martes, 17 de enero de 2017

Navidades Rotas II

Parte 1.- Navidades Rotas

Las luces se movían ante sus ojos. Se movían velozmente, se movían hacia arriba. ¿Qué…?
El hombre alzó la mirada, aún borrosa. Voces, voces en la lejanía. “Bunker…” Sí, ese era él. Ese era su mote. Había figuras oscuras interponiéndose en la luz intensa y él, figuras que se inclinaban sobre él y decían cosas como “¡Es demasiado grande!”, o “No le hace efecto”. ¡Esos malditos elfos! Siempre acechando desde su Imperio al norte. Le habían tenido ganas a Bunker desde que estaba en el ejército, y ahora, por fin lo habían capturado, y estaban abriéndolo a placer para encontrar la clave de su fuerza.
“Bunker”, volvió a oír.
-                     ¡Bunker!
El mencionado abrió los ojos de un sobresalto. No estaba en una mesa de exploración, bajo las miradas escrutadoras de varios científicos elfos. Estaba en un lugar mucho más peligroso: El despacho de su supervisora, la Directora Lapointe. Y ésta, una mujer alta y de mirada penetrante, lo observaba desde el otro lado de la mesa.
-                     Disculpe, yo… - Trató de decir él. - ¿Podría repetir la pregunta?
-                     Leonardo “Bunker” Villalobos. – Repitió ella, leyendo un informe que había en su mesa. – Agente especial bajo el mando de la agente Diamond, con casi quince años en el cuerpo. Reporte de misión, fallido. – Lo miró entonces, y Leo Bunker pudo sentir cómo ella lo escrutaba, como si fuera un dragón hambriento. – Múltiples daños colaterales, pérdida de vidas inocentes, agente caído en acto de servicio, y objetivo no recuperado. ¿Tiene algo que alegar en su defensa?
Bunker bajó la mirada, tratando de encontrar las palabras. Y al repasar los hechos, se dio cuenta de que había algo que no encajaba. – Un momento, ¡El cargamento de contrabando que teníamos que recuperar ha sido recuperado! ¿Cómo que fallido?
-                     ¿Qué está diciendo, Bunker? – Preguntó Lapointe, frunciendo el ceño. - ¡Hablo de su último encuentro íntimo con un vehículo motorizado! ¿¡Dónde se cree que está!?
Y entonces Bunker se dio cuenta. La fiesta, Diamond, la botella, el coche…

Hace veinticuatro horas
Ikana abrió de golpe la puerta de la calle, saliendo disparada hacia el lugar del accidente, pero cuando lo hizo, vio que no había sido la primera: En su impulsividad, Anna se había lanzado por la ventana, sobreviviendo gracias a su vampirismo a los tres pisos de altura y lanzándose hacia la escena, que no era para nada tranquilizadora.
Porque, al contrario de lo que pueda uno pensar, cuando un coche se enfrenta con alguien, no siempre sale ganando el coche. Y mucho menos cuando ese alguien es alguien tan grande y voluminoso como Bunker.
El capó del coche estaba completamente arrugado, con una hendidura en el centro, el lugar donde había hecho colisión, y con el parabrisas resquebrajado, mostrando una gran mancha de sangre que permitía adivinar lo que uno encontraría en su interior.
Anna, por su parte, estaba tratando de mover el cuerpo de Bunker, levantándolo, llamándolo frenéticamente. - ¡No vuelve en sí, Kana! – Dijo la joven. Era normal. No sabía de nadie que pudiera volver en sí con aquellas heridas, y toda aquella sangre. Viéndolo como desde la perspectiva de otra persona, Ikana tomó a Anna del hombro, apartándola ligeramente para examinar mejor a su amigo inerte.
-                     ¿Está vivo? – Se oyó preguntar, tranquila y calmada.
-                     S-sí, no… - Se lió la joven rubia, hecha un mar de lágrimas. – No lo sé, aún respira, pero… - La miró, negando con la cabeza. - ¿Qué podemos hacer? Ya lo sé, ya lo tengo… Lo convertiré en vampiro, y así tendrá mi capacidad de regeneración. Es la única forma de que sobreviva…
-                     ¡No, Anna! – La detuvo Ikana. - ¡No lo hagas!
El vampirismo era una solución muy tentadora para todas aquellas situaciones, y de hecho, muchos vampiros lo habían contraído cuando eran víctimas de enfermedades degenerativas o que amenazaban su vida, sin caer en la cuenta cómo funcionaba realmente el vampirismo.
Porque, a la hora de contraer aquella condición, el organismo de un vampiro básicamente creaba un “punto cero”. Los vampiros morían como seres humanos – o como elfos, o como orcos… - y volvían a renacer como vampiros, en ese mismo cuerpo y con esa misma mente. Tal y como estaban en el momento de contraerlo. Una agonía, se convertía en agonía eterna. Una herida mortal, se convertía en convalecencia eterna. Había visto demasiados vampiros que buscaban que los liberase de su sufrimiento como para permitir que su amigo viviera lo que le quedaba de existencia con heridas de atropello.
-                     Lo que hay que hacer es llamar a los sanadores.
-                     Ya está hecho. – Dijo Raoul, que acababa de llagar. Ikana se volvió a mirarlo, y vio que tras él había bajado Alice, y ahora se disponía a mirar la escena, con su padrastro sangrante y al borde de la muerte.
-                     ¡No! – Dijo. - ¡Anna, llévala a casa! – La joven rubia la miró, incrédula, pero la mirada de Ikana no admitía réplica. - ¡Llévala! ¡Yo me ocupo de esto!
Y miró a Bunker de nuevo, tumbándolo en el suelo, vigilando que la hija pequeña de Bunker no viese el espectáculo, y comenzando con las maniobras de primeros auxilios para mantener al grandullón con vida, al menos hasta que llegase la ambulancia.

 Ahora
“No reconozco éste techo”, se dijo Bunker, mirando a la luz apagada que había sobre su cabeza. Eso le habría gustado pensar, pero la verdad era que sí que lo reconocía. Había pasado más veces por el hospital de las que era recomendable.
Pero ésta vez, al menos, no había sido culpa suya. Maldita sea… “Un conductor borracho”, se dijo. No lo sabía. Lo único que él había visto habían sido aquellos dos ojos inmensos, enfocándolo, aquellos faros iluminándolo en la carretera. El coche se le había echado encima. No había tenido oportunidad de huir.
-                     Vaya, vaya, señor Villalobos. – Dijo una voz a los pies de la cama. Bunker se acomodó en las almohadas y bajó la mirada, y allí, al fondo y en penumbra, se encontraba un hombre pelirrojo. Tenía un traje color verde musgo y un fedora a juego, y sonreía enigmáticamente. - ¿Sabe usted a qué velocidad iba? – Su sonrisa se acentuó, como si hubiera dicho un chiste que sólo él entendía. - ¡A la necesaria para mover todo un argumento!
Bunker, que aún no estaba del todo lúcido, trató de incorporarse para verlo mejor, pero al hacerlo, la puerta de la habitación se abrió de golpe. La luz estaba encendida, la habitación estaba vacía, y una mujer de melena rubia a la que conocía más que bien se abalanzaba sobre él. - ¡Leo! – Lo llamó Ikana. - ¡Has despertado!
-                     Está en el hospital, señor Villalobos. – Dijo, por detrás, una de las sanadoras, con algo para apuntar. - ¿Recuerda lo ocurrido?
-                     Sí, yo… - Bunker agitó la cabeza, tratando de aclarar más la mente. Recordaba el choque, recordaba tener sueños muy extraños…
-                     Eso es normal. – Respondió la sanadora. – Con su tamaño, al equipo de urgencias le costó anestesiarlo una vez la analgesia hubo hecho su efecto. Me alegro de que esté bien. – Dijo, antes de desaparecer por la puerta.
-                     Menudo susto nos diste. – Dijo Ikana, sonriendo un poco y tomándole la mano. – Los sanadores dijeron que tenías una buena montada ahí abajo, por suerte eres tan grande que no tuvieron problemas a la hora de recomponerte.
-                     Eso es un alivio, supongo… - Dijo él, notando cierta tirantez al respirar, procedente de las vendas. – Supongo que algo bueno tenía que tener mi condición, además de todos los problemas articulares y el dolor.
-                     Venga, no empieces otra vez como en Tarnast. – Le dijo ella, recordándole una de las misiones, que Bunker recordaba con claridad. Un espíritu de los coches le había tirado un camión encima a Ikana, y él había sido el único que lo había visto y había sido lo suficientemente rápido como para empujarla, recibiendo él el golpe.
Habían sido tiempos distintos. En aquel momento, Bunker no tenía nada más. Su familia estaba lejos, y allí no tenía a nadie. A nadie más que a Ikana, su novia por aquel entonces. La miró, preguntándose si ella también recordaría cómo le había premiado su sacrificio, y supo que había acertado cuando ella apartó la mirada y cambió de tema.
-                     Anna incluso intentó convertirte en vampiro, ¿Lo sabías?
-                     ¿A mí? – El grandullón agradeció el cambio. - ¡Con lo que me gusta el sol! – No obstante, no le sorprendió, ya que conocía de sobra la impulsividad de la adolescente. Lo cual le llevaba a su siguiente preocupación. - ¿Cómo están?
Su familia… Su familia era complicada, e inestable. Tanto Anna como Alice tenían problemas de autocontrol, y Bunker sabía que una situación como aquella no era lo mejor para su estabilidad. Miró a Ikana, preocupado por lo que hubiera ocurrido con sus hijas, pero ésta asintió con la cabeza, calmante. – Están bien. Tranquilo. Raoul se ha quedado con ellas.
-                     ¡¿Raoul?! ¿Estás loca? ¿Cómo lo has dejado a cargo de las niñas?
Hace veinticuatro horas
Las luces de la ambulancia iluminaban la calle entera, mientras los sanadores de urgencia le aplicaban los primeros cuidados intensivos al accidentado. Por suerte, tanto la camilla como el interior del vehículo se adaptaron por arte de magia a las dimensiones de su inquilino. Mientras lo terminaban de ajustar, Ikana y su pareja discutían quién tendría que acompañarlos.
-                     Espera, Ikana, creo que debería ir yo. – Pedía Raoul.
-                     ¿Tú? – Lo miró ella. ¿Por qué su novio debería acompañar a su ex al quirófano? Ni siquiera acababan de congeniar…
-                     Allí sólo hay que esperar… - Argumentó Raoul. – Y, sinceramente, creo que tú serías mucho más eficaz aquí…
-                     No digas tonterías, Raoul. – Replicó ella. – Tengo que ir con él, tú allí no pintas nada. Además, no creo que la policía tarde mucho en marcharse. Sólo tienes que contarles lo que oíste, y ya está. Sólo necesitan testigos.
Pero no era a la policía a lo que Raoul se refería, sino a las dos muchachas que ahora había en el apartamento. Y que, con toda seguridad, ahora estarían a punto de estallar.
-                     Claro que están preocupadas. – Replicó Ikana. – Su padre ha sido atropellado… Piensa en esto como en una oportunidad para congraciarte con ellas.
-                     ¿Congraciarme? ¡Van a querer matarme! – Replicó él, pero ya era tarde: Las puertas se cerraron entre ambos, y la ambulancia, una vez Bunker estuvo ajustado y preparado, se alejó por la calle. – Van a querer matarme… Más de lo normal. – Terminó Raoul, suspirando. Sangre, accidentes, heridos… Ya se había acabado todo. Y ahora empezaba lo difícil, tratar de calmar a las niñas de Bunker. O, mejor dicho, de domesticarlas.

