sábado, 7 de enero de 2017

Magpie y Mockingbird

La ciudad duerme.
Es hermosa cuando duerme. Su horizonte, surcado de edificios, familiar. A mi derecha yace el río Nebro, cuyas aguas tranquilas cobijan espíritus nocturnos. A la izquierda, la Arena, un enorme coliseo donde los más fieros guerreros se mentan las madres entre sí o contra droides en desafíos predeterminados, cada sábado de forma oficial, y cada miércoles de forma no oficial, lo que hace que el lunes y el martes los corredores de apuestas mueven el triple de dinero, y yo tenga el doble de trabajo. Más allá está el desguace, lleno de espíritus vagabundos y poco recomendables.
El distrito de negocios de Mygdar, por su parte, se alza en el centro, rodeado por un suave descenso en el nivel de los edificios al pasar al área comercial hasta llegar a la zona residencial donde se hallaba mi casa. Una ciudad próspera, tanto sobre la ley como por debajo de ella. Mi ciudad.

Pero Mygdar no puede describirse si mencionar la pieza más importante de su arquitectura pregoriana, un mastodóntico templo a Klynea y Malthais, los antiguos dioses de la vida y la muerte. Tras más de tres mil años de culto, ya nadie veneraba a Kliné y Morian (Distintos nombres, los mismos dioses) como personas, espíritus ni dioses realmente. Eran más bien conceptos. La vida y la muerte, el amanecer y el ocaso, el placer y el dolor. Y la magia, la magia en medio de todas ellas.
Hoy en día, el culto a Kliné y Morian no es más que una escuela filosófica y un modo de vida, pero, a pesar de todo, los dos dioses siguen teniendo un templo en ésta ciudad.

Y, en lo alto de su pináculo, estaba yo. Una figura oscura ondeando al viento de la noche, una vigilante silenciosa. Mis ojos, tras la máscara negra, repasaron las luces que tanto conocían, las avenidas, los parques y las distintas barriadas, hasta que al final, distinguieron dos formas que se acercaban volando.
- Hugin, Mugin. – Saludé a mis dos cuervos. Mis amigos. Mis sentidos, en cierto modo. Si patrullas los barrios bajos en persona, la gente se esconderá, pero… Nadie vigila para que no vengan los cuervos.
No saben hasta dónde llega su error. Estiro mi brazo, y Hugin y Mugin se posan suavemente, con un leve susurro de sus garras contra el protector del antebrazo, y me miraron con sus ojos inteligentes, esperando a que yo comenzara, como siempre, el contacto.
Aprendí a contactar telepáticamente con los animales hace sólo un par de años: Mi hermano fue quien me enseñó. Un bicho raro, que a los diez años apenas salía de casa. O eso pensaba yo. Pero los perros del vecindario no pensaban lo mismo. Ni los gatos, ni los pájaros, ni siquiera la colonia de imps que vivía en solar a tres manzanas. A su lado, yo, que sólo había podido entablar conversación con Hugin y Mugin, no era más que una principiante.

Pero ellos eran todo lo que necesitaba, al menos por el momento. Rápidos, silenciosos, listos y perspicaces, habían sabido dónde ir, dónde mirar y qué escuchar, y ahora me traían las buenas nuevas: Los objetivos a los que había estado vigilando durante las últimas semanas se habían puesto en movimiento, por fin, y habían recuperado de su escondite el botín que estaba buscando: Una astilla de Styrx, el Árbol Negro que crece en la capital. El corazón de un vampiro.
Generalmente, se hacen añicos cuando los vampiros se mueren, volviendo, por la tierra, al Árbol Negro, pero es posible obtenerlos intactos. La operación es tremendamente complicada y tremendamente ilegal – después de todo, los vampiros también son personas – pero, si eres un señor de la mafia, merece la pena. Porque según Mockingbird, mi ayudante, purificando la astilla de Styrx, es posible conseguir un Núcleo Dracónico.

