

La Reina y la Llama



El reino de Kingsia era un lugar convulso para los humanos. Con el Imperio Elfo al norte, que siempre era una amenaza – los elfos, elegantes y altivos, dominaban la magia como nadie – y la impenetrable jungla de la diosa Enna, que se extendía a través de más de quinientos kilómetros al sur hasta deshacerse en manglares y pantanos, en Cabo Verde, y era hábitat de temibles bestias anfibias y aguerridas tribus guerreras, guardadas por aquellos invencibles soldados-jaguar.
Y, en el medio, entre magos y jaguares, entre elfos y quimeras, estaban los humanos. El pequeño y frágil reino de Kingsia, o así era como se sentían, a pesar de que durante los distintos países habían ido uniendo sus fuerzas, con deseo común de protegerse de las amenazas a norte y sur, e incluso de los piratas que acosaban sus costas este y oeste.

No era fácil salir adelante para los humanos, que cuando no tenían que vérselas con la sequía que auguraba hambruna invernal, tenían que hacerlo con bandidos, y siempre teniendo en cuenta que debían dar el diezmo al noble de turno, algo que pocos de ellos, o ninguno, veían con buenos ojos. ¿Por qué tenían que alimentar una nobleza y una monarquía que no hacían más que asentarse en sus privilegios?
Por fortuna, ninguna de estas tribulaciones llegaba hasta la pequeña Eleanor, de diez años, la princesa y primogénita del trono de Kingsia, que, en aquel fresco día del tres de mayo del año 1506 dT decidió aprovechar el maravilloso día dando un paseo por el gran jardín del que disfrutaban sus padres. Comprobó que los caballos de las caballerizas reales estaban bien alimentados, y que los conejitos seguían saltando alegres, saludó a las hadas de la colmena de la arboleda, pastoras de abejas que proveían de miel al palacio, y a los gnomos que hacían sus casitas entre las raíces, cuyo trabajo era asegurarse de que la infraestructura del edificio seguía siendo sólida como una roca y de reparar los desperfectos. Luego rodó por la pradera, manchando su castaña melena de briznas de hierba y tierra, para ser reprendida por su nodriza.

Tampoco alcanzó ninguna de estas tribulaciones a la pequeña Eleanor, primogénita al trono de Kingsia, el fresco día de cuatro de mayo del año 1506 dT, cuando decidió aprovechar para dar un paseo por el gran jardín de sus padres. Visitó los caballos, los conejitos, los criados, las hadas y los gnomos, y volvió con su nodriza, que volvió a regañarla por la suciedad de sus cabellos y su vestido.
El cinco de mayo Eleanor hizo exactamente lo mismo, con pocas variaciones, y así podríamos seguir durante muchos días. Día tras día, semana tras semana, Eleanor no tenía que preocuparse por su supervivencia… Pero también tenía sus propios problemas. Era por su seguridad, decía su nodriza. Era por su bien, decía su madre. Era por el reino, decía el Rey. Pero ninguno la dejaba salir de allí. Todos los días, cuando la pequeña Eleanor alzaba la mirada hacia el infinito, buscando el amanecer del sol, o el perfil de la ciudad de Regium en la que se encontraba, se topaba con los gruesos muros de piedra y magia al otro lado de la gran Fortaleza Real.
Los muros que, según su aya, las protegían de las maldades del mundo exterior, y tras los cuales se encontraban peligros sin fin. Pero también…

Tras esos muros estaban las historias. Historias de intrépidos aventureros, que se adentraban en sinuosas mazmorras para recuperar tesoros legendarios de civilizaciones perdidas tiempo atrás. Historias de enanos que luchaban contra dragones para reclamar su tierra, y de elfos cuyos romances prohibidos con humanos revolvían al mundo entero. Y Eleanor soñaba. Soñaba con encontrar genios en lámparas viejas que le permitieran vivir aventuras, o que se convertía en vieja por una maldición y salía del castillo, disfrazada de criada, para conocer a un mago apuesto que le enseñase a lanzar conjuros.
Sí, Eleanor soñaba mucho. Soñaba que vivía una vida llena de aventuras y de cosas por hacer. Pero sus ojos siempre tropezaban con la sólida pared de piedra y magia del final del jardín del castillo. Y ella tenía que conformarse en su jaula de oro, con sus clases de protocolo y sus paseos por la arboleda, saludando a hadas y enanos, y asomándose al mundo a través de la biblioteca.
Hasta aquel día.