Hace veintidós horas
Aquello no estaba saliendo bien, pero nada bien. Raoul suspiró. Al volver al apartamento, había tratado de calmar a las chicas, diciéndoles que ya estaba todo hecho y que tenían que irse a la cama, pero como era de esperar, la respuesta había sido nefasta.
Raoul había supuesto – inocentemente – que, a pesar del nerviosismo, tanto Anna como Alice serían conscientes de que no podían hacer nada. Lo que ahora le ocurriera a Bunker dependía de los sanadores, del hospital, y lo mejor que podían era dormir, para estar preparadas cuando Ikana los avisara.
Pero por desgracia, ellas no eran como creía. A pesar de que aquello era lo más racional, ninguna estaba como para pensar de forma racional. Estaban histéricas, y la primera que se lo mostró, la que lo hizo de forma más gráfica, fue Anna.
-                     ¡Has sido tú! – Le dijo, levantándolo a pulso contra la pared. - ¡Tú eres el que ha estropeado las fiestas, si no hubieras estado estoy segura de que nada de esto habría pasado!
-                     ¡Escúchate, Anna, escucha lo que dices! – Pidió Raoul, sin muchas esperanzas. La rabia y la impotencia tenían que salir por algún sitio, y en el caso de la joven Salazar, eran los puños. - ¡No tiene ningún sentido!
-                     ¡Lo que no tiene ningún sentido es lo que dices! – Replicó ella, con los ojos inyectados en sangre. Raoul había interpuesto los brazos, en un intento de protegerse que sabía que fracasaría si ella decidía golpearlo de verdad. - ¿Pretendes que me quede aquí como una tonta mientras él puede estar agonizando? ¡Estás majara! – Lo dejó caer, y se dirigió de nuevo hacia la puerta. - ¡Me piro!
-                     ¡No, Anna! – Le pidió él otra vez. – ¡No debes ir!
-                     ¿Y por qué no, si puede saberse? – Replicó ella, mirándolo mal con una mano en el pomo de la puerta.
“Porque eres una salvaje”, pensó Raoul. “Porque me das miedo, y no quiero ni pensar en lo que podría hacer alguien en tu estado en una sala de espera”.
-                     Porque es lo que quiere Ikana. – Dijo. Definitivamente, una mejor frase, que le aseguraba conservar los brazos enteros. – Ella ha ido con Bunker, y se asegurará de que todo le vaya bien. Pero ha confiado en ti para quedarte aquí, para cuidar de Alice… Mira, sé que no nos llevamos bien. Tú eres, francamente, eres un poco bruta… Y yo soy el nuevo novio de Ikana, lo entiendo. – Se apresuró a añadir, evitando que ella lo golpeara del fastidio. – Pero ella confía en nosotros para esta misión. Confía en que tú puedas cuidar a Alice, y en que yo te pueda cuidar a ti.
Durante unos instantes, la tensión sobrepasó la línea de máximo. Casi podía ver a Anna temblar, tratando de estallar sobre sí misma, cerrando los puños tanto que creyó oír sus huesos romperse y regenerarse al instante. La notó luchar, internamente, entre su lealtad a Ikana y su furia.
Hasta que al final, con una sonora maldición, la adolescente le hizo un agujero a la puerta de entrada, de tres capas de grosor, y salió. – ¡No necesito que me cuides, ni tú ni nadie, enano! – Le gritó, según salía. - ¡Estoy aquí porque me da la gana, y nadie puede evitar que salga! ¿Me oyes? Nadie.
Él, desde luego, no podía. Después de aquella demostración de fuerza, estaba demasiado ocupado evitando pensar en lo que le podría haber ocurrido de haberlo golpeado a él como para intentarlo. Cuando la joven cerró la puerta de golpe, él exhaló un suspiro.
Maldita sea... Tenía razón, la había tenido desde un principio. Aquello era demasiado para él. No podía lidiar con esa violencia, ese riesgo para su vida, y eso que ni siquiera había intentado tratar con la otra: Alice.
Cuando Raoul abrió la puerta de su habitación, se la encontró allí. Acurrucada sobre la cama, inmóvil como una muñeca, y con los ojos brillando, como faros en la noche, buscando algo, o alguien, en quien descargar aquella sobrecarga de emociones. Y la última persona que había enfrentado aquello, llevaba dos meses en coma.
Raoul se apartó de la puerta antes de que la pequeña pudiera fijar sus ojos en él, respirando agitadamente, como si acabase de tener un encuentro sorpresa con la misma muerte. Aquellos ojos, aquella sensación de peligro… Tal vez Anna fuera violenta, pero aquella pequeña, que apenas levantaba cuatro palmos del suelo, era el verdadero peligro. No podía entrar ahí, daba igual lo que le hubiera prometido a Ikana, daba igual lo que le pidieran. No podían pretender que se enfrentase a esos ojos y sobreviviera.
-                     ¿A-Alice? – Aquello estaba siendo un completo desastre, pero no quería darlo todo por perdido. Quería pensar más allá. No quería pensar en los ojos, quería pensar en la niña que había detrás. Una niña asustada, con miedo, sin saber lo que iba a pasar. – Sé que da miedo. – Suspiró. – S-Sé que viste el accidente, y que… Bueno, que tu padre ahora mismo está grave y tal, pero… - Pensó qué más decir. Tenía que intentarlo. Aunque le hablara a la pared. Pero si había una mínima posibilidad de que ella estuviera escuchando, no quería defraudar a Ikana. ¿Qué se le decía a la gente cuando estaban preocupadas por algo?
-                     Todo va a ir bien, ¿De acuerdo? Sé que parecía terrible, pero Bunker… Es uno de los tíos más fuertes que conozco. Aunque me de rabia reconocerlo, le tengo envidia en ese sentido. – Cerró los ojos. No, no podía ir por ahí. Tenía que tranquilizarla, no comenzar a contarle su propia vida. – Verás, los… lo que pasa en un accidente se resuelve en los primeros minutos, ¿Sabías? Con el sistema de sanación que tenemos hoy en día, si alguien llega con vida al hospital, en el… Noventa y cuatro por ciento de los casos  se salva. Y tu padre… Bunker estaba vivo. Lo vi con mis propios ojos. Por eso se lo llevaron con tanta prisa. Porque aún podían salvarlo. Y lo salvarán. Es un hecho.
-                     Deja de intentarlo. – Otra voz le sobresaltó, la voz de Anna. – Estás perdiendo el tiempo. Cuando Alice se bloquea, no hay nada que pueda entrar o salir de su cerebro. Necesita descargarse.
-                     ¿Y cómo conseguimos eso? ¿Qué es lo que hacéis cuando ocurre? ¿Hay que esperar, sin más?
-                     Olvida eso… ¿Es cierto lo que decías? – Preguntó. - ¿De verdad crees que no corre peligro?
Raoul miró a la joven vampiro por segunda vez, y en su mirada, en su iris rojo, ya no vio simple furia ciega. Tras ella, ahora, se transparentaban las dudas e inseguridades. El miedo a perder al que era como un padre para ella. A quedarse sola. Y Raoul sabía bien lo que era estar solo.
-                     Yo… Sí, lo creo. – Confirmó. – Con nuestro sistema actual de sanidad, hoy en día las muertes por traumas de ese tipo son muy escasas. Y encima está en el Astron General, que es uno de los mejores de la ciudad. Alguien tan fuerte como Bunker no tiene de qué preocuparse.
Ella suspiró. Trataba de calmarse. – Lo que dijiste antes, lo de cuidar de Alice, tienes razón. Es mi trabajo.
Avanzó, cruzando por delante de Raoul. – Espera, tú misma lo has dicho. Está en crisis, no podemos entrar o nos…
-                     … ¿Nos matará? – Replicó ella, arqueando una ceja. – Yo ya estoy muerta, cerebrito. ¿Qué te crees que hago aquí?
Antes de que entrara, sin embargo, Raoul la volvió a detener. Hablar del Astron General le había dado una idea. – Escucha, sé que has hecho un esfuerzo para volver y ayudarla, así que ahora me toca a mí: Antes dije que no debías ir. – La mano de Anna se tensó sobre el pomo de la puerta. – Pe-pero eso no significa que no puedas estar allí. No significa que no podáis verlo. ¿Crees que os gustaría?
-                     ¿De qué estás hablando?
-                     El Astron General es uno de los hospitales más seguros del país. Allí es donde los luchadores, los ricos y los famosos van a tratarse. Cuyas idas y venidas son minuciosamente registradas por las cámaras de seguridad. Y, ¿A que no adivinas quién tiene como pasatiempo buscar aberturas en sistemas informáticos?
-                     Y… ¿Y harías eso por mí? – Preguntó incrédula. - ¿Te meterías en problemas sólo para que pudiera ver?
-                     Tú cuidas de Alice, yo cuido de ti. – Sonrió él, satisfecho. - ¿Hay trato?