Y digamos que me quedaría más tranquila si ninguno de los señores criminales de ésta ciudad tuviera en su poder un núcleo dracónico. Acortaría mucho mi vida, no sólo como patrullera enmascarada, también mi vida en general.
Por eso era tan importante aquella Astilla de Styrx, y por eso tenía tanto interés en esperar hasta que aquellos sicarios la sacasen de su escondite, y en hacerme con ella una vez lo hicieran.
En silencio, gracias a la magia de las alas de mi traje, caí junto al coche que se encontraba ante el templo, y miré en su interior, en el que había un joven que también portaba un disfraz… Es decir, un traje muy similar al mío. Y estaba durmiendo, mientras la guitarra que usaba como arma descansaba junto a él.
- ¡Arriba! – Le desperté al entrar en el lado del conductor. – Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés muerto.
- ¡Oye! – Despertó de golpe. - ¡No estaba durmiendo, estaba, eh… meditando sobre nuestro siguiente objetivo! ¡Como tú ahí arriba! Además, ¿Qué quieres que haga, si me sacas de casa a estas horas de la noche? No todos somos bichos raros nocturnos como tú.
- Yo no te he sacado de ninguna parte. – Repliqué, frustrada, sin saber por qué había escogido como ayudante a alguien como él. Me era útil, eso sí, tanto por la fortuna de sus padres como por su habilidad con las máquinas. Aun así, nada impedía que yo, una experta en el arte de la queja, como solían decir mis padres, protestase. – Y si tan bicho raro crees que soy, no sé qué haces aquí. Podrías dedicar tus noches a cualquier otra cosa.
- Está bien, tranquila. – Replicó él, conciliador. – Sólo pensaba en que eres la única chica que conozco que me ha llevado a atrapar criminales en la primera cita.
- Ahí estaba otra vez. Maldito Mockingbird… – Esto no es una cita. – Repliqué, con voz sorda. – Vamos.

Y el coche arrancó, llevándose con él el sonido de su risa, y permitiéndome pasar la mirada una vez más por el templo. Vida y muerte, amanecer, y ocaso. Él, Mockingbird, y yo, Magpie. Dualidades. Todo son dualidades. Y, en el medio, la magia.

Pero, en este caso, no sería la magia la que nos llevaría hasta la Astilla de Styrx, sino la tecnología GPS del coche de Mockingbird, la Global Positioning Spirit, que nos llevó directos al piso franco donde guardaban la Astilla. Un piso que, para cuando llegamos, estaba vacío. En el rato que habíamos tardado desde mi puesto de observación, en el que habían tardado los cuervos en avisarme… ¡Pues claro! - ¡Maldición! – Pateé el suelo de piso vacío, mientras Mockingbird miraba alrededor, con la guitarra a la espalda por si acaso.

¿Cómo podía ser tan tonta? Me quité la máscara de pájaro y sentí deseos de estrellarla contra el suelo. ¿Por qué siempre que tenía meticulosos planes para salirme con la mía, había detallitos como aquél que hacían que todo saltase por los aires? En clase decían que era demasiado cuidadosa, que intentaba abarcar demasiado con mi mente. Percibía demasiadas cosas. Mi hermano contrarrestaba ese exceso de estímulos con sus consolas, aislándose del mundo, pero yo… Yo era torpe y descuidada. Y en ocasiones como aquella, volvía a morderme en el culo de formas humillantemente obvias.

- Emmm… ¿Magpie? – Mockingbird también se había bajado la máscara, y ahora manipulaba velozmente la pantallita luminosa que tenía ante él. - Yo no hablo pájaro, pero... ¿Te dijeron tus amigos cómo era el coche de los malos?
- ¿Qué importa eso? – Repliqué, sabiendo que eso no cambiaba nada. La habíamos fastidiado, habíamos llegado demasiado tarde. Ellos podrían estar ahora en cualquier sitio, había una zona demasiado grande para buscar.
- Perdona que te diga, pero no es así. – Replicó él, con una sonrisa que me hacía entender por qué las chicas del instituto se morían por estar con él. – Permíteme.
Con un par de toques en la pantalla, ante nosotros se formó una imagen en el aire, mostrando un plano de la zona. – El sofá todavía estaba caliente cuando llegamos, así que hemos fallado por unos minutos. Están cerca, y, cuando me digas cómo es su coche, podremos rastrearlo usando la red de vigilancia de Mygdar.
- ¿Has entrado en la red de vigilancia de Mygdar? – Repliqué, incrédula. La gente normal tenía como hobbies ver las peleas de la Arena o practicar magia culinaria, no adentrarse en las redes de vigilancia municipal. Aunque yo no podía quejarme, la verdad.
- Sí, bueno… - Él se rascó la nuca, con una sonrisa culpable. – En realidad sólo activé la backdoor que descubrí cuando entré hace un par de días.
- ¿Y para qué hiciste eso?
- Para impresionar a una chica. – Replicó él, con todo el desparpajo del mundo, para luego guiñarme un ojo. - ¿Estás impresionada?
Si realmente se refería a mí, tendría que dedicarse a ello más concienzudamente. No era muy impresionable… Aunque sí apreciaba el esfuerzo.
Por suerte, Hugin y Mugin habían registrado en su memoria el coche y la matrícula de nuestros objetivos, y no tardamos mucho en identificarlos, y en trazar su dirección. Y, una vez hecho, supimos a dónde se dirigían. - ¡El desguace!

