sábado, 7 de enero de 2017

Magpie y Mockingbird

La ciudad duerme.
Es hermosa cuando duerme. Su horizonte, surcado de edificios, familiar. A mi derecha yace el río Nebro, cuyas aguas tranquilas cobijan espíritus nocturnos. A la izquierda, la Arena, un enorme coliseo donde los más fieros guerreros se mentan las madres entre sí o contra droides en desafíos predeterminados, cada sábado de forma oficial, y cada miércoles de forma no oficial, lo que hace que el lunes y el martes los corredores de apuestas mueven el triple de dinero, y yo tenga el doble de trabajo. Más allá está el desguace, lleno de espíritus vagabundos y poco recomendables.
El distrito de negocios de Mygdar, por su parte, se alza en el centro, rodeado por un suave descenso en el nivel de los edificios al pasar al área comercial hasta llegar a la zona residencial donde se hallaba mi casa. Una ciudad próspera, tanto sobre la ley como por debajo de ella. Mi ciudad.

Pero Mygdar no puede describirse si mencionar la pieza más importante de su arquitectura pregoriana, un mastodóntico templo a Klynea y Malthais, los antiguos dioses de la vida y la muerte. Tras más de tres mil años de culto, ya nadie veneraba a Kliné y Morian (Distintos nombres, los mismos dioses) como personas, espíritus ni dioses realmente. Eran más bien conceptos. La vida y la muerte, el amanecer y el ocaso, el placer y el dolor. Y la magia, la magia en medio de todas ellas.
Hoy en día, el culto a Kliné y Morian no es más que una escuela filosófica y un modo de vida, pero, a pesar de todo, los dos dioses siguen teniendo un templo en ésta ciudad.

Y, en lo alto de su pináculo, estaba yo. Una figura oscura ondeando al viento de la noche, una vigilante silenciosa. Mis ojos, tras la máscara negra, repasaron las luces que tanto conocían, las avenidas, los parques y las distintas barriadas, hasta que al final, distinguieron dos formas que se acercaban volando.
- Hugin, Mugin. – Saludé a mis dos cuervos. Mis amigos. Mis sentidos, en cierto modo. Si patrullas los barrios bajos en persona, la gente se esconderá, pero… Nadie vigila para que no vengan los cuervos.
No saben hasta dónde llega su error. Estiro mi brazo, y Hugin y Mugin se posan suavemente, con un leve susurro de sus garras contra el protector del antebrazo, y me miraron con sus ojos inteligentes, esperando a que yo comenzara, como siempre, el contacto.
Aprendí a contactar telepáticamente con los animales hace sólo un par de años: Mi hermano fue quien me enseñó. Un bicho raro, que a los diez años apenas salía de casa. O eso pensaba yo. Pero los perros del vecindario no pensaban lo mismo. Ni los gatos, ni los pájaros, ni siquiera la colonia de imps que vivía en solar a tres manzanas. A su lado, yo, que sólo había podido entablar conversación con Hugin y Mugin, no era más que una principiante.

Pero ellos eran todo lo que necesitaba, al menos por el momento. Rápidos, silenciosos, listos y perspicaces, habían sabido dónde ir, dónde mirar y qué escuchar, y ahora me traían las buenas nuevas: Los objetivos a los que había estado vigilando durante las últimas semanas se habían puesto en movimiento, por fin, y habían recuperado de su escondite el botín que estaba buscando: Una astilla de Styrx, el Árbol Negro que crece en la capital. El corazón de un vampiro.
Generalmente, se hacen añicos cuando los vampiros se mueren, volviendo, por la tierra, al Árbol Negro, pero es posible obtenerlos intactos. La operación es tremendamente complicada y tremendamente ilegal – después de todo, los vampiros también son personas – pero, si eres un señor de la mafia, merece la pena. Porque según Mockingbird, mi ayudante, purificando la astilla de Styrx, es posible conseguir un Núcleo Dracónico.

Y digamos que me quedaría más tranquila si ninguno de los señores criminales de ésta ciudad tuviera en su poder un núcleo dracónico. Acortaría mucho mi vida, no sólo como patrullera enmascarada, también mi vida en general.
Por eso era tan importante aquella Astilla de Styrx, y por eso tenía tanto interés en esperar hasta que aquellos sicarios la sacasen de su escondite, y en hacerme con ella una vez lo hicieran.
En silencio, gracias a la magia de las alas de mi traje, caí junto al coche que se encontraba ante el templo, y miré en su interior, en el que había un joven que también portaba un disfraz… Es decir, un traje muy similar al mío. Y estaba durmiendo, mientras la guitarra que usaba como arma descansaba junto a él.
- ¡Arriba! – Le desperté al entrar en el lado del conductor. – Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés muerto.
- ¡Oye! – Despertó de golpe. - ¡No estaba durmiendo, estaba, eh… meditando sobre nuestro siguiente objetivo! ¡Como tú ahí arriba! Además, ¿Qué quieres que haga, si me sacas de casa a estas horas de la noche? No todos somos bichos raros nocturnos como tú.
- Yo no te he sacado de ninguna parte. – Repliqué, frustrada, sin saber por qué había escogido como ayudante a alguien como él. Me era útil, eso sí, tanto por la fortuna de sus padres como por su habilidad con las máquinas. Aun así, nada impedía que yo, una experta en el arte de la queja, como solían decir mis padres, protestase. – Y si tan bicho raro crees que soy, no sé qué haces aquí. Podrías dedicar tus noches a cualquier otra cosa.
- Está bien, tranquila. – Replicó él, conciliador. – Sólo pensaba en que eres la única chica que conozco que me ha llevado a atrapar criminales en la primera cita.
- Ahí estaba otra vez. Maldito Mockingbird… – Esto no es una cita. – Repliqué, con voz sorda. – Vamos.

Y el coche arrancó, llevándose con él el sonido de su risa, y permitiéndome pasar la mirada una vez más por el templo. Vida y muerte, amanecer, y ocaso. Él, Mockingbird, y yo, Magpie. Dualidades. Todo son dualidades. Y, en el medio, la magia.

Pero, en este caso, no sería la magia la que nos llevaría hasta la Astilla de Styrx, sino la tecnología GPS del coche de Mockingbird, la Global Positioning Spirit, que nos llevó directos al piso franco donde guardaban la Astilla. Un piso que, para cuando llegamos, estaba vacío. En el rato que habíamos tardado desde mi puesto de observación, en el que habían tardado los cuervos en avisarme… ¡Pues claro! - ¡Maldición! – Pateé el suelo de piso vacío, mientras Mockingbird miraba alrededor, con la guitarra a la espalda por si acaso.

¿Cómo podía ser tan tonta? Me quité la máscara de pájaro y sentí deseos de estrellarla contra el suelo. ¿Por qué siempre que tenía meticulosos planes para salirme con la mía, había detallitos como aquél que hacían que todo saltase por los aires? En clase decían que era demasiado cuidadosa, que intentaba abarcar demasiado con mi mente. Percibía demasiadas cosas. Mi hermano contrarrestaba ese exceso de estímulos con sus consolas, aislándose del mundo, pero yo… Yo era torpe y descuidada. Y en ocasiones como aquella, volvía a morderme en el culo de formas humillantemente obvias.

- Emmm… ¿Magpie? – Mockingbird también se había bajado la máscara, y ahora manipulaba velozmente la pantallita luminosa que tenía ante él. - Yo no hablo pájaro, pero... ¿Te dijeron tus amigos cómo era el coche de los malos?
- ¿Qué importa eso? – Repliqué, sabiendo que eso no cambiaba nada. La habíamos fastidiado, habíamos llegado demasiado tarde. Ellos podrían estar ahora en cualquier sitio, había una zona demasiado grande para buscar.
- Perdona que te diga, pero no es así. – Replicó él, con una sonrisa que me hacía entender por qué las chicas del instituto se morían por estar con él. – Permíteme.
Con un par de toques en la pantalla, ante nosotros se formó una imagen en el aire, mostrando un plano de la zona. – El sofá todavía estaba caliente cuando llegamos, así que hemos fallado por unos minutos. Están cerca, y, cuando me digas cómo es su coche, podremos rastrearlo usando la red de vigilancia de Mygdar.
- ¿Has entrado en la red de vigilancia de Mygdar? – Repliqué, incrédula. La gente normal tenía como hobbies ver las peleas de la Arena o practicar magia culinaria, no adentrarse en las redes de vigilancia municipal. Aunque yo no podía quejarme, la verdad.
- Sí, bueno… - Él se rascó la nuca, con una sonrisa culpable. – En realidad sólo activé la backdoor que descubrí cuando entré hace un par de días.
- ¿Y para qué hiciste eso?
- Para impresionar a una chica. – Replicó él, con todo el desparpajo del mundo, para luego guiñarme un ojo. - ¿Estás impresionada?
Si realmente se refería a mí, tendría que dedicarse a ello más concienzudamente. No era muy impresionable… Aunque sí apreciaba el esfuerzo.
Por suerte, Hugin y Mugin habían registrado en su memoria el coche y la matrícula de nuestros objetivos, y no tardamos mucho en identificarlos, y en trazar su dirección. Y, una vez hecho, supimos a dónde se dirigían. - ¡El desguace!

Era evidente, si uno lo pensaba. El desguace de las afueras de la ciudad era prácticamente tierra de nadie, lleno de espíritus abandonados y droides renegados que habían logrado escapar de la arena. No era un lugar donde la gente que iba a cerrar tratos oscuros tuviera muchas distracciones. Al menos, no las tenían hasta hace un par de años. No las tenían, hasta que yo decidí que ésta ciudad necesitaba una heroína.
Y ahora me tenía a mí. Tenía a Magpie.


El orco cerró la puerta de la furgoneta gris, mirando a su alrededor. Un escenario tétrico, cuanto menos, con todas aquellas torres hechas de coches aplastados y comprimidos hasta formar bloques de construcción. Una ciudad hecha, en cierto modo, de cadáveres de coches. Un lugar muerto.
- ¿Estás seguro de que era aquí? – Le gruñó a su compañero, el humano, que tenía un maletín en la mano y se había encendido un pitillo para combatir el frío, apoyado en una de las farolas que iluminaban la entrada. – Éste lugar me pone los pelos de punta.
- Tranquilízate, hombre. – Replicó su compañero. – Sólo tenemos que entregar el paquete y largarnos, ¿De acuerdo? Sólo estamos en la entrada… No sabía que te asustasen un par de droides renegados…
- No me asustan los habitantes del desguace. – Replicó el orco. – Pero durante todo el camino aquí… Estoy seguro de que nos seguían.
- Estás paranoico, ya te lo he dicho. – El humano dio una calada. – Ocurre cuando llevas uno de éstos, que tienes la sensación de que la pasma lo sabe y en cualquier momento te van a atrapar.
- No es eso, es sólo que… - Comenzó su compañero, molesto, pero un fuerte graznido lo cortó.
Un cuervo se posó a pocos metros de ellos.
- ¿Eh?
Otro cuervo graznó desde la farola que les daba luz. Y entonces, cuando levantaron la mirada, vieron que no eran únicamente aves lo que los acompañaba aquella noche. - ¡Por la madre de…!
La figura alada cayó sobre ellos en silencio, pero ellos no hicieron lo mismo. Retirándose del punto de impacto, el orco, Uruk, sacó una pistola, con la que se dispuso a disparar a la figura oscura. Magpie la envolvió en una de las alas negras de su traje y se la arrancó de la mano, y a continuación le arreó una patada a la rodilla y otra al pecho, intentando derribarlo para ir tras el humano del maletín.