 Ahora
-                     ¡Se lo comerán vivo, Ikana! – Dijo él. Pero la mujer se arrellanó en la silla, y sonrió.
-                     No sé yo, Bunker… Tengo que reconocer que Raoul nunca ha dejado de sorprenderme. Y, considerando que en su última llamada me informó de que estaban viendo la tele. creo que sí podemos darle un voto de confianza. Aunque, eso sí, me pidió que te dijera que tienes que darle la receta de tu vienés.

martes, 10 de enero de 2017

Historias del pasado

(Publicado originalmente el 8/12/12)

La Casa de Helia

(Publicado originalmente el 26 de noviembre de 2012)
Les propongo una cosa. Vamos a acercarnos a esa casa pequeñita bañada por la luz solar artificial, en Helia, y vamos a observar lo que ocurre en ella por la ventana. Quizás encontremos algo interesante. Pero, ¡cuidado! O nos descubrirá ese ser que, chirriando, manipula unas herramientas con las que controla el fuego, el fuego creado por los seres inteligentes para ocuparse de los animales…

Will B. Good agitó la sartén de nuevo, removiendo la tortilla para que no se pegase y canturreando una canción apenas audible por encima del silbido del aceite. Sus junturas y engranajes, invisibles bajo ese nuevo atuendo que le habían dado y el mandil de chef con bolsitos, se quejaban ligeramente. 

El hecho de que Will no fuera humano sino un ser positrónico, un robot, había hecho que, a pesar de pasar varios años en la nieve de Inverna, sin hacer otra cosa que dar vueltas sobre su existencia y su creador, no olvidase cómo hacer una buena comida. Sus habilidades de Chef habían sido bien apreciadas por los Dueños en el ejército en el que había servido, y las habían potenciado, de manera que ahora, Will era todo un cocinero… Aunque todo hay que decirlo, un poco oxidado. Lo cual quedó patente en el momento en el que llegó una niña, Lee, a la que parecía que la hubiesen dado cuerda.

- Hooola Willy! Le dijo sorpresivamente, y esto hizo que al androide se le cayera más líquido del que estaba echando de la cuenta por el susto, lo que produjo unas llamas repentinas. Sobresaltado, Will retrocedió un par de pasos, dejando a la vista la articulación desnuda de metal de su tobillo. – Oye, no me des esos sustos!- La riñó, enfadado.- Y lávate las manos.- Cuando ella hizo un mohín de disgusto, él añadió:- Ya sé que no te puedes infectar, pero aún así lávatelas. Te vi jugando antes en el barro. Venga, antes de que llegue…- Un estruendo le interrumpió, seguido de un gruñido.- Quien coño ha puesto esta mierda en el… en el… que cojjjjj- los pasos se oían tambaleantes y cuando el hombre entró en la cocina se entendía por qué.

Will soltó un suspiro cuando el cazador tomó otro trago de la botella de licor.-… casa, llena de trastos… TRASTOS!- gritó repentinamente, tirándole la botella a Will. Éste la cogió al vuelo y, mientras Van se tambaleaba, ebrio, echó parte del contenido de la botella en el plato que preparaba.- Mejor sabor, mejor sabooor…- Canturreaba.- Oye. Esa es mi botella. Oye oyyyeee…- Murmuró el hombre envejecido, apoyándose en la encimera.

- Deberías dejar de beber tanto, tío Vany.- Dijo despreocupadamente la pequeña, que también era un androide.- Algún día te va a sentar mal.¿Maal…? Tonteríass… Soy un ángel, entiendess…? Aunque no. Pero esstoy perrfetamente. – La pequeña fue a llevar las cosas para la comida del cazador a la mesa, aunque éste seguía apoyado en la cocina de cualquier manera.- Oyye tú.. chatarra… ¿qué es eso que huele tan bien? Estas cocinanndo…- Will le señaló el plato que ya estaba en el carrito listo para ser servido,  mientras miraba el libro de recetas.

- Es un plato que seguro le encanta señor. Se lo hacía a los oficiales y no tuvieron ninguna queja. Incluso repitieron.- Oficiales…- Y ya empezaba de vuelta. La absurda manía de Van de despotricar contra los altos mandos de cualquier organización era casi tan recurrente como la de Will con su existencialismo, sobre todo en estado de ebriedad.- Essos malditoss oficiales siempre… siempre… ¿Qué decía…?- Sin embargo, toda la fuerza se le había ido por la boca, y cuando la peque se lo quiso llevar hacia la mesa no opuso resistencia.

Cuando el carrito llegó hasta allí, precedido por el robot, también pareció interesarse por la comida.- Hoy encontré este helado barato en el mercado… espero que le guste señor.- Dijo mientras agarraba la mano de Lee para evitar que picase higos.- Hoy nada de eso señorita. Es el cumpleaños del señor Helsing y toda la comida es para él.- En ese momento el susodicho cazador se puso serio.- chatarra, quiero que seas sincero conmigo… ¿te lo estas pasando bien en la casa?- Lee, que estaba sacándole la lengua a will en ese momento se giró, sorprendida por la repentina pregunta personal que había hecho el cazador, y volvió a mirar a Will para oír su respuesta. Éste frunció el ceño, pensando. Hasta se habrían podido oír los mecanismos de su cerebro chirriar, y todo. Pero no. Después de unos instantes, sonrió.- Aquí puedo hacer lo que mi programación dice que me gusta hacer. -Y Lee, mirándolo y mirando también al cazador, esbozó una enorme sonrisa también. 

sábado, 7 de enero de 2017

Magpie y Mockingbird

La ciudad duerme.
Es hermosa cuando duerme. Su horizonte, surcado de edificios, familiar. A mi derecha yace el río Nebro, cuyas aguas tranquilas cobijan espíritus nocturnos. A la izquierda, la Arena, un enorme coliseo donde los más fieros guerreros se mentan las madres entre sí o contra droides en desafíos predeterminados, cada sábado de forma oficial, y cada miércoles de forma no oficial, lo que hace que el lunes y el martes los corredores de apuestas mueven el triple de dinero, y yo tenga el doble de trabajo. Más allá está el desguace, lleno de espíritus vagabundos y poco recomendables.
El distrito de negocios de Mygdar, por su parte, se alza en el centro, rodeado por un suave descenso en el nivel de los edificios al pasar al área comercial hasta llegar a la zona residencial donde se hallaba mi casa. Una ciudad próspera, tanto sobre la ley como por debajo de ella. Mi ciudad.

Pero Mygdar no puede describirse si mencionar la pieza más importante de su arquitectura pregoriana, un mastodóntico templo a Klynea y Malthais, los antiguos dioses de la vida y la muerte. Tras más de tres mil años de culto, ya nadie veneraba a Kliné y Morian (Distintos nombres, los mismos dioses) como personas, espíritus ni dioses realmente. Eran más bien conceptos. La vida y la muerte, el amanecer y el ocaso, el placer y el dolor. Y la magia, la magia en medio de todas ellas.
Hoy en día, el culto a Kliné y Morian no es más que una escuela filosófica y un modo de vida, pero, a pesar de todo, los dos dioses siguen teniendo un templo en ésta ciudad.

Y, en lo alto de su pináculo, estaba yo. Una figura oscura ondeando al viento de la noche, una vigilante silenciosa. Mis ojos, tras la máscara negra, repasaron las luces que tanto conocían, las avenidas, los parques y las distintas barriadas, hasta que al final, distinguieron dos formas que se acercaban volando.
- Hugin, Mugin. – Saludé a mis dos cuervos. Mis amigos. Mis sentidos, en cierto modo. Si patrullas los barrios bajos en persona, la gente se esconderá, pero… Nadie vigila para que no vengan los cuervos.
No saben hasta dónde llega su error. Estiro mi brazo, y Hugin y Mugin se posan suavemente, con un leve susurro de sus garras contra el protector del antebrazo, y me miraron con sus ojos inteligentes, esperando a que yo comenzara, como siempre, el contacto.
Aprendí a contactar telepáticamente con los animales hace sólo un par de años: Mi hermano fue quien me enseñó. Un bicho raro, que a los diez años apenas salía de casa. O eso pensaba yo. Pero los perros del vecindario no pensaban lo mismo. Ni los gatos, ni los pájaros, ni siquiera la colonia de imps que vivía en solar a tres manzanas. A su lado, yo, que sólo había podido entablar conversación con Hugin y Mugin, no era más que una principiante.

Pero ellos eran todo lo que necesitaba, al menos por el momento. Rápidos, silenciosos, listos y perspicaces, habían sabido dónde ir, dónde mirar y qué escuchar, y ahora me traían las buenas nuevas: Los objetivos a los que había estado vigilando durante las últimas semanas se habían puesto en movimiento, por fin, y habían recuperado de su escondite el botín que estaba buscando: Una astilla de Styrx, el Árbol Negro que crece en la capital. El corazón de un vampiro.
Generalmente, se hacen añicos cuando los vampiros se mueren, volviendo, por la tierra, al Árbol Negro, pero es posible obtenerlos intactos. La operación es tremendamente complicada y tremendamente ilegal – después de todo, los vampiros también son personas – pero, si eres un señor de la mafia, merece la pena. Porque según Mockingbird, mi ayudante, purificando la astilla de Styrx, es posible conseguir un Núcleo Dracónico.

Y digamos que me quedaría más tranquila si ninguno de los señores criminales de ésta ciudad tuviera en su poder un núcleo dracónico. Acortaría mucho mi vida, no sólo como patrullera enmascarada, también mi vida en general.
Por eso era tan importante aquella Astilla de Styrx, y por eso tenía tanto interés en esperar hasta que aquellos sicarios la sacasen de su escondite, y en hacerme con ella una vez lo hicieran.
En silencio, gracias a la magia de las alas de mi traje, caí junto al coche que se encontraba ante el templo, y miré en su interior, en el que había un joven que también portaba un disfraz… Es decir, un traje muy similar al mío. Y estaba durmiendo, mientras la guitarra que usaba como arma descansaba junto a él.
- ¡Arriba! – Le desperté al entrar en el lado del conductor. – Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés muerto.
- ¡Oye! – Despertó de golpe. - ¡No estaba durmiendo, estaba, eh… meditando sobre nuestro siguiente objetivo! ¡Como tú ahí arriba! Además, ¿Qué quieres que haga, si me sacas de casa a estas horas de la noche? No todos somos bichos raros nocturnos como tú.
- Yo no te he sacado de ninguna parte. – Repliqué, frustrada, sin saber por qué había escogido como ayudante a alguien como él. Me era útil, eso sí, tanto por la fortuna de sus padres como por su habilidad con las máquinas. Aun así, nada impedía que yo, una experta en el arte de la queja, como solían decir mis padres, protestase. – Y si tan bicho raro crees que soy, no sé qué haces aquí. Podrías dedicar tus noches a cualquier otra cosa.
- Está bien, tranquila. – Replicó él, conciliador. – Sólo pensaba en que eres la única chica que conozco que me ha llevado a atrapar criminales en la primera cita.
- Ahí estaba otra vez. Maldito Mockingbird… – Esto no es una cita. – Repliqué, con voz sorda. – Vamos.