Era evidente, si uno lo pensaba. El desguace de las afueras de la ciudad era prácticamente tierra de nadie, lleno de espíritus abandonados y droides renegados que habían logrado escapar de la arena. No era un lugar donde la gente que iba a cerrar tratos oscuros tuviera muchas distracciones. Al menos, no las tenían hasta hace un par de años. No las tenían, hasta que yo decidí que ésta ciudad necesitaba una heroína.
Y ahora me tenía a mí. Tenía a Magpie.


El orco cerró la puerta de la furgoneta gris, mirando a su alrededor. Un escenario tétrico, cuanto menos, con todas aquellas torres hechas de coches aplastados y comprimidos hasta formar bloques de construcción. Una ciudad hecha, en cierto modo, de cadáveres de coches. Un lugar muerto.
- ¿Estás seguro de que era aquí? – Le gruñó a su compañero, el humano, que tenía un maletín en la mano y se había encendido un pitillo para combatir el frío, apoyado en una de las farolas que iluminaban la entrada. – Éste lugar me pone los pelos de punta.
- Tranquilízate, hombre. – Replicó su compañero. – Sólo tenemos que entregar el paquete y largarnos, ¿De acuerdo? Sólo estamos en la entrada… No sabía que te asustasen un par de droides renegados…
- No me asustan los habitantes del desguace. – Replicó el orco. – Pero durante todo el camino aquí… Estoy seguro de que nos seguían.
- Estás paranoico, ya te lo he dicho. – El humano dio una calada. – Ocurre cuando llevas uno de éstos, que tienes la sensación de que la pasma lo sabe y en cualquier momento te van a atrapar.
- No es eso, es sólo que… - Comenzó su compañero, molesto, pero un fuerte graznido lo cortó.
Un cuervo se posó a pocos metros de ellos.
- ¿Eh?
Otro cuervo graznó desde la farola que les daba luz. Y entonces, cuando levantaron la mirada, vieron que no eran únicamente aves lo que los acompañaba aquella noche. - ¡Por la madre de…!
La figura alada cayó sobre ellos en silencio, pero ellos no hicieron lo mismo. Retirándose del punto de impacto, el orco, Uruk, sacó una pistola, con la que se dispuso a disparar a la figura oscura. Magpie la envolvió en una de las alas negras de su traje y se la arrancó de la mano, y a continuación le arreó una patada a la rodilla y otra al pecho, intentando derribarlo para ir tras el humano del maletín.

Pero el orco era más duro de lo previsto, y los golpes de la enmascarada no eran suficientes para aturdirlo. Agarrando el tobillo de Magpie, sacó un cuchillo, que trató de usar contra ella. Revolviéndose y usando de apoyo la pierna que él había agarrado, volvió a patearle ésta vez en plena cara, sin aturdirlo aún, pero permitiéndole recuperar la movilidad. Y, una vez en pleno uso de sus facultades y tras un primer asalto, Magpie pudo poner en práctica su magia. Sacando ella también un cuchillo, cruzó aceros un par de veces con el orco, pero logró acercarse lo suficiente, y entonces su magia entró en acción.