-          Bueno, yo creo que en realidad sí que te gusta estar aquí. – Le dijo aquel día una de las hadas, que revoloteaba a su alrededor. Eleanor no recordaba haberla visto antes, pero al fin y al cabo, la vida de las hadas no era larga, y cuando le contó que el gorro rojo que llevaba puesto se lo había quitado a un gnomo, se echó a reír y no tardaron en hacerse amigas. – Piénsalo Ele, tienes todo lo que necesitas. Comida, sitio para jugar, gente que te quiere…
-          Pero no sé, Cerilla. – Replicó Ele, haciendo una mueca de disgusto y poniéndose a horcajadas sobre una rama. Si su nodriza la viera, manchar así el vestido… - Ya sé, sí, dentro se está bien, fuera sólo hay gente mala… Pero quiero, no sé, sólo quiero un día ahí fuera. ¡Quiero ver gente, mercados, cabañas, bosques! – Levantó los brazos. - ¡Quiero sentir emoción! Yo… ¡Epa! – Al levantar las manos para gesticular, la princesa se resbaló de la rama y se arrojó al vacío, pero Cerilla la detuvo agarrándola por la parte trasera del corsé. – Tal… tal vez un tipo de emoción más cerca del suelo. – Admitió. – Pero por muy bien que esté, yo quiero salir. ¡Ya no soy un bebé al que andar protegiendo! ¡Incluso me hacen llevar corsé como a una señorita!
El hada se echó a reír con aquella risa tonta que tenían todas las hadas, como si les hubieran pagado – o hechizado – para encontrar gracioso y divino todo lo que Eleanor decía.
-          ¡No te rías! – Gritó, fastidiada. - ¡Yo sé lo que quiero!
-          ¿Estás segura? – El hada dio una voltereta en el aire, y volvió a alisar la falda rosa con las manos. – Pues yo sigo creyendo que tú en realidad quieres quedarte aquí. Quieres que esa señora tan mayor y tan fofa siga mandándote lo que debes hacer y cómo debes comer la sopa. – La princesa hizo una mueca aún más profunda, pero Cerilla continuó. – Yo creo que en realidad lo que quieres es seguir aquí con tus comodidades. Si no, te habrías ido hace mucho tiempo ya.
-          Pero, ¿Qué estás diciendo? – Replicó Eleanor. - ¡Eso es mentira, y lo sabes! ¡Ni mamá ni la aya me dejan salir de aquí!
-          ¿Y? – Replicó el hada, entrecerrando sus ojillos negros. - ¿Quiénes son ellas para decirle a una Reina qué debe o qué no debe hacer?
Lo dijo de una manera que Eleanor sintió un escalofrío recorrer su columna, y su enfado desapareció en gran medida.

Pero no era tan sencillo. Su madre y aya eran una cosa… Pero su padre, el Rey, era el responsable último de su presencia allí, de su encierro. Era él quien controlaba los hechizos de los muros, y todo para mantenerla allí, para asegurar su descendencia. Porque la leyenda decía que sólo se sentaría en el trono de Kingsia un guerrero lo suficientemente fuerte para mandar, pero sólo podría mantenerse en él alguien que tuviera la sangre real de su lado.
Y, por tanto, Eleanor sabía que ese era su destino, ser la “sangre real” necesaria para que un fuerte guerrero se casara con ella y se convirtiera en rey.
-          Seguramente habrá una maldición y dormirás durante muchos años antes de que alguien atraviese un bosque de espinos para verte… - Cerilla se echó a reír. – O no, o ya sé, te encerrarán en una torre muy alta protegida por un dragón para asegurarse de que te rescate alguien muy fuerte… Qué triste, de una mansión, a una torre.
-          ¡No digas tonterías! – Ella hizo un puchero, sintiendo ganas de llorar por lo deprimente de su futuro.
-          Bueno, no sé si el destino en piedra o no… - Revoloteó Cerilla a su alrededor. – Pero lo que sé es que no dice nada de lo que hagas hasta entonces. Si vas a pasar tu adolescencia confinada en una torre con un dragón, ¿Por qué no aprovechar ahora que puedes salir para ver un poco del mundo?
La princesa se exasperó. ¿Cómo iba a entenderlo Cerilla? ¡No podía salir! Estaba allí atrapada por los escudos mágicos milenarios. El rey era el único ante quien obedecían, pero sería imposible engañar a su padre para que colaborase.