Y el coche arrancó, llevándose con él el sonido de su risa, y permitiéndome pasar la mirada una vez más por el templo. Vida y muerte, amanecer, y ocaso. Él, Mockingbird, y yo, Magpie. Dualidades. Todo son dualidades. Y, en el medio, la magia.

Pero, en este caso, no sería la magia la que nos llevaría hasta la Astilla de Styrx, sino la tecnología GPS del coche de Mockingbird, la Global Positioning Spirit, que nos llevó directos al piso franco donde guardaban la Astilla. Un piso que, para cuando llegamos, estaba vacío. En el rato que habíamos tardado desde mi puesto de observación, en el que habían tardado los cuervos en avisarme… ¡Pues claro! - ¡Maldición! – Pateé el suelo de piso vacío, mientras Mockingbird miraba alrededor, con la guitarra a la espalda por si acaso.

¿Cómo podía ser tan tonta? Me quité la máscara de pájaro y sentí deseos de estrellarla contra el suelo. ¿Por qué siempre que tenía meticulosos planes para salirme con la mía, había detallitos como aquél que hacían que todo saltase por los aires? En clase decían que era demasiado cuidadosa, que intentaba abarcar demasiado con mi mente. Percibía demasiadas cosas. Mi hermano contrarrestaba ese exceso de estímulos con sus consolas, aislándose del mundo, pero yo… Yo era torpe y descuidada. Y en ocasiones como aquella, volvía a morderme en el culo de formas humillantemente obvias.

- Emmm… ¿Magpie? – Mockingbird también se había bajado la máscara, y ahora manipulaba velozmente la pantallita luminosa que tenía ante él. - Yo no hablo pájaro, pero... ¿Te dijeron tus amigos cómo era el coche de los malos?
- ¿Qué importa eso? – Repliqué, sabiendo que eso no cambiaba nada. La habíamos fastidiado, habíamos llegado demasiado tarde. Ellos podrían estar ahora en cualquier sitio, había una zona demasiado grande para buscar.
- Perdona que te diga, pero no es así. – Replicó él, con una sonrisa que me hacía entender por qué las chicas del instituto se morían por estar con él. – Permíteme.
Con un par de toques en la pantalla, ante nosotros se formó una imagen en el aire, mostrando un plano de la zona. – El sofá todavía estaba caliente cuando llegamos, así que hemos fallado por unos minutos. Están cerca, y, cuando me digas cómo es su coche, podremos rastrearlo usando la red de vigilancia de Mygdar.
- ¿Has entrado en la red de vigilancia de Mygdar? – Repliqué, incrédula. La gente normal tenía como hobbies ver las peleas de la Arena o practicar magia culinaria, no adentrarse en las redes de vigilancia municipal. Aunque yo no podía quejarme, la verdad.
- Sí, bueno… - Él se rascó la nuca, con una sonrisa culpable. – En realidad sólo activé la backdoor que descubrí cuando entré hace un par de días.
- ¿Y para qué hiciste eso?
- Para impresionar a una chica. – Replicó él, con todo el desparpajo del mundo, para luego guiñarme un ojo. - ¿Estás impresionada?
Si realmente se refería a mí, tendría que dedicarse a ello más concienzudamente. No era muy impresionable… Aunque sí apreciaba el esfuerzo.
Por suerte, Hugin y Mugin habían registrado en su memoria el coche y la matrícula de nuestros objetivos, y no tardamos mucho en identificarlos, y en trazar su dirección. Y, una vez hecho, supimos a dónde se dirigían. - ¡El desguace!

Era evidente, si uno lo pensaba. El desguace de las afueras de la ciudad era prácticamente tierra de nadie, lleno de espíritus abandonados y droides renegados que habían logrado escapar de la arena. No era un lugar donde la gente que iba a cerrar tratos oscuros tuviera muchas distracciones. Al menos, no las tenían hasta hace un par de años. No las tenían, hasta que yo decidí que ésta ciudad necesitaba una heroína.
Y ahora me tenía a mí. Tenía a Magpie.


El orco cerró la puerta de la furgoneta gris, mirando a su alrededor. Un escenario tétrico, cuanto menos, con todas aquellas torres hechas de coches aplastados y comprimidos hasta formar bloques de construcción. Una ciudad hecha, en cierto modo, de cadáveres de coches. Un lugar muerto.
- ¿Estás seguro de que era aquí? – Le gruñó a su compañero, el humano, que tenía un maletín en la mano y se había encendido un pitillo para combatir el frío, apoyado en una de las farolas que iluminaban la entrada. – Éste lugar me pone los pelos de punta.
- Tranquilízate, hombre. – Replicó su compañero. – Sólo tenemos que entregar el paquete y largarnos, ¿De acuerdo? Sólo estamos en la entrada… No sabía que te asustasen un par de droides renegados…
- No me asustan los habitantes del desguace. – Replicó el orco. – Pero durante todo el camino aquí… Estoy seguro de que nos seguían.
- Estás paranoico, ya te lo he dicho. – El humano dio una calada. – Ocurre cuando llevas uno de éstos, que tienes la sensación de que la pasma lo sabe y en cualquier momento te van a atrapar.
- No es eso, es sólo que… - Comenzó su compañero, molesto, pero un fuerte graznido lo cortó.
Un cuervo se posó a pocos metros de ellos.
- ¿Eh?
Otro cuervo graznó desde la farola que les daba luz. Y entonces, cuando levantaron la mirada, vieron que no eran únicamente aves lo que los acompañaba aquella noche. - ¡Por la madre de…!
La figura alada cayó sobre ellos en silencio, pero ellos no hicieron lo mismo. Retirándose del punto de impacto, el orco, Uruk, sacó una pistola, con la que se dispuso a disparar a la figura oscura. Magpie la envolvió en una de las alas negras de su traje y se la arrancó de la mano, y a continuación le arreó una patada a la rodilla y otra al pecho, intentando derribarlo para ir tras el humano del maletín.

Pero el orco era más duro de lo previsto, y los golpes de la enmascarada no eran suficientes para aturdirlo. Agarrando el tobillo de Magpie, sacó un cuchillo, que trató de usar contra ella. Revolviéndose y usando de apoyo la pierna que él había agarrado, volvió a patearle ésta vez en plena cara, sin aturdirlo aún, pero permitiéndole recuperar la movilidad. Y, una vez en pleno uso de sus facultades y tras un primer asalto, Magpie pudo poner en práctica su magia. Sacando ella también un cuchillo, cruzó aceros un par de veces con el orco, pero logró acercarse lo suficiente, y entonces su magia entró en acción.

El orco se tambaleó, notando cómo sus sentidos comenzaban a turbarse. Cerca era lejos, arriba podía ser abajo, y el suelo no dejaba de moverse. Era un hechizo de confusión básico, sin muchas pretensiones, pero era lo que necesitaba Magpie para comenzar, y tras un par de golpes más, logró tumbar al orco y éste dejó de ser un problema.
Se lanzó, entonces, en pos del otro, pero el humano no era tonto, y en vez de sacar absurdas navajas o pistolas contra ella, lo que había sacado era la astilla de Styrx.
- ¡Atrás! – Dijo, a varios metros de ella. Magpie se detuvo. – Sé lo que es esto, niña. Y sé lo que puede hacer, aunque no esté purificado del todo. Sé que, si lo utilizo, ni siquiera tú serás capaz de detenerme. – Ambicioso, entrecerró los ojos. – No quieres que lo venda, pero desde luego, no quieres que lo use aquí y ahora. Así que retrocede, niña. Largo de aquí… O lo usar- ¡Argh! – Gritó, tomado por sorpresa y comenzando a temblar, aquejado de violentas convulsiones. La astilla cayó al suelo, y él lo hizo poco después, inconsciente. Tras él, estaba un enmascarado Mockingbird, empuñando una pistola eléctrica descargada. – ¿No te enseñó tu madre a no jugar con magia que no supieras controlar? – Dijo, jovialmente, mientras Magpie se acercaba y recogía el fragmento mágico. - ¿Eh? ¿Qué te parece, Magpie? ¿Ha sido guay o no? Sólo he necesitado un golpe, y encima te he salvado el pellejo.
- Eso es porque te había dejado el blandito. – Replicó ella, aliviada de que se hubiera acabado, a pesar de todo. – Intenta hacerle eso mismo a un orco, a ver que te dice. En fin, otro trabajo más terminado con éxito. – Le estrechó la mano al chico. – Astilla recuperada, criminales atrapados…
- Ahora sólo nos queda empaquetar todo para regalo y dárselo a las autoridades. Esto es lo que yo llamo, una señora ci…
- Calla. – Replicó ella, sin soltarle la mano. Se acercó a él, y elocuentemente, miró hacia arriba.
Cuando el chico siguió su mirada, se dio cuenta de lo que quería decir. Allí, sobre una torre de escombros de coches, se erguía una silueta oscura, en completo silencio. Una forma humana.
- El comprador. – Musitó Mockingbird, comprendiendo.
Dos ojos rojos se iluminaron en lo que debía de ser la cabeza, y los chicos sintieron un escalofrío. Y cuando la figura se abrió la capa, pudieron ver, a la luz de la farola, las múltiples cuchillas y armas que había adheridas a la armadura de combate del nuevo visitante.
- Peor aún. – Magpie tragó saliva. – Es mi padre. ¡Corre!
Echaron a correr, en desbandada, mientras la figura más negra que la noche se elevaba en un vuelo mágico, antinatural, lanzándose en su caza. Y Mockingbird, el jovencito y risueño Mockingbird, se sintió por una vez como el pajarito que le daba el nombre. Pequeño, indefenso, y a merced de un depredador cuyas habilidades estaban más allá de su nivel.
No sabía mucho del padre de Magpie. Sabía que nunca estaba en casa, que siempre estaba ocupado con trabajos de alto nivel, y que no era buena idea meter las narices en el tema. Pero ahora, era él, en persona, el que los perseguía, si es que Magpie había dicho la verdad. Y, por el tono de voz de la joven y por la urgencia con la que lo había tomado de la muñeca y había echado a correr, aquello era muy, muy malo.
Magpie, por su parte, notaba su corazón palpitar en sus oídos. Su padre… Maldita sea, no había esperado verlo allí. No en aquellas circunstancias. Sus padres no sabían de su hobby nocturno, y por lo que a ella respectaba, no lo sabrían nunca. Y encontrarse con él, más aún en aquellas circunstancias…
Corriendo por os pasadizos que había entre los montones de basura, Magpie podía notar su mente, acechándolos en silencio, detrás de ellos, ganando terreno a cada paso y a cada salto. Una mente asesina, acostumbrada a desafíos mucho más avanzados que dos jóvenes que juegan a ser patrulleros.
Y ella lo sabía. Conocía los riesgos, Sabía que, antes o después, acabaría pasando. Si metía el pico en asuntos turbios, tarde o temprano tendría un encontronazo con él. Y tenía que ser así, en cierto modo. Pero Mockingbird no. Él no se lo merecía. Era demasiado inexperto, demasiado ingenuo para aquello. Ella se había entrenado, se había hecho a la idea. Pero él sólo estaba pasando el rato.
No, aquella no era tarea para Mockingbird. Su tarea era correr, correr hasta la estación de policía más cercana. Eso fue lo que le dijo la joven al ver allí la salida del desguace, aún perseguidos por los letales ojos rojos.
- ¿Y tú? – Vaciló él. - ¿Qué harás tú?
- Yo me enfrentaré a mi destino. – Replicó Magpie. – Es a mí a quien busca, y si lo enfrento, podré darte el tiempo necesario para huir.
- Pero…
Pero nada. No había peros cuando se trataba de su padre. Si Rick se enfrentaba a él, Magpie no sabía lo que podría ocurrir. No tenía ni media oportunidad si se quedaba. Así que Magpie lo soltó, empujándolo hacia la salida, y saltó sobre un pedazo de chatarra, impulsándose para lanzarse contra la figura que saltaba en dirección contraria.