El orco se tambaleó, notando cómo sus sentidos comenzaban a turbarse. Cerca era lejos, arriba podía ser abajo, y el suelo no dejaba de moverse. Era un hechizo de confusión básico, sin muchas pretensiones, pero era lo que necesitaba Magpie para comenzar, y tras un par de golpes más, logró tumbar al orco y éste dejó de ser un problema.
Se lanzó, entonces, en pos del otro, pero el humano no era tonto, y en vez de sacar absurdas navajas o pistolas contra ella, lo que había sacado era la astilla de Styrx.
- ¡Atrás! – Dijo, a varios metros de ella. Magpie se detuvo. – Sé lo que es esto, niña. Y sé lo que puede hacer, aunque no esté purificado del todo. Sé que, si lo utilizo, ni siquiera tú serás capaz de detenerme. – Ambicioso, entrecerró los ojos. – No quieres que lo venda, pero desde luego, no quieres que lo use aquí y ahora. Así que retrocede, niña. Largo de aquí… O lo usar- ¡Argh! – Gritó, tomado por sorpresa y comenzando a temblar, aquejado de violentas convulsiones. La astilla cayó al suelo, y él lo hizo poco después, inconsciente. Tras él, estaba un enmascarado Mockingbird, empuñando una pistola eléctrica descargada. – ¿No te enseñó tu madre a no jugar con magia que no supieras controlar? – Dijo, jovialmente, mientras Magpie se acercaba y recogía el fragmento mágico. - ¿Eh? ¿Qué te parece, Magpie? ¿Ha sido guay o no? Sólo he necesitado un golpe, y encima te he salvado el pellejo.
- Eso es porque te había dejado el blandito. – Replicó ella, aliviada de que se hubiera acabado, a pesar de todo. – Intenta hacerle eso mismo a un orco, a ver que te dice. En fin, otro trabajo más terminado con éxito. – Le estrechó la mano al chico. – Astilla recuperada, criminales atrapados…
- Ahora sólo nos queda empaquetar todo para regalo y dárselo a las autoridades. Esto es lo que yo llamo, una señora ci…
- Calla. – Replicó ella, sin soltarle la mano. Se acercó a él, y elocuentemente, miró hacia arriba.
Cuando el chico siguió su mirada, se dio cuenta de lo que quería decir. Allí, sobre una torre de escombros de coches, se erguía una silueta oscura, en completo silencio. Una forma humana.
- El comprador. – Musitó Mockingbird, comprendiendo.
Dos ojos rojos se iluminaron en lo que debía de ser la cabeza, y los chicos sintieron un escalofrío. Y cuando la figura se abrió la capa, pudieron ver, a la luz de la farola, las múltiples cuchillas y armas que había adheridas a la armadura de combate del nuevo visitante.
- Peor aún. – Magpie tragó saliva. – Es mi padre. ¡Corre!
Echaron a correr, en desbandada, mientras la figura más negra que la noche se elevaba en un vuelo mágico, antinatural, lanzándose en su caza. Y Mockingbird, el jovencito y risueño Mockingbird, se sintió por una vez como el pajarito que le daba el nombre. Pequeño, indefenso, y a merced de un depredador cuyas habilidades estaban más allá de su nivel.
No sabía mucho del padre de Magpie. Sabía que nunca estaba en casa, que siempre estaba ocupado con trabajos de alto nivel, y que no era buena idea meter las narices en el tema. Pero ahora, era él, en persona, el que los perseguía, si es que Magpie había dicho la verdad. Y, por el tono de voz de la joven y por la urgencia con la que lo había tomado de la muñeca y había echado a correr, aquello era muy, muy malo.
Magpie, por su parte, notaba su corazón palpitar en sus oídos. Su padre… Maldita sea, no había esperado verlo allí. No en aquellas circunstancias. Sus padres no sabían de su hobby nocturno, y por lo que a ella respectaba, no lo sabrían nunca. Y encontrarse con él, más aún en aquellas circunstancias…
Corriendo por os pasadizos que había entre los montones de basura, Magpie podía notar su mente, acechándolos en silencio, detrás de ellos, ganando terreno a cada paso y a cada salto. Una mente asesina, acostumbrada a desafíos mucho más avanzados que dos jóvenes que juegan a ser patrulleros.
Y ella lo sabía. Conocía los riesgos, Sabía que, antes o después, acabaría pasando. Si metía el pico en asuntos turbios, tarde o temprano tendría un encontronazo con él. Y tenía que ser así, en cierto modo. Pero Mockingbird no. Él no se lo merecía. Era demasiado inexperto, demasiado ingenuo para aquello. Ella se había entrenado, se había hecho a la idea. Pero él sólo estaba pasando el rato.
No, aquella no era tarea para Mockingbird. Su tarea era correr, correr hasta la estación de policía más cercana. Eso fue lo que le dijo la joven al ver allí la salida del desguace, aún perseguidos por los letales ojos rojos.
- ¿Y tú? – Vaciló él. - ¿Qué harás tú?
- Yo me enfrentaré a mi destino. – Replicó Magpie. – Es a mí a quien busca, y si lo enfrento, podré darte el tiempo necesario para huir.
- Pero…
Pero nada. No había peros cuando se trataba de su padre. Si Rick se enfrentaba a él, Magpie no sabía lo que podría ocurrir. No tenía ni media oportunidad si se quedaba. Así que Magpie lo soltó, empujándolo hacia la salida, y saltó sobre un pedazo de chatarra, impulsándose para lanzarse contra la figura que saltaba en dirección contraria.