Pero el orco era más duro de lo previsto, y los golpes de la enmascarada no eran suficientes para aturdirlo. Agarrando el tobillo de Magpie, sacó un cuchillo, que trató de usar contra ella. Revolviéndose y usando de apoyo la pierna que él había agarrado, volvió a patearle ésta vez en plena cara, sin aturdirlo aún, pero permitiéndole recuperar la movilidad. Y, una vez en pleno uso de sus facultades y tras un primer asalto, Magpie pudo poner en práctica su magia. Sacando ella también un cuchillo, cruzó aceros un par de veces con el orco, pero logró acercarse lo suficiente, y entonces su magia entró en acción.

El orco se tambaleó, notando cómo sus sentidos comenzaban a turbarse. Cerca era lejos, arriba podía ser abajo, y el suelo no dejaba de moverse. Era un hechizo de confusión básico, sin muchas pretensiones, pero era lo que necesitaba Magpie para comenzar, y tras un par de golpes más, logró tumbar al orco y éste dejó de ser un problema.
Se lanzó, entonces, en pos del otro, pero el humano no era tonto, y en vez de sacar absurdas navajas o pistolas contra ella, lo que había sacado era la astilla de Styrx.
- ¡Atrás! – Dijo, a varios metros de ella. Magpie se detuvo. – Sé lo que es esto, niña. Y sé lo que puede hacer, aunque no esté purificado del todo. Sé que, si lo utilizo, ni siquiera tú serás capaz de detenerme. – Ambicioso, entrecerró los ojos. – No quieres que lo venda, pero desde luego, no quieres que lo use aquí y ahora. Así que retrocede, niña. Largo de aquí… O lo usar- ¡Argh! – Gritó, tomado por sorpresa y comenzando a temblar, aquejado de violentas convulsiones. La astilla cayó al suelo, y él lo hizo poco después, inconsciente. Tras él, estaba un enmascarado Mockingbird, empuñando una pistola eléctrica descargada. – ¿No te enseñó tu madre a no jugar con magia que no supieras controlar? – Dijo, jovialmente, mientras Magpie se acercaba y recogía el fragmento mágico. - ¿Eh? ¿Qué te parece, Magpie? ¿Ha sido guay o no? Sólo he necesitado un golpe, y encima te he salvado el pellejo.
- Eso es porque te había dejado el blandito. – Replicó ella, aliviada de que se hubiera acabado, a pesar de todo. – Intenta hacerle eso mismo a un orco, a ver que te dice. En fin, otro trabajo más terminado con éxito. – Le estrechó la mano al chico. – Astilla recuperada, criminales atrapados…
- Ahora sólo nos queda empaquetar todo para regalo y dárselo a las autoridades. Esto es lo que yo llamo, una señora ci…
- Calla. – Replicó ella, sin soltarle la mano. Se acercó a él, y elocuentemente, miró hacia arriba.
Cuando el chico siguió su mirada, se dio cuenta de lo que quería decir. Allí, sobre una torre de escombros de coches, se erguía una silueta oscura, en completo silencio. Una forma humana.
- El comprador. – Musitó Mockingbird, comprendiendo.
Dos ojos rojos se iluminaron en lo que debía de ser la cabeza, y los chicos sintieron un escalofrío. Y cuando la figura se abrió la capa, pudieron ver, a la luz de la farola, las múltiples cuchillas y armas que había adheridas a la armadura de combate del nuevo visitante.
- Peor aún. – Magpie tragó saliva. – Es mi padre. ¡Corre!
Echaron a correr, en desbandada, mientras la figura más negra que la noche se elevaba en un vuelo mágico, antinatural, lanzándose en su caza. Y Mockingbird, el jovencito y risueño Mockingbird, se sintió por una vez como el pajarito que le daba el nombre. Pequeño, indefenso, y a merced de un depredador cuyas habilidades estaban más allá de su nivel.
No sabía mucho del padre de Magpie. Sabía que nunca estaba en casa, que siempre estaba ocupado con trabajos de alto nivel, y que no era buena idea meter las narices en el tema. Pero ahora, era él, en persona, el que los perseguía, si es que Magpie había dicho la verdad. Y, por el tono de voz de la joven y por la urgencia con la que lo había tomado de la muñeca y había echado a correr, aquello era muy, muy malo.
Magpie, por su parte, notaba su corazón palpitar en sus oídos. Su padre… Maldita sea, no había esperado verlo allí. No en aquellas circunstancias. Sus padres no sabían de su hobby nocturno, y por lo que a ella respectaba, no lo sabrían nunca. Y encontrarse con él, más aún en aquellas circunstancias…
Corriendo por os pasadizos que había entre los montones de basura, Magpie podía notar su mente, acechándolos en silencio, detrás de ellos, ganando terreno a cada paso y a cada salto. Una mente asesina, acostumbrada a desafíos mucho más avanzados que dos jóvenes que juegan a ser patrulleros.
Y ella lo sabía. Conocía los riesgos, Sabía que, antes o después, acabaría pasando. Si metía el pico en asuntos turbios, tarde o temprano tendría un encontronazo con él. Y tenía que ser así, en cierto modo. Pero Mockingbird no. Él no se lo merecía. Era demasiado inexperto, demasiado ingenuo para aquello. Ella se había entrenado, se había hecho a la idea. Pero él sólo estaba pasando el rato.
No, aquella no era tarea para Mockingbird. Su tarea era correr, correr hasta la estación de policía más cercana. Eso fue lo que le dijo la joven al ver allí la salida del desguace, aún perseguidos por los letales ojos rojos.
- ¿Y tú? – Vaciló él. - ¿Qué harás tú?
- Yo me enfrentaré a mi destino. – Replicó Magpie. – Es a mí a quien busca, y si lo enfrento, podré darte el tiempo necesario para huir.
- Pero…
Pero nada. No había peros cuando se trataba de su padre. Si Rick se enfrentaba a él, Magpie no sabía lo que podría ocurrir. No tenía ni media oportunidad si se quedaba. Así que Magpie lo soltó, empujándolo hacia la salida, y saltó sobre un pedazo de chatarra, impulsándose para lanzarse contra la figura que saltaba en dirección contraria.

Sus aceros chocaron en el aire, y los luchadores se posaron suavemente en el suelo, en idénticos ademanes. Sus alas se revolvieron tras ellos, volviendo a transformarse en capas. A un lado, la máscara de pájaro de Magpie. Al otro, la de ojos rojos de su padre. Ella adoptó una posición de combate, y se lanzó hacia él, sin previo aviso. Él la detuvo, sin problemas, y procedió a realizar un contraataque apropiado.
Ya no era un matón que tirase de navaja para asustar a los rivales. Aquel combate era de un nivel mucho más superior, y más de una vez, Magpie tuvo que poner en práctica todos sus reflejos para evitar ser reducida a rodajas por las cuchillas de su padre.
Saltó hacia atrás, y cuando él trató de acuchillarla de nuevo, aprovechando su inestabilidad temporal, ella le envolvió mano y cuchillo con su capa, atrapándoselos y permitiéndole lanzar una llave apoyándose en su brazo para atrapar su cabeza entre las piernas y, aturdiéndolo, lanzarlo hacia un lado.

Ambos se separaron, con sendas piruetas para recuperar el equilibrio, y volvieron a enzarzarse, pero Magpie sabía que ésta vez no sería tan fácil como con el orco. Sabía que ésta vez no contaba con su arma principal, sus poderes telepáticos, al menos no si no quería que él hiciera lo mismo. Contra su padre, estaba condenada a luchar usando únicamente sus brazos y piernas.
Y puede que estuviera muy bien adiestrada, puede que manejase el cuchillo como una profesional, puede que sus golpes pusieran verde de envidia a más de uno en la arena… Pero, en el fondo, Magpie no era más que una adolescente. Y en el fondo, siempre supo que no había ninguna posibilidad de que ganase a su padre.

Con un barrido, él la hizo dar un traspié, lo que la obligó a retroceder y a perder inercia. La golpeó en el plexo solar, y Magpie se quedó sin respiración, doblándose hacia, y permitiendo que él, con un revés, la estampase contra la montaña de chatarra que tenían al lado, que cayó sobre ella, sepultándola parcialmente e imposibilitando cualquier tipo de defensa que pudiera poner entre ellos. La figura masculina la inmovilizó, pisando una barra que había quedado sobre el pecho de Magpie, y se inclinó hacia ella, con aquella máscara con los ojos brillando en rojo.
Había perdido. Magpie tragó saliva, humillada dentro de su máscara de pájaro. Era su oportunidad para brillar, y había perdido por una tontería. Al menos, se dijo, le había dado tiempo al Mockingbird. Al menos, Rick – el nombre real del chico – estaba ya fuera de peligro.

No está mal. – Dijo una voz ahogada procedente del interior. – Pero aún estar lejos. Mientras no seas capaz de prestar atención a tus alrededores, estás perdida. Y ahora… creo que tienes algo que me pertenece.
Pero la batalla aún no había terminado: Un relámpago alcanzó la espalda del vencedor, enviándolo un par de metros más allá. La figura negra se levantó, envuelta en la capa, y los miró con sus ojos rojos, mientras algún pequeño relámpago residual recorría su traje.
- El único que tiene que prestar atención a sus alrededores... es usted. – Dijo Mockingbird, ayudando a levantar a Magpie. – Creo que no nos conocíamos. Soy el nuevo compañero de su hija.
- Muy caballeroso… - Dijo la figura enmascarada ante ellos. – Pero muy estúpido, yendo junto a ella. Ahora sois dos blancos en un mismo sitio.
- Tiene razón... - Murmuró Magpie, recuperándose.
- ¡No por mucho tiempo! – Gritó él, sacando la guitarra, reforzada mágicamente para convertirse en su arma de elección, y lanzándose contra la oscura figura, sin darle tiempo a reaccionar.
Magpie tampoco pudo reaccionar. Sólo pudo acabar de levantarse entre la chatarra y alargar el brazo hacia el chico, gritando “¡No!”. Pero él no la escuchó, y le dio un guitarrazo a la figura que había ante él. O, mejor dicho, a la capa y la máscara que actuaban como señuelo. Magpie podía imaginarse su cara de estupor al golpear en vacío, y la que puso cuando su padre, ahora sin capa, se colocó tras él, empuñando el cuchillo contra su garganta.
Habían perdido.
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Suspiré, pasando por encima de los escombros y chatarra y acercándome. El juego había acabado. – Déjalo, padre.
Rick podría tener todos los aparatos que quisiera, la última tecnología y las frases más resultonas de los cómics, pero en el fondo, la patrullera era yo. Él sólo era un chaval de instituto con un traje mágico. No necesitaba correr los mismos riesgos. – Has ganado.
Él se apartó de Rick, y, con un movimiento, envainó también su cuchillo.
- Estás en lo cierto. – Dijo, volviéndose hacia ella mientras Rick recuperaba el aliento. Se apartó la tela que le ocultaba el rostro una vez sin máscara y la encaró, mostrando sus ojos rasgados y su cabello fino negro. – Pero tengo que reconocer que has mejorado.