Sus aceros chocaron en el aire, y los luchadores se posaron suavemente en el suelo, en idénticos ademanes. Sus alas se revolvieron tras ellos, volviendo a transformarse en capas. A un lado, la máscara de pájaro de Magpie. Al otro, la de ojos rojos de su padre. Ella adoptó una posición de combate, y se lanzó hacia él, sin previo aviso. Él la detuvo, sin problemas, y procedió a realizar un contraataque apropiado.
Ya no era un matón que tirase de navaja para asustar a los rivales. Aquel combate era de un nivel mucho más superior, y más de una vez, Magpie tuvo que poner en práctica todos sus reflejos para evitar ser reducida a rodajas por las cuchillas de su padre.
Saltó hacia atrás, y cuando él trató de acuchillarla de nuevo, aprovechando su inestabilidad temporal, ella le envolvió mano y cuchillo con su capa, atrapándoselos y permitiéndole lanzar una llave apoyándose en su brazo para atrapar su cabeza entre las piernas y, aturdiéndolo, lanzarlo hacia un lado.

Ambos se separaron, con sendas piruetas para recuperar el equilibrio, y volvieron a enzarzarse, pero Magpie sabía que ésta vez no sería tan fácil como con el orco. Sabía que ésta vez no contaba con su arma principal, sus poderes telepáticos, al menos no si no quería que él hiciera lo mismo. Contra su padre, estaba condenada a luchar usando únicamente sus brazos y piernas.
Y puede que estuviera muy bien adiestrada, puede que manejase el cuchillo como una profesional, puede que sus golpes pusieran verde de envidia a más de uno en la arena… Pero, en el fondo, Magpie no era más que una adolescente. Y en el fondo, siempre supo que no había ninguna posibilidad de que ganase a su padre.

Con un barrido, él la hizo dar un traspié, lo que la obligó a retroceder y a perder inercia. La golpeó en el plexo solar, y Magpie se quedó sin respiración, doblándose hacia, y permitiendo que él, con un revés, la estampase contra la montaña de chatarra que tenían al lado, que cayó sobre ella, sepultándola parcialmente e imposibilitando cualquier tipo de defensa que pudiera poner entre ellos. La figura masculina la inmovilizó, pisando una barra que había quedado sobre el pecho de Magpie, y se inclinó hacia ella, con aquella máscara con los ojos brillando en rojo.
Había perdido. Magpie tragó saliva, humillada dentro de su máscara de pájaro. Era su oportunidad para brillar, y había perdido por una tontería. Al menos, se dijo, le había dado tiempo al Mockingbird. Al menos, Rick – el nombre real del chico – estaba ya fuera de peligro.

No está mal. – Dijo una voz ahogada procedente del interior. – Pero aún estar lejos. Mientras no seas capaz de prestar atención a tus alrededores, estás perdida. Y ahora… creo que tienes algo que me pertenece.
Pero la batalla aún no había terminado: Un relámpago alcanzó la espalda del vencedor, enviándolo un par de metros más allá. La figura negra se levantó, envuelta en la capa, y los miró con sus ojos rojos, mientras algún pequeño relámpago residual recorría su traje.
- El único que tiene que prestar atención a sus alrededores... es usted. – Dijo Mockingbird, ayudando a levantar a Magpie. – Creo que no nos conocíamos. Soy el nuevo compañero de su hija.
- Muy caballeroso… - Dijo la figura enmascarada ante ellos. – Pero muy estúpido, yendo junto a ella. Ahora sois dos blancos en un mismo sitio.
- Tiene razón... - Murmuró Magpie, recuperándose.
- ¡No por mucho tiempo! – Gritó él, sacando la guitarra, reforzada mágicamente para convertirse en su arma de elección, y lanzándose contra la oscura figura, sin darle tiempo a reaccionar.
Magpie tampoco pudo reaccionar. Sólo pudo acabar de levantarse entre la chatarra y alargar el brazo hacia el chico, gritando “¡No!”. Pero él no la escuchó, y le dio un guitarrazo a la figura que había ante él. O, mejor dicho, a la capa y la máscara que actuaban como señuelo. Magpie podía imaginarse su cara de estupor al golpear en vacío, y la que puso cuando su padre, ahora sin capa, se colocó tras él, empuñando el cuchillo contra su garganta.
Habían perdido.
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Suspiré, pasando por encima de los escombros y chatarra y acercándome. El juego había acabado. – Déjalo, padre.
Rick podría tener todos los aparatos que quisiera, la última tecnología y las frases más resultonas de los cómics, pero en el fondo, la patrullera era yo. Él sólo era un chaval de instituto con un traje mágico. No necesitaba correr los mismos riesgos. – Has ganado.
Él se apartó de Rick, y, con un movimiento, envainó también su cuchillo.
- Estás en lo cierto. – Dijo, volviéndose hacia ella mientras Rick recuperaba el aliento. Se apartó la tela que le ocultaba el rostro una vez sin máscara y la encaró, mostrando sus ojos rasgados y su cabello fino negro. – Pero tengo que reconocer que has mejorado.

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Ella también se desenmascaró, dejando de ser la enmascarada Magpie para ser Freya Cold, la compañera de clase de Rick, de ojos rasgados y mirada fría y seria. - ¿Tú crees? He caído como una tonta cuando me has lanzado contra las basuras.
- Lo cual no habría importado. – Replicó su padre, tomándola del hombro de forma afectuosa. – Porque ya le habías entregado la Astilla a tu compañero, al verme por primera vez, cuando le estrechaste la mano. Tener éxito no siempre implica ganar la batalla. Si tu amigo no hubiera vuelto a por más, efectivamente me habríais ganado.
- No pensaba dejar tirada a Freya ante el peligro. – Replicó Rick, quitándose también la máscara de Mockingbird, con cierta expresión de fastidio. – Aunque yo sea el único que ve ese peligro.
- Lo siento, Rick, debí habértelo dicho. – Suspiró Freya, acercándose a su amigo. – Es la primera vez que me topo con mi padre así vestida, pero es tradición que cada vez que nos encontremos, evalúe mis habilidades en un simulacro de combate. Sabía lo que iba a pasar cuando lo vi ahí, y pensé que avisarte le quitaría realismo a la situación.
- Lo sacaste del juego tan pronto como pudiste, - Añadió el hombre. – Pero, aun así, él volvió a por ti. Has hecho amigos. Eso me gusta.
- Entonces… Nada de esto era real, ¿no? – Suspiró Rick. Sabía que ir con Frey a patrullar por las noches iba a ser una locura cuando aceptó, y sabía que su familia era una locura (no en vano tenía dos madres y un padre) pero no imaginó que ambas se entrelazarían de aquella manera. – Entonces, ¿Todo esto era un test para comprobar tus habilidades? Los sicarios, la astilla… ¿Todo era falso? – Sacó el pequeño objeto negro, que relució en sus manos.
Pero no, no era falso, les explicó el señor Cold, que, según Rick pudo saber, trabajaba en un cuerpo de operaciones especiales del Gobierno.
Básicamente, hace lo mismo que yo, pero a nivel nacional. – Apuntó Freya, y el chico vio que se le hinchaba el pecho y notó cierto orgullo en su voz.
Y él también le seguía la pista a la astilla de Styrx, aunque lo había hecho por el mercado negro, interceptando al comprador original para sustituirlo.
Lo único que nos quedaba era averiguar quién era el proveedor original, y es lo que pensaba averiguar una vez atrapase a los dos maleantes de ahí atrás. Imagina mi sorpresa cuando vi que mi propia hija me estaba quitando el trabajo.
- Pero, ¿Cómo supo que era su hija? – Preguntó Rick, que aún no estaba del todo convencido. – Es decir, íbamos con máscaras, trajes, distorsionadores de voz…
La mirada que le lanzó el padre de Freya fue más que elocuente.
- ¿De verdad crees que no era consciente del pasatiempo de mi hija? Tenme un poco de fe, hombre.
Él fue quien me enseñó todo lo que sé. – Añadió Freya, mientras se aproximaban de nuevo a la entrada, donde los dos sicarios seguían inconscientes con su furgoneta. – O bueno, casi todo.
Por cierto, chico, buen golpe. – Le felicitó el señor Cold, examinando el cuerpo del humano. – Esa forma de acercarte por detrás para luego arrearle un calambre… ¿Cómo lo hiciste para que no se diera cuenta?
 - Bueno... – Rick acarició su guitarra, inseguro. Era un poco extraño que alguien de las fuerzas especiales, un cuerpo de élite, te preguntase que cómo eres tan eficiente. – He instalado un cancelador de sonido aquí, en la caja de resonancia. – Suspiró y miró a Freya, que parecía reconocer su esfuerzo. – La gente normalmente cree que ella es la sigilosa, por su aspecto, así que aprovecho que me dejan de prestar atención y…
- Tecnología Salazar… - Dijo el señor Keith, y, a su pesar, Rick tuvo que darle la razón. La pericia de su familia con las máquinas rivalizaba con la de los enanos. - ¿Crees que podrías tener una versión portátil para mañana por la mañana? Te pagaré por ello.
Él arqueó la ceja, aún más incrédulo, pero asintió.
- ¿Eso quiere decir que te quedarás unos días? – Preguntó Freya, con los ojos brillantes. El trabajo de su padre hacía que tuviera que ausentarse de casa con frecuencia, por lo que ella procuraba atesorar todos sus momentos juntos. - ¡Bien!
- Bueno, mi misión era descubrir al propietario original de la Astilla de Styrx, - El señor Cold se encogió de hombros. – y por lo que parece ya me has hecho el trabajo, hija, así que siempre que compartas la información, supongo que puedo tomarme algunos días libres. Le diré a mi jefa que mi hija me ha invitado a conocer su novio Salazar.
- Espera, espera… ¿¡Cómo que novio!? – Replicó Frey, mientras Rick se partía de risa.
- Te lo dije, Frey…– Alcanzó a decirle, bromeando. – No intentes negarlo…
- ¡Por supuesto que pienso negarlo! – Gruñó ella, indignada.
- No te preocupes, hija… Está bien. – Le siguió tomando el pelo su padre. – Con todo el dinero que tienen, no pienso ponerte ninguna pega.
Y Freya siguió protestando, mientras se ponían en marcha hacia la ciudad, de nuevo, una ciudad cuyas luces iluminaban la noche.