Sus aceros chocaron en el aire, y los luchadores se posaron suavemente en el suelo, en idénticos ademanes. Sus alas se revolvieron tras ellos, volviendo a transformarse en capas. A un lado, la máscara de pájaro de Magpie. Al otro, la de ojos rojos de su padre. Ella adoptó una posición de combate, y se lanzó hacia él, sin previo aviso. Él la detuvo, sin problemas, y procedió a realizar un contraataque apropiado.
Ya no era un matón que tirase de navaja para asustar a los rivales. Aquel combate era de un nivel mucho más superior, y más de una vez, Magpie tuvo que poner en práctica todos sus reflejos para evitar ser reducida a rodajas por las cuchillas de su padre.
Saltó hacia atrás, y cuando él trató de acuchillarla de nuevo, aprovechando su inestabilidad temporal, ella le envolvió mano y cuchillo con su capa, atrapándoselos y permitiéndole lanzar una llave apoyándose en su brazo para atrapar su cabeza entre las piernas y, aturdiéndolo, lanzarlo hacia un lado.

Ambos se separaron, con sendas piruetas para recuperar el equilibrio, y volvieron a enzarzarse, pero Magpie sabía que ésta vez no sería tan fácil como con el orco. Sabía que ésta vez no contaba con su arma principal, sus poderes telepáticos, al menos no si no quería que él hiciera lo mismo. Contra su padre, estaba condenada a luchar usando únicamente sus brazos y piernas.
Y puede que estuviera muy bien adiestrada, puede que manejase el cuchillo como una profesional, puede que sus golpes pusieran verde de envidia a más de uno en la arena… Pero, en el fondo, Magpie no era más que una adolescente. Y en el fondo, siempre supo que no había ninguna posibilidad de que ganase a su padre.

Con un barrido, él la hizo dar un traspié, lo que la obligó a retroceder y a perder inercia. La golpeó en el plexo solar, y Magpie se quedó sin respiración, doblándose hacia, y permitiendo que él, con un revés, la estampase contra la montaña de chatarra que tenían al lado, que cayó sobre ella, sepultándola parcialmente e imposibilitando cualquier tipo de defensa que pudiera poner entre ellos. La figura masculina la inmovilizó, pisando una barra que había quedado sobre el pecho de Magpie, y se inclinó hacia ella, con aquella máscara con los ojos brillando en rojo.
Había perdido. Magpie tragó saliva, humillada dentro de su máscara de pájaro. Era su oportunidad para brillar, y había perdido por una tontería. Al menos, se dijo, le había dado tiempo al Mockingbird. Al menos, Rick – el nombre real del chico – estaba ya fuera de peligro.