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Ella también se desenmascaró, dejando de ser la enmascarada Magpie para ser Freya Cold, la compañera de clase de Rick, de ojos rasgados y mirada fría y seria. - ¿Tú crees? He caído como una tonta cuando me has lanzado contra las basuras.
- Lo cual no habría importado. – Replicó su padre, tomándola del hombro de forma afectuosa. – Porque ya le habías entregado la Astilla a tu compañero, al verme por primera vez, cuando le estrechaste la mano. Tener éxito no siempre implica ganar la batalla. Si tu amigo no hubiera vuelto a por más, efectivamente me habríais ganado.
- No pensaba dejar tirada a Freya ante el peligro. – Replicó Rick, quitándose también la máscara de Mockingbird, con cierta expresión de fastidio. – Aunque yo sea el único que ve ese peligro.
- Lo siento, Rick, debí habértelo dicho. – Suspiró Freya, acercándose a su amigo. – Es la primera vez que me topo con mi padre así vestida, pero es tradición que cada vez que nos encontremos, evalúe mis habilidades en un simulacro de combate. Sabía lo que iba a pasar cuando lo vi ahí, y pensé que avisarte le quitaría realismo a la situación.
- Lo sacaste del juego tan pronto como pudiste, - Añadió el hombre. – Pero, aun así, él volvió a por ti. Has hecho amigos. Eso me gusta.
- Entonces… Nada de esto era real, ¿no? – Suspiró Rick. Sabía que ir con Frey a patrullar por las noches iba a ser una locura cuando aceptó, y sabía que su familia era una locura (no en vano tenía dos madres y un padre) pero no imaginó que ambas se entrelazarían de aquella manera. – Entonces, ¿Todo esto era un test para comprobar tus habilidades? Los sicarios, la astilla… ¿Todo era falso? – Sacó el pequeño objeto negro, que relució en sus manos.
Pero no, no era falso, les explicó el señor Cold, que, según Rick pudo saber, trabajaba en un cuerpo de operaciones especiales del Gobierno.
Básicamente, hace lo mismo que yo, pero a nivel nacional. – Apuntó Freya, y el chico vio que se le hinchaba el pecho y notó cierto orgullo en su voz.
Y él también le seguía la pista a la astilla de Styrx, aunque lo había hecho por el mercado negro, interceptando al comprador original para sustituirlo.
Lo único que nos quedaba era averiguar quién era el proveedor original, y es lo que pensaba averiguar una vez atrapase a los dos maleantes de ahí atrás. Imagina mi sorpresa cuando vi que mi propia hija me estaba quitando el trabajo.
- Pero, ¿Cómo supo que era su hija? – Preguntó Rick, que aún no estaba del todo convencido. – Es decir, íbamos con máscaras, trajes, distorsionadores de voz…
La mirada que le lanzó el padre de Freya fue más que elocuente.
- ¿De verdad crees que no era consciente del pasatiempo de mi hija? Tenme un poco de fe, hombre.
Él fue quien me enseñó todo lo que sé. – Añadió Freya, mientras se aproximaban de nuevo a la entrada, donde los dos sicarios seguían inconscientes con su furgoneta. – O bueno, casi todo.
Por cierto, chico, buen golpe. – Le felicitó el señor Cold, examinando el cuerpo del humano. – Esa forma de acercarte por detrás para luego arrearle un calambre… ¿Cómo lo hiciste para que no se diera cuenta?
 - Bueno... – Rick acarició su guitarra, inseguro. Era un poco extraño que alguien de las fuerzas especiales, un cuerpo de élite, te preguntase que cómo eres tan eficiente. – He instalado un cancelador de sonido aquí, en la caja de resonancia. – Suspiró y miró a Freya, que parecía reconocer su esfuerzo. – La gente normalmente cree que ella es la sigilosa, por su aspecto, así que aprovecho que me dejan de prestar atención y…
- Tecnología Salazar… - Dijo el señor Keith, y, a su pesar, Rick tuvo que darle la razón. La pericia de su familia con las máquinas rivalizaba con la de los enanos. - ¿Crees que podrías tener una versión portátil para mañana por la mañana? Te pagaré por ello.
Él arqueó la ceja, aún más incrédulo, pero asintió.
- ¿Eso quiere decir que te quedarás unos días? – Preguntó Freya, con los ojos brillantes. El trabajo de su padre hacía que tuviera que ausentarse de casa con frecuencia, por lo que ella procuraba atesorar todos sus momentos juntos. - ¡Bien!
- Bueno, mi misión era descubrir al propietario original de la Astilla de Styrx, - El señor Cold se encogió de hombros. – y por lo que parece ya me has hecho el trabajo, hija, así que siempre que compartas la información, supongo que puedo tomarme algunos días libres. Le diré a mi jefa que mi hija me ha invitado a conocer su novio Salazar.
- Espera, espera… ¿¡Cómo que novio!? – Replicó Frey, mientras Rick se partía de risa.
- Te lo dije, Frey…– Alcanzó a decirle, bromeando. – No intentes negarlo…
- ¡Por supuesto que pienso negarlo! – Gruñó ella, indignada.
- No te preocupes, hija… Está bien. – Le siguió tomando el pelo su padre. – Con todo el dinero que tienen, no pienso ponerte ninguna pega.
Y Freya siguió protestando, mientras se ponían en marcha hacia la ciudad, de nuevo, una ciudad cuyas luces iluminaban la noche.


La ciudad no duerme. Desde los espíritus del río Nebro hasta los despachos de negocios donde los becarios hacían horas extra, desde la Arena con sus competiciones clandestinas hasta el desguace con sus transacciones de bienes robados, Mygdar es una ciudad que zumbaba de magia y vida por la noche. Un lugar donde, hasta hace un par de años, la magia oscura supuraba por doquier, y los anfibios nigromantes dominaban las alcantarillas. Pero ahora, ésta ciudad cuenta con una nueva guardiana silenciosa. Una protectora nocturna, una vigilante alada.
Mi nombre es Freya Cold, tengo quince años, y esta es mi ciudad. Vivo en un chalet en la zona residencial, y voy de compras al mismo centro comercial que el setenta y cinco por ciento de las jóvenes de quince años de Mygdar. Pero, cuando el sol se pone, cuando me reúno con Mockingbird, cuando me alzo junto a mis cuervos en el pináculo más alto del templo…

Entonces, soy Magpie.

domingo, 1 de enero de 2017

La Reina y la Llama



El reino de Kingsia era un lugar convulso para los humanos. Con el Imperio Elfo al norte, que siempre era una amenaza – los elfos, elegantes y altivos, dominaban la magia como nadie – y la impenetrable jungla de la diosa Enna, que se extendía a través de más de quinientos kilómetros al sur hasta deshacerse en manglares y pantanos, en Cabo Verde, y era hábitat de temibles bestias anfibias y aguerridas tribus guerreras, guardadas por aquellos invencibles soldados-jaguar.
Y, en el medio, entre magos y jaguares, entre elfos y quimeras, estaban los humanos. El pequeño y frágil reino de Kingsia, o así era como se sentían, a pesar de que durante los distintos países habían ido uniendo sus fuerzas, con deseo común de protegerse de las amenazas a norte y sur, e incluso de los piratas que acosaban sus costas este y oeste.

No era fácil salir adelante para los humanos, que cuando no tenían que vérselas con la sequía que auguraba hambruna invernal, tenían que hacerlo con bandidos, y siempre teniendo en cuenta que debían dar el diezmo al noble de turno, algo que pocos de ellos, o ninguno, veían con buenos ojos. ¿Por qué tenían que alimentar una nobleza y una monarquía que no hacían más que asentarse en sus privilegios?
Por fortuna, ninguna de estas tribulaciones llegaba hasta la pequeña Eleanor, de diez años, la princesa y primogénita del trono de Kingsia, que, en aquel fresco día del tres de mayo del año 1506 dT decidió aprovechar el maravilloso día dando un paseo por el gran jardín del que disfrutaban sus padres. Comprobó que los caballos de las caballerizas reales estaban bien alimentados, y que los conejitos seguían saltando alegres, saludó a las hadas de la colmena de la arboleda, pastoras de abejas que proveían de miel al palacio, y a los gnomos que hacían sus casitas entre las raíces, cuyo trabajo era asegurarse de que la infraestructura del edificio seguía siendo sólida como una roca y de reparar los desperfectos. Luego rodó por la pradera, manchando su castaña melena de briznas de hierba y tierra, para ser reprendida por su nodriza.

Tampoco alcanzó ninguna de estas tribulaciones a la pequeña Eleanor, primogénita al trono de Kingsia, el fresco día de cuatro de mayo del año 1506 dT, cuando decidió aprovechar para dar un paseo por el gran jardín de sus padres. Visitó los caballos, los conejitos, los criados, las hadas y los gnomos, y volvió con su nodriza, que volvió a regañarla por la suciedad de sus cabellos y su vestido.
El cinco de mayo Eleanor hizo exactamente lo mismo, con pocas variaciones, y así podríamos seguir durante muchos días. Día tras día, semana tras semana, Eleanor no tenía que preocuparse por su supervivencia… Pero también tenía sus propios problemas. Era por su seguridad, decía su nodriza. Era por su bien, decía su madre. Era por el reino, decía el Rey. Pero ninguno la dejaba salir de allí. Todos los días, cuando la pequeña Eleanor alzaba la mirada hacia el infinito, buscando el amanecer del sol, o el perfil de la ciudad de Regium en la que se encontraba, se topaba con los gruesos muros de piedra y magia al otro lado de la gran Fortaleza Real.
Los muros que, según su aya, las protegían de las maldades del mundo exterior, y tras los cuales se encontraban peligros sin fin. Pero también…

Tras esos muros estaban las historias. Historias de intrépidos aventureros, que se adentraban en sinuosas mazmorras para recuperar tesoros legendarios de civilizaciones perdidas tiempo atrás. Historias de enanos que luchaban contra dragones para reclamar su tierra, y de elfos cuyos romances prohibidos con humanos revolvían al mundo entero. Y Eleanor soñaba. Soñaba con encontrar genios en lámparas viejas que le permitieran vivir aventuras, o que se convertía en vieja por una maldición y salía del castillo, disfrazada de criada, para conocer a un mago apuesto que le enseñase a lanzar conjuros.
Sí, Eleanor soñaba mucho. Soñaba que vivía una vida llena de aventuras y de cosas por hacer. Pero sus ojos siempre tropezaban con la sólida pared de piedra y magia del final del jardín del castillo. Y ella tenía que conformarse en su jaula de oro, con sus clases de protocolo y sus paseos por la arboleda, saludando a hadas y enanos, y asomándose al mundo a través de la biblioteca.
Hasta aquel día.