-          Pero si esos hechizos son milenarios, eso significa que tu padre no es el creador, ¿No es así? – Dijo, pensativa, Cerilla. – Significa que antes de tu padre, obedecían a su padre, y a su padre antes que él. Significa que esos hechizos no obedecen a la persona. Obedecen a la sangre real.
Y, al fin y al cabo, ese era su destino, pensó Eleanor, sorprendida. Ser la sangre real necesaria para controlar el castillo. ¿Por qué no comenzaba a ponerlo en práctica? Sólo necesitaba una pequeña llave mágica que había en el dormitorio del Rey, que, según Cerilla, abría un pequeño pasadizo por debajo del jardín.
-          Todas las hadas y gnomos saben que existe, pero no sirve de nada mientras nadie abra la barrera. Eres la única que puedes hacerlo, Ele. – La hadita sonrió. – Hazlo. Trae la llave, y yo te prometeré aventuras sin límite. Te prometeré que serás la protagonista de tu propia historia.
Aventuras sin límite… Los ojos de Eleanor brillaron, ambiciosos, mientras estrechaba la mano del hadita y le prometía que así sería. Tomaría esa llave, y abrirían juntas la puerta a su libertad. No más libros en la cabeza, no más reglazos cuando sorbía la sopa, no más dignatarios aburridos y niños nobles adormilados cuyos padres planeaban casarlos con ella.
No más destinos que cumplir.
A la hora acordada, Eleanor se encontraba con Cerilla en el lugar acordado, la puerta del fondo del jardín, más allá de la arboleda. Cubierta de musgo, vieja y ajada, como si no se hubiera usado nunca. Pero la llave encajó a la perfección. La puerta estaba abierta, y, una vez Cerilla le explicó cómo le había visto hacer a su padre, la pequeña princesa no tardó mucho en ver aquella especie de velo transparente que se interponía ante ella. Tan tenue, pero tan sólido. Tan hermoso, pero tan aprisionador. Una jaula de oro. Su jaula.

Pero ahora, Ele tenía la llave.
Así que, pronunciando las palabras mágicas, colocó la mano ante el velo, y observó cómo éste comenzaba a deshacerse a su alrededor, dejando un agujero lo suficientemente grande como para que pasara una niña.


Aquel día seis de mayo, Eleanor ya no rodó por el prado. No saludó a los caballos en los establos, ni a los gnomos en sus casitas. El día seis de mayo, aya no pudo regañar como siempre a la pequeña princesa, porque Eleanor no estaba.
Eleanor estaba ocupada, maravillándose y aterrándose al mismo tiempo con todo lo que había en el exterior. El pasadizo desembocaba en una alcantarilla, un túnel que iba por debajo de la ciudad que se encargaba de drenar toda el agua que se acumulaba en las torrenciales lluvias que podían llegar a anegar el valle entre las colinas. Allí fue donde Cerilla le hizo cambiarse, para que no llamara la atención. Ocultó su melena castaña bajo un sombrero de tela vieja, y el resto de su apariencia real y caras vestiduras se cambiaron por ropas viejas de criado. No querían que los hombres del Rey pudieran reconocerla, ¿verdad?

Así, de esa guisa, con un gorro que la hacía parecer un niño y unas ropas que la hacían parecer pobre, Ele salió al mercado. Al mayor mar de gente que había visto en su vida.
Gente comprando, vendiendo, gritando su mercancía o disputándose por la última trucha del día. Gente yendo y viniendo, ignorándola por completo. ¡Ignorándola! A nadie le importaba que estuviera encorvada o sucia, y de hecho, muchos viandantes la empujaron al pasar. Aquel anonimato era prácticamente la invisibilidad para la princesa. Era algo nuevo y excitante, algo que le hacía dar ganas de explorar, de ver el resto de la ciudad. Sus colores, sus olores, sus sonidos… Aquella algarabía emitida por la masa humana, una masa única y caótica que iba y venía como las hojas de los árboles agitados por el viento…
Corrió arriba y abajo por el mercado, admirando las pulseras y joyas en los puestos de las enanas procedentes del este, y finos ropajes del desierto. Vio que era cierto que había gente de piel mayor, y que los orcos, seres de piel verde y facciones toscas, existían. Aunque al verlos recordó cómo en sus historias siempre cabalgaban bajo la bandera del señor el mal, el ojo en llamas o la mano negra, así que procuró no acercarse mucho a ellos.