No está mal. – Dijo una voz ahogada procedente del interior. – Pero aún estar lejos. Mientras no seas capaz de prestar atención a tus alrededores, estás perdida. Y ahora… creo que tienes algo que me pertenece.
Pero la batalla aún no había terminado: Un relámpago alcanzó la espalda del vencedor, enviándolo un par de metros más allá. La figura negra se levantó, envuelta en la capa, y los miró con sus ojos rojos, mientras algún pequeño relámpago residual recorría su traje.
- El único que tiene que prestar atención a sus alrededores... es usted. – Dijo Mockingbird, ayudando a levantar a Magpie. – Creo que no nos conocíamos. Soy el nuevo compañero de su hija.
- Muy caballeroso… - Dijo la figura enmascarada ante ellos. – Pero muy estúpido, yendo junto a ella. Ahora sois dos blancos en un mismo sitio.
- Tiene razón... - Murmuró Magpie, recuperándose.
- ¡No por mucho tiempo! – Gritó él, sacando la guitarra, reforzada mágicamente para convertirse en su arma de elección, y lanzándose contra la oscura figura, sin darle tiempo a reaccionar.
Magpie tampoco pudo reaccionar. Sólo pudo acabar de levantarse entre la chatarra y alargar el brazo hacia el chico, gritando “¡No!”. Pero él no la escuchó, y le dio un guitarrazo a la figura que había ante él. O, mejor dicho, a la capa y la máscara que actuaban como señuelo. Magpie podía imaginarse su cara de estupor al golpear en vacío, y la que puso cuando su padre, ahora sin capa, se colocó tras él, empuñando el cuchillo contra su garganta.
Habían perdido.
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Suspiré, pasando por encima de los escombros y chatarra y acercándome. El juego había acabado. – Déjalo, padre.
Rick podría tener todos los aparatos que quisiera, la última tecnología y las frases más resultonas de los cómics, pero en el fondo, la patrullera era yo. Él sólo era un chaval de instituto con un traje mágico. No necesitaba correr los mismos riesgos. – Has ganado.
Él se apartó de Rick, y, con un movimiento, envainó también su cuchillo.
- Estás en lo cierto. – Dijo, volviéndose hacia ella mientras Rick recuperaba el aliento. Se apartó la tela que le ocultaba el rostro una vez sin máscara y la encaró, mostrando sus ojos rasgados y su cabello fino negro. – Pero tengo que reconocer que has mejorado.