-          Bueno, yo creo que en realidad sí que te gusta estar aquí. – Le dijo aquel día una de las hadas, que revoloteaba a su alrededor. Eleanor no recordaba haberla visto antes, pero al fin y al cabo, la vida de las hadas no era larga, y cuando le contó que el gorro rojo que llevaba puesto se lo había quitado a un gnomo, se echó a reír y no tardaron en hacerse amigas. – Piénsalo Ele, tienes todo lo que necesitas. Comida, sitio para jugar, gente que te quiere…
-          Pero no sé, Cerilla. – Replicó Ele, haciendo una mueca de disgusto y poniéndose a horcajadas sobre una rama. Si su nodriza la viera, manchar así el vestido… - Ya sé, sí, dentro se está bien, fuera sólo hay gente mala… Pero quiero, no sé, sólo quiero un día ahí fuera. ¡Quiero ver gente, mercados, cabañas, bosques! – Levantó los brazos. - ¡Quiero sentir emoción! Yo… ¡Epa! – Al levantar las manos para gesticular, la princesa se resbaló de la rama y se arrojó al vacío, pero Cerilla la detuvo agarrándola por la parte trasera del corsé. – Tal… tal vez un tipo de emoción más cerca del suelo. – Admitió. – Pero por muy bien que esté, yo quiero salir. ¡Ya no soy un bebé al que andar protegiendo! ¡Incluso me hacen llevar corsé como a una señorita!
El hada se echó a reír con aquella risa tonta que tenían todas las hadas, como si les hubieran pagado – o hechizado – para encontrar gracioso y divino todo lo que Eleanor decía.
-          ¡No te rías! – Gritó, fastidiada. - ¡Yo sé lo que quiero!
-          ¿Estás segura? – El hada dio una voltereta en el aire, y volvió a alisar la falda rosa con las manos. – Pues yo sigo creyendo que tú en realidad quieres quedarte aquí. Quieres que esa señora tan mayor y tan fofa siga mandándote lo que debes hacer y cómo debes comer la sopa. – La princesa hizo una mueca aún más profunda, pero Cerilla continuó. – Yo creo que en realidad lo que quieres es seguir aquí con tus comodidades. Si no, te habrías ido hace mucho tiempo ya.
-          Pero, ¿Qué estás diciendo? – Replicó Eleanor. - ¡Eso es mentira, y lo sabes! ¡Ni mamá ni la aya me dejan salir de aquí!
-          ¿Y? – Replicó el hada, entrecerrando sus ojillos negros. - ¿Quiénes son ellas para decirle a una Reina qué debe o qué no debe hacer?
Lo dijo de una manera que Eleanor sintió un escalofrío recorrer su columna, y su enfado desapareció en gran medida.

Pero no era tan sencillo. Su madre y aya eran una cosa… Pero su padre, el Rey, era el responsable último de su presencia allí, de su encierro. Era él quien controlaba los hechizos de los muros, y todo para mantenerla allí, para asegurar su descendencia. Porque la leyenda decía que sólo se sentaría en el trono de Kingsia un guerrero lo suficientemente fuerte para mandar, pero sólo podría mantenerse en él alguien que tuviera la sangre real de su lado.
Y, por tanto, Eleanor sabía que ese era su destino, ser la “sangre real” necesaria para que un fuerte guerrero se casara con ella y se convirtiera en rey.
-          Seguramente habrá una maldición y dormirás durante muchos años antes de que alguien atraviese un bosque de espinos para verte… - Cerilla se echó a reír. – O no, o ya sé, te encerrarán en una torre muy alta protegida por un dragón para asegurarse de que te rescate alguien muy fuerte… Qué triste, de una mansión, a una torre.
-          ¡No digas tonterías! – Ella hizo un puchero, sintiendo ganas de llorar por lo deprimente de su futuro.
-          Bueno, no sé si el destino en piedra o no… - Revoloteó Cerilla a su alrededor. – Pero lo que sé es que no dice nada de lo que hagas hasta entonces. Si vas a pasar tu adolescencia confinada en una torre con un dragón, ¿Por qué no aprovechar ahora que puedes salir para ver un poco del mundo?
La princesa se exasperó. ¿Cómo iba a entenderlo Cerilla? ¡No podía salir! Estaba allí atrapada por los escudos mágicos milenarios. El rey era el único ante quien obedecían, pero sería imposible engañar a su padre para que colaborase.

-          Pero si esos hechizos son milenarios, eso significa que tu padre no es el creador, ¿No es así? – Dijo, pensativa, Cerilla. – Significa que antes de tu padre, obedecían a su padre, y a su padre antes que él. Significa que esos hechizos no obedecen a la persona. Obedecen a la sangre real.
Y, al fin y al cabo, ese era su destino, pensó Eleanor, sorprendida. Ser la sangre real necesaria para controlar el castillo. ¿Por qué no comenzaba a ponerlo en práctica? Sólo necesitaba una pequeña llave mágica que había en el dormitorio del Rey, que, según Cerilla, abría un pequeño pasadizo por debajo del jardín.
-          Todas las hadas y gnomos saben que existe, pero no sirve de nada mientras nadie abra la barrera. Eres la única que puedes hacerlo, Ele. – La hadita sonrió. – Hazlo. Trae la llave, y yo te prometeré aventuras sin límite. Te prometeré que serás la protagonista de tu propia historia.
Aventuras sin límite… Los ojos de Eleanor brillaron, ambiciosos, mientras estrechaba la mano del hadita y le prometía que así sería. Tomaría esa llave, y abrirían juntas la puerta a su libertad. No más libros en la cabeza, no más reglazos cuando sorbía la sopa, no más dignatarios aburridos y niños nobles adormilados cuyos padres planeaban casarlos con ella.
No más destinos que cumplir.
A la hora acordada, Eleanor se encontraba con Cerilla en el lugar acordado, la puerta del fondo del jardín, más allá de la arboleda. Cubierta de musgo, vieja y ajada, como si no se hubiera usado nunca. Pero la llave encajó a la perfección. La puerta estaba abierta, y, una vez Cerilla le explicó cómo le había visto hacer a su padre, la pequeña princesa no tardó mucho en ver aquella especie de velo transparente que se interponía ante ella. Tan tenue, pero tan sólido. Tan hermoso, pero tan aprisionador. Una jaula de oro. Su jaula.

Pero ahora, Ele tenía la llave.
Así que, pronunciando las palabras mágicas, colocó la mano ante el velo, y observó cómo éste comenzaba a deshacerse a su alrededor, dejando un agujero lo suficientemente grande como para que pasara una niña.


Aquel día seis de mayo, Eleanor ya no rodó por el prado. No saludó a los caballos en los establos, ni a los gnomos en sus casitas. El día seis de mayo, aya no pudo regañar como siempre a la pequeña princesa, porque Eleanor no estaba.
Eleanor estaba ocupada, maravillándose y aterrándose al mismo tiempo con todo lo que había en el exterior. El pasadizo desembocaba en una alcantarilla, un túnel que iba por debajo de la ciudad que se encargaba de drenar toda el agua que se acumulaba en las torrenciales lluvias que podían llegar a anegar el valle entre las colinas. Allí fue donde Cerilla le hizo cambiarse, para que no llamara la atención. Ocultó su melena castaña bajo un sombrero de tela vieja, y el resto de su apariencia real y caras vestiduras se cambiaron por ropas viejas de criado. No querían que los hombres del Rey pudieran reconocerla, ¿verdad?

Así, de esa guisa, con un gorro que la hacía parecer un niño y unas ropas que la hacían parecer pobre, Ele salió al mercado. Al mayor mar de gente que había visto en su vida.
Gente comprando, vendiendo, gritando su mercancía o disputándose por la última trucha del día. Gente yendo y viniendo, ignorándola por completo. ¡Ignorándola! A nadie le importaba que estuviera encorvada o sucia, y de hecho, muchos viandantes la empujaron al pasar. Aquel anonimato era prácticamente la invisibilidad para la princesa. Era algo nuevo y excitante, algo que le hacía dar ganas de explorar, de ver el resto de la ciudad. Sus colores, sus olores, sus sonidos… Aquella algarabía emitida por la masa humana, una masa única y caótica que iba y venía como las hojas de los árboles agitados por el viento…
Corrió arriba y abajo por el mercado, admirando las pulseras y joyas en los puestos de las enanas procedentes del este, y finos ropajes del desierto. Vio que era cierto que había gente de piel mayor, y que los orcos, seres de piel verde y facciones toscas, existían. Aunque al verlos recordó cómo en sus historias siempre cabalgaban bajo la bandera del señor el mal, el ojo en llamas o la mano negra, así que procuró no acercarse mucho a ellos.

Cerilla le ayudó a conseguir una manzana cuando tuvo hambre, distrayendo a la mujer el tiempo adecuado para que Ele la agarrase igual que agarraba la fruta de la cocina sin que los sirvientes se dieran cuenta para dársela a los caballos.
Solo que aquí no eran sirvientes ni estaban pagados para consentirla y hacer como si no se enterasen, y la tendera sí que se dio cuenta de la poca sutileza de Ele, y se lanzó en su persecución, llamándola ladrona a voz en grito y haciéndola correr más deprisa de lo que había corrido en su vida.
Al final, Eleanor consiguió escabullirse por un muro cuya gatera era lo suficientemente grande para su paso pero no para el de una adulta, que daba a un solar en ruinas. Y allí pudo respirar. Oyó a la tendera pasar de largo, gritando enfadada, y contuvo la respiración, pero no pudo contenerla mucho tiempo, y, poco después, fuera de peligro ya, estalló en risas junto con Cerilla. - ¡Pero cómo gritaba! – Se reía. - ¡Y sólo es una manzana! ¡Hay montones en los fruteros del castillo, y todas mejores que esta!
Pero aquellas no eran manzanas libres, pensó mientras le daba un bocado. Allí, en cambio, podía saborearla sabiendo que era sólo suya, que no tendría que responder ante nadie por comérsela. Podía darle mordiscos y escupir las pepitas, y aya no podría regañarle por sentarse con las piernas cruzadas. Sí, aquella manzana… Aquella manzana y aquel momento eran completamente suyos.
Un movimiento atrajo su mirada mientras saboreaba la fruta. Un gato negro saltó entre dos piedras del solar, y cuando se volvió a mirarla, se dio cuenta de que sólo tenía un gran ojo.
-          Bueno, hay dragones con cuatro patas, dragones con dos, con alas y sin alas… - Se encogió de hombros Cerilla, cuando se lo dijo. – Aunque yo no me acercaría mucho, seguro que tiene pulgas.
El gato pestañeó lentamente, y dio un salto, encaramándose a una ventana y desapareciendo el otro lado. Eleonor lo siguió con la mirada, y vio lo que había al otro lado del hueco de la ventana.
Era la colina mayor, la que albergaba la fortaleza real, con sus altos muros de piedra y sus torres. Y una columna de humo.
Eleanor sintió un nudo en la garganta. El castillo. Sus padres, los sirvientes, las hadas… ¡Aya!
-          ¿Por qué tanta urgencia? – Le preguntó Cerilla, según ella corría de vuelta, más y más rápido, por el mercado abarrotado de gente que obstaculizaba, dando codazos y pisotones, escabulléndose. – ¿Qué vas a buscar allí dentro?