La ciudad no duerme. Desde los espíritus del río Nebro hasta los despachos de negocios donde los becarios hacían horas extra, desde la Arena con sus competiciones clandestinas hasta el desguace con sus transacciones de bienes robados, Mygdar es una ciudad que zumbaba de magia y vida por la noche. Un lugar donde, hasta hace un par de años, la magia oscura supuraba por doquier, y los anfibios nigromantes dominaban las alcantarillas. Pero ahora, ésta ciudad cuenta con una nueva guardiana silenciosa. Una protectora nocturna, una vigilante alada.
Mi nombre es Freya Cold, tengo quince años, y esta es mi ciudad. Vivo en un chalet en la zona residencial, y voy de compras al mismo centro comercial que el setenta y cinco por ciento de las jóvenes de quince años de Mygdar. Pero, cuando el sol se pone, cuando me reúno con Mockingbird, cuando me alzo junto a mis cuervos en el pináculo más alto del templo…

Entonces, soy Magpie.

domingo, 1 de enero de 2017

La Reina y la Llama



El reino de Kingsia era un lugar convulso para los humanos. Con el Imperio Elfo al norte, que siempre era una amenaza – los elfos, elegantes y altivos, dominaban la magia como nadie – y la impenetrable jungla de la diosa Enna, que se extendía a través de más de quinientos kilómetros al sur hasta deshacerse en manglares y pantanos, en Cabo Verde, y era hábitat de temibles bestias anfibias y aguerridas tribus guerreras, guardadas por aquellos invencibles soldados-jaguar.
Y, en el medio, entre magos y jaguares, entre elfos y quimeras, estaban los humanos. El pequeño y frágil reino de Kingsia, o así era como se sentían, a pesar de que durante los distintos países habían ido uniendo sus fuerzas, con deseo común de protegerse de las amenazas a norte y sur, e incluso de los piratas que acosaban sus costas este y oeste.

No era fácil salir adelante para los humanos, que cuando no tenían que vérselas con la sequía que auguraba hambruna invernal, tenían que hacerlo con bandidos, y siempre teniendo en cuenta que debían dar el diezmo al noble de turno, algo que pocos de ellos, o ninguno, veían con buenos ojos. ¿Por qué tenían que alimentar una nobleza y una monarquía que no hacían más que asentarse en sus privilegios?
Por fortuna, ninguna de estas tribulaciones llegaba hasta la pequeña Eleanor, de diez años, la princesa y primogénita del trono de Kingsia, que, en aquel fresco día del tres de mayo del año 1506 dT decidió aprovechar el maravilloso día dando un paseo por el gran jardín del que disfrutaban sus padres. Comprobó que los caballos de las caballerizas reales estaban bien alimentados, y que los conejitos seguían saltando alegres, saludó a las hadas de la colmena de la arboleda, pastoras de abejas que proveían de miel al palacio, y a los gnomos que hacían sus casitas entre las raíces, cuyo trabajo era asegurarse de que la infraestructura del edificio seguía siendo sólida como una roca y de reparar los desperfectos. Luego rodó por la pradera, manchando su castaña melena de briznas de hierba y tierra, para ser reprendida por su nodriza.

Tampoco alcanzó ninguna de estas tribulaciones a la pequeña Eleanor, primogénita al trono de Kingsia, el fresco día de cuatro de mayo del año 1506 dT, cuando decidió aprovechar para dar un paseo por el gran jardín de sus padres. Visitó los caballos, los conejitos, los criados, las hadas y los gnomos, y volvió con su nodriza, que volvió a regañarla por la suciedad de sus cabellos y su vestido.
El cinco de mayo Eleanor hizo exactamente lo mismo, con pocas variaciones, y así podríamos seguir durante muchos días. Día tras día, semana tras semana, Eleanor no tenía que preocuparse por su supervivencia… Pero también tenía sus propios problemas. Era por su seguridad, decía su nodriza. Era por su bien, decía su madre. Era por el reino, decía el Rey. Pero ninguno la dejaba salir de allí. Todos los días, cuando la pequeña Eleanor alzaba la mirada hacia el infinito, buscando el amanecer del sol, o el perfil de la ciudad de Regium en la que se encontraba, se topaba con los gruesos muros de piedra y magia al otro lado de la gran Fortaleza Real.
Los muros que, según su aya, las protegían de las maldades del mundo exterior, y tras los cuales se encontraban peligros sin fin. Pero también…

Tras esos muros estaban las historias. Historias de intrépidos aventureros, que se adentraban en sinuosas mazmorras para recuperar tesoros legendarios de civilizaciones perdidas tiempo atrás. Historias de enanos que luchaban contra dragones para reclamar su tierra, y de elfos cuyos romances prohibidos con humanos revolvían al mundo entero. Y Eleanor soñaba. Soñaba con encontrar genios en lámparas viejas que le permitieran vivir aventuras, o que se convertía en vieja por una maldición y salía del castillo, disfrazada de criada, para conocer a un mago apuesto que le enseñase a lanzar conjuros.
Sí, Eleanor soñaba mucho. Soñaba que vivía una vida llena de aventuras y de cosas por hacer. Pero sus ojos siempre tropezaban con la sólida pared de piedra y magia del final del jardín del castillo. Y ella tenía que conformarse en su jaula de oro, con sus clases de protocolo y sus paseos por la arboleda, saludando a hadas y enanos, y asomándose al mundo a través de la biblioteca.
Hasta aquel día.

-          Bueno, yo creo que en realidad sí que te gusta estar aquí. – Le dijo aquel día una de las hadas, que revoloteaba a su alrededor. Eleanor no recordaba haberla visto antes, pero al fin y al cabo, la vida de las hadas no era larga, y cuando le contó que el gorro rojo que llevaba puesto se lo había quitado a un gnomo, se echó a reír y no tardaron en hacerse amigas. – Piénsalo Ele, tienes todo lo que necesitas. Comida, sitio para jugar, gente que te quiere…
-          Pero no sé, Cerilla. – Replicó Ele, haciendo una mueca de disgusto y poniéndose a horcajadas sobre una rama. Si su nodriza la viera, manchar así el vestido… - Ya sé, sí, dentro se está bien, fuera sólo hay gente mala… Pero quiero, no sé, sólo quiero un día ahí fuera. ¡Quiero ver gente, mercados, cabañas, bosques! – Levantó los brazos. - ¡Quiero sentir emoción! Yo… ¡Epa! – Al levantar las manos para gesticular, la princesa se resbaló de la rama y se arrojó al vacío, pero Cerilla la detuvo agarrándola por la parte trasera del corsé. – Tal… tal vez un tipo de emoción más cerca del suelo. – Admitió. – Pero por muy bien que esté, yo quiero salir. ¡Ya no soy un bebé al que andar protegiendo! ¡Incluso me hacen llevar corsé como a una señorita!
El hada se echó a reír con aquella risa tonta que tenían todas las hadas, como si les hubieran pagado – o hechizado – para encontrar gracioso y divino todo lo que Eleanor decía.
-          ¡No te rías! – Gritó, fastidiada. - ¡Yo sé lo que quiero!
-          ¿Estás segura? – El hada dio una voltereta en el aire, y volvió a alisar la falda rosa con las manos. – Pues yo sigo creyendo que tú en realidad quieres quedarte aquí. Quieres que esa señora tan mayor y tan fofa siga mandándote lo que debes hacer y cómo debes comer la sopa. – La princesa hizo una mueca aún más profunda, pero Cerilla continuó. – Yo creo que en realidad lo que quieres es seguir aquí con tus comodidades. Si no, te habrías ido hace mucho tiempo ya.
-          Pero, ¿Qué estás diciendo? – Replicó Eleanor. - ¡Eso es mentira, y lo sabes! ¡Ni mamá ni la aya me dejan salir de aquí!
-          ¿Y? – Replicó el hada, entrecerrando sus ojillos negros. - ¿Quiénes son ellas para decirle a una Reina qué debe o qué no debe hacer?
Lo dijo de una manera que Eleanor sintió un escalofrío recorrer su columna, y su enfado desapareció en gran medida.

Pero no era tan sencillo. Su madre y aya eran una cosa… Pero su padre, el Rey, era el responsable último de su presencia allí, de su encierro. Era él quien controlaba los hechizos de los muros, y todo para mantenerla allí, para asegurar su descendencia. Porque la leyenda decía que sólo se sentaría en el trono de Kingsia un guerrero lo suficientemente fuerte para mandar, pero sólo podría mantenerse en él alguien que tuviera la sangre real de su lado.
Y, por tanto, Eleanor sabía que ese era su destino, ser la “sangre real” necesaria para que un fuerte guerrero se casara con ella y se convirtiera en rey.
-          Seguramente habrá una maldición y dormirás durante muchos años antes de que alguien atraviese un bosque de espinos para verte… - Cerilla se echó a reír. – O no, o ya sé, te encerrarán en una torre muy alta protegida por un dragón para asegurarse de que te rescate alguien muy fuerte… Qué triste, de una mansión, a una torre.
-          ¡No digas tonterías! – Ella hizo un puchero, sintiendo ganas de llorar por lo deprimente de su futuro.
-          Bueno, no sé si el destino en piedra o no… - Revoloteó Cerilla a su alrededor. – Pero lo que sé es que no dice nada de lo que hagas hasta entonces. Si vas a pasar tu adolescencia confinada en una torre con un dragón, ¿Por qué no aprovechar ahora que puedes salir para ver un poco del mundo?
La princesa se exasperó. ¿Cómo iba a entenderlo Cerilla? ¡No podía salir! Estaba allí atrapada por los escudos mágicos milenarios. El rey era el único ante quien obedecían, pero sería imposible engañar a su padre para que colaborase.