Cerilla le ayudó a conseguir una manzana cuando tuvo hambre, distrayendo a la mujer el tiempo adecuado para que Ele la agarrase igual que agarraba la fruta de la cocina sin que los sirvientes se dieran cuenta para dársela a los caballos.
Solo que aquí no eran sirvientes ni estaban pagados para consentirla y hacer como si no se enterasen, y la tendera sí que se dio cuenta de la poca sutileza de Ele, y se lanzó en su persecución, llamándola ladrona a voz en grito y haciéndola correr más deprisa de lo que había corrido en su vida.
Al final, Eleanor consiguió escabullirse por un muro cuya gatera era lo suficientemente grande para su paso pero no para el de una adulta, que daba a un solar en ruinas. Y allí pudo respirar. Oyó a la tendera pasar de largo, gritando enfadada, y contuvo la respiración, pero no pudo contenerla mucho tiempo, y, poco después, fuera de peligro ya, estalló en risas junto con Cerilla. - ¡Pero cómo gritaba! – Se reía. - ¡Y sólo es una manzana! ¡Hay montones en los fruteros del castillo, y todas mejores que esta!
Pero aquellas no eran manzanas libres, pensó mientras le daba un bocado. Allí, en cambio, podía saborearla sabiendo que era sólo suya, que no tendría que responder ante nadie por comérsela. Podía darle mordiscos y escupir las pepitas, y aya no podría regañarle por sentarse con las piernas cruzadas. Sí, aquella manzana… Aquella manzana y aquel momento eran completamente suyos.
Un movimiento atrajo su mirada mientras saboreaba la fruta. Un gato negro saltó entre dos piedras del solar, y cuando se volvió a mirarla, se dio cuenta de que sólo tenía un gran ojo.
-          Bueno, hay dragones con cuatro patas, dragones con dos, con alas y sin alas… - Se encogió de hombros Cerilla, cuando se lo dijo. – Aunque yo no me acercaría mucho, seguro que tiene pulgas.
El gato pestañeó lentamente, y dio un salto, encaramándose a una ventana y desapareciendo el otro lado. Eleonor lo siguió con la mirada, y vio lo que había al otro lado del hueco de la ventana.
Era la colina mayor, la que albergaba la fortaleza real, con sus altos muros de piedra y sus torres. Y una columna de humo.
Eleanor sintió un nudo en la garganta. El castillo. Sus padres, los sirvientes, las hadas… ¡Aya!
-          ¿Por qué tanta urgencia? – Le preguntó Cerilla, según ella corría de vuelta, más y más rápido, por el mercado abarrotado de gente que obstaculizaba, dando codazos y pisotones, escabulléndose. – ¿Qué vas a buscar allí dentro?

-          ¡Tengo que volver!
Si, aquel lugar era maravilloso, lleno de gente y de cosas de muchos colores. Pero, en el fondo, tenía que volver. Su corazón se había saltado un latido al ver el humo, y ahora martilleaba frenético, pensando en lo que podía haber pasado. No sabía la razón, pero que hubiera fuego en el interior de la fortaleza en aquella época del año no era buena señal. Y sabía que si además la princesa había desaparecido, tampoco. Pensó en su madre, en la conmoción al no ver ni rastro de ella, en el disgusto al perder a su hija. Pensó en aya. Aya perdería su trabajo, y si el rey la culpaba de la desaparición por negligencia, podía perder también la cabeza. Pensó en todos los caballos y gnomos y hadas y se sintió culpable, culpable por querer abandonarlos y marchar a ninguna parte, por querer dejarlos allí sin nadie que les diera manzanas en secreto y elogiase sus trabajos en la madera, sin nadie que probase la miel y agradeciera a las abejas…