-          ¡Tengo que volver!
Si, aquel lugar era maravilloso, lleno de gente y de cosas de muchos colores. Pero, en el fondo, tenía que volver. Su corazón se había saltado un latido al ver el humo, y ahora martilleaba frenético, pensando en lo que podía haber pasado. No sabía la razón, pero que hubiera fuego en el interior de la fortaleza en aquella época del año no era buena señal. Y sabía que si además la princesa había desaparecido, tampoco. Pensó en su madre, en la conmoción al no ver ni rastro de ella, en el disgusto al perder a su hija. Pensó en aya. Aya perdería su trabajo, y si el rey la culpaba de la desaparición por negligencia, podía perder también la cabeza. Pensó en todos los caballos y gnomos y hadas y se sintió culpable, culpable por querer abandonarlos y marchar a ninguna parte, por querer dejarlos allí sin nadie que les diera manzanas en secreto y elogiase sus trabajos en la madera, sin nadie que probase la miel y agradeciera a las abejas…

Eleanor se sintió culpable, pero, para entonces, para cuando llegó de nuevo a la entrada del pasadizo, descubrió que ya era demasiado tarde.
-          Menuda locura todo esto del pasaje secreto, ¿no creéis? – Decía uno del grupo de hombres que estaba allí, armados con piezas de cuero negras y espadas cortas, entrando por el pasadizo. Eleanor se ocultó tras una pared, antes de que la vieran. Enemigos. – Una vía directa al interior de ese nido de víboras… Estos nobles son más tontos de lo que parece.
-          No es tan sencillo. – Decía otro. – Hasta ayer, esta zona también estaba protegida por un escudo mágico. Parece que Lim Ojo de cuervo decía la verdad. Sí que sabía sortear sus defensas. Me pregunto si habrá hecho un pacto o algo así. O quizás tenga a alguien dentro. – Se echó a reír, y miró por el agujero por el que Eleanor había salido horas antes. Ésta notó endurecerse el nudo de su garganta, al darse cuenta de que ella había sido la causante de aquello. Ella había salido por allí, había abierto la barrera y luego había olvidado cerrarla. Y ahora…

-          Da igual cómo lo haya conseguido. – Concluyó el que parecía el líder. – El caso es que Ojo de Cuervo ha conseguido lo que prometió, y al fin podemos hacer un cambio. Podemos entrar en las vidas de esos parásitos, de esos nobles y reyes, y hacerles entender cómo nuestro pueblo muere de hambre mientras ellos engordan más y más. Es nuestra oportunidad de cambiar las cosas, de hacer un país mejor para nuestros hijos. Hay una serie de cosas que no podemos cambiar. Sequía, hambruna, desastres naturales… Pero hoy, los nobles que nos pisotean y se ríen de nuestras caras han dejado de estar en ésta lista. Hoy podemos librarnos de esa lacra. – Golpeó a uno de ellos con el puño en el pecho, para darle ánimos. – Vuestros hermanos de escudo ya se enfrentan ahí dentro a los parásitos y sus sirvientes armados, pero n pueden hacerlo solos. Entrad, hermanos entrad y tomad lo que es nuestro por derecho propio. Tomad lo que es del pueblo y para el pueblo. Este Reino ha aguantado durante demasiado tiempo a la familia real… ¡A por ellos!

-          ¡Por la revolución! – Gritó uno de ellos, y todos lo corearon, para después entrar en el pasadizo y perderse de vista, dejando allí a Ele, hecha un mar de lágrimas.
-          ¿Por qué lloras? – Le preguntó Cerilla, revoloteando a su alrededor. - ¿No era esto lo que quería?
No, dijo Eleanor. No quería que los mataran o que les hicieran nada. No quería perderlos. Su único deseo era conocer el mundo exterior. Nunca quiso que el interior desapareciera.
-          Me pediste aventuras. – Le recordó Cerilla. - ¿Y crees que el Rey te habría dejado correr aventuras?
-          N-no, pero…

-          Te habría cazado, y tú habrías tenido que huir. La huida, o el encierro. Y eso no habría sido ninguna aventura. Me pediste aventuras, Eleanor… Y ahora tienes ante ti todas las aventuras que puedas imaginar.
-          P-Pero, ¿Por qué? ¿Por qué me convenciste? – Había sido ella, Cerilla, la que había comenzado con todo aquello, la que le había hablado de las barreras y la llave. La que la había sacado de allí. - ¿Por qué tuviste que meterlos a ellos?

-          Te prometí aventuras a cambio de la llave, princesa… - Dijo la criaturita parecida a un hada, de dientes afilados. – Pero no fuiste la única a la que le prometí cosas. También hice tratos con Lim Ojo de Cuervo. Sus padres murieron, en la hambruna del año pasado, el mismo que se unió a los rebeldes. Quería ayudar a la gente, quería hacer un cambio. Me pidió la revolución. Y los demonios solemos cumplir lo que prometemos.
Del interior del túnel se oían los gritos de una batalla, lejanos pero aún audibles. - ¿Te das cuenta? El regicidio de Lim Ojo de Cuervo llevará a un enardecimiento del pueblo llano, y aunque la guardia logrará expulsarlo del castillo, la llama ya estará prendida. La llama del cambio, de la revolución.
El gorro de gnomo que le cubría la cabeza comenzó a arder, formando una llama que la cubrió como una suerte de melena ardiente. – Ya sabes lo que dicen… Hasta el incendio más grande, comienza con una simple cerilla.

Cerilla, hada del campo ardiendo


Eleanor retrocedió, dándose cuenta de la magnitud de su error. Dándose cuenta de lo que había hecho, de cómo había ayudado a prender la mecha de la hoguera. Había quitado la piedra base, abierto un boquete por el que los enardecidos rebeldes habían conseguido entrar a palacio, con intenciones regicidas. Había jugado perfectamente el papel que Cerilla quería para ella, y el hada-demonio le había entregado el palacio al revolucionario en bandeja de plata. Y ella…
-          Ahora, según yo lo veo, tienes dos opciones. – Continuó Cerilla. – Puedes huir, sobrevivir, y vivir una vida llena de aventuras. Quién sabe, tal vez en el futuro tus caminos te traigan de vuelta. O puedes entrar ahí… - Revoloteó. – Morirás en poco tiempo, pero hasta ese momento, tu vida también estará llena de aventuras. ¿Lo ves? Yo no soy mala… Solamente cumplo mi palabra.
Eleanor tragó saliva. Entrar allí, o huir. Esas eran sus dos opciones… Pero ya sabía cuál iba a elegir. Había leído suficientes historias como para saberlo. Viviría. Sí, sobreviviría y correría todas las aventuras que hiciera falta. Viajaría a lugares lejanos, se haría más fuerte y, algún día, volvería a casa. Algún día, reclamaría lo que era suyo, como todos aquellos príncipes desterrados de las historias. Hasta cierto punto, lo sentía por el hada-demonio. Iba a hacerlo por el camino largo, y hasta entonces, pensaba ocuparse de que la hadita cumpliera su parte del trato.

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-          ¿Lo entiendes ya, Lim? – Terminó de contar Cerilla, emitiendo su risa cantarina mientras revoloteaba entre los dos guerreros. - ¿Entiendes lo que provocaste cuando comenzaste esta revolución, esta guerra, hace ya quince largos años? Me pediste una revolución, y yo te la concedí… Pero todos mis deseos tienen un pago.
-          Lo recuerdo. – Replicó éste. Espada en mano, en guardia y sin apartar la mirada del enemigo. – Me ofreciste una revolución, y a cambio, me pediste una venganza. “A cambio, otra persona tendrá que matar a la persona más influyente de Kingsia”. ¡Y lo hice! ¡Dejé que mis hombres se repartieran la vida del rey como mejor les conviniera!
-          No hablaba del Rey en aquel entonces. – Replicó, divertida, Cerilla. – Hablaba de ti. Tú eres la persona más influyente de Kingsia, lo fuiste desde que hicimos el trato y se abrió gracias a ti la puerta del castillo. La cabeza visible de los revolucionarios... Lim Ojo de Cuervo.

La guerra había sido larga y dura, y las casas nobiliarias se habían blindado en sus fortalezas y castillos, afianzando sus tropas y protegiéndose contra las fuerzas rebeldes. Había sido duro y habían perdido a muchos valientes por el camino, pero quince años después, Lim Ojo de Cuervo y su Bandada habían logrado depurar al reino de una casta nobiliaria vieja, infecta y demasiado apegada a sus costumbres y feudos. Habían echado a los indeseables, y habían ganado la guerra.
Y ahora, cuando Lim se había asentado en las antiguas dependencias reales para gobernar el pueblo, cuando se había dado cuenta de lo cómoda que resultaba aquella vida, recibía de nuevo la visita del pequeño demonio feérico de cabeza llameante, acompañado de un único guerrero que, ocultando su identidad con el yelmo, se había abierto paso hasta el interior del castillo sin que ninguno de sus guardias, antiguos rebeldes, lo hubiera visto.
Pero, tras esa historia… Lim dio un paso atrás, mientras el guerrero se quitaba el yelmo y lo dejaba caer.

-          Mi nombre es Eleanor I. – Se presentó la guerrera, con la espada desenvainada y en guardia. -  Hija de unos padres asesinados, amiga de unos sirvientes asesinados, y heredera al trono de Kingsia. Habrás ganado la guerra, Lim, pero nunca reinarás. Porque la leyenda dice que sólo puede ser rey aquel que tenga la fuerza necesaria para proteger a su reino y la sangre necesaria para dominar el palacio. Y yo tengo las dos cosas. Las puertas del pasadizo secreto que una vez abrí para escapar se han abierto otra vez ante mí, y ahora he vuelto a casa, lista para echar de ella a los usurpadores que la ocupan, y para reclamar mi destino.
-          Todo eso es muy bonito, princesa… Pero el momento de los reyes pasó. – Replicó él, con su propia espada también desenvainada. – Ahora es tiempo de la revolución, del pueblo.

-          Y por más que miro, sigo sin ver por aquí  a nadie que no seáis tú y tus hombres. He pasado los últimos quince años con el pueblo, Lim… Y te aseguro que no tienen una habitación tan grande como la tuya, o la de tus auto-proclamados rebeldes. Estáis convirtiéndoos en la mismo contra lo que pretendíais luchar. Ya no quieren ser liberados por vosotros, quieren ser liberados de vosotros.