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Ella también se desenmascaró, dejando de ser la enmascarada Magpie para ser Freya Cold, la compañera de clase de Rick, de ojos rasgados y mirada fría y seria. - ¿Tú crees? He caído como una tonta cuando me has lanzado contra las basuras.
- Lo cual no habría importado. – Replicó su padre, tomándola del hombro de forma afectuosa. – Porque ya le habías entregado la Astilla a tu compañero, al verme por primera vez, cuando le estrechaste la mano. Tener éxito no siempre implica ganar la batalla. Si tu amigo no hubiera vuelto a por más, efectivamente me habríais ganado.
- No pensaba dejar tirada a Freya ante el peligro. – Replicó Rick, quitándose también la máscara de Mockingbird, con cierta expresión de fastidio. – Aunque yo sea el único que ve ese peligro.
- Lo siento, Rick, debí habértelo dicho. – Suspiró Freya, acercándose a su amigo. – Es la primera vez que me topo con mi padre así vestida, pero es tradición que cada vez que nos encontremos, evalúe mis habilidades en un simulacro de combate. Sabía lo que iba a pasar cuando lo vi ahí, y pensé que avisarte le quitaría realismo a la situación.
- Lo sacaste del juego tan pronto como pudiste, - Añadió el hombre. – Pero, aun así, él volvió a por ti. Has hecho amigos. Eso me gusta.
- Entonces… Nada de esto era real, ¿no? – Suspiró Rick. Sabía que ir con Frey a patrullar por las noches iba a ser una locura cuando aceptó, y sabía que su familia era una locura (no en vano tenía dos madres y un padre) pero no imaginó que ambas se entrelazarían de aquella manera. – Entonces, ¿Todo esto era un test para comprobar tus habilidades? Los sicarios, la astilla… ¿Todo era falso? – Sacó el pequeño objeto negro, que relució en sus manos.
Pero no, no era falso, les explicó el señor Cold, que, según Rick pudo saber, trabajaba en un cuerpo de operaciones especiales del Gobierno.
Básicamente, hace lo mismo que yo, pero a nivel nacional. – Apuntó Freya, y el chico vio que se le hinchaba el pecho y notó cierto orgullo en su voz.
Y él también le seguía la pista a la astilla de Styrx, aunque lo había hecho por el mercado negro, interceptando al comprador original para sustituirlo.
Lo único que nos quedaba era averiguar quién era el proveedor original, y es lo que pensaba averiguar una vez atrapase a los dos maleantes de ahí atrás. Imagina mi sorpresa cuando vi que mi propia hija me estaba quitando el trabajo.
- Pero, ¿Cómo supo que era su hija? – Preguntó Rick, que aún no estaba del todo convencido. – Es decir, íbamos con máscaras, trajes, distorsionadores de voz…
La mirada que le lanzó el padre de Freya fue más que elocuente.
- ¿De verdad crees que no era consciente del pasatiempo de mi hija? Tenme un poco de fe, hombre.
Él fue quien me enseñó todo lo que sé. – Añadió Freya, mientras se aproximaban de nuevo a la entrada, donde los dos sicarios seguían inconscientes con su furgoneta. – O bueno, casi todo.
Por cierto, chico, buen golpe. – Le felicitó el señor Cold, examinando el cuerpo del humano. – Esa forma de acercarte por detrás para luego arrearle un calambre… ¿Cómo lo hiciste para que no se diera cuenta?
 - Bueno... – Rick acarició su guitarra, inseguro. Era un poco extraño que alguien de las fuerzas especiales, un cuerpo de élite, te preguntase que cómo eres tan eficiente. – He instalado un cancelador de sonido aquí, en la caja de resonancia. – Suspiró y miró a Freya, que parecía reconocer su esfuerzo. – La gente normalmente cree que ella es la sigilosa, por su aspecto, así que aprovecho que me dejan de prestar atención y…
- Tecnología Salazar… - Dijo el señor Keith, y, a su pesar, Rick tuvo que darle la razón. La pericia de su familia con las máquinas rivalizaba con la de los enanos. - ¿Crees que podrías tener una versión portátil para mañana por la mañana? Te pagaré por ello.
Él arqueó la ceja, aún más incrédulo, pero asintió.
- ¿Eso quiere decir que te quedarás unos días? – Preguntó Freya, con los ojos brillantes. El trabajo de su padre hacía que tuviera que ausentarse de casa con frecuencia, por lo que ella procuraba atesorar todos sus momentos juntos. - ¡Bien!
- Bueno, mi misión era descubrir al propietario original de la Astilla de Styrx, - El señor Cold se encogió de hombros. – y por lo que parece ya me has hecho el trabajo, hija, así que siempre que compartas la información, supongo que puedo tomarme algunos días libres. Le diré a mi jefa que mi hija me ha invitado a conocer su novio Salazar.
- Espera, espera… ¿¡Cómo que novio!? – Replicó Frey, mientras Rick se partía de risa.
- Te lo dije, Frey…– Alcanzó a decirle, bromeando. – No intentes negarlo…
- ¡Por supuesto que pienso negarlo! – Gruñó ella, indignada.
- No te preocupes, hija… Está bien. – Le siguió tomando el pelo su padre. – Con todo el dinero que tienen, no pienso ponerte ninguna pega.
Y Freya siguió protestando, mientras se ponían en marcha hacia la ciudad, de nuevo, una ciudad cuyas luces iluminaban la noche.


La ciudad no duerme. Desde los espíritus del río Nebro hasta los despachos de negocios donde los becarios hacían horas extra, desde la Arena con sus competiciones clandestinas hasta el desguace con sus transacciones de bienes robados, Mygdar es una ciudad que zumbaba de magia y vida por la noche. Un lugar donde, hasta hace un par de años, la magia oscura supuraba por doquier, y los anfibios nigromantes dominaban las alcantarillas. Pero ahora, ésta ciudad cuenta con una nueva guardiana silenciosa. Una protectora nocturna, una vigilante alada.
Mi nombre es Freya Cold, tengo quince años, y esta es mi ciudad. Vivo en un chalet en la zona residencial, y voy de compras al mismo centro comercial que el setenta y cinco por ciento de las jóvenes de quince años de Mygdar. Pero, cuando el sol se pone, cuando me reúno con Mockingbird, cuando me alzo junto a mis cuervos en el pináculo más alto del templo…

Entonces, soy Magpie.

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