Eleanor se sintió culpable, pero, para entonces, para cuando llegó de nuevo a la entrada del pasadizo, descubrió que ya era demasiado tarde.
-          Menuda locura todo esto del pasaje secreto, ¿no creéis? – Decía uno del grupo de hombres que estaba allí, armados con piezas de cuero negras y espadas cortas, entrando por el pasadizo. Eleanor se ocultó tras una pared, antes de que la vieran. Enemigos. – Una vía directa al interior de ese nido de víboras… Estos nobles son más tontos de lo que parece.
-          No es tan sencillo. – Decía otro. – Hasta ayer, esta zona también estaba protegida por un escudo mágico. Parece que Lim Ojo de cuervo decía la verdad. Sí que sabía sortear sus defensas. Me pregunto si habrá hecho un pacto o algo así. O quizás tenga a alguien dentro. – Se echó a reír, y miró por el agujero por el que Eleanor había salido horas antes. Ésta notó endurecerse el nudo de su garganta, al darse cuenta de que ella había sido la causante de aquello. Ella había salido por allí, había abierto la barrera y luego había olvidado cerrarla. Y ahora…

-          Da igual cómo lo haya conseguido. – Concluyó el que parecía el líder. – El caso es que Ojo de Cuervo ha conseguido lo que prometió, y al fin podemos hacer un cambio. Podemos entrar en las vidas de esos parásitos, de esos nobles y reyes, y hacerles entender cómo nuestro pueblo muere de hambre mientras ellos engordan más y más. Es nuestra oportunidad de cambiar las cosas, de hacer un país mejor para nuestros hijos. Hay una serie de cosas que no podemos cambiar. Sequía, hambruna, desastres naturales… Pero hoy, los nobles que nos pisotean y se ríen de nuestras caras han dejado de estar en ésta lista. Hoy podemos librarnos de esa lacra. – Golpeó a uno de ellos con el puño en el pecho, para darle ánimos. – Vuestros hermanos de escudo ya se enfrentan ahí dentro a los parásitos y sus sirvientes armados, pero n pueden hacerlo solos. Entrad, hermanos entrad y tomad lo que es nuestro por derecho propio. Tomad lo que es del pueblo y para el pueblo. Este Reino ha aguantado durante demasiado tiempo a la familia real… ¡A por ellos!

-          ¡Por la revolución! – Gritó uno de ellos, y todos lo corearon, para después entrar en el pasadizo y perderse de vista, dejando allí a Ele, hecha un mar de lágrimas.
-          ¿Por qué lloras? – Le preguntó Cerilla, revoloteando a su alrededor. - ¿No era esto lo que quería?
No, dijo Eleanor. No quería que los mataran o que les hicieran nada. No quería perderlos. Su único deseo era conocer el mundo exterior. Nunca quiso que el interior desapareciera.
-          Me pediste aventuras. – Le recordó Cerilla. - ¿Y crees que el Rey te habría dejado correr aventuras?
-          N-no, pero…

-          Te habría cazado, y tú habrías tenido que huir. La huida, o el encierro. Y eso no habría sido ninguna aventura. Me pediste aventuras, Eleanor… Y ahora tienes ante ti todas las aventuras que puedas imaginar.
-          P-Pero, ¿Por qué? ¿Por qué me convenciste? – Había sido ella, Cerilla, la que había comenzado con todo aquello, la que le había hablado de las barreras y la llave. La que la había sacado de allí. - ¿Por qué tuviste que meterlos a ellos?

-          Te prometí aventuras a cambio de la llave, princesa… - Dijo la criaturita parecida a un hada, de dientes afilados. – Pero no fuiste la única a la que le prometí cosas. También hice tratos con Lim Ojo de Cuervo. Sus padres murieron, en la hambruna del año pasado, el mismo que se unió a los rebeldes. Quería ayudar a la gente, quería hacer un cambio. Me pidió la revolución. Y los demonios solemos cumplir lo que prometemos.
Del interior del túnel se oían los gritos de una batalla, lejanos pero aún audibles. - ¿Te das cuenta? El regicidio de Lim Ojo de Cuervo llevará a un enardecimiento del pueblo llano, y aunque la guardia logrará expulsarlo del castillo, la llama ya estará prendida. La llama del cambio, de la revolución.
El gorro de gnomo que le cubría la cabeza comenzó a arder, formando una llama que la cubrió como una suerte de melena ardiente. – Ya sabes lo que dicen… Hasta el incendio más grande, comienza con una simple cerilla.