-          Pero si esos hechizos son milenarios, eso significa que tu padre no es el creador, ¿No es así? – Dijo, pensativa, Cerilla. – Significa que antes de tu padre, obedecían a su padre, y a su padre antes que él. Significa que esos hechizos no obedecen a la persona. Obedecen a la sangre real.
Y, al fin y al cabo, ese era su destino, pensó Eleanor, sorprendida. Ser la sangre real necesaria para controlar el castillo. ¿Por qué no comenzaba a ponerlo en práctica? Sólo necesitaba una pequeña llave mágica que había en el dormitorio del Rey, que, según Cerilla, abría un pequeño pasadizo por debajo del jardín.
-          Todas las hadas y gnomos saben que existe, pero no sirve de nada mientras nadie abra la barrera. Eres la única que puedes hacerlo, Ele. – La hadita sonrió. – Hazlo. Trae la llave, y yo te prometeré aventuras sin límite. Te prometeré que serás la protagonista de tu propia historia.
Aventuras sin límite… Los ojos de Eleanor brillaron, ambiciosos, mientras estrechaba la mano del hadita y le prometía que así sería. Tomaría esa llave, y abrirían juntas la puerta a su libertad. No más libros en la cabeza, no más reglazos cuando sorbía la sopa, no más dignatarios aburridos y niños nobles adormilados cuyos padres planeaban casarlos con ella.
No más destinos que cumplir.
A la hora acordada, Eleanor se encontraba con Cerilla en el lugar acordado, la puerta del fondo del jardín, más allá de la arboleda. Cubierta de musgo, vieja y ajada, como si no se hubiera usado nunca. Pero la llave encajó a la perfección. La puerta estaba abierta, y, una vez Cerilla le explicó cómo le había visto hacer a su padre, la pequeña princesa no tardó mucho en ver aquella especie de velo transparente que se interponía ante ella. Tan tenue, pero tan sólido. Tan hermoso, pero tan aprisionador. Una jaula de oro. Su jaula.

Pero ahora, Ele tenía la llave.
Así que, pronunciando las palabras mágicas, colocó la mano ante el velo, y observó cómo éste comenzaba a deshacerse a su alrededor, dejando un agujero lo suficientemente grande como para que pasara una niña.


Aquel día seis de mayo, Eleanor ya no rodó por el prado. No saludó a los caballos en los establos, ni a los gnomos en sus casitas. El día seis de mayo, aya no pudo regañar como siempre a la pequeña princesa, porque Eleanor no estaba.
Eleanor estaba ocupada, maravillándose y aterrándose al mismo tiempo con todo lo que había en el exterior. El pasadizo desembocaba en una alcantarilla, un túnel que iba por debajo de la ciudad que se encargaba de drenar toda el agua que se acumulaba en las torrenciales lluvias que podían llegar a anegar el valle entre las colinas. Allí fue donde Cerilla le hizo cambiarse, para que no llamara la atención. Ocultó su melena castaña bajo un sombrero de tela vieja, y el resto de su apariencia real y caras vestiduras se cambiaron por ropas viejas de criado. No querían que los hombres del Rey pudieran reconocerla, ¿verdad?

Así, de esa guisa, con un gorro que la hacía parecer un niño y unas ropas que la hacían parecer pobre, Ele salió al mercado. Al mayor mar de gente que había visto en su vida.
Gente comprando, vendiendo, gritando su mercancía o disputándose por la última trucha del día. Gente yendo y viniendo, ignorándola por completo. ¡Ignorándola! A nadie le importaba que estuviera encorvada o sucia, y de hecho, muchos viandantes la empujaron al pasar. Aquel anonimato era prácticamente la invisibilidad para la princesa. Era algo nuevo y excitante, algo que le hacía dar ganas de explorar, de ver el resto de la ciudad. Sus colores, sus olores, sus sonidos… Aquella algarabía emitida por la masa humana, una masa única y caótica que iba y venía como las hojas de los árboles agitados por el viento…
Corrió arriba y abajo por el mercado, admirando las pulseras y joyas en los puestos de las enanas procedentes del este, y finos ropajes del desierto. Vio que era cierto que había gente de piel mayor, y que los orcos, seres de piel verde y facciones toscas, existían. Aunque al verlos recordó cómo en sus historias siempre cabalgaban bajo la bandera del señor el mal, el ojo en llamas o la mano negra, así que procuró no acercarse mucho a ellos.

Cerilla le ayudó a conseguir una manzana cuando tuvo hambre, distrayendo a la mujer el tiempo adecuado para que Ele la agarrase igual que agarraba la fruta de la cocina sin que los sirvientes se dieran cuenta para dársela a los caballos.
Solo que aquí no eran sirvientes ni estaban pagados para consentirla y hacer como si no se enterasen, y la tendera sí que se dio cuenta de la poca sutileza de Ele, y se lanzó en su persecución, llamándola ladrona a voz en grito y haciéndola correr más deprisa de lo que había corrido en su vida.
Al final, Eleanor consiguió escabullirse por un muro cuya gatera era lo suficientemente grande para su paso pero no para el de una adulta, que daba a un solar en ruinas. Y allí pudo respirar. Oyó a la tendera pasar de largo, gritando enfadada, y contuvo la respiración, pero no pudo contenerla mucho tiempo, y, poco después, fuera de peligro ya, estalló en risas junto con Cerilla. - ¡Pero cómo gritaba! – Se reía. - ¡Y sólo es una manzana! ¡Hay montones en los fruteros del castillo, y todas mejores que esta!
Pero aquellas no eran manzanas libres, pensó mientras le daba un bocado. Allí, en cambio, podía saborearla sabiendo que era sólo suya, que no tendría que responder ante nadie por comérsela. Podía darle mordiscos y escupir las pepitas, y aya no podría regañarle por sentarse con las piernas cruzadas. Sí, aquella manzana… Aquella manzana y aquel momento eran completamente suyos.
Un movimiento atrajo su mirada mientras saboreaba la fruta. Un gato negro saltó entre dos piedras del solar, y cuando se volvió a mirarla, se dio cuenta de que sólo tenía un gran ojo.
-          Bueno, hay dragones con cuatro patas, dragones con dos, con alas y sin alas… - Se encogió de hombros Cerilla, cuando se lo dijo. – Aunque yo no me acercaría mucho, seguro que tiene pulgas.
El gato pestañeó lentamente, y dio un salto, encaramándose a una ventana y desapareciendo el otro lado. Eleonor lo siguió con la mirada, y vio lo que había al otro lado del hueco de la ventana.
Era la colina mayor, la que albergaba la fortaleza real, con sus altos muros de piedra y sus torres. Y una columna de humo.
Eleanor sintió un nudo en la garganta. El castillo. Sus padres, los sirvientes, las hadas… ¡Aya!
-          ¿Por qué tanta urgencia? – Le preguntó Cerilla, según ella corría de vuelta, más y más rápido, por el mercado abarrotado de gente que obstaculizaba, dando codazos y pisotones, escabulléndose. – ¿Qué vas a buscar allí dentro?

-          ¡Tengo que volver!
Si, aquel lugar era maravilloso, lleno de gente y de cosas de muchos colores. Pero, en el fondo, tenía que volver. Su corazón se había saltado un latido al ver el humo, y ahora martilleaba frenético, pensando en lo que podía haber pasado. No sabía la razón, pero que hubiera fuego en el interior de la fortaleza en aquella época del año no era buena señal. Y sabía que si además la princesa había desaparecido, tampoco. Pensó en su madre, en la conmoción al no ver ni rastro de ella, en el disgusto al perder a su hija. Pensó en aya. Aya perdería su trabajo, y si el rey la culpaba de la desaparición por negligencia, podía perder también la cabeza. Pensó en todos los caballos y gnomos y hadas y se sintió culpable, culpable por querer abandonarlos y marchar a ninguna parte, por querer dejarlos allí sin nadie que les diera manzanas en secreto y elogiase sus trabajos en la madera, sin nadie que probase la miel y agradeciera a las abejas…

Eleanor se sintió culpable, pero, para entonces, para cuando llegó de nuevo a la entrada del pasadizo, descubrió que ya era demasiado tarde.
-          Menuda locura todo esto del pasaje secreto, ¿no creéis? – Decía uno del grupo de hombres que estaba allí, armados con piezas de cuero negras y espadas cortas, entrando por el pasadizo. Eleanor se ocultó tras una pared, antes de que la vieran. Enemigos. – Una vía directa al interior de ese nido de víboras… Estos nobles son más tontos de lo que parece.
-          No es tan sencillo. – Decía otro. – Hasta ayer, esta zona también estaba protegida por un escudo mágico. Parece que Lim Ojo de cuervo decía la verdad. Sí que sabía sortear sus defensas. Me pregunto si habrá hecho un pacto o algo así. O quizás tenga a alguien dentro. – Se echó a reír, y miró por el agujero por el que Eleanor había salido horas antes. Ésta notó endurecerse el nudo de su garganta, al darse cuenta de que ella había sido la causante de aquello. Ella había salido por allí, había abierto la barrera y luego había olvidado cerrarla. Y ahora…

-          Da igual cómo lo haya conseguido. – Concluyó el que parecía el líder. – El caso es que Ojo de Cuervo ha conseguido lo que prometió, y al fin podemos hacer un cambio. Podemos entrar en las vidas de esos parásitos, de esos nobles y reyes, y hacerles entender cómo nuestro pueblo muere de hambre mientras ellos engordan más y más. Es nuestra oportunidad de cambiar las cosas, de hacer un país mejor para nuestros hijos. Hay una serie de cosas que no podemos cambiar. Sequía, hambruna, desastres naturales… Pero hoy, los nobles que nos pisotean y se ríen de nuestras caras han dejado de estar en ésta lista. Hoy podemos librarnos de esa lacra. – Golpeó a uno de ellos con el puño en el pecho, para darle ánimos. – Vuestros hermanos de escudo ya se enfrentan ahí dentro a los parásitos y sus sirvientes armados, pero n pueden hacerlo solos. Entrad, hermanos entrad y tomad lo que es nuestro por derecho propio. Tomad lo que es del pueblo y para el pueblo. Este Reino ha aguantado durante demasiado tiempo a la familia real… ¡A por ellos!