La pequeña Eleanor había pensado que su destino era ser secuestrada por un dragón, pero Eleanor se dio cuenta de que tal vez era ese precisamente su destino, aunque sólo fuera para entrar en su guarida y encontrar a todos los campesinos y las provisiones que se había llevado al saquear el pueblo. Había pensado que tenía que casarse con un guerrero capaz de rescatarla y combatir a sus secuestradores, cuando ella era la única guerrera que necesitaba en el trono. Ella era la que había combatido a bandidos y maleantes de los caminos y había comprobado de primera mano las dificultades que encontraban los campesinos de a pie, y éstos lo habían visto.
-          Los rumores cuentan que la princesa sobrevivió, y que volverá a reclamar su trono. He venido a hacerlos realidad. Estoy aquí para recuperar lo que me pertenece. Acabemos con esto.


-          Y así, - Concluye Cerilla. – se cierra el círculo. Una revolución por una venganza, y un destino por una llave. El Rey de Kingsia estaba preocupado por cómo se había distanciado de su pueblo, por una casta nobiliaria endogámica y podrida. El malestar crecía en su reino, y sabía que él no sobreviviría a aquello. Por eso puso toda su fe en Eleanor, pidiéndome que la convirtiera en una reina cercana al pueblo, alguien que ha vivido entre ellos y conoce sus tribulaciones y entiende las consecuencias de sus acciones. El trabajo de Lim era eliminar la sucia nobleza apegada al poder, apaciguando los ánimos de los rebeldes y allanándole el camino a Eleanor, para que, a su vuelta, el pueblo la reconociese como uno de los suyos, con historias y canciones sobre sus aventuras y sobre los dragones y enemigos que había abatido. Y, al ser coronada reina de nuevo, Eleanor comprendiese que, en el fondo, el jefe final de una mazmorra mágica no es más que un esqueleto tan esqueleto como el resto.
Para, de esa manera, convertirse en Eleanor I de Kingsia, la Reina Aventurera. La Rescatadora de Dragones, la Intrépida. Muchas historias más podrían escribirse sobre Eleanor I, sobre cómo sus medidas ayudaron a que su pueblo prosperara, y cómo hizo retroceder a los elfos del norte y los pantanos del sur para glorificar a Kingsia. Pero eso, tal vez, necesite otra historia, y otro momento.

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-          Ya veo. – El hombre tenía un traje verde de empresario, y una gabardina a juego, al igual que el fedora que había en la mesilla de la cafetería y contra la que se apoyaba cierta hada, con una corta camiseta rosa y de cabeza llameante. – No suelo apoyar ese tipo de causas, pero sé reconocer un trabajo satisfactorio cuando lo veo.
-          Claro que sí. – Replicó el hada. – Han pasado mil años, y su estirpe sigue en el trono. Es curioso, no sé… No importa cuántos años pasen, tengan espadas y arcos o pistolas y androides tecnomágicos, los humanos siempre tendrán ese algo que nos atrae a los demonios indefectiblemente. No sé cómo llamarlo, pero…

-          Sí. – Accedió el del traje, llamado Cheshire. – Son entretenidos. ¿Cómo quieren que nos resistamos a eso? 

martes, 27 de diciembre de 2016

The Bus Stop

Hay veces que nadie sabe qué ocurre. Tal vez fueran sus ojos rasgados, o su pelo rojo. O tal vez fuera que las otras niñas de clase simplemente no podían tragarla. Su madre decía que tenían envidia y que la solución era ignorarlas, pero Kanae no podía hacer tal cosa.
Sí, lo había intentado, pero con el tiempo, las risas y las bromas pesadas habían alcanzado un punto crítico, y, aunque la pequeña tenía mucho aguante, todo el mundo tiene un punto de rotura.
Kanae lo había alcanzado cuando encontró pintadas en la fachada de su casa. Seguramente sería cosa de Lindsay, que tenía un amigo mayor que hacía grafitis (todo el mundo lo sabía). O tal vez hubiera sido la propia Lindsay, o tal vez… No, no importaba. Pero si había algo por lo que Kanae no quería pasar, algo por lo que no pensaba pasar, era que su familia se viera envuelta en ello.
Así que llegó a casa, se puso su máscara de una sonrisa, respondió con un “bien” a las preguntas de su madre, se portó bien en la comida – como le habían enseñado, ya que Kanae siempre procuraba hacer lo que le habían enseñado -, y acto seguido se fue a su habitación y comenzó a vaciar la mochila.
Se lo había dicho a los profesores, como le habían enseñado, pero éstos no le habían ofrecido mucha ayuda; “son cosas de niños”, le decían; “ya crecerán”. El señor Brown, el orientador, sí había reunido a los principales hostigadores de la niña y les había echado una buena bronca. Pero, si pensaba que aquello iba a disminuir los problemas de la pequeña, se equivocaba: Los niños se lo tomaron como algo personal – como si antes no fuera lo suficientemente personal para Kanae – y ahora todas las miradas que le dirigían a Kanae, todas las notitas anónimas que pasaban de mano en mano en clase, todas las bolitas disparadas por bolígrafos huecos estaban envenenadas.
Su madre, de quien había heredado los ojos y el color del cabello, era la que le había dado el consejo más útil hasta el momento: Si no te caen bien, la forma más fácil de evitarlos es separarte de ellos.
Y eso es lo que hacía, cada vez más, evitando las interferencias de los niños que pretendían reírse a su costa hasta que se dio cuenta de que el peligro había llegado hasta casa.
Y entonces, tomó el siguiente paso lógico: Vació la mochila, la llenó de ropa, y salió, sin más, por la puerta principal, sin saber a dónde se dirigía pero teniendo muy claro que no podía dejar que aquellos niños tan horribles les hicieran daño a sus padres.
Así es cómo había acabado la pequeña en la parada de autobús, determinada a, con el poco dinero que tenía – se había llevado la hucha en la que metía las propinas y el dinero de los cumpleaños – llegar lo más lejos posible. A algún lugar donde los otros niños dejaran de molestarla.
El único problema… es que no estaba sola. Junto a ella, o más concretamente al otro lado de la parada, había una chica que no parecía mucho mayor que ella, con melena castaña, camiseta de tirantes, pantalones cortos y una mochila llena de dibujos que no parecían guardar relación. También tenía unos cascos alrededor de las orejas, y debían estar funcionando, porque la chica se movía al son de una música que sólo ella podía oír, tocando un teclado invisible ante ella y murmurando unas palabras apenas audibles.
-          Let me see what spring is like… Juupiter and Mars…
Kanae sintió el impulso de seguir la letra, ya que no le era desconocida, pero se abstuvo, y poco después el autobús llegó y Kanae se subió en silencio, dejando a la chica danzante en la parada. No sabía lo que le depararía el futuro ni dónde acabaría, pero lo que sí sabía era que, tarde o temprano, el bus se detendría en la estación, y que de ahí saldrían buses para lugares más lejanos. Sitios donde seguro que no la molestarían, y donde seguro que ella no podría hacer que molestasen a sus padres.
Kanae se sentó en un asiento vacío, viendo por la ventana la parada vacía que había abandonado, mientras el vehículo volvía a ponerse en marcha. Suspiró, sintiéndose muy triste. Pero no pudo sentirse muy triste mucho tiempo.
- ¿Está libre? – Kanae se volvió, encontrándose a la chica de la parada, que llevaba la mochila de un solo hombro y los cascos a medio quitar, como si se hubiera dado cuenta de que ese era el bus que tenía que tomar. – Ah, pero qué digo… - Rió ante su propia pregunta. – ¡Claro que está libre, te acabas de subir igual que yo! ¿Te importa si me siento?
Al parecer, Kanae no tenía mucho margen de elección, y la desconocida se sentó junto a ella mientras el bus bajaba por la colina en dirección al centro. – Le he dicho a mi hermana que sí que podía ir sola a la convención, pero seguro que si voy con alguien no me olvido de bajarme.
Satisfecha con su explicación, la desconocida se pegó al respaldo del asiento e inspiró, como para tranquilizarse, mientras Kanae se preguntaba que a qué convención se refería. La chica pareció darse cuenta.
- Porque vas a la convención, ¿no? Incluso llevas el cosplay ahí guardado, venga… – Apuntó a la mochila de Kanae, de la que sobresalía una manga de camisa. ¿Por qué Kanae había metido una camisa en la mochila, aparte de porque le gustaban las camisas? Nunca lo sabría. – Yo siempre quise hacer cosplay, de Sonyr-tan o algo así, aunque mi hermana no dejaba de decirme que era muy caro… - Kanae no tenía ni idea de qué o quién era Sonyr y de por qué le pondrían un sufijo, aunque conocía el programa de edición de sonido. – Y cuando le digo de hacerlo yo, siempre me dice que nunca lo termino. Lo cual es verdad, pero… Ah, por cierto. – Pareció caer en la cuenta. – Me llamo Rioco… ¿Y tú?
Kanae miró a aquella chica tan rara, que había aparecido de la nada. ¿Sería así con todo el mundo? ¿Le funcionaría con alguien? Kanae pensó que no tenía nada que perder, así que le dijo su nombre. Rioco, la niña rara, lo repitió, para asegurarse de que lo decía bien, y volvió a mirar la mochila, revisando las numerosas chapas que tenía entre las abrazaderas y los bolsos para asegurarse de que estuvieran bien alineadas.
Kanae, por su parte, pensó en cómo una persona normal actuaría cuando una desconocida tan acelerada como Rioco se les acercaba como si les conociera de toda la vida. Seguramente lo normal sería decirle que se tranquilizase y hacerle ver su propia excentricidad. Kanae estuvo a punto de hacer un comentario, pero cuando abrió la boca se dio cuenta.
Aquello era precisamente lo que ocurría con ella. Volvió a mirar a Rioco, que ahora quitaba pelusas del asiento anterior, y pensó que no había nada malo en ella. Era una chica normal, y su pelo y sus ojos castaños no eran, ni de lejos, tan llamativos como el conjunto de colores de Kanae. A ojos de los demás, Rioco era lo que se podría decir, “normal”. Y sin embargo ella estaba a punto de llamarla “rara”, sólo porque había sido amigable con ella.
Kanae tragó saliva y se lo pensó mejor.
- ¿Eso que estabas escuchando era…?
- ¡El ending de la mejor serie de todos los tiempos! – Contestó Rioco, tocándose los cascos. - ¡El mensajero del Tercer Apocalipsis! ¡Con robots, monstruos gigantes, drama adolescente…! ¡Y más robots!
- Ah… - Una vez más, Kanae se sintió echada para atrás por la efusividad de Rioco. – Yo la he dado en clase de piano…
- ¡Vaya! ¿Sabes tocarla? Eso mola aún más, Kanae. – Le sonrió Rioco. – Era Kanae, ¿verdad?
La niña asintió, pensando que era un milagro que Rioco hubiera llegado a la parada si era así de costumbre. Una vez más, pareció leerle el pensamiento. – Lo siento, es que hoy estoy muy emocionada… ¿Te quieres creer que al salir de casa casi me llevo el uniforme del colegio? Habría quedado muy rara en la convención… Aunque sé de uno al que sí le habría gustado… Aunque lo niegue. En fin… Lo siento si estoy un poco emocionada… Llevo esperando esta convención durante todo el año. ¡Dicen que el doctor Salazar por fin ha conseguido crear un androide con Inteligencia Artificial de verdad, y que lo va a presentar en la convención! No llevo entrada, pero, a lo mejor, consigo colarme para verlo… ¿Te apuntas?
¿Un androide con Inteligencia Artificial? Sí, Kanae sabía que la robótica había avanzado mucho, aunque obviamente no sabía nada de androides más allá de los documentales que ponía su padre siempre después de comer y que, más bien, usaban para bajar la comida en el sofá.
Aquello le hizo sentir a Kanae una punzada, pensando que ya no podría sentarse con ellos después de comer y poner cualquier cosa en la tele.
- Estaba pensando… - Decía Rioco. – Tus padres deben confiar mucho en ti, ¿no? Para dejarte venir sola a la conven…
- Bueno… - Kanae, que había sentido otra punzada de arrepentimiento una vez la pasión de Rioco iba diluyendo su determinación, evitó la pregunta. - ¿Y los tuyos?
- Mi hermana… Bueno, la verdad… - Rioco se inclinó hacia Kanae, como si le contase un secreto. – Mi hermana no sabe que vengo… Ella cree que sigo castigada en mi habitación, donde me dejó. ¡Ja!
Kanae miró por la ventana otra vez, pensativa. Una niña se escapa de casa porque no quiere causarles problemas a sus padres. Otra niña se escapa de casa para ir a una convención. Kanae miró a Rioco, que parecía no tener ninguna preocupación en el mundo. Lo único que esperaba era ir a la convención, a ver la presentación de un robot superpro o a la exposición de la película de su anime favorito. Y en cambio, ella… ¿Qué esperaba ella?
Suspiró. Iría a la estación, se subiría a un autobús de larga distancia, y entonces… ¿Qué? ¿Qué pasaría entonces? Igual que la hermana de Rioco se preocuparía cuando viera que ésta había escapado, sus padres se preocuparían cuando no vieran a Kanae. Sintió las lágrimas acumularse en los ojos, sin saber qué hacer, y miró a la ventana para no preocupar a la otra niña.
Sin embargo, sintió la mano de ésta en el brazo.
- Ea, ea… - Le decía suavemente, probablemente sin saber qué más decir. Pero tampoco era necesario que dijera más. Estaba allí, con su entusiasmo y su locuacidad. Y estar allí, con alguien, era en aquel momento lo que necesitaba Kanae. Dejar de estar sola, con sus terribles ideas y sus autobuses a larga distancia.
- La verdad… - Admitió, sorbiendo los mocos que habían estado a punto de salir. – Es que yo también me he escapado. Y-y seguro que se preocupan…
- Vale, vale… - Kanae volvió a mirar, encontrándose con una sonrisa radiante de Rioco.
- ¡Tengo una idea! – Dijo. - ¿Qué te parece si, en cuanto lleguemos, las dos llamamos a casa? Si estoy con alguien, seguro que mi hermana no se enfada, y a ti tampoco te dirán nada, ¿Verdad?
Kanae asintió, aferrándose a la mochila con fuerza. - ¿Hay teléfonos, en la “conven”? - Tal vez quedarse con ella fuera lo mejor, hasta que decidiera algo definitivo
- ¡No seas tonta, los llamaremos desde el mío! – Rioco palmeó su mochila. – Así pueden guardar mi número por si luego pasa algo, ¿qué te parece? ¿Mejor así?
Kanae asintió de nuevo, terminando de decidirse por bajar en la parada Leonardo Villalobos con Rioco. – Ah… ¿Y para entrar se necesita entrada o algo así?
- ¡Sí! ¿No tienes? – Rioco la miró, incrédula, pero sin perder un momento se puso a rebuscar en el bolsillo más pequeño de la mochila. - ¡Toma, invita la casa!
- ¿Cómo es que tienes dos? – Preguntó Kanae, viendo que tenía dos folios idénticos y doblados igual, con una ficha impresa en rojo en una esquina.
- Es posible que me comprase una entrada un día, por internet… - Admitió ella. - … Y que se me olvidase y volviera a comprarla a los tres días. Qué tontería, ¿verdad? La había traído pensando en un amigo, pero creo que será más divertido esperar dentro a que haga la cola… ¡Toma!
Rioco le alargó la entrada a Kanae, pero cuando ésta fue a cogerla, la retiró. - ¡Pero con una condición! Que cuando estemos allí dentro, me invites a ramen. – Le guiñó un ojo. - ¡Y tamaño XL!
Kanae sonrió, pensando en cómo sabría aquella comida basura en comparación a la que hacía su madre cuando tenía tiempo, y acto seguido se levantó corriendo, avisando a Rioco de que acababa de ver la parada pasar ante el autobús.