Cerilla, hada del campo ardiendo


Eleanor retrocedió, dándose cuenta de la magnitud de su error. Dándose cuenta de lo que había hecho, de cómo había ayudado a prender la mecha de la hoguera. Había quitado la piedra base, abierto un boquete por el que los enardecidos rebeldes habían conseguido entrar a palacio, con intenciones regicidas. Había jugado perfectamente el papel que Cerilla quería para ella, y el hada-demonio le había entregado el palacio al revolucionario en bandeja de plata. Y ella…
-          Ahora, según yo lo veo, tienes dos opciones. – Continuó Cerilla. – Puedes huir, sobrevivir, y vivir una vida llena de aventuras. Quién sabe, tal vez en el futuro tus caminos te traigan de vuelta. O puedes entrar ahí… - Revoloteó. – Morirás en poco tiempo, pero hasta ese momento, tu vida también estará llena de aventuras. ¿Lo ves? Yo no soy mala… Solamente cumplo mi palabra.
Eleanor tragó saliva. Entrar allí, o huir. Esas eran sus dos opciones… Pero ya sabía cuál iba a elegir. Había leído suficientes historias como para saberlo. Viviría. Sí, sobreviviría y correría todas las aventuras que hiciera falta. Viajaría a lugares lejanos, se haría más fuerte y, algún día, volvería a casa. Algún día, reclamaría lo que era suyo, como todos aquellos príncipes desterrados de las historias. Hasta cierto punto, lo sentía por el hada-demonio. Iba a hacerlo por el camino largo, y hasta entonces, pensaba ocuparse de que la hadita cumpliera su parte del trato.

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-          ¿Lo entiendes ya, Lim? – Terminó de contar Cerilla, emitiendo su risa cantarina mientras revoloteaba entre los dos guerreros. - ¿Entiendes lo que provocaste cuando comenzaste esta revolución, esta guerra, hace ya quince largos años? Me pediste una revolución, y yo te la concedí… Pero todos mis deseos tienen un pago.
-          Lo recuerdo. – Replicó éste. Espada en mano, en guardia y sin apartar la mirada del enemigo. – Me ofreciste una revolución, y a cambio, me pediste una venganza. “A cambio, otra persona tendrá que matar a la persona más influyente de Kingsia”. ¡Y lo hice! ¡Dejé que mis hombres se repartieran la vida del rey como mejor les conviniera!
-          No hablaba del Rey en aquel entonces. – Replicó, divertida, Cerilla. – Hablaba de ti. Tú eres la persona más influyente de Kingsia, lo fuiste desde que hicimos el trato y se abrió gracias a ti la puerta del castillo. La cabeza visible de los revolucionarios... Lim Ojo de Cuervo.

La guerra había sido larga y dura, y las casas nobiliarias se habían blindado en sus fortalezas y castillos, afianzando sus tropas y protegiéndose contra las fuerzas rebeldes. Había sido duro y habían perdido a muchos valientes por el camino, pero quince años después, Lim Ojo de Cuervo y su Bandada habían logrado depurar al reino de una casta nobiliaria vieja, infecta y demasiado apegada a sus costumbres y feudos. Habían echado a los indeseables, y habían ganado la guerra.
Y ahora, cuando Lim se había asentado en las antiguas dependencias reales para gobernar el pueblo, cuando se había dado cuenta de lo cómoda que resultaba aquella vida, recibía de nuevo la visita del pequeño demonio feérico de cabeza llameante, acompañado de un único guerrero que, ocultando su identidad con el yelmo, se había abierto paso hasta el interior del castillo sin que ninguno de sus guardias, antiguos rebeldes, lo hubiera visto.
Pero, tras esa historia… Lim dio un paso atrás, mientras el guerrero se quitaba el yelmo y lo dejaba caer.