-          ¡Por la revolución! – Gritó uno de ellos, y todos lo corearon, para después entrar en el pasadizo y perderse de vista, dejando allí a Ele, hecha un mar de lágrimas.
-          ¿Por qué lloras? – Le preguntó Cerilla, revoloteando a su alrededor. - ¿No era esto lo que quería?
No, dijo Eleanor. No quería que los mataran o que les hicieran nada. No quería perderlos. Su único deseo era conocer el mundo exterior. Nunca quiso que el interior desapareciera.
-          Me pediste aventuras. – Le recordó Cerilla. - ¿Y crees que el Rey te habría dejado correr aventuras?
-          N-no, pero…

-          Te habría cazado, y tú habrías tenido que huir. La huida, o el encierro. Y eso no habría sido ninguna aventura. Me pediste aventuras, Eleanor… Y ahora tienes ante ti todas las aventuras que puedas imaginar.
-          P-Pero, ¿Por qué? ¿Por qué me convenciste? – Había sido ella, Cerilla, la que había comenzado con todo aquello, la que le había hablado de las barreras y la llave. La que la había sacado de allí. - ¿Por qué tuviste que meterlos a ellos?

-          Te prometí aventuras a cambio de la llave, princesa… - Dijo la criaturita parecida a un hada, de dientes afilados. – Pero no fuiste la única a la que le prometí cosas. También hice tratos con Lim Ojo de Cuervo. Sus padres murieron, en la hambruna del año pasado, el mismo que se unió a los rebeldes. Quería ayudar a la gente, quería hacer un cambio. Me pidió la revolución. Y los demonios solemos cumplir lo que prometemos.
Del interior del túnel se oían los gritos de una batalla, lejanos pero aún audibles. - ¿Te das cuenta? El regicidio de Lim Ojo de Cuervo llevará a un enardecimiento del pueblo llano, y aunque la guardia logrará expulsarlo del castillo, la llama ya estará prendida. La llama del cambio, de la revolución.
El gorro de gnomo que le cubría la cabeza comenzó a arder, formando una llama que la cubrió como una suerte de melena ardiente. – Ya sabes lo que dicen… Hasta el incendio más grande, comienza con una simple cerilla.

Cerilla, hada del campo ardiendo


Eleanor retrocedió, dándose cuenta de la magnitud de su error. Dándose cuenta de lo que había hecho, de cómo había ayudado a prender la mecha de la hoguera. Había quitado la piedra base, abierto un boquete por el que los enardecidos rebeldes habían conseguido entrar a palacio, con intenciones regicidas. Había jugado perfectamente el papel que Cerilla quería para ella, y el hada-demonio le había entregado el palacio al revolucionario en bandeja de plata. Y ella…
-          Ahora, según yo lo veo, tienes dos opciones. – Continuó Cerilla. – Puedes huir, sobrevivir, y vivir una vida llena de aventuras. Quién sabe, tal vez en el futuro tus caminos te traigan de vuelta. O puedes entrar ahí… - Revoloteó. – Morirás en poco tiempo, pero hasta ese momento, tu vida también estará llena de aventuras. ¿Lo ves? Yo no soy mala… Solamente cumplo mi palabra.
Eleanor tragó saliva. Entrar allí, o huir. Esas eran sus dos opciones… Pero ya sabía cuál iba a elegir. Había leído suficientes historias como para saberlo. Viviría. Sí, sobreviviría y correría todas las aventuras que hiciera falta. Viajaría a lugares lejanos, se haría más fuerte y, algún día, volvería a casa. Algún día, reclamaría lo que era suyo, como todos aquellos príncipes desterrados de las historias. Hasta cierto punto, lo sentía por el hada-demonio. Iba a hacerlo por el camino largo, y hasta entonces, pensaba ocuparse de que la hadita cumpliera su parte del trato.

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-          ¿Lo entiendes ya, Lim? – Terminó de contar Cerilla, emitiendo su risa cantarina mientras revoloteaba entre los dos guerreros. - ¿Entiendes lo que provocaste cuando comenzaste esta revolución, esta guerra, hace ya quince largos años? Me pediste una revolución, y yo te la concedí… Pero todos mis deseos tienen un pago.
-          Lo recuerdo. – Replicó éste. Espada en mano, en guardia y sin apartar la mirada del enemigo. – Me ofreciste una revolución, y a cambio, me pediste una venganza. “A cambio, otra persona tendrá que matar a la persona más influyente de Kingsia”. ¡Y lo hice! ¡Dejé que mis hombres se repartieran la vida del rey como mejor les conviniera!
-          No hablaba del Rey en aquel entonces. – Replicó, divertida, Cerilla. – Hablaba de ti. Tú eres la persona más influyente de Kingsia, lo fuiste desde que hicimos el trato y se abrió gracias a ti la puerta del castillo. La cabeza visible de los revolucionarios... Lim Ojo de Cuervo.

La guerra había sido larga y dura, y las casas nobiliarias se habían blindado en sus fortalezas y castillos, afianzando sus tropas y protegiéndose contra las fuerzas rebeldes. Había sido duro y habían perdido a muchos valientes por el camino, pero quince años después, Lim Ojo de Cuervo y su Bandada habían logrado depurar al reino de una casta nobiliaria vieja, infecta y demasiado apegada a sus costumbres y feudos. Habían echado a los indeseables, y habían ganado la guerra.
Y ahora, cuando Lim se había asentado en las antiguas dependencias reales para gobernar el pueblo, cuando se había dado cuenta de lo cómoda que resultaba aquella vida, recibía de nuevo la visita del pequeño demonio feérico de cabeza llameante, acompañado de un único guerrero que, ocultando su identidad con el yelmo, se había abierto paso hasta el interior del castillo sin que ninguno de sus guardias, antiguos rebeldes, lo hubiera visto.
Pero, tras esa historia… Lim dio un paso atrás, mientras el guerrero se quitaba el yelmo y lo dejaba caer.

-          Mi nombre es Eleanor I. – Se presentó la guerrera, con la espada desenvainada y en guardia. -  Hija de unos padres asesinados, amiga de unos sirvientes asesinados, y heredera al trono de Kingsia. Habrás ganado la guerra, Lim, pero nunca reinarás. Porque la leyenda dice que sólo puede ser rey aquel que tenga la fuerza necesaria para proteger a su reino y la sangre necesaria para dominar el palacio. Y yo tengo las dos cosas. Las puertas del pasadizo secreto que una vez abrí para escapar se han abierto otra vez ante mí, y ahora he vuelto a casa, lista para echar de ella a los usurpadores que la ocupan, y para reclamar mi destino.
-          Todo eso es muy bonito, princesa… Pero el momento de los reyes pasó. – Replicó él, con su propia espada también desenvainada. – Ahora es tiempo de la revolución, del pueblo.

-          Y por más que miro, sigo sin ver por aquí  a nadie que no seáis tú y tus hombres. He pasado los últimos quince años con el pueblo, Lim… Y te aseguro que no tienen una habitación tan grande como la tuya, o la de tus auto-proclamados rebeldes. Estáis convirtiéndoos en la mismo contra lo que pretendíais luchar. Ya no quieren ser liberados por vosotros, quieren ser liberados de vosotros.

La pequeña Eleanor había pensado que su destino era ser secuestrada por un dragón, pero Eleanor se dio cuenta de que tal vez era ese precisamente su destino, aunque sólo fuera para entrar en su guarida y encontrar a todos los campesinos y las provisiones que se había llevado al saquear el pueblo. Había pensado que tenía que casarse con un guerrero capaz de rescatarla y combatir a sus secuestradores, cuando ella era la única guerrera que necesitaba en el trono. Ella era la que había combatido a bandidos y maleantes de los caminos y había comprobado de primera mano las dificultades que encontraban los campesinos de a pie, y éstos lo habían visto.
-          Los rumores cuentan que la princesa sobrevivió, y que volverá a reclamar su trono. He venido a hacerlos realidad. Estoy aquí para recuperar lo que me pertenece. Acabemos con esto.


-          Y así, - Concluye Cerilla. – se cierra el círculo. Una revolución por una venganza, y un destino por una llave. El Rey de Kingsia estaba preocupado por cómo se había distanciado de su pueblo, por una casta nobiliaria endogámica y podrida. El malestar crecía en su reino, y sabía que él no sobreviviría a aquello. Por eso puso toda su fe en Eleanor, pidiéndome que la convirtiera en una reina cercana al pueblo, alguien que ha vivido entre ellos y conoce sus tribulaciones y entiende las consecuencias de sus acciones. El trabajo de Lim era eliminar la sucia nobleza apegada al poder, apaciguando los ánimos de los rebeldes y allanándole el camino a Eleanor, para que, a su vuelta, el pueblo la reconociese como uno de los suyos, con historias y canciones sobre sus aventuras y sobre los dragones y enemigos que había abatido. Y, al ser coronada reina de nuevo, Eleanor comprendiese que, en el fondo, el jefe final de una mazmorra mágica no es más que un esqueleto tan esqueleto como el resto.
Para, de esa manera, convertirse en Eleanor I de Kingsia, la Reina Aventurera. La Rescatadora de Dragones, la Intrépida. Muchas historias más podrían escribirse sobre Eleanor I, sobre cómo sus medidas ayudaron a que su pueblo prosperara, y cómo hizo retroceder a los elfos del norte y los pantanos del sur para glorificar a Kingsia. Pero eso, tal vez, necesite otra historia, y otro momento.

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-          Ya veo. – El hombre tenía un traje verde de empresario, y una gabardina a juego, al igual que el fedora que había en la mesilla de la cafetería y contra la que se apoyaba cierta hada, con una corta camiseta rosa y de cabeza llameante. – No suelo apoyar ese tipo de causas, pero sé reconocer un trabajo satisfactorio cuando lo veo.
-          Claro que sí. – Replicó el hada. – Han pasado mil años, y su estirpe sigue en el trono. Es curioso, no sé… No importa cuántos años pasen, tengan espadas y arcos o pistolas y androides tecnomágicos, los humanos siempre tendrán ese algo que nos atrae a los demonios indefectiblemente. No sé cómo llamarlo, pero…

-          Sí. – Accedió el del traje, llamado Cheshire. – Son entretenidos. ¿Cómo quieren que nos resistamos a eso?