Tal vez tuvieran que caminar unas calles más hasta llegar a la convención, pero, si había algo de lo que Kanae podía estar segura, es de que, con Rioco, no iba a aburrirse un solo minuto.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Navidades Rotas

Parte 2.- Navidades Rotas II


La puerta se abrió de golpe, sobresaltando a los contrabandistas. – ¡Fuerzas del Reino! ¡No se muevan! – Gritaron los soldados, apuntándolos, pero los contrabandistas no se andaban con chiquitas, y uno de ellos le lanzó una de las jaulas de los fénix. - ¡Auflodern!

La jaula, el fénix y todos los que estaban cerca se vieron envueltos en una bola de fuego, amplificada por la propia naturaleza ígnea del fénix, en una explosión que los contrabandistas aprovecharon para huir. Pero, hicieran lo que hicieran, no importaba. Porque allí, en la puerta trasera del almacén de la mafia, su vía de huida, esperaba una mujer. La líder del equipo de Asalto que llevaba aquella operación. Maga de hielo, y una de las luchadoras más famosas del país.
La agente Diamond. Y, contra ella, no había nada que pudieran hacer.

La mujer suspiró, saliendo de la comisaría. Menudo cansancio. Ya era la tercera red de contrabando que desarticulaban en aquellas fiestas. Ésta, en particular, se dedicaba a vender fénix de imitación, que en realidad eran shanshos, un ave de los pantanos con un hechizo metamórfico para cambiar su aspecto y otro ígneo para iluminar el árbol mágico de Natalis. Sólo tenía un uso y luego el ave ardía hasta las cenizas, pero para cuando los clientes se dieran cuenta, ya habría sido demasiado tarde.
Era un éxito, en resumen. 
Pero, para ella… Era demasiado trabajo. Las mafias parecían más activas durante aquella época del año, y hasta los vampiros parecían seguir las fiestas de renacimiento que acompañaban al fin de año. Y si, la gente de la ciudad podía dormir tranquila, sabiendo que estaban bien protegidos… Pero hasta la agente Ikana Diamond, la más fuerte del país, necesitaba un descanso.

Suspiró, entrando en su piso. Al menos, si todo iba bien, lo iba a tener.
Cerró la puerta de su apartamento. Un lugar agradable, con vistas al lago y mucho espacio, a menudo demasiado para alguien como ella, que vivía sola. A menudo, sí… Pero no aquel día. No durante las fiestas.

- Bienvenida. – La saludó Raoul Salazar, su novio, saliendo a su encuentro, y ella sonrió, dejando de ser la agente Diamond para pasar a ser un poco más Ikana. Lo tomó de las manos. - ¿Qué tal ha ido tu último día? – Raoul vivía al oeste, casi en la costa, y no se veían demasiado, pero Ikana no sufría por ello; cada uno tenía una vida. Ella era de las fuerzas de élite, y él un genio trabajando con tecnología punta en su propio laboratorio. Sus mundos no eran muy similares, y eso era precisamente lo que le gustaba de ello. El saber que tenía allí un ancla, que su vida tenía un oasis de tranquilidad para el cual sólo era Ikana.
Le hizo un resumen rápido de la situación y de falsos fénix, y él puso los ojos en blanco. – Estoy seguro de que podría sacar una línea de androides con sigilos ígneos por sólo un poco más… Y serían reutilizables. – Suspiró. – Si, tal vez lo haga. Sólo necesito un modelo biológico adecuado. Llamaré a Chell, mi ayudante, y…
Ella lo detuvo, tomándolo de los hombros y lanzándole una mirada elocuente. – Raoul. – Le dijo, clavándole los ojos color sangre. – Tendrá que esperar para después de Natalis… Recuerda, hemos quedado para cenar.

Él la miró, sin comprender durante un momento, y entonces recordó el compromiso. – Oh, no… - Dijo, sin ganas. Raoul nunca había sido muy sociable. Nunca había sido sociable, de hecho. Prefería pasar el tiempo encerrado en su laboratorio antes que con la gente, de ahí que su aspecto habitual fuera con las gafas de protección sobre la frente y un bloc de notas con incidencias, listo para nuevos experimentos.
Y, además, en aquel caso particular había otra cosa más que hacía la situación ciertamente indeseable para el Salazar: La gente con la que cenaban. - ¿De verdad, Ikana? ¿Me vas a hacer ir a cenar con tu ex y sus hijas?
Ella suspiró, mirando al techo. Otra vez aquella discusión no. – No seas así, Raoul. Bunker no es solo mi ex, también es mi compañero de trabajo. Y más importante, mi amigo. Y sus hijas… Bueno, soy prácticamente una segunda madre para ellas. Son sólo dos niñas… ¿No puedes hacer eso por mí?

No era la primera vez que discutían sobre sus planes para Natalis, de acuerdo, pero Raoul era un científico, y, por tanto, testarudo. – No son “sólo dos niñas”, Ikana, y lo sabes. – La mayor, Anna, era una adolescente de 17 años y metro noventa, con la suficiente masa muscular como para levantar a Raoul y a Ikana a la vez y un problema de control de la ira, que se sumaba al problema de vampirismo que había contraído hacía unos meses, mientras que la pequeña, Alice, era autista y telépata. No era más que una pequeña de ocho años que Bunker había adoptado al final de una misión de contrabando que la involucraba, pero cuando te te clavaba la mirada, azul como el océano, parecía robarte el alma.
Y eso que una de las características de la gente como ella era evitar mirar a los ojos.
- Y, lo peor, las dos me odian. ¿Cómo pretendes que esté cómodo, sentándome entre un vampiro adolescente al borde de la ira y una telépata con tendencia a perder el control?
Ella avanzó por el espacioso salón, acercándose al ventanal desde el que se veía el gran lago que había a las afueras. – Son sólo dos niñas, Raoul. Y tú eres mi novio. Es normal que no les caigas bien al principio.