-          Mi nombre es Eleanor I. – Se presentó la guerrera, con la espada desenvainada y en guardia. -  Hija de unos padres asesinados, amiga de unos sirvientes asesinados, y heredera al trono de Kingsia. Habrás ganado la guerra, Lim, pero nunca reinarás. Porque la leyenda dice que sólo puede ser rey aquel que tenga la fuerza necesaria para proteger a su reino y la sangre necesaria para dominar el palacio. Y yo tengo las dos cosas. Las puertas del pasadizo secreto que una vez abrí para escapar se han abierto otra vez ante mí, y ahora he vuelto a casa, lista para echar de ella a los usurpadores que la ocupan, y para reclamar mi destino.
-          Todo eso es muy bonito, princesa… Pero el momento de los reyes pasó. – Replicó él, con su propia espada también desenvainada. – Ahora es tiempo de la revolución, del pueblo.

-          Y por más que miro, sigo sin ver por aquí  a nadie que no seáis tú y tus hombres. He pasado los últimos quince años con el pueblo, Lim… Y te aseguro que no tienen una habitación tan grande como la tuya, o la de tus auto-proclamados rebeldes. Estáis convirtiéndoos en la mismo contra lo que pretendíais luchar. Ya no quieren ser liberados por vosotros, quieren ser liberados de vosotros.

La pequeña Eleanor había pensado que su destino era ser secuestrada por un dragón, pero Eleanor se dio cuenta de que tal vez era ese precisamente su destino, aunque sólo fuera para entrar en su guarida y encontrar a todos los campesinos y las provisiones que se había llevado al saquear el pueblo. Había pensado que tenía que casarse con un guerrero capaz de rescatarla y combatir a sus secuestradores, cuando ella era la única guerrera que necesitaba en el trono. Ella era la que había combatido a bandidos y maleantes de los caminos y había comprobado de primera mano las dificultades que encontraban los campesinos de a pie, y éstos lo habían visto.
-          Los rumores cuentan que la princesa sobrevivió, y que volverá a reclamar su trono. He venido a hacerlos realidad. Estoy aquí para recuperar lo que me pertenece. Acabemos con esto.


-          Y así, - Concluye Cerilla. – se cierra el círculo. Una revolución por una venganza, y un destino por una llave. El Rey de Kingsia estaba preocupado por cómo se había distanciado de su pueblo, por una casta nobiliaria endogámica y podrida. El malestar crecía en su reino, y sabía que él no sobreviviría a aquello. Por eso puso toda su fe en Eleanor, pidiéndome que la convirtiera en una reina cercana al pueblo, alguien que ha vivido entre ellos y conoce sus tribulaciones y entiende las consecuencias de sus acciones. El trabajo de Lim era eliminar la sucia nobleza apegada al poder, apaciguando los ánimos de los rebeldes y allanándole el camino a Eleanor, para que, a su vuelta, el pueblo la reconociese como uno de los suyos, con historias y canciones sobre sus aventuras y sobre los dragones y enemigos que había abatido. Y, al ser coronada reina de nuevo, Eleanor comprendiese que, en el fondo, el jefe final de una mazmorra mágica no es más que un esqueleto tan esqueleto como el resto.
Para, de esa manera, convertirse en Eleanor I de Kingsia, la Reina Aventurera. La Rescatadora de Dragones, la Intrépida. Muchas historias más podrían escribirse sobre Eleanor I, sobre cómo sus medidas ayudaron a que su pueblo prosperara, y cómo hizo retroceder a los elfos del norte y los pantanos del sur para glorificar a Kingsia. Pero eso, tal vez, necesite otra historia, y otro momento.

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-          Ya veo. – El hombre tenía un traje verde de empresario, y una gabardina a juego, al igual que el fedora que había en la mesilla de la cafetería y contra la que se apoyaba cierta hada, con una corta camiseta rosa y de cabeza llameante. – No suelo apoyar ese tipo de causas, pero sé reconocer un trabajo satisfactorio cuando lo veo.
-          Claro que sí. – Replicó el hada. – Han pasado mil años, y su estirpe sigue en el trono. Es curioso, no sé… No importa cuántos años pasen, tengan espadas y arcos o pistolas y androides tecnomágicos, los humanos siempre tendrán ese algo que nos atrae a los demonios indefectiblemente. No sé cómo llamarlo, pero…

-          Sí. – Accedió el del traje, llamado Cheshire. – Son entretenidos. ¿Cómo quieren que nos resistamos a eso?