La verdad era que Raoul tenía su parte de razón: La familia de Leonardo “Bunker” Villalobos era de todo menos típica o pacífica. Para empezar, ni siquiera estaban emparentados por lazos de sangre: Bunker había rescatado a Alice de una red de contrabando y la había adoptado al saber que no tenía a nadie más, y Anna había huido de casa de su padre, familia de Raoul, y se había convertido en una violenta delincuente, acabando en un reformatorio, donde además de su problema de autocontrol había adquirido el vampirismo.

Y Bunker las había acogido a ambas, adoptando a Alice y tomando a Anna como discípula, oficialmente para aprender de su carrera en el espectáculo de los duelos mágicos, pero como favor a su madre, una gran amiga de los tiempos en el ejército de Bunker y que estaba desaparecida.
Dos casos perdidos que la sociedad había dado de lado, pero el hombre las había visto, y había decidido que ambas se merecían una familia. Y, con sus pros y sus contras, lo estaba consiguiendo.

Y, aunque Raoul fuera terco como una mula y no mirase con buenos ojos a las hijas de Bunker y al propio compañero y exnovio de Ikana, ella sabía que la acompañaría: Para el genio tecnológico, el funcionamiento de la mente de Alice, distinto al de la gente común pero similar al suyo, era fascinante, y por mucho que Anna le mirase mal, ambos compartían el desagrado por su familia. – ¿Lo ves? – Dijo Ikana, para convencerlo. – Ya tienes algo para romper el hielo. Algo para empezar a conectar con ellas. Además, piénsalo de ésta manera: Si al final no cenamos con ellos, tendremos que ir con los tuyos. ¿Cuánto hace que no ves a tus padres y a los demás Salazar?

Raoul resopló. La última vez que había tenido contacto con su familia había sido cuando éstos intentaron monetizar la pasión de Raoul para su propio beneficio. Si había algo que le gustaba menos que ir a cenar con la familia de Bunker, era ir a cenar con su propia familia. - ¿Por qué no puedo simplemente quedarme en casa? Las fiestas son algo artificial, Ikana, no hay ninguna razón para celebrar la caída de la hoja del Árbol Sagrado precisamente ésta noche cuando ocurre durante todo el invierno. Natalis es una fiesta inventada.
Ella se volvió, sonriendo divertida por la pretendida incomprensión de Raoul. – Precisamente por eso. – Dijo, cruzándose de brazos. – Podríamos haber elegido cualquier fecha, no hacer fiesta. Pero hemos elegido que sea hoy el día que nos juntamos con nuestros seres queridos. Los mortales hemos elegido el día de hoy para celebrar el renacimiento y compartir nuestra energía vital con los demás, aunque sea de forma simbólica. ¿No crees que eso es lo más hermoso?
Él suspiró. – No lo sé. Es tan aleatorio… – Pero la vida en aquel planeta también lo era. La presencia de magia, el desarrollo de la humanidad a la sombra de los elfos. El simple hecho que todo funcionara era debido a una serie de casualidades. Y aquello… El hecho de que ella estuviera allí, frente a él, y él la amase… Aquello no era racional. Era aleatorio. Y, precisamente por eso, era hermoso.
Así que, una vez más, Raoul, el genio de la lógica, tuvo que darle la razón a Ikana. Y, a las nueve de la noche se encontraba, bien vestido, junto a Ikana, a la puerta de la casa de los Villalobos. Suspiró y llamó, educadamente.
Cuando la puerta se abrió, Raoul se quedó un poco intimidado, como siempre que se encontraba cara a cara con el gigantesco exnovio de Ikana, de más de dos metros de altura, con los brazos gruesos como troncos de árboles. Raoul estaba seguro de que había habido algún tipo de gigante en su árbol genealógico, y habría apostado por un troll si Ikana no le hubiera dado una colleja en el momento.
-          Vaya, justo a tiempo. – Sonrió, franqueándoles la entrada. – Estaba dándole los últimos toques al plato principal.

-          A ver si adivino… ¿Un vienés? – Suspiró Raoul. La gastronomía del lugar de origen del gigantón era variada… ¿Por qué siempre tenía que hacer el mismo plato?
-          ¡Niñas! – Llamó Ikana, entrando y colgando su abrigo en la entrada. - ¡Hemos llegado!
Desde la parte trasera del apartamento les llegó sonido de pasos. - ¡Ikana! – Replicó Anna, la mayor, que parecía hija de Bunker, por su tamaño y complexión. - ¿Cómo que “hemos lle…”? Ah, ya veo… - Se quedó parada al ver a Raoul, mirándolo mal.
Éste intentó forzar una sonrisa, algo difícil bajo la mirada de lo más parecido que había en aquella casa a un dragón. – Buenas noches, Anna. – Dijo, educadamente. - ¿Qué tal?
-          Bien hasta que viniste. – Replicó ella, con el ceño fruncido, mientras llegaba la hija real de Bunker, minúscula en comparación con los otros dos grandullones y con un libro en las manos. - ¿Por qué tuviste que traerlo, Kana? – Le preguntó a la novia de Raoul, que sonrió. - ¡Seguro que habría sido mucho más feliz con sus máquinas y esas cosas!

Sí, tenía razón. Raoul sabía que tenía razón. Pero pensó en lo que había hablado con Ikana. Tal vez aquello que había ante él era una joven malhumorada con tendencia a la violencia, pero también era una asombrosa mezcla de circunstancias. Una interesantísima conjunción de acontecimientos, que habían ido formando una trenza como la que ella llevaba en la sien hasta dar lugar a ella. Y aquello… Aquello era más interesante. O al menos, no era desagradable.

-          ¿Qué tal, Alice? – Saludó a la pequeña, también rubia, que lo miraba, en silencio. - ¿De qué es el libro ese que estás leyendo?
Ella lo tapó contra su pecho, en un intento por impedir que curioseara, pero al hacerlo le mostró la cubierta, y Raoul se sorprendió al encontrarse cara a cara con Valle Inquietante, por el famoso Ayzak Vomysa, un libro que no habría esperado encontrar en nadie que no tuviera interés por las conciencias artificiales. Uno de sus favoritos.
-          Vaya, interesante… ¿Entonces, te gusta el tema? ¿Qué es lo que más te gusta? – Vaciló él, tratando de entablar conversación y maldiciendo su inutilidad para la charla trivial tan popular entre la gente. Ella, por su parte, tampoco era una gran conversadora, ya que se conformó con clavarle la mirada, como haciéndole ver que su intento de conversación era un fracaso.
-          La gente. – Dijo, simplemente, y se fue, dejándolo allí, solo y yéndose a leer tranquila.
-          No te lo tomes como algo personal. – Dijo Anna. – Es así con todos.
-          Pero ha mejorado, ¿no? – Intervino Ikana. – Antes no pronunciaba ni palabra.
-          Sí, aunque depende del día que tenga. Hay veces que sólo conseguimos que hable por lengua de signos.

El torso de Bunker asomó por la puerta. – Venga, venid, que Alice es la única que me hace algo de caso… ¿O queréis cenar en el vestíbulo?
Y pasaron al salón, que estaba decorado con motivos rojos y verdes, como era casi obligatorio en los hogares de gente normal, y en una de las esquinas había un abeto arcoíris, con una figura de un fénix en la parte superior. – Vaya, ¿Lo habéis ayudado vosotras?

Aquello, pensó Ikana, era realmente acogedor. La mesa puesta, un recopilatorio de duelos antiguos en la tele para hacer tiempo, Anna renegando de los estudios…
-          Es un tema de lo más importante. – La intentaba convencer. – Por mucho que quieras seguir los pasos de Bunker en el mundo del espectáculo, necesitas al menos una base de formación.
-          ¡No digas tonterías, Kana! – Protestaba Anna. - ¡Me va muy bien con esto de las peleas! ¿Sabes que ayer volví a batir mi récord de sacos de arena destruidos en una hora? ¡Esto se me da genial! A este ritmo, antes del verano podré presentarme a una competición de las serias.
-          ¿Y después qué? ¡Ayúdame, Raoul! – Le exigió al inventor. - ¡Tú sabes lo importante que es estudiar!
-          Cla-claro que sí. – Intentó aportar él. – Piensa en el futuro, Anna. Ahora puedes luchar, pero no vas a ser siempre joven y fuerte.
-          O sí. – Replicó ella, frunciendo el ceño en su dirección. – Te recuerdo que soy un vampiro.

Bunker, que había vuelto a la cocina para terminar los últimos toques a la cena, volvió a asomarse desde la cocina. – Tenemos un problema.
El vino de brindar, el que tenía encantamientos festivos, se había acabado.
-          ¿Cómo pudiste no prever algo así? – Dijo Ikana. - ¡Quedamos en esto hace dos semanas!
-          Vale, vale, lo siento. – Replicó el grandullón. – El otro día se pasó el teniente a felicitarnos las fiestas y puede que bebiéramos un poco de más.
El teniente era un antiguo colega del ejército de Bunker, un viejo veterano que había sido una leyenda en su día, pero ahora gastaba su tiempo y dinero emborrachándose y recordándose los viejos tiempos. Ikana ni siquiera podía culparlo. A estas alturas de su vida, un hombre como el teniente lo único que tenía eran arrepentimientos que olvidar.
-          Debiste darte cuenta. – Riñó ella a Bunker, que dejó caer los hombros. – Ahora nos tocará beber otra cosa…
-          Y por eso me alegro de no beber nada que no sea sangre. – Intervino alegremente Anna. – Yo me lo compro y yo me lo bebo.

-          Está bien, está bien. – Bunker encajó las palabras de las mujeres. – Culpa mía, lo siento. Iré a por una botella, creo que la tienda de la esquina está regentada por espíritus y no cierra por Natalis.
Ikana y Raoul le dijeron que no hacía falta, pero después de aquello, alguien tan orgulloso como Bunker no podía quedarse allí, y no tardó en ponerse el abrigo y salir al frío de la noche invernal, a por una última botella de bebida espiritual.

-          Este Bunker… - Suspiró Ikana, sentándose en el sofá. – Mira que olvidar la bebida para brindar.
-          A mí eso no me habría pasado. – Dijo Raoul, encogiéndose de hombros. – No sé la gente como él, pero siempre tengo una lista de requisitos que cumplir antes de hacer nada… Llámalo estándares.
-          ¿Está en tu lista de requisitos que te golpee? – Replicó Anna. – Se quedó sin bebida porque estuvo acompañando al teniente a olvidar sus días de guerra. Algo seguramente mucho más altruista de lo que cualquiera de los Salazar ha hecho nunca.
Alice se levantó del sofá y dejó el libro en la mesilla, acercándose a la ventana y atrayendo las miradas de todos.
Y entonces Ikana, Raoul, Anna y Alice, todos pudieron oírlo claramente. Un estruendo. Un estampido. El sonido de un vehículo chocando contra algo. O contra alguien.
-          Bunker. – Dijo Alice. Ikana se lanzó hacia la ventana, y se dio cuenta de que tenía razón. Allí, en la calle, junto a una botella rota y un coche con el parachoques arrugado como una pasa, yacía el cuerpo inerte de Leonardo Villalobos. Bunker.